Unos ojos se abren, dando paso al resto del rostro. Te amo. Te amo, inspira Florence. La cámara se abre en un leve zoom, descubriendo el teléfono en la mano de la amante. Contraplano. Julien da la réplica escueta del deseo. Te amo, contesta ansioso. Miles adereza con delicadeza la apertura de los títulos de crédito. Su trompeta parece como si no quisiera enturbiar esa intimidad. Tan solo celebrarla. La voz desaparece y queda tan solo la doliente belleza de unas notas. Miles manda. No necesitas saber más. Siente.
Odile, Arthur y Franz alternan sus rostros en un desquiciado baile de fotogramas, baile que es de deseos a ninguna parte. No hay guión, nadie sabe cómo acabará la trama. Así debe ser la vida. Pragmático e inmoral, Arthur. Ingenua y soñadora, Odile. Tímido y sensible, Franz. Los tres desprecian el futuro prefijado. Arthur y Franz juegan a ser gánsteres de película como Godard ama el cine amaericano, su liviana inconsistencia. El cine que vendrá después nace en esta película. Eso sí, sin poesía, prosaico, digital.
Los títulos de crédito iniciales cierran con un fundido en cielo nublado. unas cuerdas de contrabajo rasgando. Un ojo abierto, mayestático, inunda el siguiente fotograma, pero pronto da paso a un plano cenital de Berlín. Calles, avenidas, coches diminutos, puntos que son personas. El ojo que mira desde el cielo, objetivo, indolente, como la mirada de dios. La cámara gira, recorriendo la ciudad. Unos violines dan paso a un arpa melodioso, dulce, que presentan lo que parece un ángel sobre la cornisa de un edificio, mirando hacia abajo, serio, hierático, vistiendo una larga gabardina oscura. Lentamente, sus alas desaparecen y vemos, otra vez en cenital, peatones cruzando una calle. Solo una niña mira hacia arriba. La inocencia que percibe lo invisible mientras el resto transita en su prosaica cotidianeidad.
Una petición peregrina, hilada aparentemente para cubrir el silencio, sirve de pretexto para descubrir segundos después el juego benigno de una seducción compartida. Quiero regalarle un bolso a mi mujer. Ella aprecia con ternura el cariño a su esposa. Él fuma cerrando sus ojos, como quisiera evitar ser descubierto. ¿Podría usted comprar uno? Como el suyo. Quizá no le guste. De otro color entonces. Se lo preguntaré a mi marido. Me lo compró él en el extranjero. Entonces, déjelo. Ella remueve su bebida mientras mira sin mirar el giro monótono de su cuchara. Yo también quiero preguntarle algo. ¿Dónde compró su corbata? Me las compra mi mujer. ¿De verdad? Me las compra en el extranjero. ¡Qué coincidencia! Mi marido tiene una igual. Y mi mujer tiene un bolso igual al suyo. Yo sé, lo he visto. ¿A dónde quiere ir a parar? La camarta gira violentamente hacia él, que de nuevo baja los ojos y fuma. Vemos el humo mientras ella sentecia: Creía que era la única que lo sabía.
La pequeña Ana mira con ojos de adulto, sin miedo, diríase que indolente, un tren que se acerca. 77 años antes otro tren llegaba en celuloide a la estación de La Ciotat. La mirada inquieta por inocente del espectador de entonces parpadeaba 24 fotogramas por segundo. La pequeña Ana no parpadea, quizá quiera retener toda la luz de ese instante, la de un tren que viene y se va, como la vida de aquel tiempo suspendido en una España gris y desolada, donde los monstruos no son quienes parecen.
Hola, ¿cómo te llamas? Yo soy María. ¿Quieres jugar conmigo? María le ofrece su mano y se acercan a la orilla del lago. ¿Quieres una de mis flores? Él la coge, la huele y sonríe. Estas para ti y estas para mí. Puedo hacer un barco. ¿Ves cómo la mía flota? Él observa, comprende la sencilla lógica del juego y tira otra flor al agua. Sonríe de nuevo, entusiasmado. Tira una flor, otra. Ya no hay más flores que tirar. Mira sus manos, vacías. Toma entonces a la niña entre sus brazos y la tira al lago. No flota. Asustado, se aleja.
Anochece en Roma. Graznan unas gaviotas mientras vemos a ras del Tíber el puente Sant'Angelo. Una voz confiesa: «Cuando llegué a Roma a los 26 años me precipité demasiado rápido...» Una multitud baila deshinibida en lo que parece una fiesta al aire libre. No podemos oirles, solo la voz en off que prosigue su confesión: «...casi sin darme cuenta en lo que se podría definir como el vórtice de la mundanidad. Pero yo no quería ser simplemente un hombre mundano... quería ser el rey de los mundanos».
