En tiempos de inmediatez y automatismos, creemos que detenerse a pensar sigue siendo un acto profundamente humano y necesario. Barro Pensativo nace como un espacio de encuentro, reflexión y creación crítica, impulsado por un grupo de jóvenes investigadores comprometidos con las humanidades, las ciencias sociales y los desafíos éticos de nuestro tiempo.
Somos más que un colectivo: somos una comunidad que cultiva la palabra reflexiva, el diálogo riguroso y la búsqueda de sentido. En este blog compartiremos artículos, ensayos, entrevistas y crónicas que exploran temas fundamentales como la filosofía, la ética, la educación, la historia, la cultura, la política y la vida social en sus múltiples formas.
La inquietud del corazón: una búsqueda que nunca termina
23 de julio del 2026
Guillermo Sebastian Tapia Churata
guillermo.tapia.churata@ucsp.edu.pe
Orcid: https://orcid.org/0000-0003-0739-9862
Barro Pensativo. Centro de Estudios e Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales
“Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (Agustín, 2019, p.3).
Hay frases que sobreviven a los siglos porque no describen una época, sino la condición humana. Más de mil seiscientos años después de haber sido escritas, las palabras con las que San Agustín inicia sus Confesiones siguen teniendo la capacidad de incomodar a quien las lee. No porque ofrezcan una respuesta inmediata, sino porque revelan una verdad que preferimos ignorar: el ser humano nunca deja de buscar.
Vivimos convencidos de que la siguiente meta traerá consigo la tranquilidad definitiva. Cambiamos de trabajo esperando una vida mejor, acumulamos bienes pensando que la seguridad material disipará nuestras incertidumbres, buscamos reconocimiento con la esperanza de que la aprobación ajena silencie nuestras dudas. Sin embargo, apenas alcanzamos aquello que tanto anhelábamos, aparece un nuevo deseo que vuelve a ponernos en movimiento. No importa cuánto avancemos, siempre parece faltar algo.
Nuestra época ha perfeccionado esa lógica de la búsqueda interminable, donde nunca fue tan fácil acceder al conocimiento, viajar, comunicarse o consumir y paradójicamente, tampoco había sido tan frecuente experimentar el vacío, la ansiedad o la sensación de vivir sin un horizonte claro. Nos hemos acostumbrado a llenar cada instante de estímulos, como si el silencio fuese un enemigo y la soledad una enfermedad. No bostante, quizá el problema no sea el silencio, sino aquello que comienza a escucharse cuando todo calla.
San Agustín conocía bien esa experiencia, pues antes de convertirse en uno de los pensadores más influyentes de Occidente, fue un hombre que buscó la felicidad allí donde muchos seguimos buscándola, o sea, el prestigio, el placer, el éxito intelectual y el reconocimiento social. Las Confesiones no son el relato de un santo perfecto, sino la historia de un hombre que comprendió que podía conquistar el mundo sin encontrar descanso para su corazón.
Fue precisamente esa experiencia la que lo llevó a descubrir una de las intuiciones más profundas de toda la filosofía cristiana y comprendió que el problema del hombre no consiste únicamente en hacer el mal, sino en haber perdido de vista el Bien. Agustín comprendió que el mal no posee existencia propia y no es una fuerza que compita con Dios ni una realidad autónoma capaz de imponerse sobre el bien, es, más bien, la ausencia del bien; del mismo modo que la oscuridad aparece cuando falta la luz. Allí donde el Bien deja de orientar la existencia, comienza a abrirse espacio aquello que llamamos mal.
Esta idea transforma también nuestra comprensión del pecado, pues solemos entenderlo como la simple transgresión de una norma. Sin embargo, para Agustín el pecado nace mucho antes de cualquier acción concreta. Comienza cuando el corazón dirige su amor hacia aquello que no puede sostener el peso de una felicidad absoluta. Por ese motivo, lo correcto es decir que no pecamos únicamente porque hacemos algo incorrecto, pecamos porque esperamos de las cosas finitas lo que solo el Bien infinito puede ofrecer.
Por eso el pecado no destruye únicamente la relación con Dios, sino que fractura al ser humano desde dentro. Quien convierte el poder, el dinero, el placer o el reconocimiento en el centro de su vida termina esclavizado precisamente por aquello que prometía hacerlo libre y la ruptura con Dios termina siendo también una ruptura con uno mismo.
Agustín tardó muchos años en comprenderlo. Al recordar ese camino escribió una de las páginas más hermosas de las Confesiones, “Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva; tarde te amé” (Agustín, 2019, p. 225). No hay en estas palabras únicamente arrepentimiento, hay también el reconocimiento de una verdad profundamente humana, pues muchas veces descubrimos demasiado tarde que buscábamos en el lugar equivocado.
Quizá esa sea la enfermedad silenciosa de nuestra sociedad. Hemos aprendido a buscar sin preguntarnos qué buscamos realmente y confundimos movimiento con progreso, entretenimiento con alegría, éxito con plenitud y consumo con felicidad. Cada nuevo logro promete ser definitivo, pero termina convirtiéndose en el punto de partida de un nuevo deseo. La inquietud permanece porque el corazón continúa esperando una respuesta que ningún bien pasajero puede ofrecer.
En este sentido, las Confesiones siguen siendo extraordinariamente actuales. No porque ofrezcan recetas para resolver los problemas del siglo XXI, sino porque describen con precisión la estructura permanente del corazón humano. El tiempo cambia las tecnologías, las costumbres y las formas de vida; no cambia, sin embargo, esa sed de plenitud que acompaña al hombre desde sus orígenes.
Tal vez por eso la frase con la que Agustín comienza su obra continúa resonando después de tantos siglos. No es únicamente una oración, es también una pregunta dirigida a cada persona: ¿Qué estamos buscando? ¿Y qué ocurrirá si aquello que buscamos nunca puede saciar la inquietud que llevamos dentro?
Quizá el mayor desafío de nuestro tiempo no sea combatir un mal que parece multiplicarse, sino volver a reconocer el lugar del Bien en nuestra existencia; porque el mal, como comprendió Agustín, no triunfa cuando adquiere más fuerza, sino cuando el bien deja de ser el centro de nuestras decisiones. Mientras el corazón permanezca lejos de aquello para lo que fue creado, seguirá buscando descanso donde nunca podrá encontrarlo y nuestro corazón segurá inquieto.
Referencias bibliográficas
San Agustín. (2019). Confesiones. Gredos.