Cuento
Ganador del concurso literario Gambito de papel 2024 y editado en la revista Gambito de papel.
Fue un domingo. Lo supo cuando le acercó una lavanda y sólo sintió olor a lavanda. La tuvo en la mano, por un instante, lo vio a él borroso detrás de la lavanda, como una ilusión que podía desvanecerse con la mirada. Era cuestión de foco, pensó. Mover el foco, cambiar el encuadre de la cámara. Por qué, era la pregunta que se le venía a la mente. No sabía por qué sí ni por qué no. Pero si siempre la lavanda era excusa para verlo a él, para asociarlo a ese olor, para fusionar la flor con su persona, de pronto, ese día, la lavanda era únicamente una lavanda. Nada de excusa para otra cosa, nada de extensión de la percepción, nada de sobredosis.
Ese domingo habían salido juntos a comprar, casi como salir juntos a caminar, porque ella quería cierta medialuna, no otra, y en tal panadería, y no la otra. Entonces para no sentir que se excedía en pedidos y caprichos, salió con él. Salieron juntos de la casa, y caminaron sin tocarse, a la par, pero manteniendo la distancia de dos conocidos que de tan conocidos van juntos pero separados, y la misma calle que los vio salir durante seis años, los vio caminar todavía con un aura de madrugada en ellos. Como una corona, la madrugada.
Caminaron dos cuadras, y se separaron antes de entrar al almacén. Él compró el café, ella iba por las facturas. Las mañanas de domingo no suelen defraudar, se es eficaz si se llega a tiempo, y si se tiene un poco de paciencia frente a las colas de algunos locales. Ella esperó. La panadería está en su momento de gloria, y lo mismo las medialunas. En fin. Compran, ambos, lo suyo. Y se juntan, para volver a casa. En el camino, él ve una planta radiante de lavanda asomándose por la reja de una casa. Las flores están espléndidas, las abejas también. Se frenan ambos. Él corta unas flores, no sabemos si por costumbre, por cortesía, o por amor. Ella presiente que son para ella, no sabe si por costumbre, por cortesía o por amor. Lo que sí sabe, o descubre, un instante después, cuando tiene las flores en la mano, y las huele, es que sólo huele a lavanda. Y nada más. El cielo se vuelve sofocante y él se marea por un momento, no sabe si es la presión, si es el sol, mañanero, que le golpea por demás, si fue el mate que tomó antes de salir. No sabe por qué, pero en ese momento, luego de cortar las flores, y de dárselas a ella en la mano para que las huela, algo adentro de él sufre un apagón, un reformateo. Sin saber qué, pero sabiendo que algo, ambos se miran con un tenue halo de nostalgia, como atajándose, o atajándolo al otro. Como si ambos sintieran que el otro se está cayendo y sólo con la mirada pueden tender una mano. Ella, que sigue sorprendida por oler sólo la lavanda, y nada más, ahora puede oler la distancia. Él, que sintió un apagón inesperado, comprende por un instante que atrás de ese sentimiento hay un desprendimiento, como el de un glaciar, que no nota las fracturas hasta que un día, un día específico, determinado por quién sabe qué, se quiebra una parte de sí mismo y cae seco el témpano al agua calma de la existencia, con un ruido ensordecedor. Pueden haber estado allí un momento quizás, un instante mínimo, o un rato largo, mirándose o mirando la lavanda, observándose y tratando de entender sin meterse en el mundo del pensamiento ni de la palabra. Allí nomás, en el silencio, rodeados por el olor de las flores y el sol de la primavera, el ruido de fondo de autos pasando por la calle, los pasos de algún vecino cumpliendo con la tarea dominguera de ir a comprar las facturas. Nadie sabe el tiempo. Pero lo suficiente, podríamos decir. Lo necesario, para atravesar el silencio, para poder, digamos, intuir, cómo seguir. Cómo seguir después de esto.
Me adelanto si les digo cómo siguieron, pero para eso estoy acá. Les cuento. Si caminaron esa mañana uno al lado del otro pero sin tocarse, como dos conocidos que de tan conocidos van juntos pero separados, volvieron a su casa tomados del brazo, realizando la presión justa para mantenerse juntos entre sí, presentes, cerca, y seguramente, esto lo saben ellos con certeza, por última vez.
Reseña El taller literario, Francisco Bitar, Editorial Sigilo, 2024. (a publicarse en la revista Por el camino de Puan 2025)
¿Cómo y por cuánto tiempo se es un escritor luego de publicar? ¿Cuánto de la propia existencia abarca la pose que sostiene esa pequeña proposición, ser escritor? Bajo ese manto de misterio y prejuicios que genera el sentirse una cosa que ya no se es, o no se es tanto, Francisco Bitar (Santa Fe, 1981) con su nueva novela El taller literario ensaya en la ficción cómo volver a escribir una vez que se tiene un bloqueo.
Gori Lizmayer, el personaje principal, es un escritor que publicó una saga hace ya tiempo y, desde que empieza la novela, escribir se le vuelve una montaña empinada, que sus pulmones de fumador desorientado no resisten. Entre ambientes ordinarios, vulgares, que a veces se vuelven cómicos, este escritor que cayó en el olvido busca, contra la solidificación de su realidad circunscripta a un departamento agrio y polvoriento, revivir ese ser para darse consistencia.
Con un cambio de nombre y un corte de barba para alejarse de la única foto que circula de él como escritor, Gori, ahora Ghito Londres, se va a sumar a un taller literario recomendado por la playera de una estación de servicio. El ambiente en el taller es difícil de tragar pero, una vez adentro, él va a convertirse en una molécula del heterogéneo grupo que, como dice el narrador, tira de la literatura hacia adelante. Parece que el taller es la condición para que el relato exista y, con pequeños deslices, la novela se vuelve metaliteraria, consciente de sí misma y de la creación de sus personajes: “Una vez en la calle, cada tallerista encara en una dirección distinta y se pierde entre la gente y en la fila descompuesta de autos. Por un momento, el propio relato se distrae con el movimiento, y hasta el narrador confunde a sus personajes entre todos estos hombres y mujeres que van y vienen por la ciudad”.
Como impostor le va bien. Sin embargo, la pose en algún sentido convierte al sujeto en eso que posa. Porque en definitiva, ¿Cuánto se puede alejar uno del pasado que arrastra? ¿O será que el pasado, como el tiempo, pierde consistencia y no hay manera de asirlo? Por lo menos en la literatura (o ante la literatura), Francisco Bitar, con una escritura ágil, cercana, posible, se acerca a la volatilidad de esa pose y a sus reverberancias, como las ondas que produce una piedra que cae al agua.
Reseña: Carolina Fernández Ares
Reseña Amarilis, Natalia Litvinova, Llantén editorial, 2024. (A publicarse en la revista Por el camino de Puan 2025)
La poesía es conocimiento por inmersión en cierto misterio por el que uno se siente tocado o atraído, dice Juan L. Ortiz. Atraída por los misterios que despiertan ciertas figuras mitológicas, Natalia Litvinova indaga en este poemario sobre la relación entre determinadas zonas de la realidad: la tarde, la contemplación de la naturaleza, seres que están hace tiempo y seres que aparecen de pronto. La escritura es devoción hacia la flor Amarilis; flor, deidad, oráculo. Voces y gestos danzan en la lectura, toman por momentos el espacio del lector, lo invaden, despiertan ruiditos en su cueva y se alejan dejando ecos sonoros que generan armonía y se disuelven. Su poesía modela el instante, le da entidad.
“Qué es el amor/ sino un avance/ de la naturaleza/ sobre mi cuerpo”. La pregunta por el amor es también una pregunta sobre la presencia de la poesía en el propio cuerpo. En una entrevista la poeta bielorrusa comenta cómo los niños de su ciudad natal, Gómel, están acostumbrados a jugar en los parques con monumentos de los grandes poetas. Así se fueron integrando esas miradas, esas poses de lectura, con el juego. La poesía se volvió indisociable de su cuerpo. ¿Hay un origen? Lo que hay es una sensibilidad, una mirada, gestos y recuerdos.
Este poemario devela un universo fuera del tiempo donde conviven seres glorificados por Virgilio con susurros diacrónicos, deseos con aromas, presencia con ausencia. “¿pero por qué le hablo/ a una flor sobre un Toro?// el toro que no quiere matar/ es una flor también.” Los poemas son confesiones hacia Amarilis, y conjugan encuentros con el toro; el otro desconocido pero cercano, que despierta deseo, violencia, irrupción.
“Desear es ir remando/ contracorriente/ sin saber qué hay allá/ donde algo se ilumina/ o tal vez se quema.” Como una canoa por una ciénaga, hundiendo suavemente el remo en el agua para no fracturar su templanza, este poemario se desliza por una superficie móvil sabiendo que a cada afectación del cuerpo la realidad se inclina, y cambia. Con las manos en cuenco la cuida, para saciar la sed humana, y siempre, luego, dejarla reposar.
Reseña: Carolina Fernández Ares
Una visita a Epecuén y lo que queda después
Crónica (a publicarse en 2025 en Revista Ardea)
La madrugada invernal en que salimos en auto rumbo a Epecuén la niebla fue lo único que vimos por horas. Primero sólo oscuridad, focalizada por dos caminos de luces altas que intentaban cortar la opacidad y terminar con ella. Luego, un gris húmedo que se fue aclarando poco a poco. Así por cinco horas. Fue una manera de trasladarnos a otra realidad donde no hay arriba ni abajo, ni cielo ni liviandad. Lo único que me volvía a centrar en el volante y la ruta era cierto conatus que me obligaba a inferir de ciertas tonalidades de la niebla la presencia de un camión, un auto o una moto. Por momentos lo que veía como realidad se mezclaba con recuerdos anacrónicos con cierta familiaridad. Llegué a imaginarme una niebla con peso, una lluvia de ceniza, imaginaba que de pronto la ruta se volvía pesada y el motor se ralentizaba hasta frenarse totalmente, a pesar de pisar cada vez más el acelerador. Una pesadilla que arrastra toda humanidad. Imaginaba el auto detenido en el medio de un espacio indistinguible, gris bajo cielo gris, el encierro en el descampado sin arriba ni abajo. ¿Cuánto duraríamos? ¿Cuánto aguantaría el oxígeno? ¿Cuánto aguantaríamos comiendo las galletitas y las manzanas que precavidamente traíamos con nosotros? Se me vino a la mente el recuerdo arrastrado a fuer de cartas, narraciones y crónicas de la erupción del Vesubio, herencia de siglos que la palabra escrita supo resguardar y trasladar.
Cuenta Walter Benjamin en su crónica radial La caída de Pompeya y Herculano: año 79 d. C. Plinio el joven intenta escapar de la lluvia de cenizas. Durante ese episodio tenía dieciocho años y después le escribió una carta al historiador Tácito contando su experiencia: la pálida luz crepuscular en vez del cielo, el intento de salir en carro pero la imposibilidad de avanzar por el bamboleo. En un momento llega la noche, pero la noche de una recámara sin ventanas. No se escucha más que los gritos estridentes de las mujeres, las lamentaciones de los niños y los suspiros de los hombres. Unos llaman a sus padres, otros a sus hijos o mujeres, pero sólo se reconocen por la voz. Algunos lloran por su propio destino, otros por el de sus seres queridos, y algunos ruegan que les llegue la muerte por terror a morir. Para muchos la última noche, la noche eterna.
Me vuelvo a concentrar en la ruta. Lejos de volcanes, en algún momento la pampa húmeda por la que avanzamos con persistencia soltó la niebla y con el tiempo el horizonte indefinido fue delimitándose. Al irse, la niebla devolvió al campo sus frescos colores, y de pronto divisamos a una de las encadenadas.
