En estas décadas, la sociedad española, y podemos decir que toda la humanidad, está enlazando periodos de crisis que no nos dan aliento. Cuando apenas vamos olvidando una aparece otra, sin que nos dé tiempo a detenernos y ver qué se llevó la anterior crisis, qué nos ha traído y qué nos deja la nueva situación. Sin aliento para aprender de lo vivido.
Pero quizá no se trata tanto de lo rápido y seguido que se producen estas crisis cuanto de que las afrontamos con la pretensión de “esperar a que pasen” para volver a la normalidad, a “lo de antes”. Nos cuesta entender que la realidad ha cambiado irremisiblemente y nada será lo mismo, sobre todo para las personas que viven en situación de exclusión y, más aún, para aquellos que vivían en una situación de vulnerabilidad, han visto como su vida se precariza y empiezan a conocer ahora qué es la pobreza.
En nuestras Cáritas no estamos viviendo algo muy distinto, también necesitamos pararnos y observar. Contemplar qué está pasando en esta travesía difícil, donde se nos pide, por una parte, la necesidad de combinar cantidad (aumento del número de personas demandando algún tipo de ayuda relacionado con necesidades básicas) con un estar presente en las situaciones de dolor, una mirada que ve más allá, una escucha profunda que acoge a todo el ser que sufre y que invita a realizar un camino acompañado.
¿Cómo están viviendo estas situaciones muchos de nuestros equipos de acogida y acompañamiento de Cáritas Parroquiales?
Es muy posible que experimentemos que nuestras energías se agotan con la hercúlea tarea de atender las necesidades básicas de tantas personas que vienen con sus demandas de ayuda y no encontremos ya tiempo, espacios, ni energía para mirar con serenidad, con amor, al otro, aliviar su carga y dar esperanza a su vida:
Sentimiento de desborde ante el volumen y la complejidad de las situaciones.
Emociones encontradas entre lo que tenemos que hacer, lo que debemos y lo que hacemos; el dolor nos lleva a querer resolver rápido, llegar a todo y a todas las personas.
Cansancio y estrés ante una atención centrada en necesidades básicas, en especial, en la gestión de alimentos, que exige esfuerzo físico, búsqueda de algunos alimentos, hacerlos llegar a las familias en sus más diversos formatos, papeleo que nos reclaman cada vez en mayor medida, …
Angustia e impotencia, pérdida de sentido del qué hacemos y para qué.
Todos tenemos la experiencia de que hay una gran parte de las personas que atendemos en la cobertura de sus necesidades básicas que no verán sustancialmente modificada su situación de precariedad o exclusión por recibir nuestra ayuda; es decir, que después de que reciban la ayuda que nuestra Cáritas Parroquial les ofrece seguirán siendo pobres y, lo que es peor, en muchos casos, seguirán sin esperanza.
Muchos de nosotros tenemos esa experiencia de frustración por quedarnos en el umbral de establecer una relación con las personas necesitadas que, independientemente de lo que les demos, realmente les ayude a creer que pueden mejorar su situación de pobreza, que son capaces y que sientan que nosotros vamos a estar a su lado para acompañarles en ese camino de fortalecimiento y crecimiento.
En nuestra querida Cáritas tenemos que dar el paso de una caridad paternalista, de ayudas y limosnas, centrada en nosotros y en nuestras posibilidades, a una caridad atrevida que construye un camino junto al pobre, centrada en sus capacidades y en la necesidad de crecer juntos como vía de transformación de nuestra realidad, la suya y la nuestra.
Hablamos de una caridad que empieza por reconocer la dignidad y los derechos fundamentales de la persona empobrecida, y trabaja para su promoción y desarrollo integral; una caridad que descubre y denuncia la situación injusta de una sociedad que produce y descarta pobres y marginados; y una caridad que, al fin, actúa decididamente por el cambio de las estructuras sociales.
Sabemos que las personas que atendemos en nuestras acogidas necesitan nuestra escucha, empatía y apoyo para salir de su situación, aunque no lleguen a formularlo. No nos es fácil este paso quizá porque nos saca de lo conocido, quizá porque rompe nuestra acción habitual que nos da seguridad, quizá porque no sabemos cómo hacerlo.
