He escrito algunas vivencias y peripecias que he pasado a lo largo de mi vida como estudiante y profesional de la biología:
Una lección aprendida con la Leishmaniasis
Hay cicatrices que marcan más que la piel. La mía, cortesía de un diminuto insecto en Cerro Azul (Panamá Central), me enseñó que la pasión por la biología y las ranas no debe costar tu propia salud.
A principios de 2010, me encontraba realizando en un monitoreo de anfibios y reptiles en Cerro Azul, junto a mis colegas. Era un trabajo satisfactorio, pero en mi interés de no afectar la piel de las ranas, no usaba repelente de insectos, priorizando la posible afectación de los anfibios por encima de mi propia seguridad. Adicionalmente, tomé la mala decisión de dormir a la intemperie en la estación de guardaparques. Al día siguiente, mi cara y brazos estaban llenos de picadas de chitras (Lutzomya sp.), un signo al que no le di mayor importancia.
Pasaron los días, y dos de esas picadas, una en el cuello debajo de la oreja derecha y otra en el codo izquierdo, se enrojecieron más y más, negándose a sanar. La persistencia me llevó a la duda, y ante la inquietud, decidí buscar ayuda en una clínica privada. El médico, con solo ver las lesiones, diagnosticó acertadamente: "picada de bejuco" o Leishmaniasis. Para la confirmación definitiva, me dirigí al Instituto Conmemorativo Gorgas de Estudios de la Salud, donde un frotis (la prueba de Montenegro) y otros análisis de laboratorio confirmaron la sospecha. Las lesiones, ahora abiertas, eran una evidencia muy visual.
Comencé un tratamiento tópico que requería una rutina de limpieza, aplicación diaria de crema y cambio de gasas durante un mes por parte de una enfermera. Era monótono, pero necesario. Sin embargo, en la tercera semana, apareció una nueva y alarmante complicación: mis ganglios linfáticos del brazo izquierdo comenzaron a inflamarse, adoptando una forma que recordaba las cuentas de un rosario, acompañada de fiebre local. Esto despertó la sospecha de una posible expansión del parásito a otras partes del cuerpo. Se realizó una punción para extraer líquido y analizarlo, afortunadamente con un resultado negativo. Debido a mis síntomas atípicos, mi caso clínico se convirtió en una fuente de información valiosa para los médicos que me atendieron, quienes incluso elaboraron un póster científico que fue presentado en un congreso internacional en Estados Unidos.
Ese mes de tratamiento y reposo en casa fue un periodo de introspección. Recuerdo un día, sentado en el portal de mi casa después de la punción, cuando los ganglios inflamados, de forma impresionante, comenzaron a supurar toda la pus. Fue un momento impactante, una manifestación física brutal de la batalla que mi cuerpo libraba. Al finalizar el tratamiento, las lesiones aún estaban “a lo vivo", sin señales de una curación estética, lo que me preocupaba. Fue entonces cuando recurrí al aceite esencial de rosa mosqueta. Poco a poco, con cada aplicación, las lesiones comenzaron a cicatrizar de manera sorprendente, aunque dejando una marca apenas visible.
La culminación de mi licenciatura llegó, y al acto de graduación, asistí con un parche visible en el cuello y otro en el codo. Eran las pruebas físicas de la Leishmaniasis, un recordatorio de la experiencia. Más allá de la cicatriz, esa enfermedad me dejó una lección: la salud del investigador es primero. Si no me cuido, ¿cómo podré hacer los esfuerzos necesarios para estudiar y, lo que es más importante, conservar los anfibios y reptiles de Panamá?
Desde entonces, cada vez que salgo a campo, tengo más precaución. La Leishmaniasis es una enfermedad que puede dar más de una vez. El repelente, que antes veía como una amenaza para las ranas, ahora es mi aliado.
lesión del codo
lesión del cuello
ganglios inflamados, se observa el área de punción para extraer líquido linfático
Un viaje inesperado a la Isla Barro Colorado
Era junio de 2007, mi último año en la escuela de biología, y la oportunidad parecía lejana: el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI) solicitaba diez voluntarios para un censo de monos aulladores en la reconocida Isla Barro Colorado. La noticia voló, y cuando me enteré, la lista de los 10 afortunados ya estaba cerrada, coordinada por una compañera de clase. A pesar de mi tristeza, mi compañera, con generosidad, nos añadió a mí y a otra interesada como números 11 y 12, "por si acaso" alguien declinaba o se abría un puesto más.
