Etapa Cuba
A veces me pregunto, ¿por qué viajo? ¿Por qué gusto de montañas, acampadas y fogatas? Nunca he tenido una respuesta solitaria. Tal vez, la estirpe de mi abuelo emigrante; las guerrillas universitarias de mi hermana. Los libros de Thor Heyerdahl y Magallanes…O ese amor indisoluble que siento por las montañas del Escambray cuando desde las solapas, observo el Mar Caribe. No lo sé. Pero como Bengt Danielsson, creo que viajar es una idea cojonuda. Trinidad. 1998Etapa Cuba. Cienfuegos. Guajimico.
Antes de mi primera “guerrilla” tardé años aprendiendo técnicas de acampadas, trazando rutas y revisando mapas, porque mi madre me prohibía viajar, hasta que no tuviera pendejos. Fue en el verano de 1994 que descubrí una incipiente vellosidad que aún padezco desde aquella época en que enarbolaba ideales comunistas y ecologistas que, por suerte, ya no padezco. Con una mochila FAPLA reciclada y media biblioteca de Heyerdahl, Iturralde–Vinent y Cousteau me sentía un explorador, cuando llegué a la zona cavernaria litoral cienfueguero, conocida como Guajimico. Hace más de 20 años, sitio poco habitado del Escambray.
El poblado, lejos de la carretera y cerca de aquel campamento icónico de mi infancia al que nunca pude ir por no ser pionero destacado: “La Tatagua”. Recuerdo una anécdota que despertó en mí el sentido de cazador. Dos pescadores submarinos llegaron a mi campamento y alrededor de una fogata me explicaron cómo y por qué pescaban para sobrevivir. Corría el llamado “Periodo Especial” que mermaba hasta las poblaciones intrincadas de la isla. Por aquella época yo era medio comunista, medio ecologista y creía en las supuestas leyes de Cuba para proteger el medio ambiente. Les expuse un discurso marcado por un proteccionismo y un animalismo que hoy no predico ni practico. Recuerdo discutimos; y mi pasión animalista chocaba con su lógica de supervivencia. Se despidieron agradecidos del café con ron y la fogata, me dejaron unos pescados frescos y se perdieron en la cerradera de monte buscando la ruta del Circuito Sur.
Mientras preparaba los pescados, pensando en el proteccionismo animal, en la ecología y otras comepingancias arraigadas fui a buscar agua, dejando las presas sobre una piedra cerca de la fogata. Al regresar, topé con que una jutía conga se comía mi cena. Era un magnífico ejemplar de los protegidos. Parecía una rata grande, como de 15 libras de buena carne. Y es que, en Cuba, esa rata se come. Pensé en la ecología, en la jutía, en que sería un abuso eliminar al endémico roedor arborícola. También pensé en mi hambre, en la jutía asada, y en la veda y pudo más el instinto. A pedradas capturé al bicho. Lo despellejé, troceé sus cuartos, le eché sal y la asé dónde anteriormente asara los pescados. Me fui de Guajimico sin sospechar que sería la última vez que referiría la protección animal cuando de comer se trata. Y lo hice sin pena, sin vergüenza y sabiendo que no violé ningún principio; porque me quedaba claro que eso también es parte de la ecología.