Residencias o algo así (Aníbal Buede) 19.07.22
Residencias o algo así (Aníbal Buede) 19.07.22
Pasó que hace unos días una alumna me contó que había una convocatoria para una residencia y que quería saber de qué iba. En 4 años de facultad nunca nadie les había comentado nada al respecto.
Así que me puse a pensar de dónde sale esto de las residencias. Porque en los 80 cuando yo era alumno de la escuela de arte, ese formato no existía. Creo.
Me fue inevitable pues comenzar a ensayar teorías (una más delirante que la otra) acerca de las instancias fundacionales de estas iniciativas y las iba compartiendo con mi alumna por mensajes de audio de wsp.
Viajo entonces a principios de los 90, pleno dance menemista, paternalismo a ultranza, pero de inclusión y emancipación, nada. En ese terreno devastado quienes venían trabajando en el terreno del arte, sobre todo el de los márgenes (territoriales y conceptuales), comienzan a preguntarse qué hacer con esta orfandad. Y cómo.
Son entonces los propios artistas que a falta de espacios y acompañamiento, se ponen en la tarea de crear los propios, gestionados por ellos mismos y pensándolos como parte vital de sus prácticas. Me gusta la palabra anfibio.
En este contexto van apareciendo en distintas ciudades del país, espacios que no sólo se limitan a la exposición sino que también incorporan actividades satélite. Por ejemplo, debates, seminarios, y charlas en las que se conversaba sobre el estado de la escena y se proponían líneas de acción. Espacios construidos y contaminados desde el deseo.
Naturalmente, y como un síntoma común, emerge (en ese deseo) la posibilidad del cruce entre artistas de distintas ciudades. Es así como se empiezan a gestar estas iniciativas autónomas que en un principio, y por razones económicas, duraban solo un par de días.
Allí, estos artistas visibilizan la potencia transformadora que se generaba cada vez que se cruzaban en algún lugar del país. Deciden pues redoblar la apuesta y llevar estos encuentros a una semana, o 10 o 15 días.
Y lo hacen.
Lo que encuentran en estos cruces los deslumbra, ni imaginaban las repercusiones simbólicas y políticas que estallarían allí.
Repercusiones que no solo apuntaban a gestionar sus propios espacios sino que ponían en cuestión todas sus prácticas como artistas.
Alguien las llamó residencias. Y estuvo bien.
Comenzaron a pensarse como un formato (y una inscripción) más del arte contemporáneo. Yo me permito pensarla como la más vital de todas. En la que se juegan distintas instancias de aquellas prácticas.
En este punto, mi alumna me preguntó si no estaba ficcionando un poco, le parecía un relato sacado de un cuento, quizás por la manera en la que se contaba. Y claro, yo también dudé de la veracidad de lo que le iba narrando pero, importa?
Por otro lado, me comentó que estaba muy bien toda esta historia pero que no me olvidé que necesitaba coordenadas actuales.
Decidí entonces compartir con ella mi experiencia personal en dos visitas que hice a un par de residencias en el último mes.
Hace dos semanas viajé a San José del Rincón, en Santa Fé. Allí está la casa de Cintia y Maxi, dos artistas a los que conozco hace décadas y con los que cada tanto nos cruzamos. En esa casa funciona Curadora, una residencia para artistas que si no me equivoco lleva ya alrededor de 10 años funcionando. Ellos gestionan los fondos a partir de becas o subsidios del estado (del nacional y del provincial) y con eso pueden convocar a artistas de distintos lugares del país a residir por 15 días allí. Cuatro artistas por temporada.
Han pasado por Curadora varios artistas amigos, todos coincidieron en que fue una experiencia valiosa y que volvieron transformados. No es un detalle menor.
Compartí solo un día y una noche en esa casa, y estuvo bueno porque además de compartir ese tiempo con los artistas residentes, Cintia y Maxi me fueron contando sus ideas con respecto a Curadora (lo que mi alumna esperaba). Básicamente un espacio que se les ofrece a los artistas para desarrollar algún proyecto en particular, o para seguir con sus procesos o para ambas cosas a la vez. Sin actividades pautadas.
Eso es todo? preguntó mi alumna. Así que intenté ponerla en situación:
Imaginate estar 15 días compartiendo una casa en un ambiente natural con 3 artistas de distintas ciudades y con dos anfitriones que también son artistas y que tienen un tránsito vital dentro del campo del arte desde hace décadas.
No hizo falta más.
La segunda visita fue a una en Córdoba en la que Agustín (a quien le dicen Chino) y Santiago, dos artistas jovenes locales se lanzaron a experimentar con el formato. Todo lo que sabían acerca del asunto era de oídas, nunca habían participado en ninguna y tampoco tenían idea de como gestionarla y menos financiarla. Se pusieron en la tarea de seguir los pasos de sus deseos.
Con sus escasos contactos y muchas ganas comenzaron a convocar a artistas de otras ciudades y algunos locales a participar de un encuentro de una semana que se dividiría en dos partes; un par de días en una casa en el campo y el resto en su propio taller cerca del centro de la ciudad. inventando locas estrategias de autofinanciamiento lograron formar un grupo de 10 artistas.
Al principio nadie sabía bien qué hacía allí ni que tenía que hacer, los dos jóvenes gestores tampoco. Poco a poco y con la mejor voluntad de cada uno, cada cual fue encontrando su lugar y su modo de relacionarse con los otros, y con el lugar.
La ultima noche se armaron una fiesta donde desplegaron individual y grupalmente una serie de acciones e intervenciones que daban cuenta de sus experiencias en esos días.
El taller-residencia se transformó en un laboratorio de dudas y certezas que compartieron con todos los que asistimos deslumbrados a ese numerito final.
Ninguno de quienes estuvimos allí, ni ellos ni nosotros, volvimos indemnes a nuestras cotidianeidades.
Anoche me llegó un mensaje de mi alumna diciéndome que estaba más confundida que antes.