“Llegué con la espalda llena de armaduras. No lo sabía, pero llevaba años resistiéndome al contacto, incluso al mío propio. En la primera sesión, no pasó ‘nada’... y sin embargo, algo empezó a romperse. En el silencio de esas manos, mi cuerpo empezó a contar lo que mi mente no había querido recordar. No se trataba de placer como lo había entendido antes: era una ternura profunda, una sensación de pertenencia. Por primera vez en mucho tiempo, no quise irme de mí mismo. Me quedé. Y ahí, justo ahí, comenzó mi alquimia.”
Ricardo, 42 años
“Tenía miedo. No del tantra, sino de mí. De lo que pudiera salir si me tocaban sin juicio. Había vivido muchas experiencias sexuales, pero nunca algo tan profundamente espiritual. Me sorprendió que nadie intentara ‘arreglarme’. Solo me invitaron a estar, a respirar, a mirar… y al hacerlo, se rompieron mil defensas que ni siquiera sabía que tenía. Sentí mi energía moverse como un río que había estado seco por años. No fue una explosión, fue un regreso. Un regreso dulce, sagrado, mío.”
Elías, 35 años
“Durante décadas creí que ya había vivido todo. Pero el cuerpo… el cuerpo tenía otros planes. Este espacio me mostró que aún puedo emocionarme como un joven, pero con la sabiduría de mi edad. No sentí vergüenza de mi piel, ni de mis temblores, ni de mis lágrimas. Sentí que estaba siendo honrado, no solo atendido. Aquí no me miraron como un hombre roto, sino como un ser que merecía reencontrarse. Y eso… no tiene precio.”