Mis años de estudiante en Buenos AiresSeguí pintando y tuve un pequeño taller de pintura en nuestra casa de estudiantes, en Flores. Usaba témpera sobre placas de cartón grueso de aproximadamente 80 cm x 100 cm. Mi amiga Lita me propuso llevar un par de trabajos al encuentro que el maestro Demetrio Urruchúa realizaba los sábados por la tarde con sus alumnos, no más de diez jóvenes. El papá de Lita era pintor, vivía en Tandil y tenía una larga amistad con Demetrio, lo que explicaba la afinidad que tenían.Cordialmente Urruchúa nos invitó a sentarnos en el aula informal que era su estudio. Era de baja estatura, vestía guardapolvo gris muy manchado y se sentaba en un gran sillón cercano a su caballete, donde cada uno de sus alumnos o alumnas exponía los trabajos que había llevado ese día. Después de mirarlos, a veces en detalle, meditaba unos minutos y luego hacía un comentario. Cuando llegó mi turno vio en silencio mis trabajos y luego me dijo:-Nadie sabe si usted será o no pintor. No por estos trabajos, por cierto, de los que puede desprenderse ya. Solo le recomiendo que siga trabajando.Nos despidió cordialmente y nos marchamos. Pasó un buen tiempo hasta que mi memoria recuperó este incidente, que en ese momento no me resultó alentador, pero con el tiempo asumí con contentamiento: la opinión de un maestro era la verdad.Pasaron unos doce años hasta que volví a dibujar tintas para ilustrar breves notas en El Liberal, donde el secretario de redacción, Sr. Boente, me alentó a escribir.