Parece que estamos abocados a revivir el pasaje de Marta y María, las amigas de Jesús, y sus elecciones. Y es ahí cuando nos cuestionamos lo que somos. Porque dar alimentos y cubrir necesidades básicas es una tarea que hacemos junto a otras entidades públicas y privadas, pero acompañar amorosamente las situaciones difíciles y transmitir esperanza es lo que nos define como Cáritas y como Iglesia y no podemos dejar de hacerlo sin perder nuestra identidad cristiana.
Por todo ello, queremos reflexionar sobre cómo actuamos para avanzar en la línea del modelo de persona y sociedad que descubrimos en Jesús.
Jesús reconoce la dignidad de hijos e hijas de Dios a todas las personas con las que se encuentra, primer elemento indispensable para iniciar un acompañamiento.
Jesús opta en sus «acompañamientos» por las personas más excluidas de aquella sociedad. Personas con lepra, gente que vivía en los sepulcros, mujeres que ejercían la prostitución.
Jesús acompaña sus momentos de crisis y dificultad. «Camino de Emaús», permanece a su lado el tiempo necesario y luego desaparece.
Jesús entabla diálogos con las personas, les escucha atentamente y mantiene una relación de reciprocidad con ellas «Samaritana».
Jesús les otorga la responsabilidad en la acción de salvarse: «Ve a la piscina y lávate».
Jesús no les juzga, les acepta incondicionalmente. «Ni él ni sus padres pecaron».
Jesús cree firmemente en sus capacidades, en sus potencialidades para salir de la situación. «Levántate, coge tu camilla y anda».
Jesús les invita a la participación y a la transformación social. «Anda y haz tú lo mismo».
Jesús acompaña en las necesidades y en el sentido, va abriendo camino a un encuentro con el Padre, como aliento y estímulo para la vida: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto».
Jesús no espera a que acudan a Él, es Él quien se adelanta, quien sale al encuentro de los que están en las orillas del camino: «Qué quieres que haga por ti».
ACOMPAÑAR ES UN ARTE QUE TIENE MUY PRESENTE LOS TIEMPOS DE LAS PERSONAS
No partimos de cero. El esfuerzo por la formación, las reflexiones a la luz del Evangelio y el empeño por situar el servicio de la caridad en el centro de nuestras comunidades cristianas, nos han permitido avanzar en el camino de la respuesta integral y del compromiso personal más allá de la solución puntual que no libera, sino que crea dependencia. El deseo y la necesidad de reenfocar nuestra acción es ya un primer paso fundamental, que ya se está dando en algunos de nuestros equipos de acogida.
Hoy sentimos la necesidad de superar la acción meramente asistencialista y dirigir todo nuestro esfuerzo en promover la participación de las personas en sus procesos de empoderamiento personal y colectivo, haciendo realidad el sueño de construir y vivir una comunidad cristiana acogedora e inclusiva. Y para ello necesitamos repensar nuestra acción y formarnos en cómo invitar y realizar un acompañamiento individual a las personas que acogemos que acabe teniendo una incidencia en el conjunto de la familia y de la comunidad en la que viven.
Las palabras acompañar, desarrollo integral o proceso son referencias constantes en el Modelo de Acción Social de Cáritas Española, que solemos utilizar para describir nuestro compromiso con las personas en situación de vulnerabilidad o exclusión social, en procesos que les faciliten superar sus dificultades desde su protagonismo.
Es posible que hasta este punto del discurso la mayoría de las personas comprometidas en nuestra institución estemos de acuerdo: en Cáritas queremos acompañar a las personas. Lo que aún nos queda por consensuar, este documento pretende ser una orientación para ello, es de qué manera realizamos este «acompañamiento» desde el momento que nos encontramos y acogemos a las personas que se acercan a Cáritas. Para acompañar y sentirnos acompañados, qué actitudes hemos de poner en juego, cuál es la metodología y su finalidad última y qué implica en la organización de nuestros equipos y recursos.
Hoy sentimos que acoger solo no basta. Necesitamos acoger para acompañar, para acompañarnos. Acogida y acompañamiento para transformar nuestra realidad en línea de la construcción del Reino desde comunidades que incluyen la promoción del pobre y el débil como parte fundamental de nuestro viaje común; porque todos remamos en el mismo barco y no podemos permitir que quien no se siente útil salte al agua.
