Armando Trelles-Castro
atrellesc@unsa.edu.pe
https://orcid.org/0000-0002-7389-0695
Barro Pensativo. Centro de Estudios e Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales.
Imagen por Sofía Abigail Chilo Romero.
Dicen que meditar es la manifestación de que la razón ha sido superada. Esto sucede porque el logos, es decir, el pensamiento, ya no puede dar respuestas ante la situación que se vive. Hay muchas formas de meditar, cada una de ellas está en relación al tipo de problema que la razón no logra explicar o siquiera pensar.
Se puede considerar, de esta manera, que en este mundo hay razones y tienen como presupuestos a los sentimientos. De tal forma que el sentir es una condición del pensar. Cuando no se puede ejecutar este movimiento, en la circunstancia en la que uno se pueda encontrar, hay que volver a la realidad en su crudeza e ir con la tormenta en vez de luchar contra ella, como dice la sabiduría asiática.
La vida nos pone en diferentes situaciones y ellas no demandan nada de nosotros, pues nosotros somos los afectados, pero eso no significa que no se le pueda dar un sentido a lo que ocurre. Estamos constantemente en la búsqueda de sentido, como diría Víctor Frankl (1999). El sentido es también uno de los significados del logos. Si esto es así, cuando el logos, sea como razón o sentido, dejan de estar en relación con lo que se vive, toca replantearse sus presupuestos. Eso se llama meditar.
La meditación toma tiempo. Pero nosotros, en tanto seres humanos, con las variaciones de nuestra conciencia, quizá no podamos darnos el lujo de darle tiempo al tiempo. Por eso nos apresuramos y cuando eso ocurre, nos damos cuenta que debajo nuestro el suelo que pisamos ya no es el mismo. Algunos consideran que eso está bien y pueden vivir normal, no tienen problemas con no tener certezas. Otros, en cambio, necesitan de certezas como necesitan del aire para poder vivir.
Cuando no hay certezas y tampoco hay sentido ni razón, cuando el logos ya no puede satisfacernos, es entendible que debe buscarse otras certezas. El sabio es sabio no porque sepa mucho, sino porque se da cuenta que no sabe nada. El pensador, llamémosle filósofo, puede distinguirse del sabio porque considera que llegar a serlo es una labor poco accesible, sabe que no sabe lo que el sabio sabe.
La filosofía es una agonía y el amor también lo es. Quizá cultivar ambas cosas requiere paciencia y sólo alguien es paciente con lo que ama. En eso se parece la filosofía y el amor. La primera cosa, dicen los eruditos, fue un neologismo que describe a las personas que no eran sabias, pero amaban la sabiduría. La segunda, nos dice Fromm, es un arte. La filosofía tiene que ver con elevar lo que se piensa al plano de la abstracción, es una disciplina. El amor, es un arte y está constituido por un ethos, es decir, por la costumbre, como también sucede con el ser feliz o virtuoso.
Podemos considerar que para filosofar es necesaria la meditación. Luego, el resultado, ese pensamiento filosofado, arma los significados que se buscan para constituirse en una nueva razón. Pero bebe de la sabiduría, con amor y también con fe. Cuando hay un problema, algo que no se puede pensar como se hacía antes, lo mejor es tener humildad, darse cuenta que no se puede luchar contra la tormenta, toca seguirla, como diría el poema, “solitario y solitario”. “El coraje de la fe es el único hecho de humildad” (Kierkegaard, 1958).
El filosofar busca un sentido a lo que perdió el sentido. Es curioso que necesite de la sabiduría para poder hacerlo. Lo necesita porque el filosofar es radical. Debe volver a la raíz, para repensar la tradición. Quien abandona su tradición traiciona sus raíces. Los pensamientos no pueden ser del todo auténticos, pero aquellos que son grandes, en realidad son como espejos inmensos que masifican en ellos una forma de pensar cargada de extensos significados. Cuando se filosofa, se recurre a los significados que de alguna manera son transformadores, porque van a contracorriente de lo que todos aceptan y que quizá se dejaron de considerar o se habían olvidado.
Pensar es aceptar que lo tormentoso de cierta manera ya nos ha colapsado. Un buen pensador, lo primero que haría en esas circunstancias sería recurrir a la sabiduría para meditarla. ¿Cuál de todas las sabidurías le podría servir?, depende de lo que busque solucionar. También puede caer en la locura, porque, la sabiduría que no está en relación a lo que se normaliza en el mundo, es locura para los mundanos.
Pensar es una manifestación de una práctica. Más sientes, más percibes que la razón deja de tener sentido y que el sentido deja de tener razón. Debe de doler profundamente en el corazón aquello que preocupa. Tanto inquieta que ningún razonamiento deja en calma. Luchar contra la tormenta es inútil, no se la puede detener, hay que ir con ella. Y si se sobrevive, habrá el presupuesto para ser sabio o filósofo cuando no se pueda lo primero.
En estas circunstancias, también pensar es un acto de cuidado. Se habla siempre de la responsabilidad del intelectual. Tal cosa puede ser posible si éste sabe cuidar. Saber hacerlo se encarnada en una meditación de Lévinas que se puede parafrasear así: dejar el amor por el logos y recurrir a la sabiduría del amor.
Cuidar es un acto ancestral de sabiduría. Es la expresión del amor. Cuando duele el pecho porque se ama, es porque se puede cuidar lo amado. Si la filosofía ha sobrevivido siglos, es porque es apreciable y amable. Porque su acto de amor es tan profundo que puede dar en sacrificio a su único hijo, su pensar, por los pecados terrenales, desde la estupidez a la indiferencia, desde las condiciones de miseria hasta la opresión.
Debemos considerar que sólo así puede prevalecer el pensamiento del pensador, cuando éste sabe y demuestra que es capaz de morir por las ideas tanto como puede morir por alguien o algo. Para eso sirve filosofar, porque es una preparación que está en agonía, es decir en lucha, contra la sabiduría de este mundo, cuya razón ya no razona. Enfréntese una idea así con las cosas terrenas y el resultado será una preciosa acción, amar profundamente esta vida para ser capaz de dar lo mejor en aras de la liberación. El amor es un acto y filosofar su profeta.
Referencias bibliográficas
Frankl, V. (1999). El hombre en búsqueda de sentido. Barcelona: Herder.
Kierkegaard, S. (1958). Temor y temblor. Saga.