Prof. José Antonio Cieza García
Uno de los retos de la nueva ciudadanía es el descubrimiento de la necesidad, utilidad y beneficios del ocio. La profundización del significado del ocio en la sociedad del siglo XXI es una cuestión que necesita de la reflexión interdisciplinar de múltiples áreas de conocimiento: sociología, psicología, pedagogía, economía… Y esto es así porque el ocio no es sólo un tema de carácter personal, es también social, cultural, político, económico, ético y, sobre todo, educativo.
Entendemos el ocio como la vivencia subjetiva y personal de una actividad que tiene lugar en el tiempo libre (tiempo para uno mismo) y que favorece el desarrollo, bienestar y calidad de vida de la persona (a nivel físico, psíquico, emocional y social).
¿Qué requisitos debe cumplir la vivencia personal de una actividad para que sea realmente de ocio? Pues fundamentalmente tres: libertad, satisfacción y autotelismo.
a) Libertad
Una actividad, para que sea de ocio, debe ser elegida libremente, sin coacción, imposición, presión u obligatoriedad. Cada persona tiene autonomía y libertad para elegir, en cada momento, la actividad que cree que más le conviene, en función de sus intereses y preferencias, posibilidades personales y en el marco de las distintas oportunidades que la situación y el contexto le ofrece y permite.
b) Satisfacción
Una actividad, para que sea de ocio, debe ser vivida con satisfacción, y eso quiere decir que debe ser muy motivadora para la persona (ajuste entre sus deseos, intereses, preferencias y expectativas y la actividad de ocio en la que se participa), además de divertida, gratificante y para nada aburrida (disfrute, alegría, diversión, desconectar, relajarse y pasarlo bien).
La actividad debe ser algo que deseas y te gusta, algo placentero, algo positivo desde el punto de vista afectivo y emocional y ello tanto en el proceso de realización como en los resultados de la actividad.
Ahora bien, este disfrute y diversión tienen que ser compatibles con el esfuerzo, trabajo y espíritu de reto, desafío y superación que están implícitos muchas veces en la realización de una actividad de ocio.
c) Autotelismo
Una actividad, para que sea de ocio, no debe ser un medio para conseguir algo, sino que debe ser percibida por la persona como un fin en sí misma. Vivirla es el principal objetivo. La actividad de ocio se hace por sí misma, por una motivación intrínseca:
- Por el simple deleite, gusto, disfrute y satisfacción de realizarla,
- Por la curiosidad, asombro, novedad y admiración que provoca.
- Por el reto y desafío a las habilidades, destrezas y aptitudes (físicas y psíquicas) que se tienen, el afán de autosuperación que conlleva adquirir otras nuevas y el gusto por lo bien hecho.
Es el ocio desinteresado, no movido por una motivación externa: retribución económica, distinción social, prepararse para un trabajo, interés por aumentar el bagaje cultural personal…). Muy al contrario, la actividad de ocio es valiosa en sí misma para la persona, no tiene una finalidad utilitaria externa o ajena al hecho de realizarla. La persona que es autotélica se siente gratificada con todas las actividades de ocio que hace.
El ocio es una experiencia humana que sitúa a la persona como protagonista en el proceso de transformar un tiempo libre y una actividad concreta, en una auténtica vivencia y experiencia de ocio. El ocio no se tiene, ni se gasta, ni se consume, el ocio se vive y, por tanto, tiene sentido como vivencia y experiencia singular y subjetiva de cada persona.
En el tiempo libre podemos llevar a cabo acciones de cualquier tipo, que pueden ser de ocio o no, ya que también puede haber un tiempo libre inactivo (estar aburrido, no hacer nada) o un tiempo libre ocupado en alguna actividad con un beneficio ajeno al simple placer de realizarla (preparar unas oposiciones, aprender inglés…). Podemos tener mucho tiempo libre y realizar muchas actividades dentro de él, y sin embargo no tener ocio. Decir “tiempo de ocio”, dentro del tiempo libre, nos remite al tiempo empleado específicamente en realizar unas actividades que son vividas con libertad, satisfacción y autotelismo.
