Existen condiciones atmosféricas y regímenes climáticos que naturalmente dejan tras de sí tierras improductivas, sin apenas plantas en ellas. Numerosas acciones del hombre parecen favorecer y agilizar el proceso de forma que, siendo conscientes de ello, podremos evitar las consecuencias fatales, ralentizar el proceso e incluso hacerlo reversible. Pasemos a analizar cómo.
Según estimaciones científicas, un tercio de la superficie del planeta será desierto en el año 2.100. Esto puede deberse al cambio climático, que supone una radicalización en las estaciones climáticas. Cada vez hay más épocas secas, sin apenas precipitaciones y con altas temperaturas, y húmedas, con lluvias torrenciales, granizo y nevadas en cotas en las que, tiempos atrás, era impensable que nevara.
El problema de la desertización es un círculo cerrado, porque al cambiar el clima a condiciones más cálidas y secas, parte de la vegetación muere. Al desaparecer las plantas, el suelo no puede desprender humedad a la atmósfera y, por tanto, no lloverá. Además, como no hay raíces que aguanten el terreno, el suelo es arrastrado por el agua a favor de la pendiente, formándose grietas, conocidas como cárcavas.
A causa de las altas temperaturas y la exposición al sol, la poca agua que permanece en el suelo asciende hacia la superficie, evaporándose y dejando el suelo cuarteado y formando escamas por las llamadas grietas de desecación.
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