Abubilla es punk, pero no trasnocha. Bate el abanico de sus alas a libre albedrío, como quien no va a ninguna parte ni le importa. Sueña con ser cantante, pero solo sabe decir up-up-up. Por eso su nombre artístico es Upupa Epops. Abubilla es muy suya, le gusta ir por libre y si no le caes bien se tira pedos en tu cara. Duerme en agujeros y le chifla comer grillos. Y escarabajos los fines de semana.
Buitre tiene un carácter apacible, no se altera por nada, rehúye los conflictos y no tiene grandes deseos ni aspiraciones; vive con lo básico, se alimenta con lo que pilla y es feliz. Le encanta el tuétano, y como nadie come huesos, se pone tibio extrayendo su elixir. La gente lo mira con recelo, pero él a lo suyo. Ande yo caliente... Buitre tiene mucha personalidad; hay que tenerla cuando todo el mundo habla mal de ti y no te pones triste ni furioso.
Colibrí es ave de mal asiento. No puede permanecer quieto ni un segundo. Mientras vuela, parece que está quieto, pero no; bate que te bate, bate sus alas, 50, 60, 80 batidas en un segundo, y vuelta a batir. ¡Qué mareo! Eso son muchas batidas. Se diría que está nervioso, pero no. Colibrí es muy curioso, necesita ver mundo. Eso sí, acaba agotado, y cuando le da por parar porque ya no puede más come que te come néctar para reponer fuerzas y seguir a lo suyo, que es volar como si estuviera quieto, pero no.
Dragón Barbudo no echa fuego por la boca ni es barbudo. Lo que pasa es que no sabe defenderse de otra forma. Cuando alguien le molesta abre la boca y las escamas se le abren como cuchillos. No veas el miedo que da eso.
Dragón Barbudo parece peligroso, pero si lo conoces bien descubres que es un pan de bueno que es. Cambia de color según haga frío o calor, esté contento o triste. Si le sonríes, se pone colorado y sus escamas parecen guirnaldas de cumpleaños. Dragón Barbudo se hace de querer.
Escarabajo es duro por fuera, tierno por dentro. Levanta 850 veces su peso, pero no sabe decir que no. Si le pides que te suba un frigorífico a un séptimo piso, aunque esté durmiendo la siesta, lo hace sin rechistar y sonriendo. Así es Escarabajo. Todo amabilidad.
Escarabajo no es un rinoceronte, pero tiene un cuerno que le ayuda a saber diferenciar izquierda de derecha, aunque a veces se despista y tira por donde no es. Me gusta ver a Escarabajo comer hojas. Le encanta comerse primero las puntas porque saben que lo más rico está en el interior.
Frailecillo iba para cura, pero se quedó en pirata. Custodia con celo tesoros escondidos en recónditas cuevas de islas sin nombre. No te fíes de su disfraz blanquinegro; su nombre y aspecto disimulan candidez, pero es fiero guardián, curtido en cien mares, o más. Corsario de agua y aire, Frailecillo navega y vuela sin rival, batiendo con furia sus oscuras velas.
Leal como ningún bucanero que en este océano o el de más allá haya surcado tierras sin pisar, Frailecillo es amigo de sus amigos, y de los tuyos también, si tu cariño sincero le entregas y aventuras estás dispuesto a empezar.
Gamba mueve sus largos bigotes cuando alguien se acerca y alzando en cámara lenta sus minúsculos ojos, alarga sus estilosas patas hasta que parece un gigante. Así es Gamba, orgullosa y elegante.
A Gamba le encanta que se fijen en ella. Incluso cuando está sola acerca su cabeza al nácar de las ostras para mirarse, y si no se gusta, se coloca los bigotes y pone boca de interesante, moviendo en zigzag y en ese su trasero, de atrás hacia adelante. Así es Gamba. todo carácter.
Hipocampo, cuando era niño, su mamá y su papá le llamaban Caballito de Mar; pero cuando se hizo mayor le daba vergüenza cuando los peces decían: ¡Mira, por ahí va Caballito de Mar! Así que decidió cambiarse de nombre. A partir de ese día sería Hipocampo, que suena a señor serio y respetable.