Caritas tiene como misión estar al lado de las personas más vulnerables, más empobrecidas. En este documento queremos compartir una manera de estar al lado de, que lleva a una toma de conciencia y un cambio de mirada y de posición personal para poder ver al otro ser en todas sus dimensiones.
La exclusión es un fenómeno dinámico y ha de ser analizada como un proceso, no como una condición (una persona no es pobre, sino que vive en situación de pobreza). La exclusión es el resultado de itinerarios que llevan a las personas desde una situación más o menos integrada a zonas de vulnerabilidad social y más tarde, si no se desarrollan programas adecuados de protección y promoción social, a zonas de exclusión.
En este escenario, es necesario salir al encuentro de alternativas sostenidas en el bien común, generadoras de esperanza, de utopía, desde el poder de lo pequeño, de lo local, de lo comunitario. La superación de los procesos de empobrecimiento y exclusión social nos lleva inevitablemente a la imagen de procesos de participación y de incorporación social.
Afortunadamente, en los equipos de acogida de nuestras Cáritas Parroquiales tenemos una larga experiencia y formación en acoger, ese primer momento fundamental en que las personas y familias se acercan a nosotros con sus demandas y con su dolor. Y ahora creemos que es el momento de dar continuidad a esa acogida con procesos de acompañamiento en los que nos comprometamos para facilitar la recuperación de la esperanza y dignidad de las personas y en los que mutuamente nos ayudemos a construir relaciones fraternales que puedan dar testimonio adecuado de nuestra fe y seguimiento de Jesús.
El estar cerca de todas estas realidades, convivir con el dolor, las lágrimas, la angustia, la falta de esperanza, también nos coloca en un escenario de fragilidad, de reconocer nuestros límites, y junto a ello, valorar nuestras fortalezas, que acaso sea ahora más necesario que nunca. No podemos resolver todas las necesidades materiales ni los problemas que se nos presentan, pero disponemos de otro tipo de bienes intangibles, aquellos relacionados con la cercanía, la hospitalidad, la ternura, la sensibilidad, el cariño y que se multiplican cuando se viven en comunidad. Como señala el Papa Francisco “Cáritas es la caricia de la iglesia a su pueblo”.
Es importante señalar que nos situamos desde la exigencia de recuperar la responsabilidad pública en la protección y promoción social de las personas más vulnerables y la colaboración subsidiaria entre éstas entidades y aquellas de carácter privado, como es nuestro caso. Por ello, nuestro modelo de acompañamiento se basa en la atención al desarrollo y/o la recuperación personal y en el acceso a los derechos sociales fundamentales (protección social y garantía de ingresos mínimos cuando sea necesaria, procesos formativos, empleo digno, participación) trabajando en red tanto con las distintas administraciones como con otras iniciativas privadas. Y por ello, también, no debemos olvidar la dimensión de presencia pública y denuncia que debemos desarrollar en nuestros pueblos y ciudades para reclamar el compromiso de los ciudadanos y de los gobiernos con las personas más vulneradas en sus derechos de nuestra sociedad.
Presentamos la acogida y el acompañamiento como un proceso donde coexisten tres momentos fundamentales:
Recibir, acoger y escuchar a la persona.
Ofrecer una atención personalizada.
Si se dan las circunstancias adecuadas y la persona o familia lo desea, iniciar un camino conjunto acompañado.
Ninguno de ellos puede ser impuesto, todo lo contrario, es “una invitación a”, es un “tener la puerta abierta para”. Este proceso se enmarca en un modelo de compromiso y corresponsabilidad donde las personas puedan volver a sentir su dignidad y estima, donde se sientan invitadas a colaborar en aquello que puedan, que a veces tendrá que ver con una responsabilidad con su propio proyecto de vida (realizando algún curso formativo, estando más presente en la vida de sus hijos, buscando opciones laborales, etc.) y otras, según sus posibilidades, con el apoyo en acciones a favor de otras personas (cooperando en alguna actividad, ofreciendo sus habilidades a quien las necesite, etc.).
Por esto hablamos de un proceso educativo en clave de aprendizajes. Que mira hacia adentro de las personas en el fortalecimiento de sus capacidades, en el descubrimiento de potencialidades. Que busca trazar nuevas rutas y caminar juntos con la intención de experimentar, de crecer ante las distintas vivencias que irán aconteciendo.
