Abram. Una persona normal y corriente.
Casado con una mujer normal y corriente llamada Sarai.
No podían tener hijos, pero tenían un agregado: Lot.
Lot era sobrino de Abram, cuyo padre había muerto hacía tiempo.
No les había ido mal económicamente.
Tenían siervos, ganados...
Y ya eran mayores: 75 y 65 años respectivamente.
Pero tuvieron un ENCUENTRO con Dios. El único Dios verdadero.
El invisible. El Eterno.
Probablemente no sabían nada de Él.
Y ese día se convirtió en alguien muy real para ellos.
Del mismo modo nuestros ojos fueron abiertos a una realidad que no imaginábamos.
Unos de una forma, otros de otra.
Sentimos que Dios era real, que nos llamaba y se rompían nuestros esquemas.
Sobre la vida. Sobre su significado. Sobre lo que realmente importa.
Un primer encuentro en el que poco conocíamos sobre quién es Dios.
Él quiere darse a conocer.
Pero no de una manera intelectual, sino a través de la experiencia. De una relación.
Abram y su esposa tuvieron que aprender a confiar en lo que no se ve.
Removerlo todo para comenzar un viaje. Con peligros. Con incomodidades.
Solamente con promesas de un Dios misterioso que les había hablado claramente.
Confiar y creer en lo que no se ve, es la FE.
Y la fe produjo un cambio sustancial en sus vidas.
Rompieron con su pasado. Rompieron con su estilo de vida. Rompieron con su propia familia.
Porque es lo que Dios les pidió.
"Y Jesús le dijo: Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios."
S. Lucas 9:62
Abram y Sarai fueron aptos para el reino de Dios.
Cuando Dios nos llama, todo no puede continuar igual.
Él nos llama a dejarlo todo. Él nos llama a que Él mismo sea nuestro todo.
"El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí."
S. Mateo 10:37-38
Abram recibió PROMESAS de Dios:
- Tu descendencia será una gran nación.
- Te bendeciré (todo te irá bien) y será contagioso. Lo contrario también.
- Te haré famoso.
- Tu bendición llegará a todo el mundo.
Grandes promesas. Un futuro maravilloso.
Pero, ¿será Dios fiel? ¿cumplirá su palabra? El tiempo lo dirá.
Así que salen con mucho ánimo. Quizá con alegría.
Con la esperanza de grandes sueños como el de tener hijos.
Con la mirada puesta en todas estas cosas y en el Todopoderoso Dios.
Del mismo modo, nosotros tenemos grandes y maravillosas promesas de Dios.
Que nos alegran. Que nos animan.
¿Te acuerdas de alguna? ¿O ya las has olvidado?
"Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?"
S. Juan 11:25-26
"El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él;"
S. Juan 7:38-39a
"Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo."
S. Juan 16:33
"No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar."
1 Corintios 10:13
"Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuanto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?"
S. Mateo 7:7-8, 11
Después de un lento y largo viaje al que se apuntó su sobrino Lot (sin olvidar que son mayores y las fuerzas no son las mismas), llegaron al lugar donde Dios les dijo que debían ir.
Y probablemente sus sueños se vinieron abajo. Por las CIRCUNSTANCIAS.
El lugar estaba ocupado por los cananeos. Gente peligrosa. Gente mala.
Y eran los dueños de aquella tierra.
Por eso Abram solamente podía dar vueltas por todo ese país. No se podía asentar.
Debía seguir viajando por toda aquella tierra sin oportunidad de establecerse.
¿Por qué querría Dios traernos aquí? ¡No hay posibilidades!
Algunas veces nos sentimos así. Perdidos. Desconcertados.
¿Nos habremos equivocado?
Las cosas no tienen un buen comienzo.
Así fue que Dios se presentó a Abram para confirmarle.
Y para añadirle una cosa más: esa tierra pertenecerá a sus descendientes.
De nuevo el futuro. Una promesa más.
Algo que posiblemente él mismo nunca vea.
Porque de aquí a que sea una gran nación, estamos hablando de siglos.
Pero DIOS ESTABA CON ELLOS.
Abram adoró a Dios. Construyó un altar.
Aprendió que Dios le acompañaba.
Las circunstancias no cambiaron.
Y si lo hicieron, fue para mal (una crisis alimentaria).
Incomodidades. Perplejidad. Dudas.
Y la palabra de Dios.
Confianza. Fe. Relación. Esperanza.
Y experimentar cada día su bendición, su cuidado.
Y con cada prueba ir CONOCIENDO y CONFIANDO en el dador de la vida.
