Entre los Andes y la Amazonía se extiende un corredor ecológico de importancia crítica para la sostenibilidad ambiental del país. Más que una simple franja de vegetación, constituye un sistema vital por el cual circulan agua, semillas, carbono, culturas y especies. Al vincular áreas estratégicas como el Parque Nacional Natural Cordillera de los Picachos, el Parque Nacional Natural Tinigua y la Sierra de la Macarena, este corredor establece una conexión directa entre dos de las regiones ecológicas más relevantes de Suramérica. Es un puente natural que articula la alta montaña andina con la selva amazónica, asegurando la continuidad de procesos ecológicos esenciales y la resiliencia de los ecosistemas frente a las presiones humanas y climáticas.
Pero algo grave está ocurriendo: ese puente natural se está fragmentando.
Figura 1. Área de estudio: El análisis se centró en el corredor ecológico que conecta los Parques Nacionales Naturales Cordillera de los Picachos, Tinigua y Sierra de la Macarena, en la zona de transición entre la cordillera Oriental de los Andes y la Amazonía colombiana. Esta franja forma parte de uno de los corredores de biodiversidad más estratégicos del país.
Lo que antes era un continuo de selvas, hoy es un territorio marcado por vacíos. La conectividad entre los Andes y la Amazonia, considerada una de las claves ecológicas de Colombia, está en riesgo. La pérdida de bosque avanza, y con ella, el rompimiento de los procesos que mantienen vivo este sistema: el ciclo del agua, la movilidad de fauna, la resiliencia climática.
En este corredor confluyen no solo tres parques nacionales —Picachos, Tinigua y La Macarena—, sino también territorios indígenas, zonas de reserva campesina y múltiples tensiones históricas por el uso del suelo.
El corredor Andes-Amazonia colombiano es único: conecta la cordillera oriental con la selva amazónica, integrando ecosistemas andinos, amazónicos y orinocenses (figura 1). Aquí nacen ríos, se desplazan jaguares (Panthera onca) y sobreviven especies endémicas en peligro como el paujil (Crax alberti).
Los Parques Nacionales Naturales Cordillera de los Picachos, Sierra de la Macarena y Tinigua, que juntos cubren más de 1,11 millones de hectáreas, han sido declarados como áreas protegidas. Pero esa categoría legal no ha evitado que estén hoy bajo enorme presión: expansión agropecuaria, ganadería ilegal, minería, ocupación informal y vías clandestinas.
Desde los años 80, este paisaje ha sido alterado de forma fragmentaria y persistente. Lo que era una masa forestal continua se está transformando en un mosaico de parches desconectados.
Este trabajo propone una lectura complementaria y comparativa de la transformación del bosque en el corredor Andes-Amazonia entre 1985 y 2023, integrando dos dimensiones clave:
La pérdida de cobertura forestal, analizada en series quinquenales, lo que permite identificar focos, ritmos y tendencias de deforestación.
La fragmentación del bosque, comparando los años 1985 y 2023, para evidenciar si aún existe continuidad ecológica o si el paisaje se ha roto en parches aislados.
Mientras otros estudios han documentado cuántas hectáreas se han perdido, pocos han preguntado: ¿lo que queda sigue conectado? Este análisis busca responder precisamente a esa pregunta.
Se procesaron los datos oficiales de MapBiomas Colombia Colección 2 (Mapbiomas Colombia, 2025), descargados desde Google Earth Engine. Se seleccionaron específicamente las coberturas "bosque" y "bosque inundable", correspondientes a las zonas boscosas naturales dentro del corredor Picachos–Tinigua–Macarena.
Para el análisis espacial se empleó una grilla regular compuesta por 2.879 hexágonos de 2 km de diámetro cada uno. Esta estructura fue seleccionada por su eficiencia en representar áreas continuas y homogéneas, ya que cada hexágono mantiene la misma distancia con sus seis vecinos, lo que minimiza distorsiones espaciales y favorece un análisis más preciso de la conectividad ecológica.
El análisis se realizó utilizando las siguientes herramientas:
Google Earth Engine: para descarga y visualización de las coberturas MapBiomas.
QGIS v. 3.34.10 Prizren: para procesar espacialmente la información.
Complemento Landscape Ecology: para calcular los índices de fragmentación.
Microsoft Excel v. 2405 e InfoStat v. 2020: para organizar, sistematizar y analizar los resultados numéricos.