Llegó el día. A las seis de la mañana, en el muelle, el grupo de 10 elegidos y nosotros dos "extras" teniamos muchas expectativas. Yo estaba muy motivado, pero también preparado para la decepción: mi plan B era una exploración solitaria por el Camino del Oleoducto en el Parque Nacional Soberanía, si la oportunidad de la isla no se concretaba. Los coordinadores del censo llegaron, y la noticia fue clara: no había espacio para más. No recuerdo los detalles de la explicación, pero la decisión era firme. Mi compañera extra, molesta, se dio la vuelta y se fue de mal humor.
Yo, sin embargo, lo tomé con más calma. Me quedé. Solo quería ver cómo se alejaban todos en el bote, asimilando la oportunidad perdida. Fue entonces, en el momento en que la lancha parecía lista para irse, que me llamaron desde la cubierta. ¡Habían logrado incluirnos! No lo podía creer, la alegría me invadió, y lamentablemente mi compañera ya se había ido. Ese cambio inesperado no solo me abrió las puertas de la isla, sino que marcó el inicio de una de las experiencias más impresionantes de mi carrera.
Una vez en la isla, cada espacio era una oportunidad de conocimiento. Ese día lluvioso se transformó en una lección: conocí los laboratorios por dentro, me familiaricé con la infraestructura del STRI y aprecié la investigación que allí se realiza. Pero la verdadera emoción llegó con la noche. En una caminata nocturna por el sendero Kingfisher, bajo una llovizna persistente, fuimos testigos de dos eventos siempre guardados en mi memoria.
Primero, el encuentro impactante con un tapir en estado salvaje, un mamífero esquivo y majestuoso. La llovizna, quizás, disminuyó su capacidad auditiva, permitiéndonos una cercanía inusual. La emoción estaba a flor de piel; uno de mis compañeros, anonadado, intentó acercarse más, enredándose en la vegetación y provocando la rápida huida del animal. Luego, lo mejor de la noche: fuimos testigos de una explosión reproductiva de ranas planeadoras Agalychnis spurrelli. En ese momento, como estudiantes novatos, no comprendíamos la rareza y magnitud de lo que veíamos. Yo, particularmente, ni siquiera sabía de qué especie se trataba. Pero el evento de cientos de ranas en pleno frenesí reproductivo, en un espectáculo de vida que no he vuelto a presenciar en Panamá hasta el día de hoy, fue simplemente impresionante.
Aquella noche lluviosa en Barro Colorado fue una de esas experiencias que marcan a uno como biólogo. Me reafirmó, me motivó y me dejó claro que mi camino estaba en esta carrera. Al día siguiente, antes de que saliera el sol, todos los voluntarios, investigadores y guardaparques nos distribuimos por el Monumento Natural para el censo, otra actividad novedosa e interesante.
Ese viaje, corto, inesperado y lleno de giros, me brindó lecciones invaluables y me mostró la imprevisibilidad y la recompensa de una vida dedicada a la biología.
Mis compañeros de izquierda a derecha: Eduardo Medina (estaba haciendo una mueca, por eso el rostro difuminado), Daniel Medina, mi persona y Manuel Rivera. Fotografía: Ricardo Cossio.
En primer plano Eduardo Medina, Daniel Medina y Ricardo Cossio. En segundo plano mi persona. Fotografía: Manuel Rivera.
Expedición a Cerro Brewster
El Parque Nacional Chagres, en Panamá, posee gran biodiversidad y es fuente de agua para las operaciones del Canal de Panamá y las Ciudades de Panamá, Colón y áreas aledañas.. Uno de sus sitios más icónicos es Cerro Brewster, un área montañosa que he visitado en varias ocasiones, cada una de ellas una prueba de resistencia y una lección de humildad ante la naturaleza. Una de esas expediciones en 2009, sin embargo, quedó grabada en mi memoria, no solo por la dureza del recorrido, sino por ser testigo, sin saberlo entonces, de una despedida silenciosa de los anfibios.
La caminata comenzaba a las ocho de la mañana, el plan prometía nueve horas de caminata ininterrumpida hasta el campamento. El sendero, un 80% cubierto por el denso dosel, ofrecía sombra que pronto revelaba una trampa de lodo constante que engullía cada paso. No había fuentes de agua en el camino, lo que hacía de cada trago de agua una decisión calculada. Era la rutina del biólogo de campo: avanzar, observar y calcular, mientras el bosque te recordaba constantemente quién tenía las riendas de la situación.