Las lagunas encadenadas del oeste de la provincia de Buenos Aires están en un área deprimida. La más elevada, la laguna Alsina, es al mismo tiempo la más dulce de ellas. En épocas de lluvia, cuando aumenta su caudal, drena hacia el oeste, hacia la laguna Cochicó, que al mismo tiempo drena hacia la siguiente, y así. Forman un sistema hidrológico cerrado, sin desagüe. El último espejo acuático de estas encadenadas en la laguna Epecuén, que se encuentra a menor altura (96 m. s. n. m.). Únicamente la evaporación del agua o la absorción del suelo hace menguar su volumen, por lo tanto es también la que mayores cambios ha mostrado ante la variabilidad de las lluvias. Y los cambios fueron bruscos, especialmente tras la inundación de 1985 que se tragó al pueblo.
Epecuén supo ser una gran salina con un ojo de agua. Hoy es la laguna más salada y con mayor cantidad de minerales de la provincia de Buenos Aires. Su salinidad, (diez veces más salada que el agua de mar) la vuelve deseada. Es allí donde, luego de reproducirse en las lagunas de agua dulce, logran comer sus crustáceos los flamencos. Es allí también donde multitudes de turistas ansían bañarse en sus aguas con propiedades curativas y mágicas, porque estas cualidades no se encuentran fácilmente. Quizá nos tengamos que remontar al Mar Negro para encontrar similitudes en las propiedades del agua que obligan a flotar a los bañistas y relajar hasta el último músculo inadvertido. Pero así como sanan al contacto con la piel, oxidan todo metal y dejan a su paso una capa de sal y sodio blanquecina. No hay nada que no quede transformado por su paso, carcomido, masticado. Debajo no crece nada. Así está el pueblo hoy, o el esqueleto del pueblo, blanquecino como espolvoreado por una nieve suave, como una capa de ceniza fina dejada por el agua, el sedimento salino luego de más de una década de inundación.
Villa Epecuén fue un pueblo balneario preparado para recibir gran cantidad de gente. En sus años dorados, alcanzó a tener 1500 habitantes residentes y llegó a recibir 25000 turistas; una estación de ferrocarril, una escuela, un club deportivo llamado“Club atlético Gauchos de Epecuén”, una iglesia, varios hoteles (intentando convocar a grupos de diferente poder adquisitivo), almacenes, el bailable “Bim Bam Bum” con aforo de hasta 800 personas, un castillo y un amplio balneario municipal. Las termas calientes en invierno, las enormes piletas en verano, y el perímetro de la laguna salada atraían a familias enteras.
Hoy el pueblo dejó atrás los carnavales, los desfiles y concursos de Reina de los gastronómicos Bim Bam Bum, las largas tardes de verano entre chapuzones, conversaciones y bronceados. Su auge fue entre los años 50s y 70s. La inundación fue su fin, abrupto.
La inundación cubrió todo.
No hubo volcán como en Pompeya y en Herculano. Fue la conjunción de la lluvia y de la mano humana que pretende controlar el agua y es abandono. La misma mano que intenta controlar para dónde va el agua en épocas de lluvia, dónde se concentra en épocas de sequía, qué campos se inundan y cuáles no.
Los hechos fueron los siguientes: hacía tiempo las lagunas habían disminuido su caudal, y por lo tanto se buscó llevar por canales agua de arroyos cercanos y que así se mantenga el nivel del agua. Es por esto que en el año 1979 se construye el canal Ameghino, pero por la falta de obras complementarias y de regulación, en el periodo de lluvia de la década del 80 empezaron las inundaciones. La ausencia de previsión de los organismos responsables flota como un fantasma por los alrededores de la Epecuén y de Carhué. En 1985 el terraplén que protegía Villa Epecuén cedió. Siete metros de agua cubrió la villa. Sus habitantes pudieron evacuar, pero no volver.
¿Qué es lo que asombra de ese pueblo esquelético, derruido por el agua, devuelto a la tierra como masticado por la sal? ¿Cómo fue que esos espacios albergaron tanto griterío y hoy son silencio de pájaro en el horizonte? ¿Hay algo aún presente en esos espacios preparados para multitudes, para los disfrutes colectivos en el espacio y en el tiempo olvidado?
Encuentro un ensayo de respuesta en la crónica de José Martí sobre Coney Island, esas playas preparadas para multitudes de veraneantes. Martí visitó la isla neoyorkina en 1881 y escribió sobre las características de esa isla ya famosa, montón de tierra abandonado hace cuatro años y hoy lugar de amplio reposo, a donde van legiones de intrépidas damas y de galantes campesinos. Martí se muestra asombrado por los espacios, por los veraneantes que se imantan al unísono con el proceso de modernización que transforma los espacios para poder recibirlos. Grandes hoteles, restaurantes, almacenes, juegos familiares, atractivos lúdicos y de consumo. Las postales se amplían, se vuelven artificiosas, multitudinarias. Al lado de Nueva York, lo que asombra allí es, para Martí el tamaño, la cantidad, el resultado súbito de la actividad humana, esa inmensa válvula de placer abierta a un pueblo inmenso, esos comedores que, vistos de lejos, parecen ejércitos en alto, esos caminos que a dos millas de distancia no son caminos, sino largas alfombras de cabezas; ese monumental aspecto del conjunto que hacen digno de competir aquel pueblo de baños con la majestad de la tierra que lo soporta, del mar que lo acaricia y del cielo que lo corona, esa marea creciente, esa expansividad anonadora e incontrastable, firme y frenética, y esa naturalidad en lo maravilloso; eso es lo que asombra allí.
La naturalidad en lo maravilloso. Lo maravilloso en el artificio humano construido para las multitudes, lo maravilloso en la congregación misma de las multitudes. El asombro no cesa. ¿Cómo lo habría asombrado a Martí conocer que en el sur del continente un pueblo de la llanura pampeana contenía las propiedades fantásticas de la sanación? ¿Cómo lo habría asombrado ver estas alfombras de cabezas bajando de un ferrocarril inglés a orillas de una playa de granos de sal? Lo maravilloso de la naturaleza, conjugado con la naturalidad de lo maravilloso de lo hecho para muchos, de la congregación, del veraneo, de los cuerpos.
Al recorrer Coney Island, Martí observa también que una melancólica tristeza se apodera de los hombres de nuestros pueblos hispanoamericanos que allá viven, que se buscan en vano y no se hallan. Impulsados por sus primeras impresiones de asombro ante el espacio, y por mucho que las primeras impresiones hayan halagado sus sentidos, enamorado sus ojos, deslumbrado y ofuscado su razón, la angustia de la soledad les posee al fin, la nostalgia de un mundo espiritual superior los invade y aflige; se sienten como corderos sin madre y sin pastor, extraviados de su manada; y, salgan o no a los ojos, rompe el espíritu espantado en raudal amarguísimo de lágrimas, porque aquella gran tierra está vacía de espíritu. La tierra está vacía de espíritu en Coney Island, observa.
Recorremos hoy Epecuén y nos preguntamos inevitablemente cómo era. Caminamos por calles indistinguibles donde se aposentó la sal, veredas blanqueadas que parecen salidas de series apocalípticas. A medida que avanzamos vemos contornos de ventanas que muestran de fondo al espejo del sol. Hay pocos techos, muchos azulejos, algunos postes de luz en pie y otros caídos. Escaleras que ya no suben a ninguna parte, porches repletos de escombros blanquecinos, árboles salinizados sin ramas. Pero hay algo que resulta inapelable: en esta tierra hay espíritu. Hay espíritu desde antes de la construcción del pueblo. Hay algo en la salina, en la laguna, algo previo aún al merodeo del hombre moderno. Algo que a veces deja rastro y que a veces va subterráneo. Algo que convoca, que seguramente hacía detener su paso a los indígenas merodeantes, algo que invitaba a la detención y a la contemplación. En esta tierra hay espíritu. La tierra en comunión con estas fuertes aguas.
Cuando bajó el agua de la inundación volvieron las alfombras de cabezas. Ya no bajan del ferrocarril inglés, desmantelado por el gobierno menemista, pero siguen acercándose a ver lo que supo ser, a ver eso que quedó del pueblo, y los que pueden, a reencontrarse con sus recuerdos de veraneos infantiles.
Algo parecido pasa en Pompeya, los caminantes se dejan viajar en el tiempo a la época romana. Por muchos siglos la ciudad desapareció del recuerdo de los hombres. En 1800 volvió a asomarse a la faz de la tierra, con sus comercios, fondas, teatros, escuelas de lucha, templos y baños públicos. Para entonces, la erupción del Vesubio del año 79 d.C., que la había destruido hacía dos mil años cobró un significado totalmente distinto. Pues así como para la gente de aquel entonces representó la destrucción de una ciudad floreciente, ahora constituyó su preservación. La ceniza salida de las profundidades de la tierra se conjugó de un modo particular y único. Ya sea porque salió húmeda, o porque una leve lluvia la acompañó, la ceniza se amoldó a cada pliegue de la ropa, cada curva de las orejas y se metió entre los dedos, los pelos y los labios de la gente. Luego se solidificó mucho más rápido de lo que tardaron los cuerpos en descomponerse, y por eso hoy tenemos reproducciones en tamaño real de personas que cayeron mientras corrían o luchaban contra la muerte.
La sal y la ceniza dejan sus rastros, dejan un manto sobre estos pueblos. Piso con cuidado las baldosas caídas y roídas por la sal. Parecen cubiertas por trapos, por capas de micelio seco. Como un eco distante, quedan las ciudades despojadas de sus habitantes, abolida la propiedad, devueltas al paladar de la tierra. Como Coney Island, preparada para una grandeza que no siempre llega, porque viene el invierno y sus animales habitantes se esconden a invernar. En ese tiempo queda el escenario, y siempre algo debajo que volvemos a buscar.
Crónica escrita a partir de los textos:
José Martí, Coney Island, La Pluma. Bogotá, 3 de diciembre de 1881.
La caída de Pompeyo y Herculano, Walter Benjamin, Interzona, Buenos Aires, 2015.
Y con esta luna
Se apagan las luces. Ella aparece, y dice Yo soy Charo Noemy Moreno.
En la obra, las cuatro actrices son ella. Las cuatro son ella o son cuatro presas, o no son ninguna y son una impersonalidad corpórea, o son tantas y al mismo tiempo cuatro, entre ellas ella. Eso en el teatro es posible.
Ella aparece en un momento, y dice Yo soy Charo Noemy Moreno. Y entonces se rompe instantáneamente la representación para ser de pronto la encarnación de eso representado. ¿Qué viene primero, la vivencia o la representación? Para ella la vivencia. Para nosotxs, de este lado, espectadores, primero la representación, para luego asir el germen de la representación: la vivencia de ella, su experiencia. Su vivencia en la cárcel. Su vivencia de su juventud revolucionaria y presa política durante la última dictadura cívico militar, entre 1974 y 1984. Su vivencia, la de tantas. Mil doscientas presas políticas.
Y con esta luna es el nombre del libro que recopila las cartas que Charo le mandó a su madre durante los diez años que estuvo presa. Y con esta luna es el nombre de la obra de teatro basada en el libro de las cartas desde la cárcel. Son cuatro ejes temáticos que se vislumbran en las cartas de los cuales tira la obra para volverla teatro. La voz que se lee (y que se escucha en la obra) es la voz resguardada en el papel de esa Charo de dieciocho, de diecinueve, de veinte años. Su voz, no el recuerdo de su voz. Y las voces, esas canciones, cuchicheos, murmullos, cansancios y consuelos de cuatro presas en una celda.