Se estimó el área de bosque en cada hexágono para los años 1985, 1990, 1995, 2000, 2005, 2010, 2015, 2020 y 2023. Con base en estos valores se calcularon las pérdidas netas por periodos quinquenales, lo que permitió identificar tanto las tendencias temporales como los patrones espaciales de deforestación a lo largo del corredor.
Se definieron tres métricas centrales para evaluar la fragmentación:
Área Media de Parche (AMP): Promedio de la superficie de todos los fragmentos de bosque identificados. Una reducción en el tamaño de los parches afecta la biodiversidad y las funciones ecológicas esenciales (Matteucci, 2004; Ewers & Didham, 2006).
Número de Parches (NP): Cantidad total de fragmentos en los que el bosque se encuentra subdividido. Un incremento en este número indica mayor fragmentación, pérdida de conectividad y deterioro del hábitat (McGarigal & Marks, 1995; Matteucci, 2004).
Distancia al Vecino Cercano (DVC): Promedio de la distancia entre cada fragmento y su parche más cercano. Un mayor valor indica mayor aislamiento ecológico, afectando la viabilidad de las poblaciones y sus procesos de dispersión (Fahrig, 2003).
Estas métricas han sido ampliamente utilizadas en estudios de ecología del paisaje para cuantificar el grado de fragmentación y evaluar cómo un entorno forestal se convierte en un mosaico disfuncional de parches (McGarigal et al. 2005).
Para integrar estos tres indicadores en un solo índice de fragmentación, se aplicaron los siguientes pasos:
Reescalado del AMP (a mayor valor, mayor fragmentación) para alinearlo conceptualmente con NP y DVC.
Estandarización de todos los índices mediante el método de mínimos y máximos, normalizándolos a una escala común de 0 a 1.
Cálculo del Índice Sintético de Fragmentación usando un promedio ponderado igualitario:
Fragmentación = (AMP × 0,33 + NP × 0,33 + DVC × 0,33) / 3 (esto se hizo luego de normalizar los valores de cada métrica usando el método de mínimos y máximos).
Este índice permitió clasificar cada hexágono según su nivel de fragmentación para los años 1985 y 2023.
Va más allá del área perdida: explora cómo se reorganiza y reconfigura el bosque que queda.
Integra escalas temporales y espaciales: combina una serie quinquenal detallada con un análisis comparativo de largo plazo.
Utiliza una grilla regular que permite análisis homogéneos, comparables y libres de sesgo político-administrativo.
Propone una narrativa visual: mapas comparativos, gráficos e imágenes animadas muestran la ruptura del bosque como una historia que puede leerse, sentise y compartirse a un público variado.
Analizar la transformación del bosque nativo en el corredor Andes-Amazonia entre 1985 y 2023, integrando datos de pérdida de cobertura y fragmentación, con el fin de identificar patrones críticos de desconexión ecológica.
En los últimos 38 años, el corredor Andes-Amazonia ha perdido más de 152.000 hectáreas de bosque nativo. Durante este periodo, los tres parques nacionales que componen el corredor —Cordillera de los Picachos, Tinigua y Sierra de la Macarena— han perdido más de 152.000 hectáreas de bosque. El PNN Tinigua fue el más afectado en términos absolutos, con 77.258 hectáreas deforestadas; le siguen Sierra de la Macarena con 57.244 ha, y Cordillera de los Picachos con 17.950 ha (figura 2).
Figura 2: Área total de bosque deforestado (ha)
Tinigua presenta la mayor pérdida absoluta: 77.258 ha.
Sierra de la Macarena sigue con 57.245 ha.
Cordillera de los Picachos registra 17.951 ha perdidas.
Figura 3: Porcentaje de pérdida respecto al área total boscosa del parque
En Tinigua, el 37,6% del bosque fue eliminado.
Sierra de la Macarena perdió el 9,7%.
En Picachos, aunque la pérdida fue menor (6,34%), sigue siendo crítica para la integridad del corredor.
Pero el análisis proporcional resulta aún más revelador: mientras Picachos ha perdido el 6,34% de su área boscosa original, en Tinigua desapareció el 37,6% del bosque. En la Sierra de la Macarena, la pérdida fue del 9,7% (figura 3). Estas cifras evidencian que no todos los parques sufren igual, y que algunos núcleos de conectividad están en riesgo crítico. Este fenómeno se alinea con patrones globales donde la pérdida de cobertura no solo reduce el hábitat disponible, sino que compromete la continuidad ecológica del paisaje, afectando el movimiento de especies y los procesos que las sostienen (Fahrig, 2003; Haddad et al., 2015).