Y allí estaban ellos.
Dos abuelos en una tierra extraña.
Una tierra peligrosa.
Una tierra donde no podían establecerse.
Una tierra en la que en ese momento no había alimento.
Parecía que estaban destinados a salir de allí corriendo.
Aunque era la tierra que Dios había prometido a su descendencia. Que de momento era cero.
Era la tierra de la que en ningún momento Dios les dijo que se fueran.
Dios es un Dios de promesas.
Y hasta ahora habían visto su bendición.
Su cuidado en medio de unos habitantes peligrosos.
Vale. Es verdad que sabían que Dios estaba con ellos.
Pero en ese momento las cosas no estaban yendo bien.
No se estaban muriendo de hambre todavía. Pero era cuestión de tiempo.
¿Quedarse o marchar a un sitio mejor? Sin duda una difícil decisión.
Aunque había que mirar hacia arriba, lo de abajo daba miedo.
La realidad los llevaba a dudar de ese Dios que había dicho: quédate.
¿Deberían haberle consultado? Por supuesto.
¿Lo hicieron? No lo sabemos.
Lo que sí sabemos es que decidieron ir a Egipto y Dios no se había pronunciado con algo nuevo.
Allí sí había comida.
E iban a establecerse (a morar) allí.
Tres cosas salieron de esta decisión:
El miedo, las mentiras y el desastre.
Miedo a ser asesinado por el hecho de ser el marido de una mujer tan increíblemente hermosa como era Sarai.
Mentiras para defenderse y salir ileso.
Y el desastre de que Abram se quedara sin esposa y Sarai con un nuevo marido. De romper un matrimonio.
Este miedo quizá nos parezca demasiado desproporcionado. Pero quizá no lo era.
Los habitantes de aquella parte del mundo eran muy violentos.
Y a lo mejor era habitual la ley de que el más fuerte, era el que se quedaba con lo mejor.
Pasase por encima de quien pasase.
Y su esposa era tan impresionantemente hermosa, que se la quitarían de las manos.
A él lo quitarían de en medio. Por ser su marido.
O estaba muy enamorado y para él, ella era la mujer más guapa del planeta, o era realmente así.
Miedo.
Que surge de la inseguridad. De hacer las cosas que no tocan.
De desobedecer a un recién llegado Dios a sus vidas.
De no confiar en Él.
Miedo que se nos presenta en tantas ocasiones.
Sobre todo cuando no estamos donde deberíamos estar.
Cuando no hacemos lo que deberíamos hacer.
O cuando hacemos lo que sabemos que no deberíamos hacer.
Nada bueno puede salir de este estado.
Nada bueno si no estamos siguiendo las pisadas de nuestro Maestro.
O si hemos dado la espalda a Dios.
Precisamente Jesús tuvo que decir muchas veces: "No temáis".
Podemos confiar en el que tiene todo el universo en sus manos.
La mentira aparentemente le libró de una muerte casi segura.
Nadie le mató.
Al contrario, le hicieron la pelota para llevarse a su hermanastra.
Ellos realmente eran hermanos.
El padre de ambos era Taré, aunque sus madres fueron distintas. Hermanos por parte de padre.
Medias verdades siguen siendo verdaderas mentiras.
Y el padre de las mentiras es el diablo.
Podríamos decir que se pasó al otro bando.
Y aunque el resultado parecía bueno (riquezas y prosperidad), su destino era la destrucción.
De un matrimonio. De las magníficas promesas de Dios. De su alma inclusive.
Es el precio a pagar por dejar a Dios.
Miedo, mentiras y destrucción.
Menos mal que Dios tomó la iniciativa de salvarlos.
El faraón empezó a sufrir las consecuencias de la mentira de Abram y Sarai.
Porque las mentiras no vienen solas.
Y el sufrimiento llega a las vidas de los que están a nuestro alrededor como consecuencia.
Normalmente a los que más queremos.
Faraón sufrió plagas gravísimas en su reino.
Y de algún modo supo que era consecuencia de querer casarse con Sarai.
Se lo reprochó a Abram
Y los echó de allí inmediatamente. Los llevó incluso a la frontera para asegurarse.
Aprendieron y experimentaron que Dios era su Salvador.
Entonces volvieron a la tierra donde había hambre.
La tierra que Dios les prometió.
Y allí también aprendieron y experimentaron que Dios era su Proveedor.
Abram y Sarai eran un matrimonio normal.
Personas como tú y como yo.
Un día tuvieron un encuentro con el Dios verdadero, que les cambió la vida.
