Las bibliotecas escolares y las bibliotecas públicas son, en esencia, dos mitades de una misma historia. Aunque a menudo se perciben como entidades separadas por sus muros o sus públicos —el ámbito educativo y el ámbito comunitario—, ambas persiguen un objetivo fundamental: conectar a las personas con el conocimiento y la cultura.
En la película Ghost (1990), Sam y Molly comparten un amor y una conexión tan fuertes que persisten más allá de la presencia física. Si trazamos un paralelismo entre la película y las bibliotecas escolares y públicas, la biblioteca escolar sería Molly: una institución palpable, con una misión clara y un público cautivo (los estudiantes y profesores), enfocada en la formación académica y la alfabetización informacional. La biblioteca pública es el espíritu de Sam: omnipresente en la comunidad, sin fronteras de edad o currículo, que ofrece un vasto e ilimitado océano de recursos, ocio y autoaprendizaje.
Y ambos se comunican a través de una médium, el canal esencial que permite que la riqueza del espíritu (siguiendo con el paralelismo, los recursos de la pública) fluya y se haga tangible para proteger, inspirar y completar a la bibliotecas escolares. Es a través de esta colaboración que se rompen las barreras institucionales, permitiendo que los estudiantes accedan a colecciones más amplias, programas culturales y un ambiente de aprendizaje que trasciende las aulas.
Al igual que en Ghost, este vínculo invisible genera una fuerza irrefrenable. La biblioteca escolar se beneficia de la amplitud y diversidad de la pública, mientras que esta última conecta con el público joven y futuro, asegurando que el amor por la lectura y el aprendizaje nunca se desvanezca. Juntas, estas instituciones demuestran que, para proteger y nutrir a la comunidad lectora, no basta con la presencia de una sola; el verdadero poder reside en la sinergia de sus espíritus, guiando a sus usuarios hacia un horizonte de infinitas posibilidades.
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