Como a Hipocampo le encantan las películas de detectives y de tanta vergüenza que pasó cuando le llamaban Caballito, decidió que sería espía. Virtudes no le faltan: Hipocampo sabe camuflarse de lo lindo. Si se esconde detrás de unas algas, se convierte en alga. Quizá ahora mismo esté a tu lado y no te des ni cuenta.
Eso sí, cuando Hipocampo siente miedo o vergüenza, o está enamorado, se le nota un montón; se pone azul, verde y a veces rojo como el interior de una sandía. Si quieres que Hipocampo se ponga fluorescente, solo tienes que decirle lo guapo que está. ¡Verás, verás!
Insecto Palo es tímido, tímido. Tan tímido es que un buen día se hizo invisible. Su mamá, su papá, todos los animales del bosque lo buscan sin éxito cada vez que le da por desaparecer. A veces pasan varios días antes de su regreso. Se esconde en la rama de un árbol y allí se queda, inmóvil, contemplando el azul del cielo, el blanco de las nubes, el verde de las hojas. Nadie entiende su actitud, pero él dice que así es feliz.
Insecto Palo, además de tímido, es muy sensible; cualquier cosa que pase le afecta. El silbido del viento puede hacer que mute de alegre a triste, de confiado a temeroso; y al revés, como cuando oye a los pájaros cantar, o ve a las hormigas, todas en fila, trabajando sin descanso. Insecto Palo es feliz así, inmóvil y solitario, pero a veces tiene ganas de volver y contar a su familia todas las cosas que ha aprendido allí, quietecito, sobre la rama de un árbol centenario.
Jilguero tenía claro desde bien pequeño que quería ser rockero. No esos jilgueros de dulces melodías y pose elegante, no. Él quería quemar cuerda, rasgando púas, cola tricolor al viento, meneando el esqueleto sobre la copa de los árboles. ¿Qué ruido estridente toca este jilguero loco?, vociferaban a coro los jilgueros del lugar. Pero a Jilguero no le importa el qué dirán y él sigue a lo suyo, tocando riffs a destajo y piando melodías a todo pulmón. Jilguero sueña con dar conciertos sin fin en el claro del bosque a todo aquel que le quisiera escuchar, pero necesita un batería y un saxofonista. ¿Te gustaría ser de la banda de Jilguero? Solo tienes que estar un poco loco y no tener vergüenza de menear la cola y el pico. ¿Te atreves?
Kiwi es curioso, curioso. Tan curioso es que puede pasarse horas contemplando los misterios de la naturaleza y no darse cuenta de que han pasado horas, a veces días, sin aparecer por casa. A Kiwi le encanta escarbar con su largo pico la tierra en busca de lombrices. Otros kiwis se las comen, pero nuestro Kiwi solo quiere saberlo todo de las lombrices; también de los insectos y los cangrejos. Kiwi quiere saberlo todo de todos. Eso sí, a Kiwi le vuelven loco los cocos. Tendrías que ver cómo los agujerea en busca de su néctar. ¡Cómo disfruta!
Cuando apenas era una bolita de pelo, Kiwi ya miraba todo con curiosidad. Sus ojitos negros escudriñaban la vida con entusiasmo, en busca de respuestas. Quizá por eso Kiwi tiene un buen olfato. ¡Qué gran científico será Kiwi cuando sea mayor!
Libélula es piloto y nave a la vez. Solo si la ves en pleno vuelo podrías creer lo buena que es, sobre todo despegando. Bate sus alas tan rápido que en un cierra y abre los ojos desaparece, y vete a saber cuándo la verás de nuevo. Porque a Libélula le encanta viajar. Ha estado en China, en la India, en una selva africana, incluso un verano pasó por mi pueblo y se quedó allí a vivir tres días. Fue todo un espectáculo. Y como a Libélula le gusta presumir de alas, cuando ve venir a gente las agita con fuerza, haciendo un zumbido más chulo que el de las abejas. Zuuu, zuuu, algo así hacen las alas de Libélula cuando alzan el vuelo para que la vean.