Cuando me prestaron el libro y lo tuve entre mis manos, no sabía cómo tratarlo. Quizá como un pequeño animalito que esconde una canción que sólo va a soltar si es cuidado. La edición de Elemento disruptivo editora es una obra de arte. Hay pliegues, delicadezas. Cada año de los diez años resguardados del tiempo en el papel tiene la forma de un sobre que se abre. Y si se lo tiene abierto se lo está viendo desplegado, y unx siente que requiere un cuidado especial al tenerlo recostado sobre el regazo. La lectura se vuelve entonces profanación de la intimidad, al mismo tiempo que una intromisión en la sinceridad y la congoja propias de una joven presa.
En agosto comienza una nueva temporada en el teatro Area 623 los domingos a las 19 hs.
Carolina Fernández Ares
Yo, Encarnación Ezcurra
Obra de teatro de Lorena Vega
Encarnación Ezcurra en el centro. El discurso oficial se encargó de dejarla en los márgenes, a la sombra de su esposo Juan Manuel de Rosas: la volvió a confinar dentro de la casa. Ella buscó y conformó su lugar, porque es una mujer política, y sabe que desde el lugar que cada unx esté, se puede pasar a la acción.
“De mí no se habla. ¿Encarnación? Fue brava. Prepotente. No se andaba con permisos. Eso dicen.” Así comienza el monólogo, reconociendo su incidencia. Se dice que era negra, negra toribia, que era fea, que creó la Mazorca, “pero no inventó el crimen ni la muerte a mansalva” Escucharla a ella a partir de este trabajo de recuperación de su voz, a partir de sus cartas que escribe a su marido que está en el desierto, es un modo de tocarla, de reconocerla. Ella, que fue sombra y fue murmullo, se vuelve presente.
Con dramaturgia de Cristina Escofet, dirigida por Andrés Bazzalo y actuada por Lorena Vega, la obra se sumerge en el universo de una mujer que reconoce su lugar de poder, que saca provecho, que sabe lo que sucede a su alrededor y decide actuar. Actuar con palabras en un doble sentido. Mandar acciones, denostarlas, negarlas, exigirlas, y por otro lado crear mundo a partir de un monólogo, palabras encarnadas. Encarnación. Un cuerpo deseante y con sangre que borbollonea, sensual, altiva. Lleva en sí el candombe, el ritmo del baile, de las noches de taberna, junto a las chinitas, la negrada, rodeada de tambores.
En el cuerpo en escena, una forma de poesía. La actuación de Lorena Vega es parte fundamental del conjuro. Logra transformarse, logra que veamos a esta mujer de múltiples facetas, pero sin máscaras, logra ser umbral y traer al pasado presente para pensar las traiciones, los excesos, los deseos, la lengua y sus efectos.
La obra se presenta los domingos de junio en Hasta Trilce a las 16 hs.
Por Carolina Fernández Ares (Junio2024)
Civil war
Película de Alex Garland
La polarización de la sociedad tiene un límite. Pero ese límite se puede correr hasta zonas de conflicto tan descarnadas que sólo se vislumbra en paisajes apocalípticos, y tenemos que reconocer que si sucede el apocalipsis, vamos a tener mucho que ver en su gestación. Alex Garland nos muestra en Civil War una realidad que con gusto llamaríamos distópica (para alejarla) pero que evidentemente está más cerca de lo que pensamos, e incluso en ciertas zonas de la esfera terráquea ya está aquí. Lo vemos diariamente en nuestras redes gracias al trabajo de periodistas y civiles en zonas de conflicto bélico. Guerras, genocidios, zona de sacrificio, todo está presente y hasta los organismos internacionales se muestran incapacitados de desarticularlos. La diferencia es la ficción, y el territorio donde tiene lugar: la sociedad norteamericana.
La película no ahonda en razones ni busca explicar la situación de la guerra civil. Es un hecho, y se muestra. Comienza con un discurso de un presidente jactándose de sí completamente a destiempo y sin ningún arraigo posible con la realidad; el delirio del poder en sus propio términos (difícil no establecer relaciones con varios presidentes contemporáneos, especialmente acá en la Argentina). Cuando la población tiene sed y hambre, la única respuesta es el choque. Palos, choque, represión. Por lo tanto, y específicamente en Estados Unidos, con población armada, guerra civil inminente. Civil War sigue a modo de road movie el salto a la ruta de un grupo de periodistas que buscan ir desde Nueva York a Washington y encontrarse con el presidente: lograr la foto de la destitución del presidente, o de su asesinato.
Arrancan viaje en la camioneta blanca con la inscripción PRESS. Son prensa. Ante el horror y la injusticia, fotografiar. Mostrar, con la esperanza de que la reflexión la haga el que ve. Ellos no interpretan. Ellos avanzan. Ese viaje es adentrarse en el caos, es ver los restos de la desesperación, del sálvense quien pueda, territorios donde sólo rige el más fuerte, y por las dudas.
Por fuera del argumento está la maestría visual. El delicioso cuidado de la representación. Cada escena está cerrada en sí misma y alimenta la totalidad y la sensibilidad llevada al límite del espectador. Se ve la atención en el detalle, la dedicación en el tiempo y en la duración de cada una de ellas. En la película el tiempo no es siempre igual. Se ralentiza, se estira, y en ese movimiento se desarrollan personajes secundarios con una potencia total, a veces destructora. Gestos en el modo de filmar que recuerdan el hacer de Paul Thomas Anderson y sus personajes secundarios siempre únicos y auráticos, como en Licorice Pizza.
La labor de ser fotoperiodista de primera línea está encarnada en Kristen Dunst, Lee, periodista veterana y experimentada, y en Cailee Spaeny, Jessie, una periodista joven que está recién comenzando su carrera al calor de la conflictividad. Espejadas, se repelen tanto como se atraen y se mimetizan. La que repele es Lee, porque repele algo de su propio pasado. Su cuerpo cansado y devastado, y cada vez más la mirada que ya no encuentra sentido ni cohesión. Por otro lado Jessie admira, llena de adrenalina, con la convicción de que si no se arriesga no se gana. Hasta qué punto, qué costo, la vida.
¿Hasta qué punto entre la balacera y la desconfianza civil la prensa está al resguardo? Ser testigo ocular y mostrar al mundo lo que pasa en un rincón del mundo donde en cada baldosa se escucha un grito de horror ¿es garantía de seguridad? El que mata y tortura, ¿quiere que se sepa o no? Estas y más preguntas encarna, por ejemplo, el personaje de Jesse Plemons, cínico y perverso, con una frialdad sin asidero.
Y entre la sinfonía de las imágenes y el montaje, las relaciones. La película se sostiene también, y especialmente, en las relaciones. Las relaciones entre los personajes, las relaciones entre las escenas, las relaciones del interior de la camioneta con el exterior, las relaciones con la música y la tensión. El sonido de cada disparo queda zumbando en la sala como el eco de lo inevitable. Hay una guerra. La causa no importa, sino que más bien la cuestión es ensayar su horror desde todos los frentes. La película logra unir estos frentes que tenemos abiertos en nuestra realidad y en nuestra imaginación, para hacer del delirio injusto y despiadado en el que estamos sumergidos en este mundo, una experiencia total, como lo logra el cine.
Las imágenes de la crueldad forjan una sensibilidad que se va acostumbrando al horror, pero siempre hay grietas. Y el cine alimenta siempre la posibilidad (quizá nuestra única esperanza) que de esa sensibilidad surja la resistencia.
Por Carolina Fernández Ares (mayo 2024)
Una noche invernal me cruzo con una exposición en el C.C. Matienzo que me vuelve piedra, moldeable. Me quedo mirando como un mortero en silencio. Son gotas, muchas, no tantas, que caen a destiempo sobre diferentes superficies que las amplifican. Eso es todo. Un “Campanario” (de ahí saca el nombre la exposición, me entero más tarde). Yo huyo, no sé por qué. ¿Se supone que uno debe gozar, entonar con ellas? No sé cómo, si quizá un brazo amigo me llevó afuera de la habitación, o mi cuerpo solo logró articular el deseo con la voluntad, pero logré irme.
Me declaro en guerra con la humedad. No sé desde cuándo, no importa ese detalle de ficha médica. No es por mi sinusitis crónica que en días de humedad anula la entrada de aire por mi nariz. Tiene que ver más bien con la condensación de esas partículas de agua alrededor de un cuerpo material. Condensación que de un momento a otro (dícese que por la fuerza de gravedad), decide soltarse y caer. Así la gota.
Yo conozco bien el ping-pong en el tiempo que generan las gotas al repetirse, espaciadas, congeniando una especie de cárcel en el devenir de la noche. Conviví tiempo inmemorable con una gota lenta, igual a sí misma, cayendo constantemente con el mismo intervalo sobre un techo de chapa al lado de mi cama. El silencio no existe, eso ya lo sé, uno se cree el silencio porque se acostumbra a los sonidos que lo constituyen.
Fue durante mi adolescencia que comencé a sentirla al lado de mi cama, del lado de afuera. La acusé de romper la convención del silencio, esa tranquilidad que avanza suave, pero las noches me explicaron que no era así. Rompe el silencio un auto pasando con música al palo en el medio de la noche. Eso es una fisura en la tranquilidad nocturna. La gota no. Su golpe amplificado convierte la noche en un cubo de hielo donde el tiempo no sucede. Un quiebre constante, un rasguño leve pero repetitivo. Un impulso que no avanza. Y mi pensamiento se quedaba anclado en ese golpe petrificado, comenzando a moldearse por esa gota. Perturbadora.
Supongo que habrá comenzado una noche húmeda. Capaz mi predisposición al sueño era mínima esa noche. Pero se volvió una constante. Creo que evité el insomnio total porque no soy sólo cuerpo, sino que las distracciones juveniles y el agotamiento físico del día eran líneas de fuga para mis noches y me garantizaban, no siempre con éxito, caer en sueños profundos. La lluvia, mi resguardo (un acorde armonioso, la canción del silencio). La humedad, el clima perfecto para revivir la gota. Filosa.
Descubrí de dónde venía. La esquina de una canaleta de la zinguería estaba agujereada, como si termitas de metal la hubiesen carcomido. Hasta cambiarla por otra nueva (con ayuda de mi padre, y respetando sus tiempos despreocupados), incurrí en los parches, inevitables en esta convivencia en vela. El ruido no me molesta, pero quedar congelada en el tiempo del ruido sí. Probé con una toalla para amortiguar el sonido (duró hasta un viento fuerte, es decir, un par de noches). Dormí con auriculares pidiéndole ayuda a Radiohead. Usé tapones para los oídos, y maquillaje para las ojeras.
La nueva zinguería duró un verano entero, hasta que una paloma descubrió que ese era un buen lugar para dormir (y la envidio por ello). Se metió en la canaleta, en esa esquina polémica, y no tardó en agujerearla cual termita de metal. Volvió la gota. La paloma desapareció cuando le llegó la hora, su tarea estaba hecha. Mi consciencia sedada volvió a convertirse en el cuenco de gotas, algo similar al asfalto ahuecado por los camiones en peregrinación constante. La humedad de mis días la cuento con las gotas.
Hasta que me mudé, y lo archivé todo como adjunto a mi juventud.
Me despierto tras mi huida del “Campanario”, y pienso en mi maestra de grado de la primaria, cuando un día nos preguntó cuál pensábamos era la mayor tortura del mundo. Tras esa grandilocuente pregunta, nos describió la “Gran Tortura China”: inmovilizar al paciente, y dejarle caer lentamente (es decir, espaciada por unos segundos, hasta probablemente por minutos), una gota sobre la cabeza. Por todos los tiempos de los tiempos. La inmovilidad absoluta. Dedujimos que con el paso del tiempo se formaría un cuenco en la cabeza, como los morteros sobre piedra de los comechingones. El horror era una imagen piadosa de un hombre inmóvil con cabeza de cuenco.
