"Hay anécdotas de algunos autores que parecen extensiones de su obra y terminan enriqueciéndola. Son historias que necesitan ser contadas para el disfrute completo del lector"
EL SECRETO TRÁGICO DETRÁS DE 'EL PRINCIPITO'
🌹 "¡Era tan joven para saber amarla!"...
Si has leído El Principito, seguro que recuerdas a la Rosa: ese ser orgulloso, tierno y lleno de espinas que el protagonista cuida con tanto esmero en su pequeño asteroide. Lo que muchos lectores no saben es que esa rosa existió en la vida real y tenía nombre de mujer: Consuelo Suncín. Protagonizó una de las historias de amor más desgarradoras y lacrimógenas de la literatura.
Consuelo era una escritora y artista salvadoreña que enamoró perdidamente al aviador Antoine de Saint-Exupéry. Su romance fue un torbellino de pasión salvaje, pero también ocurrieron tormentas. Antoine era un alma libre que se pasaba la vida volando entre las nubes y estrellando aviones, mientras Consuelo lo esperaba en tierra firme, lidiando con las infidelidades de él y la soledad. Ella era su musa absoluta, un cable a tierra para su amado, pero también su mayor dolor.
En 1944, durante la Segunda Guerra Mundial, Antoine se subió a su avión para una misión de reconocimiento sobre el mar Mediterráneo. Antes de despegar, le dejó una última carta a Consuelo que era un grito de perdón y de amor hacia ella. Antoine despegó de Córcega... y jamás regresó. Su avión desapareció en la inmensidad del cielo, dejando a Consuelo sumida en una tristeza enorme y sin un cuerpo al que llorar.
Durante décadas, el mundo pensó que el escritor había llevado sus últimos pensamientos a la tumba. Sin embargo, años después de la muerte de Consuelo, se descubrió un cofre secreto en su casa que guardaba algo que hizo llorar al mundo entero cuando salió a la luz...
¿Qué tesoro se encontró en el interior del cofre? En ese viejo arcón estaban las memorias ocultas de Consuelo (tituladas Memorias de la rosa) y las cartas de amor más íntimas de la pareja. En la última misiva que Antoine le envió antes de desaparecer en el cielo, le pedía perdón por sus equivocaciones y le escribía una frase que hoy cobra un sentido desgarrador:
"Consuelo, gracias desde el fondo del corazón por ser mi mujer. Si me derriban, no tendré nada que lamentar, pues tengo a quién esperar en la eternidad... mi único refugio teológico eres tú".
Al final, el escritor francés no era más que un Principito real que extrañaba a su rosa del asteroide B612. Ella guardó esas cartas en secreto toda su vida, para que nadie le pudiera arrebatar aquel único testigo de un romance que ni la muerte pudo borrar. 🥰
EL DÍA QUE VALLE-INCLÁN PERDIÓ UN BRAZO POR DEJADEZ
Si crees que los escritores de antes eran señores aburridos, enfundados en una bata de cuadros y que solo tomaban té, necesitas conocer a Ramón María del Valle-Inclán. Tenía unas barbas larguísimas, un ceceo exagerado y un carácter tan explosivo que sus discusiones en los cafés de Madrid eran legendarias.
☕A finales del siglo XIX, en el icónico Café de la Montaña, Valle-Inclán se enzarzó en una acalorada disputa con el periodista Manuel Bueno. El escritor prefirió llegar a las manos y Manuel Bueno, para defenderse, levantó su bastón a modo de espada. Con el tumulto, el golpe fracturó el brazo de Valle-Inclán. 💥La herida era fea. Sin embargo, herido en su orgullo, se negó a ir al hospital de inmediato y prefirió seguir discutiendo los detalles de la ofensa.
Lo que parecía un golpe de taberna se complicó por una gangrena; el golpe del bastón hizo que un gemelo de su camisa se clavara en la carne, pero él dejó pasar los días sin ir al médico. Los facultativos no tuvieron otra opción: amputarle el brazo izquierdo enterito... sin anestesia ni miramientos. 🪓Cualquier otro hombre se habría hundido, pero Valle-Inclán jugaba en otra liga. Aprovechó su amputación para construir el mito más descarado de la literatura, contando versiones falsas y surrealistas para impresionar a la alta sociedad... 🧐Estas eran algunas de las barbaridades que se inventaba sobre su desgracia:
🦁 "Tuve una lucha cuerpo a cuerpo con una leona (o un cocodrilo) en tierras exóticas".
🐯 "Fue el zarpazo de un tigre enfadado durante uno de mis viajes en busca de aventuras".
⚔️ "Ocurrió en un duelo a espada contra un oficial (o un bandido) en un camino apartado".
❤️ "Fue el arranque violento del miembro por parte de una enamorada celosa y obsesionada con mis huesos".
🍽️ "Un sacrificio doméstico: al no haber comida en casa, le ordené a mi famélico criado: 'Corta este brazo y mételo en el horno'".
🦖 "Se lo ha comido un dinosaurio despistado".
🧔 "Lo perdí buscando algo en la barba".
Gabriel García Márquez, en 1974, había aprovechado una separación temporal de Mario Vargas Llosa y su mujer, Patricia, para acercarse a esta y consolarla; no se sabe hasta qué punto llegó ese consuelo. Parece que había tratado de aconsejarla durante su separación, animándola a seguir adelante con aquella decisión. Un tiempo después, el 12 de febrero de 1976, en el vestíbulo del Palacio de Bellas Artes en Ciudad de México, ocurrió algo que no hubiera imaginado nadie de los allí presentes.
Era una noche en la que se estrenaba la película documental La odisea de los Andes. Gabriel García Márquez parecía feliz por ver en el vestíbulo a su buen amigo Mario Vargas Llosa. Gabriel, en cuanto pudo escabullirse de las personas que requerían de su atención, se dirigió con los brazos abiertos para estrecharlos efusivamente sobre su homólogo. En cierto momento, mientras mantenía los brazos en el aire aguardando lo propio de Mario, Gabo, ahora confuso, advirtió en aquel un rostro inyectado de odio.
Fue demasiado tarde para rectificar el gesto cariñoso; un puño derecho se elevaba en el aire cual proyectil, aprovechando la guardia baja de Gabo. Mario atinó en el ojo izquierdo de su amigo, dejándolo morado. "¿Cómo te atreves a venir a saludarme después de lo que le hiciste a Patricia en Barcelona?", se escuchó tras el impacto. Gabriel, en el suelo, intuyó que aquella amistad había acabado para siempre a causa de Patricia.
Víctor Hugo tenía tanta calidad literaria como ganas de fiesta. Frecuentaba burdeles parisinos hasta el punto en que, el día de su muerte, estas mujeres cerraron el negocio como señal de luto. Su apetencia insaciable de comida lograba que fuera capaz de tragarse los mariscos enteros, incluso con sus caparazones.
Con tanta distracción que encontraba en aquellos animados cafés, no conseguía apartar tiempo para escribir. Su editor, harto de esperar durante meses el manuscrito de Nuestra Señora de París, terminó por ponerle un plazo innegociable para la conclusión de este: febrero de 1831.
Para combatir la procrastinación, Víctor se quitó la ropa y ordenó a su criado que se la llevara. Luego, se encerró bajo llave en su lugar de trabajo, con tan solo una túnica de punto gris para poder arroparse. Al encontrarse 'atado' en su mesa, a causa de su desnudez, logró acabar su gran obra a tiempo.
El escritor de Ulises, James Joyce, guardó un secreto escatológico muy sorprendente. En unas cartas sinceras, muy explícitas, dirigidas a su pareja Nora Barnacle, confesó una debilidad que le atraía... las flatulencias de ella. Los ruidos y olores corporales de Nora le obsesionaban.
Afirmó que, incluso, en una habitación atestada de mujeres identificaría esos pedos "largos y ventosos" o "rápidos explosivos". La relación del matrimonio duró 37 años, hasta la muerte de Joyce en 1941. Tuvieron dos hijos. ¿Fueron aquellas flatulencias el secreto para mantener viva su relación?
Luis de Góngora buscaba la belleza a través de un lenguaje complejo (culteranismo), mientras que Francisco de Quevedo prefería el ingenio escueto, directo y contundente (conceptismo). El desprecio y la rivalidad entre ambos era mutua. Ambos vivían en Madrid durante el convulso siglo XVII, y su enemistad explotó en una guerra de insultos y versos.
Quevedo disparó contra su oponente unas palabras afiladas: "Érase un hombre a una nariz pegado...", ridiculizando la gran nariz de Góngora y llamándolo sayón y escriba (en referencia a los verdugos y escribas que condenaron a Jesús).
Góngora se defendió con su espada intelectual, apodando a su rival "Francisco de Que-bebo", aludiendo a la supuesta afición de Francisco por las tabernas y las borracheras.
Quevedo continuó la ofensiva con el famoso verso: "Yo te untaré mis obras con tocino, perro judío". Con esto, amenazaba con que, si Góngora trataba de "morder" (criticar) sus obras, se encontraría con la grasa de cerdo (aludiendo a los falsos rumores de ascendencia judía de Góngora).
Góngora contraatacó burlándose del físico de Quevedo: le llamó "pies de elegía" (por sus piernas arqueadas) y "cegato" (debido a los lentes que usaba).
