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En un pueblo guerrero y valeroso de Tlaxcala hace mucho tiempo, en las tierras altas de Anáhuac, existían dos jóvenes destinados por el amor a vivir una historia que trascendiera los tiempos. Popocatépetl era un valiente guerrero de corazón noble Su nombre significa. Montaña que humea, en la lengua de nuestros antepasados, será recordado por su gran temple y fuerza en la batalla era admirado por su valor y respetado por su lealtad, proveniente de una humilde familia con descendientes guerreros de su pueblo.
Iztaccíhuatl, por otro lado, era la hija del emperador, una princesa cuya belleza rivalizaba con la de las flores más exquisitas del valle. Su nombre, que significa Mujer blanca, en náhuatl y se debía a su tez pálida y a su presencia que iluminaba las estancias más oscuras del palacio.
Un día caminando por el mercado a lado de su madre Popocatépetl jugando y observando la majestuosidad de los palacios vio a una niña carismática y encantadora que, al mirarla quedó sorprendido de su belleza el pasmado y quieto observando a escasos metros cómo la niña danzaba y corría por la plaza central sin tener en cuenta que era la hija del gobernante de la ciudad, cauteloso y con nervios se acercó a ella preguntándole a qué jugaba, ella sonriente le contestó que solo corría por la ciudad, que le gustaba el gran viento que soplaba en su cabello, siendo él muy inquieto le preguntó si podía correr con ella, ella le dijo que estaba bien.
Desde entonces todas las tardes Popocatépetl corría desde su humilde casa a la plaza central a encontrarse con Iztaccíhuatl la niña más linda que iluminaba los grandes palacios y su entusiasmo por verla cada día, su timidez y sus grandes inquietudes transformaron con el tiempo una amistad para seguir corriendo más allá de la plaza central, recorriendo los valles cercanos donde el viento agitaba el pelo de Iztaccíhuatl con más fuerza y Popocatépetl observando feliz esa sonrisa y paz de la princesa.
Ya jóvenes, Popocatépetl e Iztaccíhuatl forjaron un gran apego que se transformó en amor. Este creció como el sol sobre los campos de maíz, fuerte y cálido. Sin embargo, una de las obligaciones para su gran reino y su gran destino marcado por los dioses a Popocatépetl era de transformarse en un gran guerrero del imperio para así sobresalir y conseguir el respeto de ser aceptado dentro de su cultura.
Arrastrado por obtener el honor se enfrasco siempre valiente mente en duros entrenamientos que se transformaron en batallas para defender a su pueblo de los invasores empuñando su gran espada de obsidiana jurando que jamás se rendiría y algún día llegar para solicitar y expresarle al gran gobernante su amor por Iztaccíhuatl, su hija.
Mientras tanto en los hermosos campos de Tlaxcala la joven Iztaccíhuatl caminaba todos los días para pedirle a la luna por el entrañable guerrero que tanto anhelaba, con sus manos entrelazadas sosteniendo una flor pensando en su tan ansiado amor, mirando al cielo donde el viento soplaba fuertemente para llevar las súplica hasta la luna. regresaba al palacio con una mirada hacia el horizonte con la esperanza de ver caminar a ese valiente guerrero triunfante de sus batallas.
Una tarde cuando la luna sembraba su esplendor con fuerza se mostró a lo lejos la llegada de un grupos de hombres agotados por sus incansables travesías, cargados por los más preciados tesoros del campo, jóvenes triunfantes decían en Tlaxcala, donde la multitud sorprendida miraba con esplendor dirigirse al gran gobernante ahora dirigidos por este valiente guerrero llamado Popocatépetl cansados pero orgullosos de sus victorias sonando con fuerza el nombre de Popocatépetl pues ya se había convertido en el capitán de los ejércitos del reino por su valentía, su nobleza y su coraje en batalla.
No encontrando rival que lo venciera, Popocatépetl solicitó la mano de la bella Iztaccíhuatl pues ya se encontraba preparado para corresponder a este gran honor, pero los planes del gran soberano eran otros para sus destinos, con gran fuerza se inclinó para solicitar desposar a su amada, fue entonces que el gran soberano se expresó con claridad. Ya he comprometido la mano de Iztaccíhuatl, dijo él, eres el más valiente guerrero y ahora te has convertido en capitán de mi ejército, pero nunca serás descendiente de una familia digna como los que han venido a solicitar la mano de mi hija y yo he tomado la decisión de unirla a uno de los señores de nuestros pueblos aliados para fortalecer nuestra unión y defendernos juntos de las inclementes represiones que nos han traído el imperio más poderoso que no ha sido vencido nunca.
Escuchando esto Iztaccíhuatl y decepcionada de la dura respuesta de su padre corrió fuera del palacio solo para descargar su decepción en esos campos que abrazaban su llanto y consolaban su tristeza.
Días después observando la tristeza de su hija y una moral baja en su ejército el gran soberano con gran astucia decidió trazar un plan para recuperar el semblante en su reino, hizo llamar a Popocatépetl trayéndolo al palacio delante de sus súbditos y su hija, dijo él, si tu Popocatépetl vas a la batalla contra nuestros grandes represores y me traes la victoria venciendo al gran ejército y a su comandante te otorgare la mano de mi hija considerándote digno para desposarla. Ve a la batalla y regresa victorioso.
Siendo este un reto casi imposible donde nadie había tenido éxito Popocatépetl acepto y despidiéndose de su amada mirándola a lo lejos, fue a la gran batalla llevando a sus ejército a la lucha, sabiendo que podría no regresar, se paró, miró a la luna en su reino pidiéndole un favor que cuidara de ella.
El tiempo transcurre y ella regresa todos los días a esos campos que la envuelven con su frescura, recorriendo esos valles amables que la escuchan pedirle a la luna por el inquieto y audaz hombre que fue a luchar para estar con ella y verla feliz.