Vuelvo a casa de mis padres. Mi cama sigue en el mismo lugar. Afuera la pintura de la chapa ya no está. Es parte de los vestigios de esa gota. Yo soy parte de los vestigios de esa gota, asidua compañera de noches de piedra, moldeable. Pienso en mi huida del “Campanario”. La explico. Vuelvo al C.C. Matienzo. Ya no está más (falta que me digan: “proscribió, ché”). Me dan el flyer de “Campanario”. Habla de lluvia. No le creo.
La lluvia es mi aliada.
El miedo sigue oculto
Crónica sobre los circuitos callejeros de Paternal
“Acá no podés sacar fotos, nena. Es una empresa de seguridad privada”. Tras decir esa misma frase recursivamente tres veces, el señor de la ventanilla de la entrada me indica que agarre la bicicleta y que me retire del galpón de Prosegur. “Si querés sacale una fotito cuando estén en la calle”. Hay en su cara un miedo a una cámara independiente, desconocida. Un miedo porque todo puede jugar en contra. Y cuando se trata de seguridad, la jerarquía de los puestos de control prima. Fueron varios los trabajadores que me mandaron a preguntarle a él, el de la ventanilla, porque en horario de fin de turno el deseo de volver a casa impide llegar a arriesgar un sí sin saber si los ojos del de arriba van a estar de acuerdo. Evidentemente me tocó irme.
La ventanilla queda a la derecha del galpón donde a las nueve de la noche todos los automóviles amarillos estilo camión blindado descansan de su rutina por la ciudad. Llevan dinero. Son el flujo material del dinero, son el miedo oculto encarnado en la (im)posibilidad del robo. “Soluciones flexibles a la medida de tu negocio; Mayor control sobre la recaudación de tu comercio. Recorrido de tus valores 100% asegurado”. Prosegur dice tener la solución. Patear ese miedo bien lejos.
Llegan y se estacionan bajo techo, uno al lado del otro, sonriendo pasiblemente en su cementerio nocturno. Vienen en caravana. La vista desde los balcones de la calle Gavilán permite divisar los automóviles blindados a lo lejos, como se acercan y se meten, de a uno, en orden, en este estacionamiento que goza del amarillo (¿suena a privatización?). El portón se cierra. Todos quedaron adentro, calentitos.
Paternal se vive como un hormiguero. Por sus calles circulan dos flujos antagónicos de automóviles-colectivos, que se cruzan constantemente en las esquinas, se miran de reojo por las ochavas, y hasta se persiguen respetuosos a las reglas automovilísticas. Sus colores remiten directamente a los cítricos, amarillo estridente y naranja reticente. Una mezcla de orgullos amargos en plena calle.
A dos cuadras del galpón Prosegur, se estacionan varios colectivos Escolares, entre pintados y despintados de naranja. Varias cuadras funcionan como estacionamiento, como cementerio de los colectivos anaranjados. Los vidrios de adelante se tapan con cartones, se arriman las cortinas del colectivo, y unos hombres se predisponen lentamente a una noche que promete ser fría. Son varios, que trabajan y viven en ellos. Cada colectivero se corresponde con el suyo. Uno le pasa frazadas a otro. Subir y bajar del colectivo con los cuerpos viejos de subir y bajar demuestra movimientos toscos y cuidados. Hay fuego, fuego fatuo. Para cocinar lo prenden de a poco con pallets. Arriba la olla y al lado unos tronquitos que funcionan de silla. Una cañería cortada de un modo específico y estratégico brinda agua intermitentemente, para cocinar, para las manos, para tomar.
“Buenas”, dice una chica asomándose a uno de los colectivos, “con respeto, pregunto si ya comieron, acá les traje un taper con comida” “No reina no te procupés, todo bien, ya comimos. No, no, cómo nos vamos a ofender, gracias che”. Cuando la noche comienza a invadir los cuerpos, los colectivos se vuelven camas.
A dos cuadras de los epicentros de estos flujos automovilísticos, sobre la reja que separa la vía del tren, vasos de plástico colocados estratégicamente en esos agujeros escriben “el miedo sigue oculto”. Con el tiempo algún vaso vuela, alguien lo saca, pero al día siguiente vuelve la frase, completa, con cada vaso como su punto constitutivo. El miedo, en su frase trituradora, sigue presente.
Acá hay pocos zorzales. El despertador para los vecinos de la Paternal es el rugido de los motores. Se despiertan las hormigas para trabajar. El ritmo suena desafinado entre el amarillo de orgullo blindado y el naranja de dignidad. Una frontera entre lo privado y la calle. Forman telarañas en sus dibujos citadinos. Un mapa con colores. Ambos trazos se vuelven uno. Las miradas llegan a tocarse, se ven los bostezos entre vidrios. Lo malo es que no se pueden dar la mano, porque los blindados no tienen ventanillas. Están encerrados. Cápsulas de dinero. Adentro hay hombres que se encierran en cápsulas de dinero, en el espacio “privado, salí de acá”.
2018
Hace un calor insoportable y eso no es noticia. La mochila pesa pero la euforia me hace seguir caminando. Tengo un sombrero de lienzo, y estoy en Cartagena. No entiendo, no hay lógica, solo que lo tengo y lo cargo en mi cabeza. Básicamente no tengo otro lugar donde cargarlo. Estoy con mi casa a cuestas, unificada en una mochila de tela hace un año. Calor tropical, sudor constante, y un lienzo en la cabeza de lana de oveja, doble paño. La gente en la calle mira y no mira, porque así viven, en la fiesta. No me siento observada ni juzgada, como sí me pasa cuando voy a algún bar a pedir agua caliente en un termo.
-Cómo que caliente, ¿para qué?- la gente sentada en las mesas me mira, y se suma a la mirada inquisitiva de la moza. Cómo que agua caliente, con este calor.
- Para el mate- le digo yo. No entienden. Sólo agua caliente, le pido. Y me la hierven.
Así de destemplada camino por las calles de Cartagena. En mi coherencia. Me presento como malabarista para no tener que dar explicaciones, pero ocurre lo contrario.
-Cómo que malabarista, vos, una niña como vos. ¿Tus padres no te quieren?
Hay cosas que no hay que explicar a veces.
Hay algo que me gusta de Cartagena y es la aglomeración de gente en la calle parada alrededor de una mesa cuadriculada, en silencio, pensando para sí, y siempre en el centro dos personas sentadas con el codo apoyado en la mesa y la cabeza en la mano. La pose del filósofo. Todos, ellos, varones, mirando una partida de ajedrez. Y sus miradas cuando me acerco. Una mujer.
Mi intriga por el juego y mi orgullo en esos ojos que no entienden qué hace una mujer mirando jugar ajedrez.
-¿Jugás?
No suelo quedarme.
Pero en Cartagena teníamos vino, teníamos vino mendocino sin abrir, y era excusa más que suficiente para, esta vez, decidir jugar.
Es de noche, las luces amarillas y el ritmo de unos tambores saliendo de esos callejones que esconden la plaza. La plaza y la iglesia, las mesas cuadriculadas, la gente en sonrisas.
Quieren que apueste. Me mira mi oponente y pone un billete tan alto que nunca hasta ahora había visto en mis manos debajo del tablero.
-Qué apuestas pues- me dice con un tono que me recuerda el sonido de los tambores.
- Si pierdo, descorchamos vino para la gente- le digo desafiante. Las tretas del débil. Perdí automáticamente, naturalmente, inconscientemente, como dice una maestra zen. La noche siguió con vino. El destino no se puede cambiar.
Economía de la atención en el fenómeno del streaming (Trabajo de investigación para Diploma superior en Clacso)
Introducción:
Hay ciertos factores que hacen que las imágenes que podemos sacar del mundo del trabajo y los modos de socialización de sociedades orientales sean particularmente ilustrativas de las problemáticas de la actualidad. Entre ellos, podemos mencionar la cantidad demográfica, el hacinamiento en las grandes ciudades, la precarización laboral, los avances tecnológicos; todos elementos que cada vez más parecen ser las características de toda sociedad posmoderna. Estos factores se conjugan en la emergencia de modos de producción de contenido conocidos como streaming, y la monetización del mismo que alcanzan a más de 600 millones de usuarios que acceden por las diferentes plataformas a contenido de más de 1 millón de streamers, generalmente con rostro de mujer.
Este trabajo toma como disparador para pensar la actualidad un video de Luisito Comunica donde se muestra el fenómeno social y económico del streaming que no deja de parecer distópico al mismo tiempo que cercano e inevitable. Hay dos fenómenos donde el mundo del streaming muestra en su materialidad física las corporalidades y subjetividades expuestas a la producción de contenido inmaterial. Por un lado, las granjas de streamers, inmensos edificios al estilo mall que rentan cubículos para generar contenido. Un color de fondo, una mesa para colocar algún que otro elemento que se promocione o se quiera mostrar, y los elementos de grabación: un celular y una luz. Si no hay cubículos disponibles, alcanza con colocar esos elementos frente a una pared en los pasillos. Así, uno al lado del otro, (o mejor dicho una al lado de la otra, ya que la cantidad de mujeres es mucho mayor que la de varones), ocupan su tiempo de trabajo stremeando para empresas o para los clientes de las agencias y generando contenido para promocionar los productos, o bien para su propio camino como streamers. Por otro lado, el fenómeno del streaming callejero que se ve cada vez más, como muestra el video, en calles y callejones de barrios con mayor poder económico en varias ciudades de China. Una al lado de otra, jóvenes en la intemperie con su equipo: un celular, un trípode y un pequeño reflector de luz buscando monetizar su contenido.
Los contenidos son secundarios en lo que respecta a la economía detrás de este fenómeno de plataformas. El mundo del streaming parece organizarse alrededor de la posibilidad de atraer y retener la atención de la audiencia, pues es ese el elemento escaso que permite monetizar el tiempo de exposición de sí ante la mirada del otro frente a la pantalla. ¿Cómo se entrecruzan en el contexto de tecnificación de la vida y de producción cada vez más inmaterial el fenómeno del streaming con la economía de la atención y los nuevos modos de subjetividad alterdirigidas?
Plataformas y economía de la atención
En esta nueva etapa del capitalismo se hace evidente un nuevo modo de producción y de acumulación de valor que surge de la mano de las tecnologías de la información y que engendra estos fenómenos que circundan el recurso fundamental de la economía en esta etapa de digitalización y datificación de la vida: la atención. En un contexto de desindustrialización generalizada, el trabajo se vuelve cada vez más inmaterial, como es el contenido cultural, los afectos y servicios, y el conocimiento. Una nueva clase parece dominar la economía y la conforman quienes son propietarios de la información.
Nos interesa referirnos a un artículo de Dallas W. Smythe (1977) retomado por Celis (2021), donde desde una crítica al marxismo se sostiene que este no ha podido pensar la comunicación como parte del ciclo de valorización del capital, y pone la mirada en cómo los medios de comunicación producen un tipo de mercancía particular que no es meramente el mensaje comunicado, sino la audiencia misma que luego es vendida a las agencias publicitarias. Es decir, en un acto de comunicación como el streaming, la mercancía se produce no por el contenido del streaming, sino “por el trabajo del espectador y [es] cuantificable en términos de su tiempo de atención” (Celis; 2021).