Cuando Libélula se cansa de estar en un lugar, elige al azar otro donde posar su cuerpo de libélula. Libélula no tiene agenda ni reloj, se guía por el cielo y sus ganas. Me gustaría ser Libélula e ir al cole cuando quiera, o que la escuela sea el mundo y viajar todo el año a su alrededor, batiendo las alas, haciendo zuuu, zuuu. ¿A ti no?
Incluso cuando era pequeña, a Mariquita no le gustaba que la llamasen Mariquita. Los demás insectos se acercaban para contemplar su cuerpo redondo y colorado y decían: ¡Mira qué mariquita más linda! Allí donde iba añadían a su nombre un ridículo diminutivo. Mariquita, chinita, catita, catarina, petita, tortolita, vaquita de San Antonio. Tan harta acabó Mariquita de que todo el mundo le hiciese carantoñas y requiebros que abrió sus potentes alas y emigró bien lejos, allí donde nadie se acercara a ella para hacerle ojitos y apretarle el carrillo, exclamando: ¡Pero que relinda que eres, Mariquita! Porque un ratito de halagos está bien, pero a todas horas no hay quien lo aguante.
Narval es un unicornio, pero de los que sí existen y no se parecen a un caballo. Su largo cuerno enrollado es medio Narval de lo largo que es. La primera vez que lo ves asusta, pero cuando llevas media hora a su lado en vez de miedo lo que te entra es risa, tanta risa que no puedes dejar de reír en todo el día y parte de la noche. Porque Narval es gracioso, gracioso, y me quedo corto. Debajo de ese cuerno que parece un rascacielos tumbado tiene una sonrisa inocente que aunque seas serio, serio, y nada te haga gracia, Narval consigue que te desatornilles de la risa que te entra por todo el cuerpo. Así es Narval, medio cuerno, largo como un lunes, y el otro medio un cuerpo tierno y divertido.
Ñandú no puede volar ni saltar porque es grande, grande, y pesa un quintal. Pero Ñandú corre tan rápido que no lo coges aunque seas el animal más rápido del planeta. Y encima sabe hacer derrapes; se para en seco y regatea para que no sepas si tirará a la izquierda o lo hará a la derecha. Sus amigos no quieren jugar con él al pilla, pilla, porque siempre gana. Ñandú podría ser futbolista, o repartidor de correos, pero a él lo que le gusta es estar todo el día en su casa, calentito, y comiendo todo el rato. Y echarse la siesta horas y horas a la sombra de un árbol. Ñandú solo sale de casa para ir a beber al río o si le persigue un ratón. Si ve un león, no tiene miedo, pero cuando aparece un ratón corre como quien tiene prisa porque llega tarde.
No te metas con el hocico de Ornitorrinco. Si le dices que es una nariz aplastada, se pone rojo, rojo, que parece que vaya a explotar, y te enseña sus enormes zarpas, que si te tocan la piel pican un montón. Cuando Ornitorrinco iba al colegio, los demás animales se reían de él por su aspecto. Le llamaban pato y otras cosas que si me las dijeran a mí también me enfadaría. Porque a nadie le gusta que le llamen pato si eres un ornitorrinco. Además, todos los animales tienen hocicos diferentes: el del oso hormiguero parece una trompeta, y el del cerdo un interruptor. Cada persona tiene su hocico, que sirve para oler y no para que otros se metan con él.
Pelícano apenas tenía unos días de vida y ya sabía que quería ser aviador. No uno de esos de vuelos aburridos, que despegan, aterrizan y ya está. No. A Pelícano le encanta volar bajo, a un pelo del agua, y hacer looping y otras acrobacias imposibles, y reírse de pájaros y peces al ver su cara de espanto cuando planea en picado hacia ellos. A Pelícano no se le escapa una. Sus ojos son cámaras de 360 grados. Ya puedes esconderte mucho, mucho, que en lo que tardas en decir una sílaba Pelícano te encuentra desde las alturas y en un segundo y medio cae del cielo a la velocidad de la luz y menudo susto que te pega. A ti casi se te sale el corazón del cuerpo, pero Pelícano se lo pasa genial haciendo esas bromas. Eso sí, no le hagas tú a Pelícano ninguna broma, que no veas cómo se cabrea. Abre tanto su pico que parece que te va a meter dentro y comerte todo enterito, con zapatos y todo.
