Durante las primeras décadas del siglo XX, la política dominicana estuvo marcada por fuertes hegemonías regionales. Diferentes caudillos controlaban determinadas zonas del país y mantenían gran influencia sobre la población local. Estas regiones se convertían en bases de apoyo político y militar para los líderes nacionales.
La región del Cibao tuvo un papel fundamental en las luchas políticas de la República Dominicana a finales del siglo XIX y principios del XX. Esta zona era una de las más productivas y pobladas del país, especialmente por su desarrollo agrícola y comercial. Debido a esto, muchos líderes políticos buscaban controlar el apoyo de esta región para fortalecer su poder.
El Cibao fue una de las principales bases de apoyo de Horacio Vásquez y de los llamados coludos. Los cibaeños veían en Horacio Vásquez un líder cercano a sus intereses regionales, por lo que gran parte de la población y de los militares de la zona respaldaban su liderazgo.
Por otro lado, Juan Isidro Jimenes contaba con apoyo en otras regiones del país, especialmente entre sectores comerciales, urbanos y grupos políticos identificados con el jimenismo o los bolos.
Jimenes también logró reunir seguidores importantes, pero muchas veces el respaldo no dependía únicamente de las ideas políticas, sino de relaciones personales, familiares o regionales. Esto provocaba que cada caudillo tuviera su propia zona de influencia y un grupo armado dispuesto a defenderlo.
Durante este período, la lealtad hacia los líderes regionales era más fuerte que el compromiso con las instituciones nacionales. Muchas personas se sentían primero identificadas con su región o con un caudillo específico antes que con el gobierno central.
Esta situación fortaleció el caudillismo, sistema en el que líderes militares o políticos dominaban determinadas regiones gracias al apoyo personal de sus seguidores. Los caudillos mantenían poder mediante alianzas, influencia económica y control militar.
Como resultado, el país vivía frecuentes enfrentamientos entre grupos rivales que luchaban por controlar el gobierno.
Las hegemonías regionales dificultaban la creación de un Estado fuerte y organizado, cada grupo defendía sus propios intereses, lo que provocaba:
constantes guerras civiles;
levantamientos armados;
cambios frecuentes de gobierno;
debilitamiento de las instituciones democráticas;
división política y territorial del país.
La inestabilidad política afectó seriamente la economía y la seguridad nacional, creando un ambiente de crisis permanente.
La rivalidad entre los diferentes caudillos dominicanos mostró cómo el regionalismo y las luchas personales debilitaron el desarrollo institucional del país. La falta de unidad nacional y los constantes conflictos impidieron la consolidación de un gobierno estable, dejando consecuencias políticas y sociales que marcaron profundamente la historia dominicana.