Las plataformas donde se visualizan los streaming tienen mucho que ver con cómo la atención genera valor. Srnicek, en su libro Capitalismo de plataformas, sostiene que con la caída prolongada de la rentabilidad de la manufactura el capitalismo se volcó hacia los datos para mantener el crecimiento económico y esta tendencia no da índices de disminuir. Las plataformas son “infraestructuras digitales que permiten que dos o más grupos interactúen”, mientras que registran gracias a ellas todas las actividades de los usuarios. Las plataformas forman un modelo de negocios que se centra en “contraer y controlar una inmensa cantidad de datos” (2018).
Los datos, por su parte, son la materia prima que se extrae en el capitalismo de plataformas. Luego de extraerse deben ser refinados y procesados para poder ser utilizados, ya que en sí mismos no tienen valor sino que cobran valor a partir de un procesamiento de registro, identificación, y relación con otros datos para su utilización. Los datos cumplen la función múltiple de:
Educar y dar ventaja competitiva a loa algoritmos; habilitan la coordinación y la deslocalización de los trabajadores; permiten la optimización y la flexibilidad de los procesos productivos; hacen posible la transformación de productos de bajo margen en servicios de alto margen; y el análisis de datos es en sí mismo generador de datos, en un círculo vicioso. (Srnicek; 2018, 44)
Es una certeza el hecho de que todo puede ser cuantificable y datificado, y que esos datos, procesados y digeridos por un sistema tecnológico que lo permite, generan cada vez más información. Pero para un proveedor de información, resulta más importante la capacidad de localizar la atención del consumidor más que la producción de información en sí. Como sostiene Celis, esto implica que la atención humana es cada vez más requerida y se busquen diferentes estrategias para cooptarla. La economía de la atención hace referencia a este tipo de modo de producción que ronda alrededor de la capacidad de retener la atención humana para utilizarla como fuente de datos y vender esa información a las empresas publicitarias, entre otras. Al ser la atención humana un elemento escaso, cuanta más atención se capture más son las posibilidades de triunfar en trabajos como el streaming, donde capturar la atención permite más posibilidades de monetizar el trabajo.
Subjetividades alterdirigidas en el streaming
Si bien antes de la pandemia el universo del streaming ya estaba desplegado a lo ancho del mundo tecnificado, la pandemia intensificó las condiciones sociales para que los streamers y el fenómeno del livestrem ocupen cada vez más lugar en la vida de las personas. Ahora bien, ¿qué significa la palabra streaming? Stream significa 'corriente' o 'flujo' y alude a un flujo ininterrumpido de voz. Un stream tiene la característica de poder ser transmitido de modo que cualquiera pueda conectar con él en cualquier momento, y no sólo al principio de la transmisión. También, la tecnología permite que los stream no tengan que ser descargados sino que llega en tiempo real a quien observa el video.
Este formato de transmisión forma parte de los nuevos modos de relacionarse socialmente, que tiene que ver con la transformación de los modos de subjetivación de la sociedad tecnificada. Esto es investigado por Paula Sibilia (2005), quien da cuenta del pasaje de una subjetividad introdirigida a una subjetividad alterdirigida. Ella sostiene que “la interioridad forma parte de una forma de subjetivación históricamente localizada” y que actualmente estamos ante una transformación en la forma de subjetivación, donde el sujeto se constituye a partir de la visibilidad de sí mismo, de lo que muestra:
Quien soy yo no se desprende más de esas definiciones labradas con sangre en las profundidades de sí mismo. De forma creciente, las señales emanadas por la exterioridad del cuerpo y por su desempeño visible asumen la potencia de indicar quién se es. Y más aún, esas definiciones pueden cambiar.(Sibilia; 128)
Ahora bien, la predominancia de las redes en la constitución de esta subjetivación no puede separarse del uso que se le da a las mismas, y de los modos de mostrarse. Que esas definiciones de lo que uno es puedan cambiar, y de hecho cambien, tiene que ver con la versatilidad a la hora de mostrarse a sí mismo, es un elemento clave a la hora de pensar estrategias para cautivar la atención y retenerla.
Esto se entrelaza con las nuevas condiciones del mundo del trabajo donde darse visibilidad a sí mismo, y generar contenido con la propia imagen, puede ser (y es cada vez más, especialmente entre los streamers) determinante de la propia economía y del propio trabajo. La necesidad contemporánea de estar sin pausa conectados, la de poder mostrarse constantemente a la mirada ajena acompaña la idea de que “ser es ser visto, y quien no es visto se ve amenazado por la posibilidad de no ser” (Costa, 2021: 145). Esta necesidad se incrementa aún más si de ello depende la propia economía, y cada vez más personan se inclinan a “probar suerte” en el mundo del streaming como alternativas laborales frente a la crisis en el mundo del trabajo que se vive hoy en día. Las granjas de streamers son, en este contexto, una posibilidad de acceder a estas oportunidades laborales que aparentan ser para todos, sin importar ni clase social ni formación académica. Son la propia imagen y la capacidad de llamar la atención las puertas de entrada al éxito, sumado al proceso algorítmico de difusión. Es decir, cuanto más tiempo mostrándose y reaccionando frente a la pantalla, más posibilidades de generar más suscriptores.
Una pregunta que surge es ante quiénes, dónde y cómo los streamers se hacen visibles y se afirman a sí mismos en esa exteriorización. Los streamers callejeros, debajo de los puentes de los barrios con mayor nivel adquisitivo en las grandes urbes orientales, nos pueden dar una respuesta: se visibilizan para llamar la atención, para mantenerla por el mayor tiempo posible, (porque a mayor cantidad de visualizaciones o suscriptores mayor capacidad de monetarización), pero ante aquellos que tienen el potencial de retribuir con dinero, (este fenómeno geosocial surge como consecuencia de las plataformas que reconocen la ubicación del streamer y les otorgan un lugar diferencial en el algoritmo).
En lo que respecta a la posibilidad de monetarización del contenido de los streamers, el video de Lusito Comunica nos abre varias posibilidades de lectura y nos presenta varios modos diferentes de cómo se monetariza esta actividad.
Por un lado, no es posible afirmar que siempre que se dona a un streamer sea dirigido a él. ¿Podría haber proxenetas del streaming? Con o sin utilizar el término proxeneta, por lo que se ve en el video podemos suponer que puede haber una relación económica informal detrás, donde el video sea monetarizado por un tercero y que luego el streamer gane cierto porcentaje.
Por otro lado, ciertas marcas encuentran en los streamers e influencers un modo de promocionar sus productos.
También, al ser el contenido monetarizado con donaciones, esto implica una alta exposición por gran cantidad de horas a cambio de un dinero nunca estable, que tiene más que ver con la capacidad de captar atención y retenerla que con el contenido en sí. Las estrategias son múltiples y van cambiando. Por ejemplo, transmisiones donde los espectadores ven al anfitrión comer (lo que se conoce como mukbang), jugar videojuegos, cantar, o generar climas con sonidos. Como sintetiza el streamer surcoreano Kim Min-kyo, “a veces hay que decir algo absurdo para atraer a los seguidores”. Un ejemplo reciente es el fenómeno de las NPC, que en inglés significa Non Playable Character, o personaje no jugable, donde quien anfitriona el stream reproduce sonidos como un personaje de videojuego a partir de lo que le mandan los espectadores.
Conclusión
Si bien al hablar de la monetarización del contenido de los streamers estamos pensando su economía (sujeta a una gran incertidumbre y flexibilización), no podemos dejar de lado la existencia y relevancia cada vez más generalizada de la economía de la atención como contexto general dentro del cual opera cada streamer en lo individual. El capitalismo de plataformas nos permite comprender el rol que ocupan las plataformas como medio y punto de contacto entre los streamers, la audiencia, la generación de datos, el algoritmo, y las agencias publicitarias. La atención humana resulta ser el elemento escaso a ser buscado y retenido para monetarizar el contenido, y es la que permite que todo el sistema económico detrás de las plataformas pueda seguir creciendo.
Asimismo, se puede observar cómo los streamers tienden a mostrar un tipo de subjetividad alterdirigida donde la mirada del otro es un elemento clave para constituirse a sí mismo, quizás evidenciando un fenómeno que desborda el streaming y que constituye más bien un modo de subjetivación en la sociedad tecnológica.
Poder contemplar en su complejidad cómo opera a nivel económico el streaming nos debería permitir imaginar alternativas y usos emancipadores de las tecnologías, y no repetir viejas lógicas de trabajo que esconden precarización laboral, incertidumbre, explotación y autoexplotación laboral por salarios cada vez menos predecibles y sometidos a las lógicas algorítmicas de las plataformas.
Carolina Fernández Ares
Trabajo realizado para el diploma superior en Tecnología, subjetividad y política en Clacso, año 2023.
Corpus:
-Luisito Comunica “Me adentré al oscuro mundo de las STREAMERS CALLEJERAS de China” visitado en
https://www.youtube.com/watch?v=qxx-rjDIEuE&ab_channel=LuisitoComunica
Bibliografía:
- De la Cal, L. De las "cibermendigas" a las reinas del comercio electrónico: así es el ejército de streamers de China, publicado el 15 de febrero de 2023 en El mundo, consultado el 7 de octubre de 2023 en
https://www.elmundo.es/yodona/actualidad/2023/02/15/63eb3fa3e4d4d8d4618b4573.html
- Costa, F. Tecnoceno. Bueno Aires, Taurus, 2021.
- Sibilia, P. El hombre postorgánico, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2005.
- Srnicek, N. Capitalismo de plataformas, Buenos Aires, Caja negra, 2018.
- Celis Bueno, C. Economía de la atención y visión maquínica: hacia una semiótica asignificante de la imagen. En: Hipertextos Vol 5 N° 7, Buenos Aires, Enero/Junio de 2017.
- Celis Bueno y Schultz, Extractivismo de datos. En: Imaginación maquínica, 2021.http://imaginacionmaquinica.cl/extractivismo-de-datos
- De Cartereta, D. Algunos “livestreamers” hacen fortunas jugando, comiendo o durmiendo, publicado en TN, 28 de marzo 2021, consultado el 7 de octubre de 2023 en https://tn.com.ar/tecno/internet/2021/03/28/algunos-livestreamers-hacen-fortunas-jugando-comiendo-o-durmiendo/
- Losada Iriarte, S. Las tiktokers que imitan a personajes de videojuegos, repiten frases y gestos y ganan miles de dólares, publicado en Infobae 27 de julio 2023, consultado el 7 de octubre de 2023 en https://www.infobae.com/entretenimiento/2023/07/27/las-tiktokers-que-imitan-a-personajes-de-videojuegos-repiten-frases-y-gestos-y-ganan-miles-de-dolares/
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Sófocles
El cuerpo de la madre desaparecido. La búsqueda por los restos parece constituirse como una búsqueda para reconstruir una lectura de esos cuerpos robados y ultrajados. Aparecida, el libro de Marta Dillon, es el registro literario de una búsqueda, de esa búsqueda. Esta lectura no se centra en la inscripción de la violencia expresiva ejercida por los agentes militares en el período de la desaparición forzada. Y no porque no pueda ser posible esa lectura. De eso ya se ha escrito un montón. Es similar, podemos aventurarnos a pensar, a las inscripciones que Rita Segato decodifica en los asesinatos a mujeres en Ciudad Juarez: “expresar que se tiene en las manos la voluntad del otro es el telos o finalidad de la violencia expresiva. Dominio, soberanía y control son un universo de significación”. A esto le sumaría el terror y el miedo que acompaña la desaparición, el no saber dónde ni cómo, ni vivo ni muerto. Aun así, este eje no es el único en Aparecida, sino que acá se acude al cuerpo buscando poder acercarse al lenguaje en el plano de los afectos, los vínculos, del modo de ser; es decir, de la presencia. Buscar los restos de ese cuerpo la presencia de lo que fue.
En ese restituir el lenguaje de la presencia, del ser, al resto óseo del cuerpo, se busca también nombrar esa muerte, esa cualidad del ser escindida y con la imposibilidad de trascender. “La muerte sin nombre ni siguiera llega a ser muerte”.
Esta reconstrucción insta a saltar temporalidades. La cronología de la historia del reconocimiento del cuerpo de la madre se ve constantemente quebrada por el pasado que irrumpe en recuerdos, en sensaciones, en lo onírico. Aparecer implica fragmentar el orden de las cosas y volverlo remolino, centrifugar, y en el centro la presencia, lo que queda.
Una multiplicidad de registros intenta acercarse a esas afirmaciones de la presencia, de las seguridades. El parecido entre su madre y ella, la que busca la imagen de su propia persona, mueve afectividades, despierta a los fantasmas que lo posible calla. Así es que frente a una testigo, dice: “a mí me abrazó la vergüenza por apropiarme del nombre que compartimos. Pero a la vez era verdad, había visto a mi madre, y no la veía parecida a su hermana sino a mí que tenía casi la misma edad que ella cuando compartieron catacumbas en Puente 12” . El lugar del testigo es el lugar de la verdad (con lo que ello significa frente a un desaparecidx), de lo concreto, del haber visto, haber compartido, y al mismo tiempo del dolor, de la ambigüedad, del silencio de la palabra obvia, del repliegue. “Quise corregirme pero era tarde, Cristina se replegó y su voz se escondió en el fondo de la garganta. Quise explicarme pero ella no quería contestar, me había mostrado como una interlocutora insensible, creo”. Entre estos hilos la novela teje la presencia de la madre, en cuerpo, en historias, en restos, en sueños. Buscando lo concreto que Antropólogos Forenses puede rescatar de las sombras, buscando poder saciar las ganas de ver. ¿A quién? A lxs desaparecidxs. ¿Magia? Quizá.
Miro nuevamente esta palabra que acabo de escribir. Magia. Me acerco a Giordano Bruno y encuentro que magia también es hacer surgir almas de los difuntos, de cuyos cadáveres se extraen oráculos a los fines de conocer cosas ausentes o futuras; mago también es el que cumple prodigios con la sola aplicación de principios activos y pasivos, y recurre a la virtud de la simpatía y la antipatía de las cosas, como cuando unas sustancias rechazan, atraen o transmutan otras sustancias. También si se añade a esto palabras, fórmulas, relaciones numéricas y temporales, imágenes, sellos, caracteres o letras. Pienso qué de todo esto no se encuentra en Aparecida. Un texto que busca resurgir a una difunta, que busca y encuentra los restos y en los restos la presencia, que resurge de las palabras el hálito de la vida. Encontrar la materia que habla de los caminos de la bala, rastrear los lugares posibles de la muerte.
Pero suele primar el discurso psiquiátrico, aunque sea lateralmente. No nombra las trasformaciones que suscita la aparecida como mágicas, sino que mediante la locura y la cordura. La locura aparece cuando las relaciones son ilógicas, impensables, improbables, cuando se deja llevar por el devenir de lo que sucede y se entrelaza, cuando en la simpatía de un sueño se siente abrazada por la madre. “Ella me abría los brazos y yo corría a abrazarla, sentía su pelo rubio contra mi cara, el olor de su pecho, su temperatura. No fue triste despertarme, había estado con ella otra vez, por primera vez”. ¿Qué de todo esto escapa de la magia, sino el modo de nombrarlo? Y luego la cordura, como contrapostura. La cordura cuando se racionaliza. Se enfrían las pasiones, se mesuran.
La madre estaba volviendo. El texto imprime en hojas de papel lo que ya se había impreso en otra superficie, en una corporal, en una superficie afectiva. Lo autobiográfico del texto invita a pensar en la magia de las palabras y de las búsquedas. ¿Será que la literatura nos guarda un rincón en la cotidianeidad para soltar la magia de lo posible y lo imposible? (A)parece. El lenguaje del amor no se habla, se inscribe.
Carolina Fernández Ares
2018
“En tanto se conciba la unión del alma y del cuerpo a la manera del caballo alado,
No se tiene ningún concepto claro de la unión del alma y del cuerpo,
No se tiene ningún concepto claro del hombre”.
Ariel Suhamy en Spinoza por las Bestias
A pesar de las tradiciones hegemónicas de pensamiento occidentales que se sostienen a partir de la escisión entre el cuerpo y el espíritu (lo racional), otras corrientes postulan la productividad de pensar al ser humano poniendo particular atención en los cuerpos. Es desde esta segunda corriente que intentaremos leer Magnetizado, de Carlos Busqued. Un impetuoso diálogo en el penal que reconstruye la historia del asesino en serie Ricardo Melogno y su trayectoria entre el encierro, la medicalización, y la patologización. Un cuerpo violentado, reducido a cuatro paredes y a las leyes de los penales psiquiátricos. ¿Cómo pensar desde una perspectiva que no olvide el lugar del cuerpo, las intervenciones del exterior sobre la subjetividad, tanto en los procesos previos al encierro como en la trayectoria dentro del penal? ¿Qué lugar ocupan las penitenciarías y los psiquiátricos en las sociedades contemporáneas, cuando el consumo farmacéutico controla y modifica los cuerpos?
La escisión es histórica
Se ha estudiado cómo la subjetividad asumida a partir de la dualidad cuerpo y razón ocupó un lugar central en la constitución del capitalismo. León Rozitchner, en La cosa y la cruz, plantea que el modelo humano de San Agustín (y que corresponde al modelo cristiano-occidental) ha sido funcional al desarrollo del capitalismo y exige en cierto punto la negación del cuerpo y de la vida ajena. “Se necesitó imponer primero por el terror una premisa básica: que el cuerpo del hombre, carne sensible y enamorada, fuese desvalorizado y considerado un mero residuo del Espíritu abstracto”. Este modelo humano ha sido hegemónico en el modo de pensar la subjetividad desde el imperio romano y tiene unas consecuencias directas: un capitalismo desaforado, anclado en la subjetivación e internalizado, del cual no es posible simplemente correrse o alejarse, ya que nos constituye. Todos los seres humanos, aun quienes no se identifican como religiosos, están férreamente determinados en su imaginario más hondo por la cultura cristiana de occidente.
Roberto Esposito retoma también a San Agustín como precursor de las ideas filosóficas cristianas para pensar el lugar del cuerpo en la tradición teológica de la persona, subordinado al alma. El cuerpo “siempre representará nuestra parte animal, y como tal, será sometido a la guía moral y racional del alma, en la que radica el único punto de tangencia con la Persona divina”. En la antigua Roma la categoría de persona implicaba a nivel jurídico poder decidir sobre el propio cuerpo y un cuerpo ajeno, que era objetivado. Quien tenía el poder de sometimiento de otro era quien podía ingresar con pleno derecho a la categoría de persona. Es decir, toda definición de lo que es personal, presupone una zona no personal. Esa zona es el otro, o la parte propia que se la piensa como escindida, separada, que no corresponde a sí y que podría corresponderse con lo enfermo.
Un punto álgido de esta escisión en nuestra historia fue protagonizado por el nazismo, que llevó adelante con estos criterios biológicos las decisiones políticas. Hubo una biologización de la política, a la cual se integran la eugenesia y el racismo. Es decir, someter a la otredad, a la enfermedad de la sociedad, a partir de criterios de pureza, limpieza, precaución sanitaria.
“Una zona en todos los sentidos humana y otra asimilable a la naturaleza de las bestias”, sostiene Esposito, quien lo relaciona con la paradoja que Foucault observa en el fenómeno de la subjetivación: toda subjetivación sujeta y al mismo tiempo somete. Lo mismo ocurre dentro de cada ser vivo. “La persona es el sujeto destinado a someter a la parte de sí misma no dotada de características racionales, es decir, corpórea o animal”, dice Espósito. Y todos tenemos que mirar un poco hacia adentro.
Desde el cuerpo
Alejándose de la construcción cristiana occidental, múltiples perspectivas filosóficas se tejen, se cruzan, crean híbridos, poniendo en el centro a los cuerpos. Como respuesta a esta hegemonía de la escisión, buscan comprender el lugar del cuerpo en los procesos de subjetivación y en la sociedad. Lo podemos rastrear en Nietzsche, Freud, Weil, Bergson, Deleuze, Simondon, entre otros, que piensan (a pesar de sus grandes diferencias) la experiencia humana no desde la conciencia individual sino desde la indivisible densidad de la vida, desde el paradigma de la vida, entendida en su dimensión específicamente biológica.
Entonces aparece el biopoder como la tecnología de poder dentro de las sociedades disciplinarias que hace foco en los cuerpos y se constituye como el arte de gobernar los cuerpos libres. La gestión de la vida, la gestión de los cuerpos, es el centro de los dispositivos de poder de las sociedades modernas. Hacer vivir o dejar morir es la lógica de la biopolítica. Con la vida como argumento se establecen políticas sanitarias, médicas y preventivas para garantizar la vida de lo social, (y que paradójicamente implican la muerte para el sector no deseado de la sociedad).
Este proceso no alude una paulatina marginalización de la violencia, sino más bien de un desplazamiento a los confines del psiquismo individual, como se puede rastrear en los ensayos psicoanalíticos. “El campo de batalla es introyectado”, sostiene Esposito. Acá se hace presente Busqued y sus diálogos con Ricardo Melogno. La violencia está albergada dentro, se percibe en la batalla con el propio inconsciente, y el problema está cuando se fuga, cuando el objeto de esa violencia es un otro afuera, una víctima otra. “Todo organismo vital tiene en su interior una suerte de sistema inmunológico natural –la razón- que lo defiende de ataques de agentes externos”, afirmaEsposito . ¿Y si no actúa ese sistema inmunológico? ¿Y si el mismo dispositivo inmunológico genera una violencia residual?
La vida defendida
Cada sociedad se defiende frente a los crímenes ya que estos ponen en cuestión a la propia sociedad. A partir de esta realidad, Foucault elabora la siguiente ecuación: cuanto más débil es una sociedad, mayor peligro representa para ella un crimen, y más pesada es la penalidad. Para sostenerse, establecen un sistema de penas cuyo fin es reducir e impedir la creación de nuevos enemigos dentro de la sociedad. ¿Pero qué cambio tuvo lugar para que prime el encarcelamiento como castigo en la modernidad? Foucault ve un pasaje de la pena como pedagoga al encarcelamiento como pago por el crimen, y ve allí la inserción de la variable del tiempo. “Al ser el tiempo el único bien poseído, se lo compra para el trabajo o se lo toma por una infracción”, advierte, y agrega “por primera vez en la historia, ya no se castiga el cuerpo, los bienes, sino el tiempo por vivir” .
¿Pero se logra dejar de lado el castigo sobre el cuerpo? ¿Qué lugar se le da al cuerpo en el acto correctivo o preventivo cuando los psicofármacos operan como introyección del control?
Los saberes, discursos psiquiátricos y el aparato médico. Un interés particular por patologizar los desórdenes que se inscriben en la locura. El aparato médico, y dentro de él la psiquiatría, se ocupan de buscar las razones que la justicia necesita para juzgar a los criminales. Buscan la racionalidad detrás de los crímenes, aunque sean delirantes o fantasiosos. La no razón determina (o inventa) un sujeto con peligrosidad potencial. Eso se intenta controlar con la industria farmacéutica. Y eso lleva al encierro perpetuo, o a la procrastinación constante del permiso de libertad.
¿Qué sistema permite la intromisión del aparato médico, y de la farmacología en los cuerpos? Beatriz Preciado busca nombrar este nuevo régimen de control que utiliza las nuevas tecnologías del cuerpo en la construcción de la subjetividad, y lo encuentra en la idea de la sociedad farmacopornográfica. Las tecnologías ya no controlan al cuerpo desde el exterior, como en las sociedades disciplinarias, sino que entran a formar parte del cuerpo, se diluyen en él, se convierten en el cuerpo.
“Si en la sociedad disciplinaria, la arquitectura y la ortopedia sirven como modelos para entender la relación cuerpo-poder, en la sociedad farmacopornográfica el modelo de acción sobre el cuerpo es la microprostética: el poder actúa a través de una molécula que viene a formar parte de nuestro sistema inmunitario. […] Lo propio de estas nuevas tecnologías blandas de microcontrol es tomar la forma del cuerpo que controlan, transformarse en cuerpo, hasta volverse inseparables e indistinguibles de él, devenir subjetividad. El cuerpo ya no habita los lugares disciplinarios, sino que está habitado por ellos” (Cita extraída de Testo Yonki de Preciado)
Busqued registra que Ricardo Melogno está habitado por lo que el aparato médico y psiquiátrico le obliga a tomar, manteniéndolo controlado desde su propio cuerpo. Después de 30 años viviendo dentro del sistema penitencial psiquiátrico, dice Ricardo: “de la cantidad astronómica de medicación psiquiátrica que me fue administrada durante mis años en la Unidad 20, la peor de todas fue el Halopidol. A mí me pegaba tipo muñequito de colectivo, las piernas todas agarrotadas. (…) Lo peor es que te mata la imaginación. Te mata el proceso creativo.”
Desde el día uno en que lo llevan a la penitenciaría, leemos cómo el cuerpo es tanto controlado desde el exterior (atándole las manos, encerrándolo en cuartos mínimos, con chalecos de fuerza) como desde el interior, propiciando medicación para cortar su desborde, su vivir en otro mundo con la mente. Es decir, así como Preciado aporta una nueva categoría para pensar el traspaso de la sociedad disciplinaria a la sociedad farmacopornográfica, él vivenció la convivencia de ambas tecnologías, que se potencian en la coparticipación en los cuerpos peligrosos, que ponen en cuestión el orden de la sociedad, potentes de matar sin razón.
¿Qué procesos fueron utilizados (nunca necesarios, pero sí efectivamente llevados a cabo) para el desarrollo de la industria farmacéutica? Durante el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, se experimentó esta nueva tecnología en poblaciones cautivas y a partir de eso se aceleró su desarrollo. A esto se refiere Preciado al pensar estos espacios como islas de experimentación privilegiadas: utilizaron parte de la población para experimentos de la industria farmacéutica que será la que logre internalizar dentro de los cuerpos el disciplinamiento y el control, esa contracara de las políticas biopolíticas que se erigen sobre el discurso de la salud y la prevención de enfermedades. No necesario. Sí efectivo.
El estar solo en sociedad
¿Cuáles son las certezas del mundo con las que se nos permite coexistir? Hemos mostrado cómo, durante mucho tiempo la certeza de la razón ha sido utilizada como control de lo corpóreo-animal de cada sujeto y esto fue fundamental para la constitución del capitalismo. ¿Podemos pensar la constitución del ser humano, en vez del yo pienso, desde el yo puedo, como un modo spinoziano de acercarse al mundo? “Jamás se sabe de antemano lo que puede un cuerpo, jamás se sabe cómo se organizan y cómo están envueltos en alguien los modos de existencia”. Ricardo, en sus actos mortíferos, concreta una pulsión, sin darle lugar a la realidad como principio regulador de la acción. Llevar al límite su potencia, sin regularla. Eso es inadmisible para la sociedad, porque desafía la regulación. De allí el encarcelamiento, y la activación del aparato médico.
Pero ¿Ricardo es algo ajeno a la sociedad? ¿Hasta qué punto es producto indefectiblemente de ella? Para pensar nuevos modos de estar en sociedad, es necesario pensar cómo la sociedad construye nuevos modos de ser habitada, que paradójicamente son los mismos modos que rechaza y penaliza. Hay una categoría, sostenida por Valencia, que nos permite pensar una nueva versión del capitalismo, denominado capitalismo gore. Así, “la desculpabilización, la trivialización y la heroificación de la delincuencia tanto en las zonas sociales de exclusión como a través del bombardeo televisivo, el ocio, la violencia decorativa y el biomercado” son el fondo de una nueva subjetividad que denomina endriaga. Signada por la desmantelación del concepto tradicional de trabajo, Valencia ve una crisis del papel del macho proveedor, y “ya que trabajar precariamente es considerado una deshonra que entra en conflicto con la legitimidad y pertinencia de éstos dentro del sistema capitalista”, se forman nuevos modos de ganar legitimidad y poder, signados por la violencia y la usurpación del otro.
Cada territorio alberga sus propias cartografías. Las sociedades actuales avanzan cada vez más en la precarización laboral e informalidad que tienen como consecuencia directa ser generadores de violencia (y actos de violencia en sí mismo). La violencia no está separada de las medidas económicas que se encuentran como telón de fondo. Partiendo de la imposibilidad de sostener una categoría de macho proveedor, el lugar de la mujer dentro de la economía familiar y las nuevas formas de informalidad en lo que respecta al trabajo, se vuelve plausible la construcción de nuevos sujetos endriagos, que mediante la violencia y la exhibición, buscan construirse un lugar de poder y prestigio.
Ricardo Melogno no era un marginado. En el momento de cometer los crímenes corría el año 1982. La sociedad lo envolvía como a cualquier otro trabajador adolescente. Desde el exterior sintió siempre los diferentes procesos de disciplinamiento que la sociedad se ocupa de introyectar a la mayor cantidad de individuos posibles. Algunos no lo aguantan. Tuvo intentos de suicidios, cuatro, de niño. Estaba en la escuela pero su cabeza estaba en otro lado. Las relaciones entre las personas y para con las otras personas las sentía forzadas, inorgánicas, como ponerle alas a un caballo. Era posible. Su crueldad fue proporcional a ello. Asesinatos casi no violentos, fríos, sin razón. Directamente sin móvil.
2019
Bibliografía:
Busqued, Carlos. Magnetizado, Buenos Aires, Anagrama, 2018.
Esposito, Roberto. “Biopolítica y filosofía de lo impersonal” en El dispositivo de la persona, Buenos Aires, Amorrortu, 2011.
Esposito, Roberto. Bíos. Biopolítica y filosofía. Buenos Aires, Amorrortu, 2004.
Foucault, M. “Clase del 24/1/1973” en La sociedad punitiva, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2016.
Foucault, Michel. (1976)”. “Del poder de la soberanía al poder sobre la vida”, en Genealogía del racismo, Buenos Aires, Montevideo, Editorial Altamira y Nordan Comunidad, 1993.
Preciado, B. "Historia de la tecnosexualidad" y "Pornopoder" en Testo-Yonqui, Madrid, Espasa Calpe, 2008.
Rozitchner, León. La cosa y la cruz, Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2015.
Valencia Triana, Sayak; Capitalismo gore y necropolítica en Méjico contemporáneo.
Dame Pelota, confusión alegre dentro de la precariedad
La precariedad como forma de regulación de lxs individuxs se ha fortalecido e instituido como régimen. Es la regla, el modo hegemónico de vida propio del neoliberalismo, e implica la descomposición de ciertas redes de apoyo (económicas y sociales) de ciertos grupos más que otros. La precariedad “no es más que la distribución diferenciada de la precariedad”, como nos hace saber Butler. Dame Pelota de Dalia Rosetti /Fernanda Laguna narra un modo de vincularse otro al que el neoliberalismo como régimen exige. Es un andar que se va construyendo una vida movida por el deseo y los afectos y escapa así a los parámetros capacitistas y productivistas, como modo diverso de enfrentarlos. Los cuerpos encontrándose y afectándose van delineando caminos.
Todo contacto entre cuerpos es una manifestación. En el texto podemos encontrar modos diversos de vincularse, modos de sexualidad en constante mutación, en contra de las identidades fijas y de la productividad. Cuerpos que parten de la conciencia siempre presente de la vulnerabilidad de las condiciones de existencia, y del reconocimiento de su potencialidad en el encuentro, que abre caminos posibles y reconfigura la territorialidad a partir de los afectos y las emociones.
Lo relacional
La precariedad produce un nuevo tipo de sujeto. Frente al sujeto individualista y su pretensión de autonomía que sostiene la ficción neoliberal (como suma de discursos), la precariedad, como nos recuerda Lorey, “en tanto que incertidumbre y exposición al peligro, abarca la totalidad de la existencia, los cuerpos, los modos de subjetivación”. La condición precaria es una dimensión socio-ontológica de la vida y de los cuerpos, e implica pensar la precariedad como algo que abarca a todos los seres vivos y que es relacional, se hace presente también entre las personas. Es decir, no son casos aislados sino que la precariedad como parte del régimen neoliberal está generalizada. Los sujetos se reconfiguran en su acomodamiento siempre vulnerable dentro de esa precariedad, buscando modos de posicionarse frente a la vida que les permitan simplemente vivirla. Pero la precarización como entiende Lorey es “un proceso que no sólo produce sujetos, sino que produce inseguridad, en tanto que preocupación central del sujeto”. Aun así, el poder no controla sus efectos, y hay modos diversos de enfrentar las condiciones existenciales diferentes a los modos hegemónicos que el capitalismo construye y las subjetividades llegan a desear.
En Dame Pelota vemos cómo estas condiciones son parte integrada de la realidad, y cómo se reconfiguran estas condiciones a partir del lugar de enunciación, donde las emociones, los afectos y los deseos construyen la realidad vivida y vivible, y reconfiguran los territorios y la cartografía cultural de los cuerpos, deseos y saberes. El topos de la villa como epicentro de la inseguridad dentro de la urbe neoliberal es invertido, reconfigurado a partir de los vínculos y las emociones de Dalia, que logra borrar los límites del peligro para mostrar así los caudales de los afectos y su potencialidad como parte constitutiva de la belleza del espacio.
El individualismo del sujeto moderno occidental ha sido fundamental para poder organizar el arte de gobernar, de conducir conductas. Individualismo significa aislamiento. Poder valerse por sí mismx, relacionarse hacia un interior que permita inmediatamente luego el autogobernarse. Este desdoblamiento hacia el interior forma parte de lo que Fernanda Laguna quiebra en su constante desenvolvimiento hacia el exterior. Dalia despliega sus deseos, sus emociones, sus afectos, y son ellos los que van demarcando el trazo aguado de sus errancias, sus naufragios. Por lo tanto, la imaginación también forma parte del despliegue hacia el exterior. De hecho, “allí la gente tiene mucha más imaginación porque por el desempleo no tiene otra cosa que hacer que imaginar”, como se lee entre las páginas de la novela. La imaginación en los pensamientos que se suceden y su potencialidad de afectar la realidad hacen que lo imaginado se realice sin vueltas.
La racionalidad neoliberal impone la autonomía como ideal mientras que desde el poder se destruye la misma posibilidad en el plano económico. Fernanda Laguna parece burlarse del individualismo autonomista, como nos muestra cuando Dalia habla de su emancipación cargando un colchón sola mientras La Catana la mira, “porque ya ve que me he emancipado de su lecho (…). Entrando en su casa arrastro desde su living hasta mi casa, como puedo, un colchón de lana pesadísimo”. Como se puede, emancipada, así se va construyendo la vivienda, los espacios. Pero no es más que modo de mostrar que la condición precaria es relacional, que son los vínculos los que sostienen una vida, y evidencia la dependencia de asistencia y reproducción que todo ser viviente tiene a través de otros de la que no puede deshacerse, dependencia evidente en las diversidades funcionales. Hay entonces una alianza posible con modos de ser diversos. Con tono de burla y humor, constantemente Dalia parece recordarnos que sin los vínculos ella se desarmaría, y son esos mismos vínculos y contactos con otros cuerpos los que van demarcando caminos posibles.
Entre pasiones
Las pasiones tristes y alegres van delimitando caminos, en relación a qué relaciones nos potencian y cuales nos descomponen. Las condiciones abruman y están presentes. “Pienso en el dinero en mis ahorros que se acaban (la poca plata que me pagaron de aguinaldo en el Musimundo). Creo que cada vez estoy más en la ruina” leemos de la pluma de la narradora. Pero es desde ese reconocimiento que Dalia se relaciona con sus vínculos, evitando que la conciencia sobre la impotencia venza, buscando en las condiciones de existencia el recoveco donde encontrar las pasiones alegres. Nada de recovecos. Todo el espacio es reconfigurado como la belleza que permite e incentiva la vida. “El Riachuelo comienza a fermentarse con los primeros rayos del sol y exhala un olor maravilloso a uva podrida. Me gustan los olores fuertes”. En los cuerpos y en los espacios va encontrando nuevas geografías de la sensualidad. Y así como consigue flotar en la liviandad de la belleza, se hunde profundo en odios y tristezas cuando los vínculos se descomponen. “Deseo que ya sea el fin del mundo. Que un rayo aniquilador nos mate a todos… me siento culpable y corrijo mi deseo: deseo que sea el fin de mi vida y que un rayo aniquilador fulmine esta bola de tristeza en que me he convertido”. En algún texto Miguel Benasayag pensando en la situación de impotencia dice, “nos queda una certidumbre, y no es una certidumbre menor: es posible superar esta tristeza”. Y es desde la invención y la imaginación que Dalia se maneja para establecer modos dignos de enfrentar la tristeza entre los destrozos.
Las identidades rígidas son anuladas en Dame pelota. Prima un estado nómade. Dalia hace evidente constantemente que el género es performativo y funciona como una máscara, una pose. “Sigamos fingiendo fertilidad, sigamos siendo las raras”. Es así que entre la risa y la bisexualidad indefinida se va configurando una pose que ante todo es de resistencia. Inclasificación, identidades que mutan, porque no están fijas. “‘Eras bien torta al final guachita’ me dice. ‘Soy bi’. ‘¿Bi qué?’”. Todo gesto, corporal o anímico, puede incidir en la percepción de sí (tanto de la individualidad como de la percepción externa).
Pero Fernanda Laguna no es una laguna en la literatura argentina, sino que puede pensarse dentro de la Nueva Narrativa Argentina, post 2001. Los cambios que ocurrieron en la estructura de sentimientos de ese período influyeron y forman parte de las nuevas narrativas y los modos de producción y distribución de las obras. Narrativas que tienen tópicos comunes que desestabilizan la masculinidad que corporiza el Estado, donde los territorios son desarmados y los recorridos recreados. Donde prima el andar a la deriva, dejándose guiar por los afectos y las pasiones, que en sí mismos contribuyen a desmembrar el sistema deseante productivista y capacitista.
Fútbol de las pasiones
Resulta imposible no vincular la precarización general y estructural con la precarización de la situación del fútbol femenino (o diverso) en Argentina y en el contexto mundial. Falta de pago, condiciones precarias para poder asistir a las canchas, la desprofesionalización sólo por el hecho de no ser varones cis. Jugadorxs que reclaman por pago de viáticos, por condiciones dignas de la cancha, por jugar con luces de noche: escenas cotidianas de todx jugadorx. En Dame Pelota aparecen asociadas a las pasiones alegres que puede despertar los vínculos en la cancha, los deseos, los cuerpos y sus olores. Empieza con una escena en la cancha entre el sagrado de la menstruación colectiva y la pasión del juego. Todos los actos y gestos que se ven en la cancha y en los vínculos están cargados de humor, sin vaciarse de su contenido político. Clubes que pagan y clubes que no. Dalia comenta que “el Cordobés no nos paga pero por lo menos nos invita a cenar”. La Catana, “de algo tengo que vivir… lo de la plata del Club era mentira. Sí, te mentí… el Club no nos paga nada. Ni a la selección le paga. Nos dan $140 para viáticos por mes, y entreno todos los días”. Los afectos circulan en la cancha y en las relaciones, y son ellos los que forman la primera línea de resistencia frente a la precarización laboral y la desprofesionalización.
Confusión
El andar a la deriva, movida por los vínculos y las afecciones, desjerarquiza y vuelve infértiles todos los mandatos sociales de “a cada unx su lugar” . El productivismo no encaja en este modelo siempre diverso, siempre por hacerse y nunca estable. La finalidad de las acciones no es productiva, no hay una finalidad predeterminada. Piensa Dalia: “pensar debería ser como coger” . El acto por excelencia, pensar-coger, lleva a identificar el placer como única finalidad, difuso placer que borra los límites de lo admisible, los límites del orden, acercándose cada vez más (y desde un principio) “al lado de la vida dejado de lado por la productividad, donde se haya todo lo ingobernable”. Así es más libre y feliz. Dalia establece recorridos de tiempo presente, los vínculos y los afectos generan las alianzas necesarias para movilizar y hacer (hacer y para nada, hacer y para ser feliz, placer). Como sostiene Suely Rolnik, la percepción, la mirada, no es virgen, y es un ejercicio desautomatizar la percepción y el deseo. El deseo está colonizado, y hay que hacer todo un trabajo de descolonización del deseo. Es en ese trabajo que parece encontrarse Dalia, y que la lleva a estados de confusión y de desconfianza del lenguaje, y por lo tanto, de alteración de la realidad. “El estado de mi confusión es de confusión. La confusión confundida con los cinco sentidos conectados con una realidad muy confusa”. Una confusión que a veces es caos, y que a veces es éxtasis, amor desbordado. “Las pocas palabras que nos decimos son gestos. Las palabras no significan nada, son abrazos invisibles que invaden el espacio. Invisibles y secretos”. Logra traspasar los límites de los significantes ya pautados, del modo de codificar el mundo ya impuesto, para desconfiar de los sentidos previamente determinados. Las palabras le son insuficientes. Un modo que nos recuerda a los modos autistas de relacionarse únicamente con los afectos. Las palabras ya no sirven, su convencionalidad que unifica los vínculos posibles de ser concebidos queda insuficiente.
Conclusión
Ya lo dijo Butler, “la precariedad podría operar como un campo en donde se pueden establecer alianzas entre ciertos grupos que, aparte de ser considerados desechables, no tienen mucho más en común”. Fernanda Laguna sostiene en su relato un modo de vivir en resistencia frente a la precariedad de las vidas y de las condiciones de existencia: ser anti-productivista, centrada en los afectos que potencian la vida. El relato de Dalia diversifica la estética, (lo bello y lo feo tienen menos que ver con condiciones convencionales que con estados anímicos y afectivos), inventa otras formas de sexualidad y nuevas geografías de la sensualidad, ralentiza los tiempos de la productividad, y concibe la vulnerabilidad de la vida desde su costado virtuoso, de incentivar las relaciones. Es desde ese lugar que configura el mundo a partir de sus afectos, moviliza los espacios (textuales y geográficos) y muestra la movilidad de las identidades que fluctúan. Cada relación, por su carácter permeable, afecta los cuerpos, los cambia, los moviliza, y es en ese movimiento siempre inesperado, nunca prefijado, que el texto avanza o retrocede o enciende o se prende fuego.
Carolina Fernández Ares - 2019
Corpus:
Dalia Rosetti, Dame pelota, Buenos Aires, Mansalva, 2009.
Bibliografía:
Angiletta, Florencia, “Fernanda Laguna / Dalia Rosetti: poses políticas en la nueva narrativa argentina”, Ex libris, n. 3. 2014.
Arnés, Laura A. “Errancias sexuales/errancias textuales. Figuraciones literarias del siglo XXI”, Ficciones lesbianas. Literatura y afectos en la cultura argentina, Buenos Aires, Madreselva, 2016.
Bardet, Marie, “Límites de una relación” en Coloquio Gilbert Simondon. (Video versión online disponible)
Benasayag, Miguel. “La crisis dentro de la crisis”, Pasiones tristes, -Buenos Aires, Siglo XXI, 2011.
Butler, Judith. “Introducción” y “Política de género y el derecho a aparecer”, Cuerpo aliados y lucha política, Bueno Aires, Paidos, 2017.
Butler, Judith. “Vida precaria”, Vidas precarias. Buenos Aires: Paidós, 2006.
Lorey, Isabel “Prefacio a la nueva edición”, Disputas sobre el sujeto, Adrogué, Ediciones La cebra, 2017.
Rolnik, Suely, “Hay que hacer todo un trabajo de descolonializar el deseo” Nota en https://www.elsaltodiario.com/pensamiento/entrevista-suely-rolnik-descolonizar-deseo
Impresiones sobre Llámenme Casandra, de Marcial Gala
Las voces de adentro y de afuera. cómo se entrama en la historia de un cubano disidente y gay la certeza de su pasado, de sus vivencias míticas. Las voces de las erinias que le anuncian lo que ya sabe y Casandra, cargando con su maldición, con ese soplo de Apolo que la condena a la impotencia, camina igualmente a su destino. Cuántas Casandras y Aquiles habrá entre nosotrxs y no podemos reconocer. El otro día leí a Saer, dejando entrever en sus pensamientos que son de todos, algo así como que quedarnos únicamente con la realidad nos hace pobres, nos empobrece la realidad misma. No dejar de ir a los libros, a lo que se dijo, a lo que se intuye o alguien intuyó, a lo que alguien afirmó a costa de no importa qué para que esa realidad se amplíe, adquiera su verdadera forma que nunca terminará de ser una sino una más su potencia, su dinámica y su cambio. Eso permitiría entonces acercarnos a lo real, ampliándolo o, mejor dicho, ampliando nuestra manera de concebirlo que no deja de ser una manera de ser de eso.
Así, la certeza del personaje, destinado al dolor y a la injusticia, (porque nada de maricas en la Cuba revolucionaria), su certeza encarna a Casandra y se acerca a intentar comprender qué hay detrás de darse un nombre propio, además del que nos otorgan nuestros progenitores. Un nombre que responde sólo a una realidad, y ese otro que permite una lectura de la humanidad diacrónica y sincrónica al mismo tiempo, donde la temporalidad se pliega y aparecen las coincidencias, repeticiones y aliteraciones.
Ver en las manos de otros su destino. Poderes no
reconocidos. La luz de la literatura.
Crónicas de mundos singulares fue escrito a cuatro manos y surgió como una necesidad de traducir nuestra experiencia con jóvenes con autismo al orden del discurso. Buscamos serles fieles a lo vivenciado, a lo compartido, que muchas veces excedía completamente lo que otros discursos suponen e interpretan de la condición de estos jóvenes.
La primera parte, Palabras para una ubicación, funciona a modo de orientación para poder situarse y leer las crónicas desde un lugar singular y vaciándose de lo que uno supone. Las crónicas, de tan singulares, son pequeñas ventanas al mundo de cada uno de estos jóvenes, o de alguna escena vivenciada.
Fue editado artesanalmente en el 2019.
Acá se encuentra el pdf completo.