La educación del ocio podría ser definida como un proceso de intervención educativa en el tiempo libre de las personas (tiempo para una mismo), que tiene carácter intencional, planificado, organizado, estructurado y sistematizado y que, a través de una serie de actividades, aporta a la persona una formación en COMPETENCIAS DE SABER HACER: habilidades, destrezas y aptitudes (físicas, motrices, manuales, cognitivas, instrumentales, tecnológicas, lingüísticas, de expresión y creatividad…), que posibilitarán en la persona la elección y realización, en su presente y futuro, de variadas, positivas y valiosas actividades de ocio en cualquiera de sus dimensiones (lúdica, festiva, cultural/creativa, físico/deportiva, de naturaleza/aire libre/medioambiente, digital/tecnológica y solidaria), actividades de ocio que, sin duda, contribuirán a su desarrollo, bienestar y calidad de vida (a nivel físico, psíquico, emocional y social).
Sin embargo, una auténtica educación del ocio debe ir un poco más allá de preparar para la acción de ocio, introduciendo también en las actividades formativas otros objetivos referidos a COMPETENCIAS DE SABER (conocimiento sobre las prácticas de ocio en la sociedad actual y en la vida personal), COMPETENCIAS PARA REFLEXIONAR (sobre la importancia del ocio y de mi ocio) y COMPETENCIAS DE SABER SER (valores y actitudes relacionadas con el ocio)
Una actividad educativa es de ocio no por el tipo de actividad en sí misma o porque contribuya a completar y complementar la formación de la persona durante su tiempo libre, sino por la finalidad que se persigue con esta formación: hacer competente a la persona para que pueda y sepa desarrollar, en su presente y futuro, actividades de ocio positivo y valioso.
La educación del ocio cumple, en este sentido, tres funciones:
a) Capacitar a la persona para que pueda ampliar y enriquecer sus opciones y alternativas de ocio futuro. Una formación que aumente, en cada persona, el potencial para autogestionar su tiempo libre y poder elegir, tener y vivir experiencias y prácticas futuras de ocio maduro. Cuanta menos educación para el ocio tengan la persona, y por tanto menos formación, más tiende a quedarse en un ocio casual (pocas actividades y de corta duración), a comprar fuera su ocio (ocio consumista) y a no generarlo y diseñarlo desde dentro de sí mismo y por sí mismo ni a desarrollar unas actividades de ocio más variadas y permanentes en el tiempo.
b) Orientar: Proporcionar información y asesoramiento sobre las oportunidades y recursos de ocio positivo y valioso que ofrece el medio y las entidades del entorno (públicas, privadas y sociales) más próximas a las personas.
c) Prevenir: Advertir sobre los peligros y amenazas del ocio consumista y del ocio negativo (ausente y nocivo). Por un lado, mediante la aclaración de los peligros de estas prácticas y sus consecuencias, y por otro, insistiendo en el valor que tienen las experiencias de ocio positivo.
Contrariamente a lo que se ha podido pensar en algunos contextos, el mundo del ocio requiere de educadores/as, pero no se puede responder a las demandas educativas del ocio desde el voluntarismo o la mera espontaneidad. Se necesitan educadores/as profesionales, capaces de promover, activar, facilitar y dinamizar los procesos de educación del ocio. En este sentido, los educadores/as sociales están en las mejores condiciones para llevar a cabo esta labor.
Existen sin duda otros perfiles con una formación más técnica pero menos pedagógica, como el Técnico Superior de Animación Sociocultural y el Monitor de Tiempo Libre. No debemos olvidar tampoco a aquellos voluntarios que desarrollan una educación del ocio desde la acción individual o integrados en organizaciones sociales (asociaciones, fundaciones, ONG…). Con todos ellos, el educador/a social deberá encontrar puntos de colaboración para poder llevar a cabo distintas y variadas iniciativas de educación del ocio.