La enemistad llegó a su punto culmen en 1625, cuando Quevedo, en una jugada maestra de odio, compró la casa alquilada en Madrid donde malvivía Góngora y lo desahució al no recibir el pago. Quevedo afirmó, con sorna, que tuvo que desinfectar la vivienda tras la salida de su enemigo.
José Luis Borges estaba disfrutando de un buen día en la ciudad de Roma cuando un malicioso periodista quiso provocarle y amargare la estancia con una pregunta afilada.
—¿En tu país todavía hay caníbales?
El escritor argentino, sin inmutarse, desarmó por completo a aquel individuo con una respuesta absurda.
—Ya no quedan, nos los comimos a todos.
En otra ocasión, mientras Borges se encontraba en un club social, apareció un hombre de aspecto dejado que, con modales agresivos, le hizo una pregunta que más bien parecía una orden.
—¡Dónde está el baño!
Borges fue cortés al indicárselo, pero le contestó con gran ironía.
—Continúe por aquel pasillo. Al final verá una puerta con un cartel donde leerá "Caballeros". No haga caso de la restricción, entre nomás.
Gracias a su agudo ingenio, siempre lograba defenderse de los aguafiestas.
Emilia Pardo Bazán demostró una astucia brillante al convertirse en la primera escritora española en introducirse en una fábrica para escribir una novela. En el siglo XIX, las cigarreras de La Coruña eran mujeres obreras famosas por su fuerte carácter, independencia económica y organización política. Ningún hombre de la alta sociedad se atrevía a mezclarse con ellas, pero la escritora logró su objetivo en tres pasos clave.
Primero, rompió barreras: Consiguió un permiso oficial y, pese a su cuna aristocrática, supo ganarse la confianza de unas obreras que naturalmente desconfiaban de las élites.
Segundo, infiltración y camuflaje: Se sentó durante meses junto a ellas en los talleres, aprendió el oficio de liar puros y memorizó su jerga y sus secretos.
Tercero, realismo a pie de calle: Utilizó esta inmersión para publicar La Tribuna (1883), adelantándose a sus contemporáneos masculinos al crear la primera novela social y obrera de España.
La pionera Pardo Bazán no se limitó a imaginar la realidad desde su palacio; la vivió en primera persona para revolucionar la literatura española.
Lope de Vega quería contentar al público masivo; para ello, creó la comedia nueva, rompiendo los moldes clásicos. Tuvo un éxito arrollador: era rico, arrogante y adorado por todos.
Cervantes, por el contrario, prefería el teatro clásico y culto, pero no lograba triunfar en las tablas. Era un viejo soldado, manco y pobre.
En 1604, Lope dejó por escrito su desprecio: "De poetas no digo buen siglo es este: muchos están en ciernes para el año que viene; pero ninguno hay tan malo como Cervantes, ni tan necio que alabe a Don Quijote". Cervantes devolvió el golpe satirizando a Lope en sus obras.
Pero el mayor ataque llegó en 1614, cuando apareció una secuela apócrifa firmada por el misterioso Alonso Fernández de Avellaneda, detrás de cuyo entorno se sospechaba que estaba el propio Lope. Aquel plagio hirió profundamente a Cervantes y lo obligó a cambiar el rumbo de la segunda parte de su obra maestra para matar a Don Quijote definitivamente.
Arthur Conan Doyle creía que sus novelas históricas lo harían inmortal y que el detective con gorra de cazador no era más que un pasatiempo menor. En el relato El problema final, el escritor arregló un encuentro en Suiza entre Sherlock Holmes y su archienemigo, el profesor Moriarty. Ambos forcejearon y se precipitaron juntos al vacío en las cataratas de Reichenbach. Misión cumplida, se quitó al detective cansino de encima. Pero, inesperadamente, el pueblo británico contraatacó. El público no se tomó nada bien la defunción. La reacción fue, en el mejor de los casos, desproporcionada.
Primero, hubo un luto nacional: Los caballeros londinenses salieron a la calle con brazaletes negros.
Segundo, continuó un linchamiento: El propio Doyle fue insultado por la calle y tildado de "grandísimo burro". La editorial Strand Magazine se inundó de cartas furiosas y llenas de odio exigiendo justicia.
Tercero, la resurrección: Acorralado por la presión social, Doyle tuvo que tragarse su orgullo y tubo que crear una teoría rocambolesca. Cambió el final trágico antes de que todo empeorará: 'Holmes había fingido su caída, se había escondido un par de años por el Tíbet y regresó para resolver nuevos casos'.
La ironía de esta historia es fantástica: aunque Arthur Conan Doyle ganó el título de caballero del imperio británico gracias a sus obras históricas, hoy en día la cultura universal lo recuerda casi exclusivamente por haber creado al detective más famoso de todos los tiempos.