La pérdida acumulada de bosque es grave, pero entender cuándo y dónde se intensificó permite identificar puntos de inflexión. Para ello, se analizaron los cambios en periodos quinquenales entre 1985 y 2023. Este análisis, basado en datos oficiales de MapBiomas Colombia, permite observar cómo ha variado no solo la cantidad, sino también la distribución y el ritmo de esa pérdida entre 1985 y 2023. Las gráficas y mapas permiten explorar la transformación quinquenal de esta franja estratégica y exponer las zonas más críticas, dentro y fuera de las áreas protegidas.
Para entender la evolución temporal de la deforestación en el corredor Andes-Amazonia, se analizaron las pérdidas de bosque por quinquenio dentro de tres áreas protegidas clave: Cordillera de los Picachos, Sierra de la Macarena y Tinigua.
Figura 4. Pérdida de bosque nativo por quinquenio en los tres parques del corredor Picachos–Tinigua–Macarena (1985–2023). Las barras representan el área deforestada por periodo de cinco años, en hectáreas. Se observa una aceleración crítica a partir de 2010, con un pico en el periodo 2015–2020, especialmente en el PNN Tinigua.
La deforestación se mantuvo moderada hasta la década de los 2000, pero a partir del periodo 2010–2015 se aceleró drásticamente. El punto más crítico fue entre 2015 y 2020, cuando el PNN Tinigua perdió más de 32.000 hectáreas en solo cinco años. En el periodo más reciente (2020–2023), aunque el ritmo se redujo, las cifras siguen siendo alarmantes: 18.333 ha perdidas en Tinigua, 14.349 ha en la Sierra de la Macarena y 3.246 ha en Picachos (figura 4).
Estos datos sugieren que la transformación del bosque ha sido no solo acumulativa, sino también acelerada en los últimos 15 años, coincidiendo con dinámicas territoriales como el postacuerdo de paz, la expansión de vías ilegales y la débil gobernanza ambiental.
Nota técnica: En algunos periodos iniciales aparecen valores negativos, como en la Sierra de la Macarena (1985–1990). Esto no refleja una regeneración, sino inconsistencias por cambios metodológicos en los clasificadores de cobertura boscosa de MapBiomas.
Este trabajo incluye una secuencia cartográfica por quinquenio —tipo timelapse— que permite ver la pérdida de bosque en el corredor Andes–Amazonia como un proceso dinámico, que avanza en el espacio a medida que pasan los años (figura 5).
Entre 1985 y 2000, la deforestación aparece de forma dispersa, con focos aislados y de baja intensidad. Pero a partir del año 2000, comienzan a consolidarse rutas de pérdida más claras, especialmente en los bordes del PNN Tinigua y la Sierra de la Macarena. El cambio más drástico ocurre entre 2015 y 2020, cuando la pérdida se intensifica y se densifica: aparecen decenas de hexágonos donde se ha perdido más del 70% del bosque original.
Figura 5. Animación de la pérdida de bosque natural en el corredor Picachos–Tinigua–Macarena durante el periodo 1985–2023, visualizada por quinquenios. Cada cuadro muestra el porcentaje de pérdida por hexágono (2 km de diámetro), permitiendo observar la expansión progresiva de la deforestación en el espacio y en el tiempo. Se evidencia una concentración creciente de pérdida en los sectores sur y suroccidental del PNN Tinigua y en los bordes de la Sierra de la Macarena.
Aunque en el periodo más reciente (2020–2023) la intensidad absoluta parece disminuir en algunos sectores, el patrón de avance continúa. La pérdida se desplaza hacia nuevas zonas, en especial en la parte oriental y norte del corredor, lo que confirma que la presión sobre el bosque no ha cesado: simplemente se ha reubicado.
Esta secuencia de mapas permite observar algo que los promedios no muestran: la pérdida de bosque no es homogénea, ni aleatoria, ni instantánea. Es un proceso acumulativo, geográficamente direccionado, y con momentos de aceleración crítica.