Acogemos y acompañamos desde el primer contacto, desde el inicio de la relación con la persona, aun cuando ya sepamos que deba ser atendida por otro recurso. Las personas se han de sentir no solo recibidas, sino también escuchadas y apoyadas, con la invitación a pensar juntas qué podemos hacer con la realidad que están viviendo.
Con esta propuesta de acogida y acompañamiento pretendemos:
Fortalecer la acogida de las personas que van buscando algún tipo de ayuda en las cáritas parroquiales; de tal manera que un apoyo económico o de otro tipo sea una oportunidad para encontrarnos, conocer qué está viviendo la persona o la familia, qué le preocupa, cómo está gestionando este tiempo, qué fortalezas presentan. Con una mirada que pueda “ver más allá” de lo explícito, de lo demandado.
Promover el desarrollo integral de cada uno de los miembros de la familia, así como del conjunto; familia como espacio de vida, crecimiento y sostén de las personas que la configuran.
Mejorar la situación de vulnerabilidad de las personas; que puedan descubrir sus propios recursos internos y manejarse mejor en el entorno de dificultad que están viviendo. En este contexto, la prestación económica o en especie tendría que ser un apoyo dentro de una acción más amplia, organizada y coordinada. No es el fin en sí mismo y sí un medio que nos permite estar cerca.
Dignificar la relación; para ello hacemos una invitación a reflexionar cómo nos situamos en el equipo de acogida y acompañamiento y si facilitamos el encuentro. Nuestra intención es colocarnos en relaciones horizontales, de buen trato y en la búsqueda de fórmulas donde la persona se sienta corresponsable, que solicita y también suministra, provee.
Generar acciones significativas; que nazcan de la comunidad, que cambien la primacía del valor basado en lo económico, en el tener, y subrayen la importancia de aquello que promueve el ser y el ser social en la búsqueda del bien común. Recreando otros escenarios que fortalezcan vínculos y generen relaciones de solidaridad y de mutuo apoyo. Se trata de hacernos sentir que “formamos parte de”, que no estamos solos, que participamos de una comunidad que acoge y acompaña en esta relación de proximidad.
Y con todo, potenciar que las personas lideren sus vidas, que las familias gestionen con competencia, conciencia y autonomía la responsabilidad que han asumido.
Cuando hemos mantenido con la persona o la familia los primeros contactos con la intención de resolver algún problema (información laboral, asesoramiento jurídico…) o solicitar una ayuda (económica o en especie) podemos invitar a otro tipo de relación que supere el binomio demanda-oferta, generando un clima que nos lleve a un encuentro más cercano.
El conocimiento de cada realidad será el indicador que oriente nuestra atención, con varias posibilidades, sabiendo que no son lineales ni rígidas. A saber:
a) Respuestas a las demandas concretas de carácter material
Como apoyo a necesidades básicas en alimentación e higiene, vivienda, educación, salud, podemos ofrecer una ayuda puntual (o por un tiempo determinado) acordada con la persona. Y tener la perspectiva de abrirnos a otras posibilidades relacionadas con los afectos, con “enganchar” en otros vínculos que nos permita superar la ayuda material y profundizar en el encuentro, hacia la mejora de su situación, a través de pequeños objetivos alcanzables, que decide la persona.
Nos podemos encontrar con varias tentaciones: “Tener y dar” de manera indiscriminada. Centrar la entrevista en lo económico, en lo material. Dar indiscriminadamente (solicitan el pago de un recibo y se van con un kilo de arroz). O creernos que no disponemos de alternativas, mirar hacia otro lado, y no reflexionar en los equipos para buscar juntos otras alternativas.
Es necesario “quitarnos el peso” de la obligación, de ofrecer ayudas materiales a toda persona que acude a Cáritas sin una valoración previa, o de recoger todo lo que nos llega de grandes superficies comerciales u otras que nos dan sus excedentes (incluso alimentos que no son de primera necesidad o no favorecen una nutrición equilibrada y saludable, o con fecha de caducidad muy cercana y en grandes cantidades). Estas realidades pueden ser un obstáculo que nos desvía de nuestros objetivos y criterios, y que nos obligan, por ejemplo, a un reparto de urgencia e indiscriminado, entorpeciendo el acompañamiento que estamos haciendo a las familias.
