Dichos populares
En muchas ocasiones hemos dicho o escuchado expresiones como estas
¿pero cuales son sus orígenes? Aquí te contamos algunos.
En muchas ocasiones hemos dicho o escuchado expresiones como estas
¿pero cuales son sus orígenes? Aquí te contamos algunos.
Durante varios siglos, la zona costera española fue constantemente asediada por los piratas berberiscos o musulmanes. Por lo tanto, los pueblos ribereños vivían en permanente zozobra y para prevenir el peligro construyeron a lo largo de la costa numerosas atalayas a las que se subía por medio de escalas de cuerdas.
Desde ellas, el vigía escrutaba el horizonte y no bien divisaba una nave musulmana daba la voz de alarma gritando: ¡Hay moros en la costa!
Entonces, sonaba la campana, se encendían hogueras de señal y la gente se alistaba para la defensa.
Luego de lograda la paz, el grito perduró por muchos años y en la actualidad la expresión “hay moros en la costa” pasó a ser sinónimo de advertencia de peligro.
La expresión nada tiene que ver con la suerte de los naipes. Se refiere a una forma de pedir dinero que era habitual en la Buenos Aires de antaño. Una persona pobremente vestida y acompañada de un par de criaturas, llamaba a la puerta de una casa y entregaba a quien atendía una carta firmada por algún personaje conocido. Así, con lujo de detalles se describía la afligente situación de su familia, solicitando ayudarla en todo lo posible. Seguía una lista de quienes y con cuanto ya habían contribuido.
Mientras el dueño de casa iba leyendo, su visitante se lamentaba llorando. ¿Cómo resistirse a esa extorsión de lágrimas y tinta para no darles unos pesos? La frase tiene un sentido más general y resume gráficamente la actitud de quienes hacen un despliegue de todas sus desdichas para obtener algo a cambio.
Expresiones como estas todos o bien las hemos dicho o las hemos escuchado. Pero ¿pasarse de qué raya? ¿Cuál es el origen de dicha expresión?
Pues bien, esta expresión se remonta a los inicios del boxeo, cuando el deporte no contaba con un cuadrilátero para disputar las peleas. Existían dos modos para que los boxeadores se midieran, el primero de ellos consistía en marcar una raya de tiza en el suelo, así los dos contrincantes quedaban de uno y otro lado, es decir de frente.
Además los dos contendientes debían poner un pie adelantado en la tiza, no debían moverlo, y mucho menos traspasar su pie de la raya. Era una pelea casi estática. De modo que si uno de los contendientes se pasaba de la raya de tiza perdía la pelea. La segunda modalidad consistía en que los boxeadores combatieran dentro de un anillo o círculo -ring en inglés- pintado con tiza o conformado por los propios espectadores.
La frase es producto de una serie de cambios y derivaciones que comienzan cuando en España se llamó turca a la borrachera. La razón tiene toques de humor. Al vino puro, sin añadido de agua, se lo denominaba tanto vino moro como vino turco, por no estar «bautizado». En consecuencia, las mamúas tomaron el nombre de turcas. De allí viene la primera parte de la expresión en su forma original: «agarrarse una turca». Lo que sigue se debe exclusivamente a la picardía criolla. ¿Quién puede hallarse más confundido que un borracho que se pierde en la niebla? El pasaje de la turca al actual como turco lo realizó espontáneamente el uso popular. Y así el turco entró en el dicho y en la neblina, dando lugar a una pintoresca expresión que vale para cualquiera que ande muy desorientado. Por más sobrio que esté.
Cuando, inducido por otros, alguien hace justo lo que lo perjudica, suele decirse que ese individuo «ha pisado el palito».
La frase se debe a una jaula-trampera que hasta no hace mucho se vendía en los comercios. Tenía una suerte de puertita o ventana rebatible provista de una barra corta o palito. Junto a ese apoyo se colocaba agua, lechuga y alpiste como cebo para que se posara algún pájaro suelto.
Ni bien lo hacía, su peso ponía en acción un resorte que desplazaba rápidamente esa parte de la jaula dejando encerrada a la presa. José Gobello, por su parte, atribuye el dicho a los ladrones de gallinas. De noche, éstos metían una vara en el gallinero, el animal se agarraba al palo dejando así que los ladrones lo retiraran en silencio.
Nada impide que ambas versiones se ajusten a la verdad. Al igual que las aves de corral y los pajaritos, nadie está libre de portarse incautamente. Y nunca falta gente de mala fe dispuesta a hacer que alguien pise en un descuido el palito de la ingenuidad.
Textos extraídos de Internet y Medios gráficos