Estas pinturas, en su mayoría simplemente llamadas The Fortune-teller (La Adivina) muestran la temática desde la perspectiva del s. XVI: qué es, quiénes participan, qué les ocurre, cuál es su origen social y situación económica, y cómo se relacionan entre sí. Los autores de las obras son de origen europeo, así como las figuras principales que ofrecen sus manos para la quiromancia. De todas formas, las pinturas muestran una perspectiva contemporánea sobre el tema.
Los protagonistas suelen llevar espadas y sombreros de plumas, y muchas veces resultan ser soldados. Esos símbolos distintivos los diferencian por posición social. Pero las pinturas también acentúan otras diferencias a través de marcados contrastes en los colores y la iluminación, lo que conduce fácilmente la mirada hacia algún conjunto perceptual en particular. Así se capta la atención sobre algo o alguien.
Pero la adivinación es también el arte de lo que aparece fuera de la escena principal y, por definición, alude a aquello que se encuentra más allá del marco de lo conocido. En algunas pinturas, los personajes en segundo plano son muy importantes para entender qué ocurre. Muchas veces ellos buscan la mirada del expectador, quien así pasa a formar parte de la escena, desapareciendo el marco inicial que se observaba. Otras veces, cuando las figuras miran hacia un más allá del cuadro, hacia algo o alguien que no se puede ver, la escena se vuelve algo incierta: algo queda sin conocer, sin saber.
Sospechas de mentiras, engaños y fraudes también suelen asociarse a estas prácticas libres. Y son lo que mejor se les opone: la buena fortuna es un cuento, es como robar. En la mayoría de las pinturas, hay una o varias ladronas que acompañan a la adivina, quien es cómplice y capta la atención del protagonista, casi siempre distrayéndolo con contacto visual directo, siempre mirando a los ojos.
Para más sospechas, la adivinación también suele ser considerada como una práctica de quienes cuentan con pocos recursos económicos, antiguamente ejercida en su mayoría por viajeros nómades, de etnias minoritarias, y por necesidad. Esto se aprecia en muchas de las pinturas, aunque la norma es la diferencia étnica antes que la posición económica.
En español, la adivinación dice la suerte. Y en inglés, "dice" significa dado de jugar. También en inglés fortune-teller es quien dice la fortuna, siendo "teller" algo así como "quien cuenta". Juego de fraude o de robo es otra clásica asociación muy bien reflejada en las pinturas. Si hay algo que se cuenta, son las monedas robadas. Pero también es cierto que se suele aconsejar no decir, para no robar la suerte antes de que sea su tiempo. La Adivina así no dice, y a veces no se sabe con quiénes juega, si juega, o cuál es su escena, tal como se aprecia en algunas de las pinturas. Pero cuando dice, ¿a qué o a quiénes entrega la fortuna?
THE FORTUNE-TELLER, de Miguel Ángel Caravaggio (1596). Óleo sobre lienzo.
El soldado mantiene una de sus manos cerca de la empuñadura de su espada, y mira a la quiromante algo desconfiado, como previniéndose. El cuerpo de la adivina, con su mano y movimiento, parecen llevarse consigo la capa del soldado, retirando así parte de la vestimenta de un hombre con plumas.
THE GYPSY FORTUNE-TELLER, de Lionello Spada (1614-15). Óleo sobre lienzo.
Dos figuras contrapuestas se acusan mutuamente con sus dedos índices. El hombre del medio, el más rico, finalmente es prevenido, y toma su bolsa de monedas con firmeza. Pero lo más importante escapa a su ojo, porque no está allí donde le señalan, donde se insiste: hay una ladrona que no es vista, y ella aprovecha esa falta de visión, la distracción del juego de dedos. Hay otra fortuna.
THE FORTUNE-TELLER, de Bartolomeo Manfredi (1616-7). Óleo sobre lienzo. Detroit Institute Of Arts, Founders Society Purchase, Acquisitions Fund (79.30).
Aprovecharse de los malos momentos anímicos de la gente es usual. Mientras el joven de plumas grises se distrae en su depresión, la quiromante no le presta atención, y mira un más allá de escena, como exigida o apremiada por la mujer en las sombras, quien se aprovecha del joven en el medio de un juego de robos que parece divertir al hombre de plumas rojas. Los dos protagonistas son robados.
THE FORTUNE-TELLER, de Simon Vouet (1617). Óleo sobre lienzo.
Un trabajador artesano se distrae mientras se deja cautivar por una quiromante cercana, por dentro y por fuera, como íntima en su señalamiento. Las ropas de los tres personajes son similares en cuanto a telas: pares en la escala social roban la fortuna del hombre, durante el buen momento que vive.
THE FORTUNE-TELLER, de Georges de La Tour (1632-35). Óleo sobre lienzo. Nueva York, Lent by The Metropolitan Museum of Art, Rogers Fund, 1960 (60.30).
Un hombre exige que se le devuelva la fortuna. Rodeado de cuatro ladronas, de todas formas ellas le quitan otras. Hay miradas de desconfianza, sospechas mutuas. Los ojos, atentos, pierden de vista lo que hacen las manos. Y hay complicidades fuera de la norma: una de las ladronas pertenece a la misma etnia que el hombre robado. Hay algo o alguien más allá de quien sostiene una moneda.
FORTUNE-TELLER, de Jan Cossiers (década 1640). Óleo sobre lienzo.
Hay algo maligno en la adivinación. El llamativo protagonista, de proporciones inarmónicas, es un niño pero porta una espada. El sexo de quien adivina no está muy definido, y no se sabe quiénes forman parte de la escena: una ladrona y bebés de facciones siniestras extienden sus miradas lejos, con silencio del robo. El expectador está incluído pero no ve la causa de la desesperanza del hombre tras la ladrona.
FORTUNE-TELLER, de Caspar Netscher (1666-70). Óleo sobre lienzo.
Algo inusual: la quiromante y la ladrona visten ropas muy lujosas, y el soldado ha perdido algo de su porte. Su sombrero está caído, él está sentado y lleva una vara para caminar, lo que sugiere que se halla en desgracia. Pero ello no lo libra de ser robado por quienes parecen estar en una buena situación económica.