"Cada grano de Coffefons cuenta una historia de dedicación, tierra fértil y sueños que huelen a café recién hecho."
En lo alto de las montañas de Jerusalén, Cundinamarca, entre neblinas persistentes y árboles de roble, se esconde la vereda Alto Roble. Allí, donde el tiempo parece detenerse y el canto de los pájaros marca el ritmo de los días, nació lo que hoy conocemos como Coffefon’s, una marca de café con alma campesina y corazón familiar.
Todo comenzó hace más de medio siglo, cuando Don Héctor Fonseca, un joven labriego con manos curtidas por el trabajo y un sueño más grande que las montañas que lo rodeaban, decidió sembrar sus primeras matas de café en un pequeño terreno heredado de su padre. Lo hizo sin saber de técnicas modernas ni mercados internacionales; solo sabía que el café bien cultivado podía ser una herencia viva, una forma de hablarle al mundo desde la tierra.
Años después, su nieto Julián, con el mismo espíritu resiliente, combinó el legado agrícola con algo nuevo: la visión de darle nombre y rostro a ese café que hasta entonces solo se conocía en los mercados locales. Nació así la idea de Coffefon’s, un homenaje al apellido de la familia y a la tradición que los había unido durante generaciones. Julián, comenzó a tostar el café en la finca, empacarlo a mano, y venderlo en paderias, pueblos cercanos y más tarde, a través de redes sociales.
Coffefon’s no es solo una marca: es una forma de vida. Cada grano lleva consigo la historia de una familia que nunca renunció a su tierra, a su identidad ni al sabor único que da el Alto Roble, con su clima perfecto, su suelo fértil y su gente generosa.
Hoy, Coffefon’s sigue siendo un emprendimiento familiar, pero con una visión clara: llevar el sabor del campo colombiano a cada taza del mundo, sin olvidar jamás de dónde venimos.