Benjamín D. Huisa-Cruz
e-mail: bhuisa@unsa.edu.pe
Orcid: https://orcid.org/0000-0003-4313-9419
Barro Pensativo. Centro de Estudios e Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales
Aquella mañana, los pajarillos retumbaban en el denso bosque nublado, y una tenue luz entraba en nuestra habitación. Me levanté de sobresalto e hice despertar a mi hermano. Que vayamos a desayunar para empezar nuestras labores. No, estoy enfermo, ve solo tú. Además, ayer yo llevé solo el ganado. Vamos, hoy hazlo tú. Que se quedara cuidando la casa y yo iría a llevar a pastar el ganado.
La cocina y el comedor estaban en silencio absoluto. La presencia de papá se había esfumado por completo. Estábamos solos, y eso sembraba en nuestro pecho un temor inquietante. Ojalá el tiempo cambiara, pues un día soleado disminuiría la soledad en nuestros corazones. Agarré unos plátanos sancochados y unas cuantas yucas asadas que mi madre había guardado dentro de la gran olla que siempre estaba encima del fogón de barro. Traté de comer rápido y salí con mis botas de jebe. Tomé un machete oxidado y me dirigí a la aventura.
Había que llevar el ganado por la carretera mientras comían las hierbas crecidas por el camino y cuidar de que los terneros no escaparan o destruyeran algún sembrío. Parecía un trabajo sencillo y adecuado para un niño pastor. Me dispuse a dirigir a los 40 ganados vacunos por la serpenteante carretera de piedrecillas pequeñas y charcos de agua. Los vacunos comían lentamente la gran variedad de plantas que había en el camino. Al borde de la carretera junto a las cunetas había arbustos de platanillos, michicallos, ortigas, enredaderas y demás plantas que imagino olvidaron ponerles un nombre. De todas estas, la prohibida para los animales eran los helechos, ya que su consumo era mortal.
La carretera era bastante solitaria; no había casas cercanas. Generalmente, los vecinos vivían a 5 o 10 kilómetros de distancia. Por ello, era difícil encontrar a alguien cerca. Además, el transporte era bastante escaso. Los camiones que transportaban madera, plátanos y yucas pasaban un día a la semana, y después la carretera estaba vacía. La soledad y el miedo inundaban mi mente y recorrían lentamente mi cuerpo. Decidí tomar una siesta bajo la sombra de una lupuna; sin embargo, el recuerdo de una historia contada por mi madre me quitó el sueño. Me di cuenta de que estaba cerca de una de las casas protagonistas del cuento de terror que nos asustaba de niños: la temida Casa Vieja.
Hace muchos años, cuando los primeros colonos llegaron a estas tierras y el ejército peruano construía la carretera hacia el Manu, se asentó una familia ayacuchana: el padre, la esposa y dos hijos. Un día cualquiera, el señor de la casa despertó siendo otro, pues agarró la escopeta Browning y disparó cuatro tiros a su esposa. Luego agarró a los hijos, les ató pies y manos y los enterró vivos en el patio de su casa. Finalmente, el señor escapó al monte y no se supo más de él. La historia retumbaba en mis oídos y no me permitía pensar correctamente. Años después, otra pareja se fue a vivir a la casa, y su final trágico fue similar. El joven mató a su novia, según declaró después, por error al limpiar el cañón de su escopeta. Fuera lo que fuese, esa casa estaba maldita.
Llegué a la casa vieja y uno de los terneros corrió a ocultarse en la maleza y se perdió en el monte. El miedo me impedía ir a buscar al ternero. Un viento helado recorría el lugar y el día nublado comenzó a oscurecerse. Tomé mi machete y entré sigilosamente, abriéndome camino cortando hierbas y enredaderas. Busqué y busqué al ternero, y parecía que la selva se lo hubiera tragado. De pronto, llegué a la tan temida casa vieja. Era un montón de madera carcomida por el comején; las calaminas oxidadas y caídas le daban un aspecto tenebroso. La hierba había comenzado a inundar toda la casa, y las enredaderas habían hecho de ella su hogar. Me sentí asustado y me negué a entrar. Sentía que mis huesos se helaban dentro de mi cuerpo y escuchaba los ruidos de las aves como si fueran un presagio de algo malo que estaba por ocurrir.
El cielo nublado comenzó a soltar las primeras gotas de la lluvia que había sido anunciada durante todo el día. Sentía que debía regresar; sin embargo, la pérdida del ternero sería mi fin: mis padres nunca me lo perdonarían. La lluvia se hizo cada vez más intensa y me sentí obligado a entrar a refugiarme en la vieja casa de madera.
Entré, y un silbido profundo ensordeció mis oídos. No supe qué era hasta que alcé la vista y vi la figura de un cráneo humano en uno de los muebles de la cocina. Me asusté y sentí que mi cuerpo se quedaba completamente paralizado; caí al piso de madera. Mi corazón latía tan fuerte que podía escuchar cómo retumbaba en la casa. La tormenta era tan intensa que no lograba oír nada más que el sonido de la lluvia sobre el techo y el crujir de los árboles que amenazaban con quebrarse por el fuerte viento. No sé cuánto tiempo pasó; me quedé dormido.
Mientras dormía, soñaba con enormes serpientes que se deslizaban por el piso de madera para acercarse a mí. Estas víboras comenzaron a atarme con sus resbaladizos cuerpos mientras intentaba moverme sin éxito. Grité todo lo que pude y al fin desperté. Sin embargo; al abrir los ojos, vi que la tormenta había desaparecido. Pero mi asombro fue inmenso cuando miré al suelo. No había serpientes, sino un gran charco de sangre que se extendía por todo el piso y llegaba hasta el patio. La sangre era oscura y grumosa; parecía estar hirviendo porque desprendía un vapor maloliente. Creí que seguía en el sueño. Me levanté y, al mirar por la puerta, vi la imagen de dos niños muy pálidos y con los ojos cerrados. Ambos estaban vestidos con trajes blancos como túnicas bien planchadas para una ocasión especial. Sus ojos penetrantes parecían escudriñar mi alma. Apreté los dientes tan fuerte que sentí como estos se quebraban dentro de mi boca, mis manos sudaban y temblaban al igual que mis piernas. Me sentí inmóvil y no me atreví a decir una sola palabra; me quedé mirando hasta que ambos dieron la vuelta y vi cómo de sus cabezas se desprendía la sangre que contenía trozos de cerebro. Los niños comenzaron a llorar de una manera tétrica y pronunciar palabras inentendibles que sentí como murmullos y maldiciones. Parecían sufrir mucho. Aproveché que estaban de espaldas y logré salir por una rendija de madera rota de una esquina. Al salir, corrí como si no importara nada más. Al llegar a la carretera, vi a todos los animales del ganado en fila india. El ternero perdido estaba junto a los demás terneros. Llevé el ganado de regreso a casa y no dije una sola palabra hasta el día de hoy.
Nunca más regresé a la Casa Vieja, y lo último que supe es que el terreno fue vendido a una nueva familia que aún vive allí. Hay noches en que sueño con la casa y sus viejas paredes de madera carcomida por los comejenes; siento el mismo frío en los huesos y los dos niños muertos me saludan con los ojos cerrados. Yo les presto un pañuelo para que cubran sus nucas destrozadas y ensangrentadas. Luego despierto y no soy el mismo.