Cáritas no es un centro de distribución de alimentos, de ayudas puntuales. Además, sabemos la complejidad que supone organizar y distribuir éstos. Por estas razones deberíamos derivar a otras entidades que sí se dedican a esto de manera específica.
Por otra parte, no podemos olvidar el dolor que nos estamos encontrando con el tipo de realidades -a veces al límite- que las familias que llegan a Cáritas están viviendo; las necesidades que a veces nos superan, sabiendo que nos movemos en un escenario donde es fácil perderse, con pluralidad de criterios y razonamientos. Por ello, necesitamos discernir y hacerlo en clave de evangelio. Algunas preguntas clave que nos pueden facilitar este repensarnos qué hacemos y sobre todo cómo lo hacemos:
¿Nos estamos convirtiendo en simples distribuidores de ayudas materiales o hacemos algo más? O deberíamos hacer algo más…
¿Estamos “acompañando” a las personas o son simples “usuarias”? ¿hay algo que deberíamos cambiar en ese sentido?
¿Tenemos en cuenta que las personas además de portadoras de obligaciones son receptoras de derechos?
¿Acompañamos a las personas en la información y el acceso a sus derechos?
¿Cuál es la acción y el efecto de Cáritas respecto al conjunto de la comunidad parroquial? ¿Es multiplicador y transformador? ¿O somos un grupo más sin incidencia?
¿Nuestra acción en Cáritas parte de un compromiso que tiene alguna repercusión en nuestra vida? ¿Hay algo que debiéramos revisar?
¿Estamos compartiendo vida y esperanza con quienes sufren?
Desde este enfoque las ayudas materiales -alimentos, ropa, vales o cualquier otro tipo- cobran un nuevo sentido cuando podemos ofrecer un acompañamiento cercano que nos permita compartir tiempo, conocer su situación, y además la persona se sienta segura y fortalecida en sus capacidades y en la esperanza de seguir caminando. Por tanto, ayudas materiales sí, pero:
Entendidas en la globalidad de situaciones complejas donde se están vulnerando derechos fundamentales como el acceso a una vivienda, a un empleo digno, a una educación y sanidad pública y de calidad, a unas prestaciones sociales, etc. En este sentido, los alimentos son una ayuda puntual que Cáritas puede ofrecer en una situación límite, pero no debe convertirse en una práctica habitual ni la principal de nuestra acción.
Enmarcada en un proceso, una ayuda potencia su objetivo en la relación, al servicio del desarrollo individual y familiar. Siendo un medio y no un fin, una mediación para llegar a acompañar lo que la persona vive y cómo lo vive. Se añade un plus de humanidad, de proximidad, de solidaridad.
Que dignifiquen la relación y por tanto a las personas que la integran. Hemos de ser especialmente cuidadosas, no podemos “dar” de cualquier forma. Cualidades como el tacto, la sensibilidad, la discreción, facilitará que la persona se sienta respetada y valorada.
Que promuevan la responsabilidad y la participación de la persona como autora de su vida. Que sea ella quien decida, en aspectos cotidianos y básicos como la elección de su compra o de la manera de vestir.
Que nos lleven a un proceso educativo, un acompañamiento que le invite a nuevos aprendizajes, pues solemos encontrar personas que necesitan fomentar su autocuidado, su responsabilidad, su discernimiento en decisiones cotidianas, en discriminar entre lo necesario y lo superfluo.
Que nos faciliten la toma de conciencia, la denuncia y el diálogo como cauce para la búsqueda de alternativas. La realidad que acogemos debe mostrarnos un modelo socioeconómico y político que genera pobreza y fuertes desigualdades, que la responsabilidad ante las situaciones de pobreza es pública y es política, y que sistemáticamente las administraciones no están cumpliendo con sus obligaciones. Cáritas debe denunciar e invitar a una mayor comunicación que nos lleve a pactos donde cada quien asume su parte de responsabilidad.
b) Derivación acompañada y coordinada
Ante realidades que requieran una intervención específica (trastorno mental, consumos abusivos, malos tratos…) procederemos a una derivación, bien a recursos propios o de otras instituciones públicas o privadas. Se puede hacer mediante un sistema informal (llamadas telefónicas, fax, correo electrónico, etc.) o como hayamos acordado con el otro recurso. Para ello necesitamos conocer las entidades que trabajan en la zona, puede ser útil disponer de un dosier o guía de recursos.
