En el marco de la Semana del Arte 2026 de la Ciudad de México, Proyecto COMA reunió a 50 artistas emergentes mexicanos en una exposición colectiva que apostó por algo más que mostrar obras: apostó por acercar el arte a la gente.
Con más de 2000 asistentes, la muestra demostró que el interés existe cuando los espacios se abren y la experiencia se humaniza. El Mercadito -un área ambientada como tianguis- permitió a los asistentes llevarse a casa piezas de merch de sus artistas favoritos, mientras que la venta de obra original ofreció una entrada accesible al coleccionismo. Arte para ver, tocar, comprar y vivir.
La repercusión no se limitó al espacio físico. Milenio y Canal 22 -a través de su programa Culturas 22- documentaron la propuesta, y perfiles de promoción cultural en redes sociales amplificaron el alcance más allá de los asistentes presenciales.
Detrás de todo esto hay una convicción clara: el arte no debería quedarse encerrado en los círcuitos tradicionales. COMA trabaja por descentralizar la exposición artística, sacarla de las galerías y llevarla a donde está la gente. Porque el arte emergente mexicano tiene mucho que decir, y merece ser escuchado.
Hay figuras que llevan su tiempo puesto. El traje que las nombra, el oficio que las define, el fondo blanco que las conserva como se conserva aquello que ya no vuelve a repetirse. Un organillero, quieto en su blancura, con la manivela detenida a mitad de un giro que ya dio miles de veces. Una mujer con su vestido bordado, de espaldas, mirando hacia un paisaje que no está pero que se intuye en cada hilo. El blanco, aquí, no es vacío: es la sala de un museo íntimo, el lugar donde se archiva lo que corre el riesgo de desaparecer.
Y hay otras figuras que llevan solo su color. Cuerpos comunes, sin atributo ni oficio, sostenidos por un monocromo que no los explica sino que los envuelve — un rosa que podría ser cualquier tarde, un ocre que podría ser cualquier calle. No cargan historia visible: cargan presente. Son el vecino, el transeúnte, el que camina sin saber que alguien lo está mirando por primera vez.
Umbral no traza una frontera entre estos dos modos de existir. Los pone a cruzarse. Porque la tradición no vive únicamente en el traje ni en el oficio que se hereda: vive también en el color que alguien elige sin pensar cada mañana, en el gesto que se repite sin saber que se está repitiendo un gesto antiguo. El organillero y el hombre común no están tan lejos el uno del otro. Ambos cruzan la misma calle. Uno la cruza cargando su historia a la vista de todos; el otro la cruza cargando la suya en silencio, disuelta en el color que lo rodea.
Esta exposición no clasifica lo mexicano en un pasado que se admira y un presente que se vive sin mirar atrás. Lo observa cruzar, una y otra vez, de un lado a otro del umbral — el lugar donde la memoria se vuelve color, y el color, con el tiempo suficiente, se vuelve memoria.
La lucha libre no es solo espectáculo: es ritual, es teatro popular, es una de las tradiciones más vivas y visualmente potentes de México. Esta exposición reúne a tres artistas —Kya (CDMX), José Abraham Flores (Tijuana) y Ed Zomby (Toluca)— que desde distintos puntos del país miran hacia el ring no como nostalgia, sino como territorio fértil para el arte contemporáneo.
Cada obra propone una lectura propia: la máscara como identidad múltiple, el cuerpo del luchador como símbolo de resistencia, la arena como espacio donde lo popular y lo sagrado se cruzan. Lejos de repetir la iconografía obvia, cada artista encuentra en la lucha libre un lenguaje para hablar de quiénes somos hoy —entre la tradición heredada y las formas nuevas de nombrarla.
Presentada en Luchito, un espacio que vive y respira esta cultura, la muestra propone que mantener una tradición viva no significa congelarla, sino seguir peleándola, caída tras caída, desde nuevas esquinas.
Visiítala en Luchito, Querétaro 91, Col. Roma, CDMX.
Historias de Dos Mundos reúne el trabajo de Alejandra Carreño y Rodrigo Román en una exposición donde la fotografía y la pintura funcionan como puntos de encuentro entre distintas culturas, memorias y formas de interpretar la imagen.
La serie fotográfica de Carreño surge de su viaje a la India y se construye desde la experiencia de observar un entrono ajeno, capturando momentos, atmósferas y fragmentos cotidianos que hablan tanto del lugar como de la mirada de quien lo recorre. En contraste, Rodrigo Román trabaja desde la pintura retomando referentes modernistas mexicanos y latinoamericanos para reinterpretaros a través de un lenguaje más abstracto y contemporáneo.
Aunque ambos artistas parten de contextos y procesos distintos, sus obras dialogan desde la idea de transformación: transformar la experiencia en imagen, la memoria en reinterpretación y la distancia en un espacio de conexión. Historias de Dos Mundos propone así un cruce entre territorios visuales que, aunque lejanos entre sí, encuentran puntos en común dentro de una misma exploración artística.