Bajo la luminosa cara de respetabilidad, la ley se apoya en la fuerza, nace de ella y en ella se sustenta. Esta es la historia de violencia de Estados Unidos. Su épica. Su miseria. Ransom, pese a que no la solicite, necesita de la ayuda del rudo Tom, como se alimenta de la iniquidad de Valance para legitimar el orden. Los tres se necesitan. De esa profana trinidad nace el cine mismo. Solo dentro de la pantalla, hecho celuloide, puede ser digno y bello este frágil equilibrio. Fuera, nada es nítido.
Quién puede desgarrar su carne sin provocarse dolor. No hay liberación posible. Temer el anverso latente en nuestros ligamentos, el escozor sin alivio, el sudor perpetuo, la tara indeleble. Jekill y Hyde, Elliot y Beverly, habitan un solo ser sin posible cirugía. Todos somos mutantes. No existe instrumental que enderece nuestra naturaleza, ni ficción que calme la necesidad de desligarnos de ese otro que nos habla desde un hábitat desconocido.
Comedia más tiempo igual a tragedia, y viceversa. En un redoble, si alargamos el tempo, deviene en espectáculo, mito, ficción, vana carcasa, Joker. El cine. Arthur Fleck no interesa, molesta, agria, nos recuerda nuestra contingente naturaleza, el pesar de lo cotidiano. Deseamos que la persona mute en villano, trasgreda en nuestro nombre, ría sin pudor, revele liberado su máscara. La máscara. No hay más de nosotros que sobreviva que una herida, marcada a fuego en la infancia y supurada sin redención en la adultez. El resto es hipérbole. El cine.
Nadie puede vivir solo. Tarde o temprano necesita saciarse con el sacrificio de la otredad, trascender su agreste naturaleza, morir rendido ante la inefable belleza, la mirada ajena que nos descubre y fulmina. Los ojos de Kong. El monstruo desparece si obviamos el resto. El cine, oh, el cine. Mirada, mirada perpleja.
La vida mancha, sudan los cuerpos, envejecen, se enturbia la mirada, en risas enlatadas, afanes inútiles; pasa y pesa el tiempo, que nunca va hacia atrás salvo que una ficción trasgreda su naturaleza. Vigo lo sabe. El cine, solo él, rompe ese maleficio, lo libera de su aciago destino. Nadan los cuerpos en livianos deseos, sin la prisa del quehacer, ojos inocentes, poesía sin verbo, letra libre en imágenes. Quién se atreve a rescatar al cine de su estruendo, feria de vanidades, prosaico testamento de un presente exhausto, adolescente. Vigo lo sabe. El cine, solo él.
Look into your heart! Lo inevitable es una ficción dictada por el cruel chiste de un guionista. Ninguna trama debiera verse venir. Leo no lo sabe hasta que escucha el llanto quebrado de un hombre, pidiendo clemencia. Look into your heart! El héroe, griego o de Kentucky, desoye el texto, transita por renglones torcidos, reniega de su creador, habla con voz propia. Solo los diferencia la coda. Hollywood salva al protagonista. La taquilla manda. En Grecia, la de antes, no hay concesiones para el trasgresor, paga su deuda, la soledad, un errante silencio, fundido en negro.
¿Cómo lo haría Lubitsch?, se preguntaba Wilder. ¿Cómo lo haría Wilder?, se preguntaba Trueba. Así podríamos encadenar la pregunta hasta volver al principio. El toque Lubitsch no es solo estético. Inocula una ética sin apenas notar el antídoto. Y encima provoca una necesidad insaciable de reír. Un fotograma suyo en vena basta para que ningún indeseable desee invadir un país, imponer ideologías, enrocarse en su torreón de dignidad, deprimirse. Con Lubitsch se te quitan todas las tonterías que pudieran aún quedarte en recámara. Sus películas debieran ser de obligado cumplimiento en parlamentos, reuniones de ejecutivos, claustros de docentes, coloquios televisivos, iglesias, hilos en redes sociales... Lubitsch es la única religión en la que yo militaría con los ojos cerrados, con ardiente devoción, con insensata inocencia. Amén.
Cuenta Arsuaga que la naturaleza dotó a los niños de candidez y ternura para que no quedaran a expensas de la voracidad del medio y murieran. Carentes de cualquier protección natural, solo un atajo emocional pudo evitar la extición de nuestra especie. Nada puede definir mejor la maldad humana que hacer daño a un niño. Estamos programados para repudiarlo incluso en nuestra imaginación. Ante la mirada de un bebé hasta el más infame queda desarmado y cautivo. Difunto, diría Chicho.
