Armando Trelles-Castro
https://orcid.org/0000-0002-7389-0695
Barro Pensativo. Centro de Estudios e Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales.
Necesitamos una filosofía que esté a la altura de nuestra época. Para eso debemos considerar si el pensamiento filosófico es capaz de estar a la altura de algo. Entonces, ¿realmente el pensamiento genera los insumos necesarios con los que pueda superarse las condiciones en las que vivimos? Si la respuesta es afirmativa, no quedaría más camino que el de asumir esa razón y no sólo eso, sino llevarla hasta las últimas consecuencias. Y, en el caso de que las circunstancias lo demanden, estar dispuestos a morir por esas ideas, ya que un pensamiento que se precie de ser capaz de articular el sentir de su época y elevarlo a la razón, debe, en consecuencia, encarnarse en quien lo concibe y concebirse encarnando la determinación de su portador.
Sucede que en nuestra época hay la posibilidad de distinguir dos tipos de pensamientos. El primero es alienante, porque en virtud del mismo, se prolonga un estilo de vida que ya no puede proyectarse hacia el futuro. Esto sucede porque tal pensamiento ha agotado sus premisas en promesas que no pueden cumplir, porque al guiarnos por aquella razón, lo que tenemos como consecuencia es la desaparición de toda forma de pensar que no se acomoda a su proyecto, y que, sin embargo, el plan que defiende, sólo es posible si no existen otros. Siendo así, este tipo de pensamiento tiene una utopía dominadora, a razón de la cual, quien lo asume se aliena. Esta razón es la del mercado total, que puede ser representada de diversas formas y que a la fecha una de sus versiones es el tecnofeudalismo (Varoufakis, 2024).
La expresión del pensamiento alienante se da a través de la obsesionada idea de pretender que las máquinas piensan como seres humanos y los seres humanos como máquinas. El proyecto histórico del mismo es una proyección utópica de expandirse hacia el infinito en un mundo finito. Se le llama tecnofeudal porque los amos son dueños del espacio cibernético, el cual rentan para que las empresas rentistas expriman al máximo la producción humana y aprovechen sus datos con el objetivo de saber qué vender, cuándo y cómo. Se ha expandido el mercado, pero ya no globalmente, esta vez no sólo cosifica el cuerpo, sino que los pensamientos se encuentran invadidos y la interacción neuronal es un terreno en disputa.
Si bien antes se asumió que los Estados eran los que ejercían la biopolítica, esto quiere decir, la dominación de los cuerpos, derrumbando la frontera entre lo público y lo íntimo-privado, en nuestra época el biopoder domina nuestra psique (Han, 2022). Lo anteriormente nombrado es la comprobación de lo que se ha denominado como capital humano. Por esa razón, la antropología filosófica, en torno a la esencia humana, que ayuda descubrir lo que acontece es que el ser humano es para el mercado.
El sentido común ha normalizado tal situación. Para lo que ordinariamente se considera, es normal que estemos supeditados al capital, como un ente todopoderoso y oracular, que conduce nuestros proyectos personales. Sin embargo, el capital atraviesa nuestro sentir y se implanta en el ADN, convirtiendo al ser humano en el mismo capital. No habría problema en considerase así si no fuera porque toda idolatría conduce a la muerte. Así como no hay desgracia al perder alguna porción de dinero invertida, tampoco habría problema si se pierde o se degrada una vida capitalizada. Las personas son los vasallos del tecnofeudalismo, constituyéndose en cosas, generando una extraña hibridación entre rentistas de la nube y obreros o paupers sometidos al poder adquisitivo de un puñado de tiranos.
El pensamiento de alienación considera normal la desaparición del otro. No la nota. Sólo se conforma en rentar un pedazo de nube, transformar el palpitar de su vida en un dato y supeditarse a su rol de vasallo del sistema. Ante esto, ¿cabría la posibilidad de que el pensamiento tenga que mutar, es decir, salir de las mismas bases que lo respaldan porque ellas emergieron de un mundo que ya no existe? Para Zemelman (2021), el gran problema es quedarse en el pensamiento teórico sacrificando al epistémico. Porque si el pensamiento que hemos heredado nos habla de una realidad X y nosotros a partir de esa construcción teórica pretendemos abordar nuestra realidad Y, estamos atorados en una forma de vida que ha dejado de existir. Y no sólo ahí radica el problema, sino que ya no habría la posibilidad de hacer funcional nuestras acciones para hacer posible la existencia.
Por el contrario, nos avisa el autor, el pensamiento epistémico parte de la realidad para confrontarla con la teoría. Considero que eso estaba bien hace un puñado de años atrás. Hay que fustigar las neuronas prendiendo el caldero del corazón. Esto implica que necesariamente veamos más allá de lo que se observa, y para eso, no necesitas la razón sino el sentipensar. La condición de lo mencionado es meditar. La razón que hemos heredado y con la cual pretendemos ver la realidad, está agotada y si en caso no, podemos considerar que no nos sirve de mucho. Si las generaciones tienen retos, el principal es volver a sentir para ver lo que no es visto.
Cada vez que nos enfrentemos a nuestra realidad, hay que considerar el tipo de proyecto histórico que podemos defender. Pero, en un plano existencial y epistémico, podríamos plantearnos si realmente somos capaces de morir por las ideas que enunciamos. ¿Por qué causa o por qué idea se es capaz de dar la vida? Si la respuesta es ninguna o se duda del valor de la idea o de la causa, ésta sólo sirve para autocomplacerse de forma onanista.
Al principio afirmamos que existen dos tipos de pensamientos. El primero ha sido descrito, el segundo, está por formularse, pero podemos acercarnos a él, porque está en disentir de las concepciones heredadas, para plantarse desde la realidad en agravio de las falsas conciencias que asumimos, si éstas nos conducen al inmenso abismo que amenaza nuestra existencia. Desalienarse es considerar que el mundo en el que vivimos necesita de otra razón.
Otra razón puede comenzar por meditar. Pero no podemos formular alguna idea sin antes ser capaces de oír la hierba crecer, lo cual implica un entrenamiento constante que empieza por asumir que hay cosas que por el hecho de existir son un insulto a la dignidad y éstas aparecen a menudo mientras normalizamos su presencia. Muchos pueden vivir para pensar, otros pensar para vivir, pero lo último no estaría completo si aquello que se piensa no puede defenderse con la vida.
Referencias bibliográficas
Han, B-Ch. (2022). Infocracia: la digitalización y la crisis de la democracia. Taurus.
Varoufakis, Y. (2024). Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo. Deusto.
Zemelman, H. (2021). Pensar teórico y pensar epistémico: los retos de las Ciencias Sociales latinoamericanas. Espacio abierto. Cuaderno Venezolano de Sociología. V. 30 N° 3, julio-septiembre.