En tiempos de inmediatez y automatismos, creemos que detenerse a pensar sigue siendo un acto profundamente humano y necesario. Barro Pensativo nace como un espacio de encuentro, reflexión y creación crítica, impulsado por un grupo de jóvenes investigadores comprometidos con las humanidades, las ciencias sociales y los desafíos éticos de nuestro tiempo.
Somos más que un colectivo: somos una comunidad que cultiva la palabra reflexiva, el diálogo riguroso y la búsqueda de sentido. En este blog compartiremos artículos, ensayos, entrevistas y crónicas que exploran temas fundamentales como la filosofía, la ética, la educación, la historia, la cultura, la política y la vida social en sus múltiples formas.
Más Sócrates, menos Messi
20 de marzo del 2026
Juan José Tomassini
Orcid. 0009-0008-5651-930X
Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe
Facultad de Ciencias Sociales. Universidad de Buenos Aires
juanjotomassini@gmail.com
Aclaremos algo antes de que alguien se desmaye arriba de una reposera de Nordelta: no se trata de comparar dos categorías tan dispares como el fútbol y la filosofía. El Sócrates de este título no remite al filósofo griego, ese señor al que todos citan y casi nadie leyó, básicamente porque no escribía. Acá voy a escribir sobre Sócrates Sampaio de Souza Vieira de Oliveira, futbolista, médico, negro, brasileño, dueño de unos rulos inolvidables y de esa rara costumbre de pensar mientras jugaba. Un degenerado hermoso: gambeteaba y además opinaba. Así que guarden el manual del opinólogo de cable, respiren hondo y suelten el video motivacional de “Messi nos enseña a superarnos” para darle paso al gran Sócrates, no el griego, ese no tiene mucho que decirnos a quiénes vivimos en el gran Sur Global, mejor escuchemos al 8 del Corinthians y de la selección de Brasil que nos vio dar la vuelta en el 86.
El verdadero pecado siempre ha sido pensar, ni siquiera pensar mal porque eso no existe. Y ahí empieza el problema porque el fútbol acepta casi todo: lavado, marketing, petrodólares, pedofilia, prostitución vip, dirigentes con cara de remate judicial, comentaristas que confunden análisis con baba, empresarios que hablan de “proyecto” mientras tercerizan hasta el alcanza-pelotas, y presidentes que usan un Mundial como pantalla para tapar los problemas de un imperio yankee en decadencia. Lo que no tolera es al jugador que además de hacer un taco pregunta quién se queda con la guita, quién manda en las barrabravas, quién arma el negocio de las transmisiones y por qué el pueblo pone la pasión mientras otros levantan la recaudación. Como dice el gran Saborido, mejor filósofo que aquél griego, el fútbol es una pasión tercerizada.
Sócrates entendió algo elemental: El fútbol es un campo de disputa y bastión de lo popular. Por eso participó de la organización de los futbolistas, de la pelea para que el dinero no se lo llevaran los empresarios sino los jugadores, como dijo una vez Maradona, con esa claridad sindical que escasea bastante más que los enganches tipo Valderrama o Riquelme.
Hoy esa idea suena casi subversiva. Lo normal es que el futbolista sea un tesoro viviente decorativo: corre, sonríe, firma camisetas, sube una foto con auriculares gigantes y agradece a Dios, a la familia y a la bebida energética de turno. Pensar, mejor no. Comprometerse, menos. Hablar de política, ni se te ocurra. Para eso ya están los empresarios, los presidentes de federaciones, los gobernantes de ultraderecha y los dueños del mundo, personitas tan delicadas que necesitan que nadie les arruine el negocio con una conciencia
Por eso Messi les viene tan bien. No Messi jugador, que fue y es un fenómeno irrepetible, sino Messi institución, Messi estampita, mudo e inmóvil, perfecto para la foto con el poder que ama los genios mudos y al talento que no incomoda. Un poder que ama al ídolo que baja la cabeza, sonríe con cortesía y le presta su aura a cualquier mandatario de turno, incluso a uno tan grotesco como Trump, esa mezcla de peluquín imperial, casino venido abajo y bronceado de fiambre ibérico. No hace falta que Messi diga demasiado, justamente ahí radica su funcionalidad: en esa neutralidad condescendiente que el mercado vende como humildad y que en realidad suele ser obediencia bien peinada.
Vivimos en la era de la obediencia con canilleras. La época del crack dócil, del genio encapsulado, del multimillonario entrenado para no decir nada, no vaya a ser cosa que ofenda un sponsor, un fondo saudí o un presidente con peluquín ideológico. Es una época tan obsecuente que ser el mejor del mundo parece consistir, también, en callarse la boca y sonreír frente a los peores del mundo cuando hablan de lo bien que les va bombardeando países y asesinando personas. A veces extrañamos la desobediencia maradoniana. Del otro lado está Neymar, que es algo todavía más triste y patético: el jugador que confunde ascenso social con blanqueamiento de piel. Ahí lo tenés, apoyando al racista de Bolsonaro como si el odio tuviera excepciones VIP o fuera una aplicación que distingue entre morochos con millones y morochos sin millones.
En el fútbol no todo es lavado, vanidad, proxenetismo de lujo y circo para desocupados del alma. Hay que saber ver el vaso medio lleno: A veces un futbolista salta la valla y le pega una patada al fascismo. Hay Diegos que le dicen al poder en la cara lo que piensan. Hay un Drogba que intercede para que un país no se desangre en una guerra civil. Está Mbappe participando en la discusión pública para frenar el avance de la extrema derecha en Francia. Hay un N'golo Kanté que insiste en que el lujo es vulgaridad como si escuchara Los Redondos. Y muy raras veces, rarísimas, hay un Sócrates: uno que además de jugar, piensa; que además de pensar, se compromete; que además de comprometerse, entiende que su club, su país y su tiempo histórico no son decorado sino materia viva.
Ese es el punto. “Más Sócrates, menos Messi” no quiere decir menos talento y más biblioteca, menos gambeta y más seminario, menos campitos y más normas APA. Quiere decir menos ídolos envasados al vacío y más sujetos políticos que opinen. Menos genio administrado por sponsors y más jugadores que se sepan parte de algo. Menos foto amable con el poder. Menos muchachos educados para no incomodar. Más futbolistas que entiendan que el barro del que salieron no era una escenografía para documentales motivacionales sino una experiencia compartida con millones que mueren en el camino.
“La pelota no se mancha”, decía Diego… El tema es que se ensucia; y ensuciarse no es el problema. En los potreros y en la canchita del barrio siempre hubo barro, tierra, césped, raspones, rodillas peladas, camisetas rotas, algunas piñas y un perro cruzándose en mitad de la jugada. Esa suciedad era noble. El problema es cuando usamos la pelota para lavar plata, prestigio, impunidad, petrodólares, dirigencias indecentes, negocios inconfesables. El problema es que la ensucian desde arriba y después la venden como si viniera perfumada. Que la pelota vuelva a ensuciarse con el barro de la villa. Que los jugadores dejen de ser tesoros vivientes decorativos. Que vuelvan, aunque sea de a ratos, a parecerse a la gente que los ovaciona.