Sin embargo, antes de que Popocatépetl partiera a la guerra para probar su valía ante el emperador y ganar la mano de su amada, los celos y la envidia sembraron una sombra en su camino. Un guerrero codicioso y viejo señor de los pueblos aliados que anhelaba ser el próximo gobernante quería desposar a Iztaccíhuatl, viendo el peligro que representaba Popocatépetl si llegaba a regresar, él perdería la oportunidad de ser el próximo soberano, queriendo a toda costa conseguir su gran ambición pidió ayuda a una poderosa hechicera que habitaba en las profundidades de la espesa selva, conocidas por ser una anciana malvada, soberbia y ambiciosa que a cambio de tesoros podía cumplir deseos llenos de codicia y maldad para provocar los peores males a los enemigos.
El viejo señor de los pueblos aliados pidió la ayuda de la hechicera para que Iztaccíhuatl tuviese sueños donde Popocatépetl había fallecido en el campo de batalla y esta pudiera resignarse a perderlo. Siendo cumplido el deseo de este codicioso noble y entregando los tesoros a la hechicera esta le dijo, para afirmar tu mentira tienes que pedirle a uno de tus súbditos llegar al palacio con el gran soberano delante de Iztaccíhuatl y que diga el gran guerrero Popocatépetl ha muerto en batalla y no volverá.
Sonriendo y convencido de que la mentira con los hechizos funcionara, le pidió a uno de sus súbditos cumplir su mandato, que llegará al palacio cansado y muy lastimado para convencer a la princesa que el gran guerrero había muerto.
La princesa pasaba las noches soñando con la gran tragedia de la muerte de su gran guerrero preguntándole a la luna si su sueño era real, soplando el viento con gran furia por llevar su mensaje, ella desconsolada sollozaba y lloraba cada noche por su gran amor.
Un día en el palacio el gran soberano realizó una ceremonia en honor a su hija para aliviar su ánimo, pero sorpresivamente e inesperado llegó un supuesto guerrero afligido y cansado a los pies del gran gobernante y delante de Iztaccíhuatl le dijo, vengo de las duras batallas y sangrientos enfrentamientos o soberano para comunicarte que hemos perdido la batalla y el gran guerrero Popocatépetl ha muerto, escuchando esto la princesa sumergida en llanto, desgarrada por el dolor y la pena, Iztaccíhuatl se sumió en una tristeza profunda. La flor más hermosa del valle se marchitó bajo el peso de su corazón roto.
Mientras tanto, Popocatépetl, ajeno al engaño, luchaba con valor en el campo de batalla, guiado por la promesa de regresar y casarse con Iztaccíhuatl. Cuando finalmente la guerra concluyó y las tropas victoriosas regresaron al palacio, Popocatépetl corrió a buscar los tan anhelados brazos de su amada, encontrándola consumida en su cama pálida y fría como la nieve de las montañas, con un ambiente sombrío y un soberano vencido por el dolor de su gran pérdida.
Al verla postrada en esa cama y sin poder abrir los ojos el gran guerrero abrumado por la pérdida y la traición con el corazón roto en mil pedazos preguntó quién había sido el causante de tal engaño. Nadie pudo sostener su gran mirada llena de furia y el gran soberano con una voz temblorosa y sin fuerza comentó, hemos sido engañados por la codicia y el deseo de quien solo quería sucederme, uno de mis grandes aliados quien quería desposar a Iztaccíhuatl por tu muerte.
Saliendo del palacio el gran guerrero tomó con furia su espada de obsidiana y encontró al noble y codicioso anciano llegar a las puertas del templo, sorprendido al ver de regreso a Popocatépetl sintió un gran miedo y desesperación al ver al gran guerrero furioso diciendo, tú fuiste el causante del más vil engaño, pidiendo compasión y clemencia se arrodillo ante la impotencia del coraje y con tal furia soltó su espada ante este vil noble que los palacios retumbaron con tal fuerza que el cobarde y ambicioso noble cayó sin vida arrastrándolo a las profundidades del más oscuro bosque para que jamás encontrará descanso y su espíritu se perdiera en las profundidades de la noche.
Con su alma afligida Popocatépetl entró a los aposentos de Iztaccíhuatl acarició su vello cabello y en sus brazos tomándola delicadamente, la llevó a los campos llenos de flores donde el viento corría con ellos. Allí colocó a su amada donde las flores abrazaron su alma formando una cama como si durmiera en paz. Arrodillado a su lado, con lágrimas que fluían como ríos, cerró los ojos y le prometió que siempre se quedaría a su lado vigilando su eterno descanso, dejando que su alma se elevará para encontrarse con ella. Los dioses testigos de su amor y sacrificio, decidieron honrarlos por la eternidad y transformarlos en dos hermosos volcanes, ella proveniente de los palacios descansa por la eternidad cubierta por los dioses con un manto blanco y brillante como la más hermosa montaña paciente y tranquila, y a su lado él un guerrero fuerte y valeroso vigilando su eterno descanso esperando pacientemente el despertar de su amada.
Cuando la luna se ocultó y el sol resplandeció con sus primeros brillos dejó ver al pueblo dos montañas majestuosas que con asombro los pobladores perplejos miraban por primera vez el renacer de un majestuoso paisaje.
Desde entonces, cada vez que el viento sopla entre las montañas, se dice que es el susurro de los amantes eternos, recordando al mundo que el amor perdura más allá de la vida misma.
Disfruta leer, pero leerle a alguien más es abrazar su descanso.
Esta historia es producto de la narración e imaginación de su escritor cualquier apunte histórico, no están incluidos en esta leyenda. RMB.
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Arqchi México:
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