Cuando la persona se encuentre en una situación de fragilidad que le dificulte o le impida acceder a otros recursos por sí misma, buscaremos los apoyos necesarios para que se sienta segura y acompañada. Tenemos que respetar el consentimiento firmado (LOPDP) e informar siempre a la persona y familia de la derivación de sus datos a la nueva entidad.
c) Invitar hacia un proceso de acompañamiento
Somos conscientes de la dificultad que nos podemos encontrar en los equipos de Cáritas Parroquiales ya que algunas personas y familias no vienen solicitando un proceso de acompañamiento, sino que vienen con una demanda concreta, y se trata de convertir dicha demanda en proceso y, en ocasiones, cuesta trabajo y nos exige formación.
Nuestra intención es motivar procesos de mayor recorrido, para ello necesitamos disponer de las condiciones adecuadas por parte del equipo y contar con el consentimiento y voluntad de las personas implicadas, para marcarnos objetivos en la dirección de nuevos aprendizajes, recuperar hábitos, plantearnos compromisos individuales y colectivos que afectan a otras personas de la familia.
En el proceso de acompañamiento, las personas acompañamos y somos acompañadas, al mismo tiempo, por quienes acompañamos. Somos al mismo tiempo acompañantes y acompañadas, ambas, porque entre otras cosas, crecemos y maduramos juntas, lo que nos deja llenos de mutua gratitud. Ambas nos somos indispensables para transformarnos y seguir caminando. Es por tanto una relación bidireccional, sinérgica, una comunicación desde el ser, entre corazones.
Las personas tienen derecho a recibir determinadas prestaciones o servicios básicos y también, el derecho al apoyo personalizado, a un acompañamiento, sabiendo que éste no es una contraprestación, se trata de un complemento al que acceder si quieren. La relación de acompañamiento no puede ser impuesta. Por tanto, recordemos que el proceso de acompañamiento es diferente a:
La gestión de casos. Pretendemos un desarrollo de la persona a través de pactos de mutuo acuerdo, facilitando el descubrimiento de los beneficios de esta acción, lejos, por tanto, de ser meros tramitadores de prestaciones a cambio de las cuales pedimos el cumplimiento de unas obligaciones.
Establecer una relación terapéutica, aunque pueda tener estos efectos. Si bien es verdad que conocer ciertas nociones psicológicas, como la escucha del sentimiento, la empatía, los mecanismos de defensa, la transferencia, etc., son útiles, también lo es que no debe convertirse en una psicoterapia, puesto que tanto en sus objetivos como en su metodología son realidades distintas.
Realizar un seguimiento. La idea de seguimiento evoca una relación en la que la persona “usuaria” es un objeto paciente, sometido a una observación periódica por parte de un profesional, que es quien sigue, trata, vigila y controla a la persona afectada. Se habla de “casos”. En el acompañamiento habrá momentos de revisión conjunta.
Dirigir. El acompañamiento no será nunca de carácter directo e impositivo, sino sugerente e indirecto, transmitido mediante la sintonía, la acogida, la empatía o la cercanía del acompañante de manera que más pudiera hablarse de un influjo de contagio. La idea de acompañamiento parte del convencimiento y la confianza en la responsabilidad de la persona para intentar organizar sus propias estrategias, de utilizar los recursos a su alcance de forma eficaz.
Aconsejar. Es un error frecuente equiparar el acompañamiento con el consejo, basado en nuestra propia experiencia, o en la ciencia o conocimiento que pensamos poseer, o en “casos” que hayamos podido resolver en otras ocasiones, sin tener en cuenta que cada persona es única. Los consejos podrían llevar a las personas a hacer algo que no quieren, por no contradecirnos.
Una técnica. El dominio de una técnica, como por ejemplo la entrevista, no garantiza la calidad de un acompañamiento, aunque pueda ser un buen instrumento en manos de un buen compañero de camino que comprende, acoge y anima.
En el ámbito de la acción social acompañar ES…
Según el diccionario “ir con alguien, estar con alguien, hacer compañía, participar en un sentimiento o alegría de otro”.