Redención: del prefijo re, ‘de nuevo’, y émere, ‘comprar’. Lo que en un principio aludía al pago por la libertad del esclavo, el cristianismo trasmutó su prosaico significado, dotándolo de un carácter metafísico, de saludable liberación. Liberación que entrañaba por defecto dolor y vejación. Solo a través de la lacerante transformación del cuerpo podía el alma experimentar su mutación moral. Solo humillando al cuerpo, doblegando de su banal deseo, queda el alma libre de su cautiverio.
No hay dignidad ni consuelo en la pobreza. Todo lo destruye. Ahoga la ternura, claudica la voluntad, el rictus muta en amargura. Los pobres reptan en el subsuelo de su miseria, recogen los despojos que tu soberbia desecha. Su mirada se hunde en un infinito de ausencias. Huelen los pobres. Es un olor adherente, de dulzura herida, agrio silencio, tiempo en salazón, en húmeda fragilidad rendido. Huelen los pobres. Y el rico más aun lo detecta, teme el eco amargo de su huella. Quizá sea ese olor lo que al pobre le queda, recuerdo vergonzoso de nuestra complacencia.
Decía un amigo que cuando fuera viejo haría lo que le viniera en gana, soltaría lastre y se lanzaría a toda suerte de desmanes y excesos. Se acaba de jubilar y poca entrega le veo a ese propósito. A lo sumo se colará sin vergüenza ni remordimientos en el supermercado, se tirará pedos sonoros en público mientras sonríe, pecaminoso y feliz. Prenderá fuego a todo lo que le recuerde a rutina. Me imagino la vejez -ando más cerca de ella que de la juventud- como un territorio agreste, desvencijado de cortesías, pendenciero, que aprovecha su aparente vulnerabilidad como patente de corso. La pensión no compensa tanta mala baba acumulada, los desvelos silenciados, el desgaste sin devolución. Por fin puede uno ser molesto, deslenguado, avaro, epicúreo sin desmerecer a ojos del perplejo espectador.
Atraidos por lo que intuyen como una vida fácil con resultados favorables, algunos de mis alumnos dicen ingenuamente que de mayores quieren ser delincuentes. En respuesta a sus oníricas expectativas, intento disuadirles, explicándoles -como si yo supiera en qué consiste la vida delictiva- que ser delincuente requiere disciplina y mucho curro. Levantarse temprano para supervisar envíos hasta que cae el sol. Suma a esto la desagradable misión de descoyuntar piernas o reventar cabezas. En las películas parece fácil, pero cara a cara... Nada de trajes relucientes, ágil verbo, tramas de final feliz y deseos satisfechos. Lo más probable, si es que no dejas más pronto que tarde un feo cadáver, es que acabes en un centro de menores o embruteciéndote en una cárcel de extrarradio, mirando de reojo y poniendo cara de perro. En el cine nada es lo que parece. Menos aún en la vida.
Siempre me sorprendió del cine negro su cuidada ironía, el hiriente sarcasmo de sus personajes. Más teatral que prosaico, se ve el refajo del guionista en el afilado escarpelo de sus diálogos. Si nos ponemos puntillosos, no cuela que rudos delincuentes y mujeres fatales, criados en jergas de extrarradio, sin estudios ni hacienda, destilen esa elocuencia, hablando como quien dispara al corazón. Sin embargo, son este y otros pecados contra la realidad los que hacen del noir un territorio donde quedarse y reconocerse. Después de todo, ya sabes, ese es el material del que estamos hechos. Ficción.
Nadie está a salvo de ser rubricado en listados ajenos, etiquetado, lacado, hashtagerado, marcado a fuego en boca de competentes censores, amigos de catecismos profanos con los que saciar su frustrada vulnerabilidad. Toma uno entre sus manos por azar un banderín rojo, caído desde un camión, y por conjunción de indigestas causalidades acaba como lider de una manifestación comunista. Yo solo pasaba por allí. Recojí el banderín para devolvérselo a su dueño. Excusas. Es usted un alboroteador. Chaplin sabe bien los efectos perversos del escarnio público, de la miseria política, de los listados tejidos al calor de la paranoia colectiva. Tiempos modernos. Aquellos. Estos también.
Henry Hill lo tuvo claro desde que era niño: yo quiero ser uno de los suyos. Ser respetado, vivir como si no hubiera ley o poder, de este mundo o del más allá, que atenace mi voluntad. El arte es que no te pillen. Y si lo hacen -a mi me pasó- a galeras a remar. Vivir a tu pesar como un gilipollas. Uno más del montón. Uno de los tuyos. Ir al súper, pagar impuestos, contar hasta diez cuando algún cabrón te sople al oído, y morir quizá con el recuerdo feliz de aquellos tiempos en los que eras dios en la tierra.