Rompieron con su pasado y sus creencias.
Creyeron en el Dios que hizo los cielos y la tierra.
Creyeron en el Dios que hace promesas.
El Dios que estaba con ellos cuidándolos y protegiéndolos.
En medio de una gente peligrosa.
El Dios salvador.
El que les salvó del desastre en Egipto.
El Dios que ahora estaba proveyendo para sus necesidades alimentarias de una manera milagrosa.
Sin duda su promesa de bendición se estaba cumpliendo realmente en sus vidas.
Pero de nuevo surgen otros problemas. Cuando se han solucionado los anteriores, llegan otros.
Pruebas.
Necesarias para darnos cuenta de quién es Dios y quiénes somos nosotros.
Para crecer en nuestra confianza en Él.
En nuestra relación con Él.
Ya no pueden seguir juntos Abram y su sobrino Lot.
Los pastos no son suficientes para sus ganados si están en el mismo lugar y sus pastores se pelean por ellos.
Dios ha bendecido grandemente a Abram.
Lot, como consecuencia también ha sido bendecido.
Bendición contagiosa.
"Bendeciré a los que te bendigan"
Así que toca tomar una decisión al respecto.
Abram propone separarse para evitar conflictos.
Y propone a Lot que elija hacia dónde desea ir.
Lot miró hacia las mejores tierras.
Las más verdes.
Con más agua.
Las más ricas.
Las del oriente.
Y escogió aquellas.
En contraste, Abram se dirigió hacia el lado contrario.
El desierto.
Lo difícil.
Lo duro.
Lot consiguió establecerse en una ciudad, en una casa.
Abram fue acampando, montando y desmontando su tienda.
De un sitio a otro.
Podríamos hablar de la falta de respeto de Lot hacia su tío por no haberle dicho que siendo él el mayor, escogiera donde ir.
O de la malicia al aprovecharse y escoger aparentemente la mejor parte.
Pero quiero centrar la atención en lo que ambos tienen y lo que es para ellos lo más importante en la vida.
Abram tiene escasos pastos y un desierto difícil.
Lot tiene verdes pastos y ciudades cerca.
Abram tiene tiendas inseguras e incómodas.
Lot cambia sus tiendas por una casa en una gran ciudad.
Abram tiene a Dios como el centro de su vida, ya que está allí por Él.
Lot tiene las riquezas y el placer como el centro de su vida.
La mirada de Abram está en el Invisible.
La mirada de Lot está en las cosas de este mundo.
Nos suena, ¿verdad?
Dos maneras de vivir.
Creer que esta vida es lo único que importa.
O creer que es la vida con Dios la que importa.
El fin de cada una de ellas nos dará la clave.
No el presente.
Porque la vida que Dios nos ha dado trasciende a la misma muerte.
En nuestro corazón no solo hay deseo de eternidad, sino que la hay.
Según lo que sea lo más importante para nosotros, dirá donde está nuestro corazón.
Y cuales son las decisiones para nosotros importantes en esta vida.
Dirá si Dios es importante y suficiente para nosotros.
Dirá si estamos en el camino correcto o en el equivocado.
Dirá si hemos tomado una decisión buena o una mala.
Se veía venir.
No podía salir algo bueno de la decisión de Lot de ir a las mejores tierras y ciudades, que sin embargo estaban plagadas de tanta maldad.
Buenas tierras... más disputas por ellas.
Parece ser que los reyes de las ciudades donde vivía Lot, estaban sometidos a un invasor, y decidieron rebelarse contra él después de 12 años.
Así que se enfrentaron a éste y a sus aliados, que parece que lo arrasaban todo a su paso.
No llegó a buen término esta revuelta, o más bien guerra.
Lot, como ciudadano de este lugar, se vio prisionero junto a su familia y todo lo que tenía.
La amistad con el mundo tiene un riesgo muy grande.
Uno se puede ver fuerte para vencer las tentaciones y confiar en uno mismo para no dejarse contaminar.
Pero la boca del lobo es la boca del lobo.
Tentar a la suerte no es propio de los que siguen a Dios.
La verdadera motivación de Lot se hizo patente cuando dejó que su tío Abraham se quedara con la peor parte, la difícil.
Había avaricia, había egoísmo y había un claro distanciamiento de Dios.
Y no es difícil caer en ello.
Desde que nos levantamos, vivimos en un mundo que nos arrastra en sus quehaceres y responsabilidades.
En sus actividades y en su filosofía de vida.