La primera vez que ves a Quirquincho, con esa armadura que le cubre todo el cuerpo, como si fuera un samurái de esos que salen en las películas, piensas que no trae buenas intenciones, que en cualquier momento correrá hacia ti y te hará vete a saber qué. Pero en cuanto miras a la cara a Quirquincho descubres que está todo el tiempo sonriendo, sobre todo cuando hace lo que a él más le gusta: olisquear el suelo y escarbar la tierra para hacerse madrigueras. A veces hay que esperar días, incluso años antes de saber cómo es alguien de verdad; con Quirquincho solo necesitas un minuto o menos y ya te tiene ganado de lo bueno que es.
Nadie sabe cuántos años tiene Rinoceronte porque cuando el tatarabuelo del bisabuelo de tu abuelo era un bebé, Rinoceronte ya era muy, muy anciano y contaba historias increíbles de cuando vivía entre dinosaurios. Imagina lo mayor que es Rinoceronte. Si alguien ha vivido tanto, seguro que lo sabe todo. De qué está hecho el aire, por qué cuando llueve, a veces sale el arcoíris. O por qué si estoy muy, muy alegre me entran ganas de llorar. Rinoceronte sabe responder a esas preguntas y un trillón de billones más. Si no me crees, haz la prueba. Pregúntale el enigma más difícil del universo y Rinoceronte te lo contesta en un segundo. Pero no vayas a verle mientras come esos brotes tiernos que tanto le gustan o te mirará de reojo con cara de cómo se te ocurre venir a estas horas.
Seguro que si has ido de vacaciones a un país remoto, allí estaba Sardina. Porque a Sardina le encanta viajar. Si se queda parada, empieza a ponerse nerviosa y no para de decir: ¡Qué ganas tengo de recorrer mundo! Y sale corriendo a cualquier sitio que no sea donde está en ese momento. Sardina siempre sale borrosa en las fotos de lo inquieta que es. Cuando Sardina iba a la escuela, los maestros le decían: ¿No puedes estarte quieta, Sardina? A Sardina la pregunta le parecía extraña y contestaba, subiendo los hombros: No. Y todos los compañeros se reían; no de sardina, sino de la pregunta del maestro. ¿Acaso no sabe el maestro que Sardina es así desde que era Sardina?
Si consigues que Tucán salga de su casa en el árbol, avísame. Eso quiero verlo. Tucán es vago, vagísimo. Se mueve lo mínimo. Abandona un minuto o menos su agujero para comer un trocito de fruta y después vuelve a las alturas, desde donde se pasa todo el día mirando el cielo. A veces suelta un graznido, como si quisiera decir algo, pero casi siempre está callado, pensando en vete a saber qué. Cuando era pequeño, su mamá y su papá creían que era mudo, hasta que un día hizo un par de cras y se dieron cuenta que lo que le pasaba a Tucán es que no quería hablar. Solo eso. Tucán prefiere mirar el cielo, allí en lo alto, desde su pequeña casa de madera, y nada más. Cada uno es feliz a su manera.
Urogallo es muy presumido y orgulloso. Cuando está solo, picotea el suelo y guarda sus plumas, pero en cuanto ve venir a alguien, en un santiamén alarga su cuello hasta no poder más y despliega todas sus plumas; las de delante, las de detrás, las de su barba, todas, como si fuera un abanico. Tanto alarga su cuello que parece que se le va a salir del cuerpo. Lo que más me gusta de Urogallo es cómo levanta sus cejas rojas, dándose importancia, mientras camina elevando su pico hacia el infinito. Él no lo sabe, pero es muy gracioso, como esos actores que te hacen reír, haciendo muecas y carantoñas.