Al llegar al campamento, el cansancio se disipaba ante la recompensa. Para mí, un herpetólogo en formación, el lugar era un paraíso. Especies carismáticas como las ranas Gastrotheca cornuta y Hemiphractus panamensis, así como el sapo arlequín panameño (Atelopus limosus) eran abundantes. Las veías y escuchabas por doquier, reproduciéndose ajenas a la tragedia invisible que ya las acechaba. Recuerdo el asombro y la fascinación que me invadieron al ver tal concentración de vida anfibia; una alegría pura que hoy parecen cosa de mitos y leyendas urbanas. Lo que presenciábamos era, para esas poblaciones, su última gran exhibición antes de que el hongo quítrido desatara su devastación. Fue una despedida silenciosa, una última visión de un ecosistema en su punto más álgido, antes de que una enfermedad invisible diezmara su esplendor. Esa experiencia me enseñó la cruel rapidez con la que la naturaleza puede cambiar, y el peso de ser testigo de su fragilidad.
La vida en el campamento de Cerro Brewster implicaba una vigilancia constante. Las víboras eran una presencia omnipresente: una víbora equis Bothrops asper de metro y medio durmiendo cerca de los bancos improvisados o una víbora de pestañas Bothriechis nigroadspersus tomando el sol tranquilamente sobre una rama en cualquier rincón del campamento eran escenas de lo más normal. Compartíamos su hábitat, respetando su espacio mientras nos abastecíamos de agua de la quebrada cercana.
Pero la verdadera prueba nos esperaba en el regreso. Dejamos el campamento con la esperanza de reencontrarnos con el vehículo de la Autoridad Nacional del Ambiente (actualmente Ministerio de Ambiente) en la comunidad más cercana. La lluvia, compañera constante en el bosque, se intensificó, transformando el ya lodoso camino en un río de lodo. El auto, atrapado irremediablemente, nos obligó a tomar una decisión drástica: abandonar todo el equipo dentro del vehículo y emprender la caminata de regreso a pie hacia la estación de guardaparques de Cerro Azul. Era una elección difícil, pero la única viable para asegurar nuestra seguridad.
Sin comida, sin agua, exhaustos y empapados por la lluvia incesante, cada paso se volvía un desafío monumental. La esperanza de encontrar algo en un pequeño kiosco a mitad de camino se desvaneció cuando la última galleta fue consumida por uno de nuestros valientes ayudantes. Esa sensación de vacío en el estómago, de la garganta reseca, se sumaba al peso de los kilómetros. La lluvia nos envolvia mientras Daniel Medina y yo, con las últimas reservas de fuerza, avistamos la luz de la estación de Cerro Azul. Allí, bajo el aguacero implacable, el agua que salía de la pluma era densa y marrón, por el sedimento. Aun así, nos lavamos lo mejor posible, nos cambiamos de ropa y, sin pensarlo dos veces, tomamos el transporte público (chiva) de Cerro Azul hacia el Super Extra en la 24 de Diciembre. La civilización, en forma de Metrobus, nos esperaba para llevarnos finalmente a casa.
El precio de la imprudencia
En 2017, trabajé en un proyecto de consultoría ambiental en el río Bayano, al este de Ciudad de Panamá. Nuestro equipo tenía la tarea de muestrear la fauna local, un trabajo que implicaba la captura, manipulación y fotografía de todo tipo de especies, desde mamíferos hasta aves y, sí, también serpientes, tanto venenosas como inofensivas. Para la mayoría de las personas, este tipo de actividad solo se ve en documentales de National Geographic; la idea de manejar una serpiente, especialmente una venenosa, genera una mezcla de emociones.
Para cada grupo de estudio contábamos con la ayuda de asistentes locales. Para la herpetofauna (anfibios y reptiles), nos asignaron a una persona que no era de la comunidad y que el resto de los lugareños no conocían. Su comportamiento y apariencia era algo inusual. Calculo que este hombre tendría entre 20 y 30 años, siempre parecía estar en estado de alerta, como si esperara una persecución, y era tuerto. Dudábamos que el nombre que nos había dado fuera el real. Hablaba mucho, pero sus historias eran fuera de lo común; parecía que le gustaba inventar cuentos. Nos contó, por ejemplo, que había peleado contra un jaguar a puño limpio en las montañas entre Chepo y Guna Yala, una afirmación que parecía más fantasía que realidad. También dijo haber sido apuñalado durante una pelea de gallos y haber pasado tiempo en la cárcel La Joya.