Lo que nosotros consideramos en un principio que no es lo más importante, se puede convertir en lo que más nos importa.
Por lo que vivimos y luchamos.
Dejando en un segundo o tercer plano al que verdaderamente importa: Dios.
Esclavo.
Sin esperanza.
Sufriendo.
Así estaba Lot.
¿Quién le iba a salvar?
¿Para quién él y su familia podrían ser tan importantes como para arriesgarse a un rescate?
Esclavos del trabajo, del tiempo, del dinero, de decisiones, de promesas...
Una vida apagada.
Solamente iluminada por pequeños flashes de felicidad.
Dios se convierte en una carga, en un deber.
En vez de un deleite, nuestra fortaleza y nuestra paz.
¿Cómo salir de aquí?
¿Qué hacer?
¿Le importamos a alguien?
En realidad: Sí.
Principalmente a Dios.
Quien no nos quiere ver acabados y esclavizados.
Él nos ofrece libertad de la buena, de la verdadera.
Sólo Él nos puede hacer volver en sí.
Sólo Él puede hacer el milagro.
Las noticias llegaron a Abraham.
Él reúne a todos sus siervos que son 318.
Nada en comparación con el enemigo que es fuerte y sabe luchar.
Abraham habla con sus aliados en la montaña y vienen con él.
Y al final consiguen rescatar con vida a Lot y a todas las personas que habían sido prisioneras, junto con todo lo que habían robado y que les pertenecía.
Sólo Dios podía hacerlo.
Y Dios se sirve en muchas ocasiones de personas que están a su servicio.
Dispuestas para arriesgar, para sacrificar.
Tiempo, dinero, posesiones, fuerzas, ganas...
La cuestión sería si nos queremos dejar ayudar.
O si estamos dispuestos a ser de ayuda.
En un mundo en el que se nos moldea hacia el individualismo.
A un egoísmo atroz.
¿Quién será el valiente o la valiente que se ponga en acción?
¿Quién será el que acepte el consejo y la ayuda para salir de una vida sin Dios, insulsa y pobre?
En el momento en que ellos vuelven sanos y salvos, tienen un recibimiento muy especial.
Un rey misterioso llamado Melquisedec.
Rey de Salem (Paz).
Sacerdote del Dios Altísimo.
¡Vaya! En aquel lugar había un testimonio sobre Dios.
Y sin embargo había tanta maldad... ¡Qué lástima!
El rey Melquisedec sacó pan y vino, y bendijo a Abraham.
Y dio gloria a Dios por esa liberación.
La perspectiva correcta.
Dios estaba detrás de todo.
Y Él merece todo el honor y las gracias.
¿Damos esas gracias a Dios diariamente?
¿Le damos la gloria en todo?
Abraham ofreció a Dios un diezmo de todo lo que había conseguido.
Él no necesitaba ser más rico, ni aprovechar la ocasión para serlo.
Su corazón era para Dios.
Su vida era para Él.
El rey de Sodoma quiso darle como recompensa a Abraham, toda la riqueza que había conseguido en la guerra.
Abraham no quiso nada.
Lo devolvió todo.
A las personas, animales y cosas.
No quería nada del rey de Sodoma y los demás.
No quería que la gloria no fuera para Dios.
No quería tampoco nada de los malos.
Porque su verdadera riqueza era Dios.
¿Es Dios para mí la verdadera riqueza?
¿O quiero otras cosas?
Abraham estaba en medio de la tentación, y se negó a tener algo que ver con aquellas personas y su maldad.
Lot también, pero es una pena que volviera a su vida de antes.
Liberado, pero vuelto a lo mismo.
La próxima vez, sufriría mucho más.
El tiempo lo dirá.
Habían pasado muchas cosas desde que Abram y Sarai salieron de su casa a esta gran aventura a la que el mismo Dios les llamó.
Dejaron atrás sus raíces, su pasado.
Rompieron con todo después de su encuentro con Dios.
Porque así debe ser.
Creyeron en el Dios de promesas y bendiciones.
Fueron a una tierra extraña y peligrosa.
Supieron que Dios estaba con ellos.
Dios mismo se les aparecía y hablaba.
Y ellos le adoraban y obedecían.
Aprendieron a confiar en Dios.
Experimentaron su salvación y su perdón en Egipto.
También su provisión en la necesidad más acuciante con el hambre en Canaán.
Finalmente su protección, su fuerza y victoria en medio de una guerra.
Contra un rey muy poderoso cuyo nombre es inpronunciable.
Y allí rechazaron cualquier cosa que viniera del mal.