Cuando Viuda Negra era pequeña, pequeña, e iba al colegio, las demás arañas se reían de ella y le ponían motes porque era negra, negra. Le decían tostada quemada, churrasco, carboncilla, o simplemente negra. Al principio, a Viuda Negra aquellos motes le daban mucha vergüenza y se escondía en un rincón para que nadie pudiera verla, pero cuando se hizo adolescente en vez de sentir vergüenza se enfadaba tanto que enseñaba sus dientes y todas las arañas salían corriendo del miedo que les daba. Cuando se hizo mayor, Viuda Negra ya no tenía vergüenza ni se enfadaba tanto. Estaba orgullosa de ser una araña negra, de largas patas y lomo colorado y correteaba feliz tejiendo telas increíbles, silbando al viento.
Wapití dice que para ser feliz basta con rumiar y pasear. A Wapití nunca lo verás preocupado. Se levanta por la mañana, camina sin prisa por el bosque, como si no fuera a ninguna parte; si encuentra algo que comer, bien, y si no, espera un rato hasta que aparezca algo que llevarse al hocico mientras contempla cómo las ardillas suben los árboles en medio segundo o menos.
Wapití es tan tranquilo que de tranquilo que es le crece y le crece la cornamenta hasta bien arriba. Tanto le crece que sus cuernos son más altos y largos que el resto de su cuerpo. Cuanto más grandes son los cuernos de Wapití, más feliz es. Si le sale un nuevo cuerno es que ha pasado un buen día rumiando y paseando como a él le gusta.
Xenopus de mayor no quiere ser rana. Se aburre todo el día saltando sobre la charca y atrapando moscas al vuelo. ¡Vaya vida más aburrida la de las ranas!, dice Xenopus para sus adentros. Lo que a Xenopus realmente le gusta es curiosear. Todo le llama la atención. Si ve a una libélula batir sus alas, se queda embobado mirándola hasta que desaparece. Los sonidos del bosque son una orquesta en sus oídos. Xenopus sueña salir de su charca cuando sea mayor y descubrir mundo. Quién fuera águila y mirar la Tierra desde lo alto, e ir donde quieras, piensa Xenopus mientras salta y atrapa moscas al vuelo.
Antes incluso de nacer, cuando nadaba en la barriga de su mamá, Yubarta ya sabía lo que quería ser de mayor: bailarina. Y no solo bailarina, también tenía claro que lo suyo era cantar y cantar hasta la hora de comer y después volver a bailar y cantar hasta que le entrara sueño. Al nacer, como Yubarta era tan grande y pesada, todos intentaban convencerla de que no fuera bailarina. Pero Yubarta ensayaba día y noche, saltando sobre el mar infinito, alegre, sin hacer caso a los demás. Así es Yubarta, incansable. Si algún día ves sobre el océano a una ballena enorme, enorme, saltar muy alto, esa es Yubarta. Y si te acercas a ella, fíjate en su cara. Sonríe de oreja a oreja, feliz de hacer lo que más le gusta.
Zancudo tiene una semana de vida y ya quiere ser mayor. Cuando ve a los mosquitos adultos imita su forma de volar, pero apenas lleva un segundo en el aire hace puf y cae al suelo refunfuñando de lo enfadado que está. ¿Por qué no puedo ser mayor ya?, piensa mientras agita rápido, rápido, sus alas, como si le persiguiera una araña; coge carrerilla y se le hacen un nudo sus pequeñas patas de mosquito recién nacido, hincando su largo pico en la tierra. Puf, puf. Otro intento. Puf. ¡Quién fuera mayor y hacer lo que quiera! No tengas prisa, le dice su mamá. Todo llega. Sí, pero yo quiero que llegue ya, contesta Zancudo resoplando, cansado de tanto intentar ser mayor y no conseguirlo.
Animacharros nace a partir del reto colaborativo Dibucedario en su edición de 2021.
Un dibujo al día durante enero, inspirado en una letra del abecedario.