Lo más problemático de este personaje era su comportamiento al terminar el trabajo de campo. Mientras nosotros nos dedicábamos a descansar, él se dirigía a la cantina más cercana para gastar lo que había ganado. Fue allí donde los otros asistentes locales nos contaron lo que hacía: capturaba cualquier serpiente que encontrara en las zanjas cercanas para exhibirla o "pifiarla" ante el asombro o miedo de los presentes. Es probable que se sintiera motivado por habernos visto manipular serpientes como la candela (Pseudoboa neuwiedii), la patoca (Porthidium lansbergii) y la boa arcoíris (Corallus annulatus) en un ambiente controlado para obtener fotografías. Lo imprudente de sus acciones era clara: no tenía conocimiento de las especies y, en cualquier momento, podía toparse con una serpiente peligrosa que pusiera su vida en riesgo.
A los pocos días, lo inevitable sucedió. El asistente que jugaba con las serpientes fue hospitalizado en el Santo Tomás de Ciudad de Panamá, conectado a respiración artificial y debatiéndose entre la vida y la muerte. Otro de nuestros asistentes, quien lo llevó al hospital el día anterior, nos relató la odisea que vivieron para llegar hasta allí.
Según su relato, el hombre estaba desgranando maíz, sentado en un tronco, con mazorcas esparcidas por el suelo. De repente, bajó la mano y una serpiente coral lo mordió. Aquí hay algo que no encaja del todo: las serpientes coral no son agresivas como la víbora equis (Bothrops asper). Es difícil creer que recibiera una mordedura sin ninguna provocación de su parte. Quizás, hipotéticamente, estaba pisando la serpiente o majándola con el tronco, lo que pudo haber provocado su reacción defensiva. La otra opción, igualmente posible, es que estuviera jugando con ella. La causa exacta de la mordedura, en este punto, queda a la imaginación.
Lo cierto es que, tras ser mordido por una coral centroamericana (Micrurus nigrocinctus), logró matarla. Más tarde, ya recuperado del hospital, me entregaría el espécimen, el cual preservé en alcohol.
El hombre nos contó que, tras la mordedura, se encontraba en una finca al lado del río Bayano. Tomó un bote y cruzó el río en busca de ayuda. Llegó a casa de uno de los asistentes y le relató lo sucedido. Salieron rápidamente hacia el hospital de Chepo. Describió que lo primero que sintió fue una especie de fuego que le consumía el brazo, seguido de una sensación como si tuviera una piedra sobre la lengua, impidiéndole hablar. Veía lo que sucedía a su alrededor, pero no podía reaccionar ni articular palabra.
Al llegar al hospital de Chepo, no había antídoto disponible. Lo subieron a una ambulancia y emprendieron camino al hospital de la 24 de Diciembre, donde tampoco había antídoto. Finalmente, partieron hacia el hospital Santo Tomás, en Ciudad de Panamá, donde sí contaban con el suero. A estas alturas, el hombre ya había perdido el conocimiento y fue puesto bajo asistencia respiratoria artificial. Estuvo en coma durante unos tres días, dependiendo de las máquinas.
Lo más sorprendente es que, sin haberse recuperado por completo, decidió irse del hospital, aún con la ropa hospitalaria puesta. Nosotros no habíamos terminado nuestro trabajo de campo cuando lo vi de nuevo en el pueblo, con la cinta de paciente todavía en el brazo. Me dijo: "Yo mejor me fui del hospital porque esto que tengo se me quita con un buen trago de seco (bebida alcohólica)". Después de eso, continuó con sus andanzas, caminando por el pueblo como si alguien lo persiguiera o intentara hacerle daño.
Como herpetólogo, me interesa lo que experimentó mientras estaba bajo los efectos del veneno. El veneno de coral es neurotóxico, afectando directamente la capacidad de respiración y el sistema nervioso en general. En Panamá, los casos de envenenamiento por serpientes están subdocumentados; ya que algunos casos ni siquiera llegan a los hospitales, y aquellos que sí, sus datos no son fácilmente accesibles para los investigadores. Esto resulta en una escasez de información publicada sobre estos incidentes. Esta experiencia ofrece una idea de los efectos de este veneno y la necesidad de una mejor documentación y acceso a la información en nuestro país.
Marca de la mordida en el dedo medio, de acuerdo a la persona afectada.