Del rey de Sodoma.
Ya que sólamente querían vivir en la bendición de Dios.
Muchas cosas, ¿verdad?
Ahora Dios interviene.
Por medio de una visión.
Habla con Abram para decirle:
NO TEMAS.
El miedo siempre está a la puerta de nuestra vida.
Aun a pesar de haber experimentado y de saber que Dios tiene el control de todas las cosas.
El miedo aparece sutilmente.
Como quien no quiere la cosa.
Y nos transmite preocupación.
Inseguridad.
¿Qué pasará a continuación?
¿Qué retos tendremos que enfrentar?
Abram había vencido.
Y se le ha reconocido públicamente.
Esto le hizo ganar más amigos o aliados.
Pero también enemigos.
Él seguía dando vueltas por allí.
Seguía plantando sus tiendas.
Estaba aparentemente desprotegido.
Le faltaba seguridad.
¿Y qué nos daría a nosotros seguridad?
¿Qué pensamos que pudiéndolo tener, nos haría estar más tranquilos, más seguros?
¿Una buena paga?
¿Un trabajo de funcionario?
¿Una pensión elevada?
¿Cero gastos?
¿Muchos ahorros?
¿Unos buenos médicos?
¿Una buena educación para nuestros hijos?
¿Leyes más justas?
¿De qué tenemos miedo?
¿De la escasez de recursos?
¿De la enfermedad?
¿De problemas imprevistos?
NO TEMAS
Dice el Señor.
No temas, Abram.
Yo soy tu ESCUDO.
Tu protección.
Tu protector.
Y si tantas veces nos lo repite a lo largo de la Escritura...
Será porque Él nos quiere dar seguridad.
Calma.
Tranquilidad.
Verdadera paz.
De esa que sobrepasa todo entendimiento.
En medio de circunstancias nada agradables.
Porque Él lo supera todo.
El escudo
Y Dios añade lo del galardón.
Un premio.
Una recompensa inmensamente grande.
A lo que Abram responde con aquello que es su máxima esperanza: un hijo.
Y Dios le enseña las estrellas.
Para decirle que las cuente.
Si puede.
Y le ratifica su promesa de una descendencia innumerable.
Dejar el pasado atrás con su antigua vida.
Por medio de la fe creer en el Dios de promesas y bendiciones.
Obedecerle.
Adorarle.
Experimentar su presencia con ellos.
Experimentar su salvación y perdón.
Experimentar su cuidado y provisión.
Experimentar su fuerza en la lucha.
Y finalmente escuchar de Dios: no temas, yo soy tu escudo y cumpliré mis promesas.
Con la correspondiente fe auténtica de Abram que fue contada por justicia...
Nos deja un panorama alentador.
Nos enseña que la fe se va desarrollando.
Y que lo hace en el día a día en una relación y comunicación personal con Dios.
Pero han pasado unos años más.
10 desde que llegaron a esa tierra.
Y cada vez es más difícil que se cumpla la promesa que más deseaban Abram y Sarai: tener un hijo.
Abram tiene 85 y Sarai 75.
Han sido bastante pacientes.
Dios está apurando tanto el tiempo y las posibilidades...
Abram y Sarai seguro que hablaron muchas veces sobre esta cuestión.
Al principio quizá más ilusionados.
Pero ahora parece que están desesperados.
Así que deciden tener un hijo de otra forma.
Como se acostumbraba en su tiempo.
De esta forma se cumpliría la promesa de Dios.
Ya que sería hijo de Abram.
Y la sierva solamente era un medio.
Un utensilio.
Su ama tenía todo el derecho a reclamar el hijo como suyo porque los siervos no se pertenecían a sí mismos.
Lo malo es que esto implicaba el hecho de que Abram tuviera una mujer más.
Que aunque no estaba del todo mal visto por la sociedad, para Dios sí.
Un hombre y una mujer. No dos mujeres.
Ayudar a Dios era la idea.
Pero la manera: la del mundo.
Había que hacer algo pronto.
Y lo hicieron.
No creo que tuviera más culpa uno que otro.
Ya que una propuso y el otro aceptó.
La historia se repite.
Todo esto desencadenó, como lo hacen las malas decisiones, problemas en casa.
Una sierva que desprecia a su ama.
Una mujer que se queja a su marido.
Un marido que dice que haga lo que quiera.
Una ama que maltrata a su sierva.
Una sierva que se fuga embarazada al desierto...
Podríamos decir que las decisiones precipitadas hacen esto.
Pero creo que esta decisión no era precipitada, sino errónea desde el principio.
¿Dónde quedó esa preciosa conversación con Dios?
¿Dónde quedó esa gran fe?
Creo que no deberíamos ser tan duros con ellos.
Porque a veces nos pasa lo mismo.
Hemos tenido grandes momentos con Dios.
En los que hemos escuchado claramente su voz que nos decía: no temas.
Nos hemos sentido aliviados y fortalecidos.
Pero al pasar el tiempo (no mucho, la verdad) nos olvidamos y tomamos decisiones absurdas.
Decimos o hacemos cosas que claramente están en contra de la voluntad de Dios.
A veces hasta las espiritualizamos.
O incluso las excusamos diciendo que Dios tenía que haber hecho algo antes.
Y a veces no tiene marcha atrás.
Como esta vez con Abram y Sarai y Agar.
Tenían que haber esperado la intervención soberana de Dios.
Y no lo hicieron.
Tenían que haber hablado con Dios antes de actuar.
Y no parece que lo hicieran.
De todos modos, aunque el mal rollo iba a estar todavía en esta casa muchos años, Dios intervino.
No para deshacer el entuerto, pero sí para reconducirlo todo.
Agar volvería a casa.
Ese hijo no sería el elegido.
Pero Dios lo bendeciría mucho.
En medio de todos estos problemas (que no son pocos ni pequeños) una Agar egipcia y sierva tuvo un encuentro con el Dios viviente que la veía y la oyó.
Un encuentro que sin duda también cambiaría su vida.
Pero Abram y Sarai tendrían que seguir esperando en el Dios de promesas.
Igual que tú y yo.
El tiempo va pasando para esta pareja.
Ya van 24 años.
Desde que Dios prometió a Abram y Sarai que tendrían un hijo.
Ismael ya tenía 13 años.
El fruto de una decisión equivocada que partía de la desesperación después de esperar 10 años.
Los conflictos seguían seguramente en casa, en medio de esta familia.
Pero aprendieron a esperar.
Y se fueron al otro extremo.
Al de pensar que ya no iba a suceder nada.
A la incredulidad.
Uno de aquellos días.
Uno cualquiera.
Sin que ni siquiera lo esperaran.
Dios se apareció a Abram.
Tenía 99 años.
Seguro que las arrugas eran bien marcadas.
Dios se presentó al parecer de forma visible para reafirmarle su promesa.
Aquella que probablemente más ilusión le hacía.
Aquella que al parecer ya había desistido en esperar.
"Soy el Dios TODOPODEROSO."
Fueron sus primeras palabras.
¡Y qué palabras!
El Dios de TODO-PODER.
Algo que necesitaba escuchar sin duda Abram.
Porque ya no esperaba milagros a esas alturas.
Se había cansado de esperar.
Ismael era un hombrecito.
Sus esperanzas estaban puestas sobre él.
Porque ya no había forma biológica, ni oportunidad para la vida para este matrimonio tan mayor.
99 y 89 años.
Me pregunto si yo también he caído en esta misma forma de pensar y de vivir.
Harto de esperar, me dejo llevar por la idea de no esperar nada.
Y si viene algo, pues bien.
Y si no, al no hacerme ilusiones, no me dolerá tanto.
Es algo como convencerse a sí mismo del NO, y seguir adelante con lo demás.
Dios me sigue diciendo, como a Abram: Yo soy el TODOPODEROSO.
Con esto me está diciendo que Él no se ha olvidado.
Y que tiene TODO el poder en sus manos.
¿Confiaré en Él?
¿O serán para mí las típicas palabras de la Biblia que no tienen nada que ver conmigo?
"Anda delante de mí y sé perfecto."
Es lo que Dios le dice a continuación.
Porque es posible caer en el error de volver la espalda al que aparentemente nos la ha vuelto.
Porque es posible también que nuestra fe y entrega al Señor se haya convertido en una condición a sus bendiciones.
Y si Él no responde, yo tampoco lo haré.
No debe ser así.
Él quiere que confiemos en Él a pesar del panorama.
"Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados."
Romanos 8:28
Así que animó a Abram a creer y seguir adelante en la vida nueva que Dios le había dado.
Ser perfecto no es poco.
Pero Dios nos lo pide.
Y sabe que aunque no lleguemos a ser perfectos totalmente, nos pide que lo seamos.
Porque Él es así.
Porque es lo bueno.
Y hace todo lo necesario para que no nos desanimemos.
"Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad."
1 Juan 1:9
Dios además de animarle, hizo un pacto.
Que se reflejaba físicamente en los hombres.
La circuncisión.
Y su nombre Dios lo cambiaría por Padre de Multitudes.
Abraham.
Y a Sarai le cambió el nombre por Princesa.
Sara.
Además le dijo cuándo sería esto: el año que viene.
Genial.
Dios es bueno.
Y Abraham se rió.
Le hizo gracia.
No se lo creía demasiado.
Y Dios subió al cielo después de hablar con él.
Poco tiempo después se apareció a los dos.
Estaba acompañado de dos ángeles.
Su aspecto parece que era el de personas, seres humanos de carne y hueso que andan, hablan, se sientan y comen.
Algo muy familiar.
Y Dios les dijo que Sara iba a tener un hijo al año siguiente.
Y que Dios sería el encargado de producir este milagro.
"Volveré a ti." Te visitaré.
Una repetición.
¿Necesaria?
Seguramente.
Dios no hace las cosas innecesariamente ni por si acaso.
Él nos conoce.
Y nos ama.
Sabe cómo nos sentimos.
Sabe cómo tratarnos.
Aunque nosotros no lo entendamos al cien por cien.
Abraham no dijo nada.
Pero Sara se rió.
Como lo había hecho su marido poco tiempo atrás.
"Me conozco a mí misma."
Podría decir Sara.
No hay ninguna posibilidad.
Y la respuesta de Dios es la pregunta: "¿Hay algo difícil para mí?"
Quizá fuera necesario que Sara lo escuchara de los labios de Dios mismo y no sólo de su marido.
Tratos de Dios con esta familia.
Buenas conversaciones.
Sentimientos que afloran en cada palabra.
Un Dios que escucha pacientemente y que habla.
Este es Dios.
Este es mi Dios.
Yo soy el Dios todopoderoso.
¿Hay alguna cosa difícil para mí?
Anda delante de mí y sé perfecto.
Sé perfecta.
Se habían reído ante la noticia de que al año siguiente serían padres.
Tenía 89 y 99 años.
Habían esperado 24 años.
Ante la resignación, Dios les había dicho:
-"Soy el Dios Todopoderoso."
-"¿Hay algo difícil para mí?"
-"Anda delante de mí y sé perfecto."
Dios en persona se les había aparecido ya dos veces en muy poco tiempo.
Y en esta segunda vez, tenía algo más que enseñarles.
Habían terminado de comer y descansar tanto Dios, como dos ángeles que le acompañaban.
Se habían levantado y dirigieron su mirada hacia Sodoma.
Parece ser que desde allí se veía esta ciudad.
Aparentemente una ciudad como cualquier otra.
Rica, próspera y moderna.
Pero Dios y los ángeles veían algo más.
Una ciudad en la que el pecado se había agravado en extremo.
Y esto no era poca cosa.
Agravado habla de una subida en la cantidad e intensidad.
Extremo habla de que se había llegado hasta el límite de lo posible, no se podía ser peor.
Pecado habla de rebeldía, desobediencia, maldad, romper con las normas, las leyes naturales, las del Creador bueno y perfecto.
Si sumamos las tres cosas, nos encontramos con algo increíblemente malo.
Tiempo atrás ya había ocurrido algo similar.
Tiempos de Noé.
Una destrucción global por medio del agua.
"Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal."
Génesis 6:5
Esto es lo que veían Dios y sus ángeles.
Pero ¿qué vemos nosotros cuando miramos nuestra ciudad?
¿Nuestra sociedad?
¿Nuestro país?
¿Nuestro mundo?
¿Y qué oímos?
Porque Dios oía un clamor contra Sodoma y Gomorra.
Es decir, gritos de desesperación, angustia, injusticia y dolor.
Sufrimiento provocado por y dentro de estas ciudades.
Porque se habían apartado de Dios y sus leyes.
¿Qué vemos y oímos nosotros?
¿Y qué hacemos ante esto?
¿Acaso apartamos la mirada?
¿O miramos al suelo?
¿O nos perdemos en los entretenimientos que nos ofrece nuestra era digital?
¿Hay algo que podamos hacer?
Dios hace partícipe a Abraham de esta situación.
Porque no es suficiente con conocer la verdad.
Con ser salvos e ir al cielo.
Con cambiar de vida y ser buenas personas.
Abraham iba a ser de bendición a todas las familias de la tierra.
A todo el mundo.
Así se lo vuelve a recordar Dios.
Nosotros, al igual que Abraham, también hemos sido bendecidos por Dios.
Tenemos el tesoro de la verdad en nuestras manos y en nuestro corazón.