Desde una perspectiva humanista y cristiana acompañar supone emprender un camino de autoconocimiento junto con la persona con la intención de ir creciendo, madurando juntos. Será un encuentro interpersonal (entre personas de igual condición, entre hermanos), en un plano de igualdad. Su finalidad es facilitar su proceso de maduración y de autonomía.
La clave esencial del acompañamiento es la comprensión del mismo como un proceso. Nos hemos de situar en un modelo en espiral: cuando se inicia una relación de acompañamiento con una persona, ésta es el elemento central y todo debe girar alrededor de las decisiones y pequeños pasos que la persona va tomando en función de las capacidades que va desarrollando. Pero también se realiza un trabajo de acompañamiento alrededor de los retrocesos. Estar al lado (acompañar) esos avances y retrocesos es entender que el desarrollo humano se explica en clave de proceso. Pero, además, si acompañamos procesos de desarrollo, ese desarrollo tiene que realizarse en todas las dimensiones de la persona, por tanto, lo definiremos como desarrollo integral. Acompañar no es una acción que pueda centrarse en elementos parciales de la persona, sino que tiene que abarcar todas las dimensiones (física, educativa, psicológica, social y espiritual).
Así lo presenta el MAS cuando se refiere a que el acompañamiento se ha de desarrollar desde la triple perspectiva de necesidades, sentido y participación:
Necesidades. El ser humano tiene una serie de necesidades que son siempre las mismas en todo contexto y cultura. Necesidades que van más allá de la subsistencia y la protección, reconociendo que también están presentes en el ámbito del afecto, el entendimiento, la libertad, el ocio, la participación, la creación, la identidad y la espiritualidad. Aquello que cambia según la sociedad o cultura, es el modo de satisfacer las necesidades, el “satisfactor”. Nuestro acompañamiento debe posibilitar que las necesidades de las personas se satisfagan de la forma más adecuada.
Sentido. Nuestro acompañamiento tiene que propiciar que las personas se hagan preguntas sobre el sentido de su vida, sobre aquello que les motiva a vivir cada día y les da fuerza y aliento para superar las dificultades del camino.
Participación. Acompañar la participación es colaborar para que las personas se hagan protagonistas de su vida y facilitar que tomen las decisiones y den los pasos necesarios, superando así sus dificultades. También es hacerles sentir que todo lo que piensan, hacen y dicen es importante para ellas y para los demás. Que es necesaria su participación responsable en la toma de decisiones de su proceso en Cáritas, en el barrio, en la sociedad. Es reconocer que todas las personas tienen capacidades para comprometerse en la mejora de su situación y de su entorno y animarles a que las pongan en práctica.
Aunque el proceso de acompañamiento se inicie con una persona tendremos la visión de su familia y de su entorno, con la posibilidad de abrir cauces de comunicación, en el caso que no los hubiera y que sean beneficiosos para ambas partes. En resumen, el acompañamiento busca apoyar el desarrollo integral de las personas y esto nos lleva a un cambio en nuestro papel respecto a lo que veníamos haciendo:
Dejamos de ofrecer soluciones rápidas, para estar al lado de y colaborar en la activación de sus capacidades y potencialidades.
Buscamos la complementariedad entre los tipos de funciones y apoyos que podemos ofrecer a la persona en pro de su desarrollo.
Trabajamos tanto en espacios “formales” como “informales”, esto supone salir al encuentro, salir de los centros y despachos, no esperar a que lleguen y transitar por los espacios donde están y se relacionan las personas.
Aprendemos a “saltarnos el guion”, ya que convivimos con la incertidumbre, con lo inesperado que la vida nos va ofreciendo.
De lo visto en este tema se deriva una forma de ser y de hacer determinada. Tal vez te ayude a mirar en tu realidad personal y de tu equipo de Cáritas cómo concretarlo desde las siguientes cuestiones:
1. Señala aquellas ideas que más te han llamado la atención. ¿En que te ves reflejado? ¿Qué actitudes tienes que potenciar o modificar?
2. En tu grupo de Cáritas: ¿qué aspectos crees que tenéis que fortalecer para una buena acogida y acompañamiento?
Por favor, conteste a las siguientes preguntas antes de avanzar al siguiente Tema: