El análisis del contexto histórico de América permite comprender que las fronteras sociales actuales no son fenómenos recientes ni aislados, sino el resultado de un proceso largo de construcción iniciado durante la colonización europea. Desde el siglo XVI, documentos como el Requerimiento o las Leyes de Indias establecieron una lógica de dominación basada en la subordinación de los pueblos indígenas y la segregación legal de la población, creando las primeras estructuras de exclusión. Este sistema no solo organizó el territorio, sino también las relaciones sociales, legitimando la desigualdad como parte del orden natural. Con el sistema de castas, esta jerarquización se volvió aún más rígida y visible, transformando la diferencia racial en una escala de valor social. La asociación entre “blancura” y privilegio consolidó una forma de racismo estructural que trascendió la colonia y se adaptó a los procesos de independencia, donde las nuevas repúblicas mantuvieron gran parte de estas desigualdades bajo discursos de modernidad y progreso. Así, la independencia política no implicó una transformación profunda de las estructuras sociales, sino una continuidad de las jerarquías bajo nuevas formas económicas y políticas. En la actualidad, estas fronteras sociales persisten en distintos países de Sudamérica, manifestándose en desigualdades territoriales, raciales y de clase que siguen condicionando el acceso a derechos y oportunidades. Aunque algunos Estados han intentado romper con este legado como Bolivia con su reconocimiento plurinacional, la herencia colonial sigue presente en la forma en que se distribuye el poder y se percibe la identidad. En conjunto, este recorrido histórico demuestra que las fronteras sociales son construcciones históricas profundamente arraigadas, cuya comprensión es esencial para analizar las desigualdades contemporáneas y pensar en posibles procesos de transformación social.