La verdad nos ha hecho libres.
Jesús nos ha hecho libres de la esclavitud del pecado.
Al pagar con su vida el castigo que nosotros merecíamos.
Al resucitar y vencer a la muerte.
Al darnos una nueva vida.
A través de nuestro arrepentimiento y fe nos ha dado la salvación.
Hemos sido muy bendecidos.
Inmerecidamente bendecidos.
Para precisamente: Bendecir a otros.
A todos.
Sin distinción.
"Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia."
S. Mateo 10:8
Y ¿de qué manera podemos bendecir a otros?
Enseñando a vivir en los mandamientos de Dios.
Primero a su familia.
A los suyos.
Después siendo un ejemplo de vida para los demás.
"Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder."
S. Mateo 5:14
Los ángeles abandonaban la escena dirigiéndose a Sodoma y Gomorra.
Solamente quedaron Abraham y Dios.
Había algo que le inquietaba a Abraham.
Dios lo sabía.
Precisamente por eso le dijo lo que pensaba hacer.
Dios le quería enseñar algo muy importante.
Lot, el sobrino de Abraham estaba en Sodoma viviendo en una casa.
Se había asentado allí incluso después del mal trago que tuvo que sufrir cuando fue apresado él y toda su familia por unos reyes y llevados como esclavos.
Hasta que su tío Abraham los liberó.
¿Cómo era eso posible?
¿Es que no aprendió nada?
¿Dónde tenía la cabeza?
¿Dónde estaba su corazón?
¿Acaso no nos ocurre algo parecido?
Cuando sabemos que algo es malo para nosotros o nos tienta a caer en pecado, pero vivimos cerca de ello,
¿No lo dejamos del todo?
¿Lo miramos como una posibilidad y no quemamos los barcos?
No somos mejores que Lot si vivimos en esa espiral autodestructiva.
Allí seguía él y Abraham lo sabía.
Allí tenía en frente al Creador y Señor de la tierra.
¿Qué hacer ante una noticia así?
Dios ya lo había decidido.
Abraham sabía 4 cosas de Dios que se reflejaban en esta conversación:
- Él es amor.
- Él es justo y no puede pasar por alto ningún pecado, y menos esos que se habían agravado en extremo.
- Él no recompensaría a una persona mala y castigaría a una buena persona.
- Él perdonaba.
Por lo que aprendió que Dios quería que él INTERCEDIERA.
Oró por otros.
Oró por la salvación, no de una persona o de una familia, sino de todos los habitantes de estas ciudades.
¿Si hubiera 50 buenas personas allí, no los perdonarías a todos?
No eran tantas en medio de quizá cientos de miles.
Sería lógico pensar que no todos eran igual y que fueran todos malos.
Pero el pecado se había agravado en extremo.
Dios responde con perdón para todos si encuentra 50 buenos.
Y lo haría por el amor que tiene a esos 50.
Qué maravilloso es Él.
Qué grande.
Pero los ángeles seguían andando hacia las ciudades.
Y Abraham se pone nervioso.
¿45?
Los perdonaría también.
¿40?
También.
¿30?
Sí.
¿20?
Los perdonaría.
Y los ángeles siguen su camino.
Abraham hace su última súplica quizá pensando en su sobrino, su esposa e hijos que pudieran llegar al número del perdón.
¿10, Señor?
Los perdonaría a todos.
Lo que hace una pequeñísima parte de los que aman a Dios en este mundo.
Sí.
Somos pocos.
Pero somos la sal que impide que esto se pudra.
Qué Dios tan maravilloso es el que nos ha rescatado y sigue haciéndolo teniéndonos a nosotros haciendo la diferencia.
E intercediendo.
Como Abraham.
¿O se nos ha olvidado?
"Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra."
S. Mateo 6:9-10
Que venga su reino.
Que invada esta tierra.
Que la llene.
La oración de intercesión no es el último recurso, sino el primero.
Hablamos con el Dios de amor.
El Dios justo.
El perdonador.
El todopoderoso.
Que dice: ¿Habrá algo difícil para mí?
Que dice: anda delante de mí y sé perfecto.
No habían ni 10 buenas personas.
¿Cuántas habrían?
¿Sirvió de algo que Abraham pidiera por ellos?
¿O dio lo mismo?
Sí que sirvió.
No dio lo mismo.
Abraham aprendió que no se debía preocupar solamente de él mismo.
Que había sido bendecido para bendecir.
Para interceder.
Para salvación por el amor y el perdón de Dios.