Este mapa resume el porcentaje de pérdida de bosque natural acumulada en el corredor Picachos–Tinigua–Macarena durante el periodo 1985–2023, usando una grilla hexagonal de análisis. La visualización permite identificar las zonas más presionadas dentro y fuera de las áreas protegidas.
El sector sur y suroccidental del PNN Tinigua aparece como el más afectado del corredor, con múltiples hexágonos que han perdido entre 70% y 100% de su cobertura original (figura 6).
En el PNN Sierra de la Macarena, las pérdidas más intensas se concentran en los márgenes oriental y sur, donde se observa una convergencia de presiones entre Meta y Guaviare.
El PNN Cordillera de los Picachos muestra menor afectación en términos relativos, pero su borde sur también registra pérdida alta a muy alta.
Figura 6. Mapa de pérdida acumulada de bosque natural en el corredor Picachos–Tinigua–Macarena entre 1985 y 2023. La intensidad del color indica el porcentaje de bosque perdido por hexágono (2 km de diámetro), destacando zonas de presión crítica en el sur de Tinigua, el borde sur de Picachos y los márgenes oriental y sur de la Sierra de la Macarena. La visualización permite identificar áreas prioritarias para restauración y conservación.
La configuración espacial sugiere que la deforestación se canaliza por corredores de penetración —ríos, trochas, vías terciarias— que abren paso a la transformación del paisaje. Esta lógica territorial —de apertura progresiva por corredores de presión— se ha documentado ampliamente como una de las principales causas de fragmentación en regiones tropicales (Geist & Lambin, 2002). El mosaico de claros y parches de cobertura que hoy queda ha reemplazado al bosque continuo que hasta hace pocas décadas unía los Andes con la Amazonía.
Aunque la pérdida de bosque es crítica, su impacto ecológico depende de cómo queda organizado el paisaje remanente. Una cobertura forestal reducida pero continua puede seguir permitiendo el movimiento de especies y procesos ecológicos; en cambio, un bosque fragmentado interrumpe esos flujos.
Por eso, este trabajo no solo calcula el área deforestada, sino que analiza el cambio en el nivel de fragmentación del bosque nativo entre 1985 y 2023.
Figura 7. Comparación del nivel de fragmentación de bosque natural en el corredor Picachos–Tinigua–Macarena entre 1985 (arriba) y 2023 (abajo). En 1985 predominaba la categoría “sin fragmentación” en la mayor parte del corredor. Para 2023, se observa un aumento significativo de zonas con fragmentación baja, media y alta, especialmente en Tinigua y en áreas de transición fuera de los parques. Esta transformación implica una pérdida de continuidad ecológica que afecta la conectividad y funcionalidad del paisaje.
Estudios previos han mostrado que incluso una cobertura forestal aparentemente extensa puede perder funcionalidad ecológica si sus fragmentos están demasiado aislados o rodeados por matrices hostiles (Laurance et al., 2002).
En 1985, la mayor parte del corredor presentaba una estructura forestal continua: predominaban los hexágonos clasificados como "sin fragmentación" (valor 0) o con fragmentación baja (valores entre 0 y 0.3). Esto indicaba una alta integridad ecológica, con hábitats conectados y flujos funcionales relativamente conservados (figura 7).
Para 2023, el panorama ha cambiado drásticamente. Se observa una expansión significativa de zonas con fragmentación media (0.3–0.5) y alta (mayor a 0.5), especialmente en:
El suroccidente del PNN Tinigua, donde gran parte del bosque continuo ha sido dividido en parches aislados.
Los bordes norte y oriental de la Sierra de la Macarena, con una pérdida clara de conectividad ecológica.
La zona de transición entre parques, fuera de las áreas protegidas, que antes actuaba como conector territorial y hoy se ha erosionado.
La fragmentación no se limita a zonas sin cobertura: también aparece en áreas donde persisten bosques pero ya están aislados, rodeados de usos antrópicos. Esto implica que ya no se trata solo de cuánto bosque queda, sino de que esos bosques ya no están juntos, ya no se conectan lo que compromete la conectividad ecológica (Matteucci, 2004).
Esta pérdida de continuidad compromete procesos ecológicos clave como la dispersión de especies, la polinización, el control de plagas, la regulación hídrica y la resiliencia climática como ya lo han documentado Ewers & Didham (2006) y Fahrig (2003).
Este análisis confirma que la pérdida de bosque no es solo una reducción de superficie, sino una disolución funcional del paisaje. La superposición de los mapas de pérdida acumulada con los de fragmentación revela una doble desconexión: ecológica y territorial. La selva que antes tejía la unión entre los Andes y la Amazonía hoy se rompe en pedazos.
Este trabajo no se limita a cuantificar hectáreas. Revela una transformación silenciosa, pero profunda: la desconexión progresiva de uno de los corredores ecológicos más vitales del país. Entre 1985 y 2023, el corredor Picachos–Tinigua–Macarena no solo perdió más de 150 mil hectáreas de bosque; perdió también su coherencia funcional como puente ecológico entre Andes y Amazonía.
Los mapas no mienten. Las gráficas no exageran. Lo que aquí se muestra es la ruptura de un sistema que solía estar conectado. Y ese quiebre no es solo territorial: es ecológico, político y social.
Este análisis propone más que un diagnóstico. Propone rutas de acción:
Restaurar donde la fragmentación ha dejado cicatrices más profundas.
Proteger con urgencia lo que aún permanece íntegro.
Exigir que las áreas protegidas dejen de ser ficción cartográfica y se conviertan en realidades operativas.
Y sobre todo, entender que cada parche de bosque perdido hoy limita las respuestas que tendremos mañana frente a un clima cambiante, una biodiversidad amenazada y una sociedad que aún depende —aunque a veces no lo vea— de estos ecosistemas vivos.
Nada de esto es inevitable. Pero sí es urgente.
Este trabajo fue completamente independiente. No fue producto de una beca, ni parte de un proyecto financiado. Se hizo con voluntad, con horas robadas al descanso y con herramientas que a veces fueron insuficientes, pero siempre fueron usadas con rigor. No nace de un encargo académico, sino de una convicción: que mirar bien, contar bien y mostrar bien lo que pasa en nuestros parques puede —y debe— ser un acto de compromiso.
El Premio MapBiomas no sería solo un reconocimiento. Sería una forma concreta de sostener este esfuerzo, de llevarlo más lejos, de seguir preguntando lo que aún no se ha respondido, y de seguir mostrando lo que todavía muchos no quieren ver.
Porque el bosque se sigue perdiendo.
Y contarlo bien también cuesta.
Clerici, N., Salazar, C., Pardo-Díaz, C., Jiggins, C., Richardson, J.E., Linares, M., & Muñoz, J. (2019). Peace in Colombia is a critical moment for Neotropical connectivity and conservation: Save the northern Andes-Amazon biodiversity bridge. Conservation Letters, 12(4), e12633. https://doi.org/10.1111/conl.12633
Ewers, R.M., & Didham, R.K. (2006). Confounding factors in the detection of species responses to habitat fragmentation. Biological Reviews, 81(1), 117–142. https://doi.org/10.1017/S1464793105006949
Fahrig, L. (2003). Effects of habitat fragmentation on biodiversity. Annual Review of Ecology, Evolution, and Systematics, 34, 487–515. https://doi.org/10.1146/annurev.ecolsys.34.011802.132419
Geist, H. J. y Lambin, E. F. (2002). Proximate causes and underlying driving forces of tropical
deforestation. BioScience, 52(2), 143-150. https://doi.org/10.1641/0006-3568(2002)052[0143:PCAUDF]2.0.CO;2
Haddad N. M., Brudvig L. A., Clobert J., Davies K. F., Gonzalez A., Holt R. D., ... y Townshend J. R. (2015). Habitat fragmentation and its lasting impact on Earth’s ecosystems. Science Advances, 1(2), e1500052. https://doi.org/10.1126/sciadv.1500052
Laurance, W. F., Lovejoy, T. E., Vasconcelos, H. L., Bruna, E. M., Didham, R. K., Stouffer, P. C. y Sampaio, E. (2002). Ecosystem decay of Amazonian forest fragments: a 22-year investigation. Conservation Biology, 16(3), 605-618. https://doi.org/10.1046/j.1523-1739.2002.01025.x
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MapBiomas – Colección 2 de la Serie Anual de Mapas de Cobertura y Uso del Suelo de Colombia, consultada el 27 de junio de 2025 a través del enlace: https://colombia.mapbiomas.org/
Matteucci, S.D. (2004). Fragmentación de hábitats: conceptos y medidas. Ecosistemas, 13(3), 1–11. http://www.revistaecosistemas.net/index.php/ecosistemas/article/view/312