Nada bello hay en la guerra. Por mucho que el cine se esfuerce en dotar a las imágenes de una estética con la que masticar su crudeza, de la guerra nada digno y apreciable puede extraerse. Destruye toda la humanidad que atesoramos en tiempos de paz. Nos vuelve ruines, despreciables. Saca de nosotros una desconocida sombra que agria el carácter y reprime la bondad. Y quien se restiste a ceder a ese natural impulso de supervivencia muere antes o cae en una insondable tristeza; sus ojos, como los del joven protagonista, miran sin mirar a un infinito sin fondo. Cuando vemos los rostros de los prisioneros liberados en Auschwitz no hay vida en ellos, vagan zombis a través de un espacio sin formas, como si estuvieran ciegos, perdidos en un somnífero metaverso. Coppola intentó, quizá para hacérnosla más masticable, aderezar al horror de un jocoso cinismo. Quién sin él podría sobrevivirla. Elem Klimov rehuye atravesar el alambre con red. Nos golpea sin misericordia. Nos obliga a mirar. No hay placer en el olor matutino a napal, ganas ni tiempo para surfear. La guerra no es bella. Nadie debiera desearla, alentarla, dar coba al dirigente que la contemple como escenario plausible. Klimov habla más que a nadie al ciudadano acomodado del mundo libre, que observa palomitas en mano el horror, como si de un divertido artificio se tratase, como si no fuera con él la guerra ajena, como si él mismo estuviese a salvo de su amenaza.
En Estados Unidos, la desidia, el hastío, la pereza son pecados profanos intolerable. El operario debe moverse sin pausa, activar con eficacia y optimismo sus capacidades naturales, ponerlas al servicio de la maquinaria económica, gastar energía y consumir. He aquí la felicidad. El ocio sin mediación del gasto es estéril y disrruptivo. Una norma no escrita, pero determinante, penaliza al ocioso, fulmina al que no pasa por caja. Debes rendir, ser capaz, útil. Este ética protestante del deber esforzado no cala con igual ímpetu en la mente del español estandar, aunque los que mandan intenten sin éxito que cuele en el imaginario colectivo. Aquí la perfección huele a trabajar más y cobrar igual o menos. El trabajo es un mal endémico, heredado de Adán y Eva, para desgracia nuestra. Compensa ser menos eficaz si en el intento quien se afana se permite el placer de la pausa y la charla, aunque el resultado salga menos fino. Importa más el camino que la meta, el paisaje que el horizonte.
Primero fue el ser humano. Dios vino después, metáfora de nuestra naturaleza creativa... también destructiva. Todo lo creado simula a su creador, no puede evitarlo. Una obra de arte, un artefacto, una IA ingeniosa. Da igual lo certero y prodigioso que sea un algoritmo, en su adn impostado lleva la huella de su creador. No lo supera, tan solo lo replica, rubricando a través de dictadas operaciones el eco de nuestros deseos... también nuestras miserias. Fuera de nuestra epidermis, acampa a libre albedrío una ficción infinita, un edén contingente creado a nuestra imagen y semejanza.
Sin Dashiell Hammett y John Ford no existiría Sanjurō, el rōnin ingenioso y letal, interpreetado con naturalidad por Mifune. Sin Kurosawa, a Leone no se le hubiera ocurrido Por un puñado de dólares, y Kurosawa no le hubiera acusado de plagio. Sin Shakespeare, Ford, Kurosawa y Leone no existiría La guerra de las galaxias, y sin esta tampoco se hubieran estrenado decenas de miles de películas posteriores. El cine, como todo arte, es copia aumentada, homenaje más o menos explícito, contagio sin cura, ad-mirar y re-crear. Verdad revelada de lo que ya existía, que al descubrirla parece nueva, prodigiosa. Cuanto más cine ves, más aire de familia encuentras en los fotogramas, como si asistieras a un espectáculo inagotable, donde cada película deja adrede huellas que rastrear, y que al ser descubiertas ensanchan tu mirada y te dan ganas de más madera.
Una idea fija que aturde la mente, hasta tal punto de que nada que no sea saciar esa obsesión merece tu afán. Pero nunca queda saciada, porque el objetivo es inalcanzable, infinito. A cada paso infructuoso, la ansiedad crece, como si el fracaso alentara la búsqueda, y vieras indicios inexistentes, huellas ajenas, rastros donde solo hay humo, desechos que el azar deja para alimentar ese desasosiego. El placer que proporciona el dolor de un error tras otro, de una lucha condenada, basta para continuar. No hay goce en la meta, solo el camino merece ese sacrificio. Fuera de esa adicción, todo es anodino, el rutinario mecanismo de un autómata.