"Hará como diez años, en tierras de mis abuelos mayas, cuando comprendí que Yucatán era mi verdadera cuna, mis primeros sembradíos poéticos fueron diseminados por los vientos acústicos del mar y la calcárea blanca de mi pequeña patria. Ahí aprendí los matices de los árboles, el temperamento de las aguas subterráneas y el bullicio de los animales vivos y sin celdas. No imaginaba yo el hervor que me envolvería, cada vez que me encontraba alguna huella de mi origen, porque nadie se conoce solamente por lo que es, sino el cómo fue concebido. Una y otra vez las gargantas de las hojas y los imperceptibles vuelos de los insectos germinaban en mis palabras que no entendía.
Un día fui de cacería con mis amigos campesinos, acampábamos en torno a una candela. Un rugido nocturno me despertó con su pavura, estábamos en monte alto, en la profundidad de la selva, donde las estrellas son más grandes por imensas, donde los ojos de los felinos cohabitan con las luciérnagas. Y un ruido se colgó de la noche para que no olvidara mi alma su zarpazo, desde entonces no puedo contener su acometida, un flamazo de miel me dejó mudo, me llenó con su espuma dolorosa y desde entonces habló Benito Balam, que es otra forma de verme sin espejo".
(Prólogo de B.B.: Egología del sueño, CDMX, 1986)