CONTAMINACIÓN
MARINA
MARINA
Durante los últimos 100 años, el mundo se ha ido saturando de estos residuos y contaminantes, que han alcanzado los lugares más remotos, desde las cumbres del Everest hasta las profundidades de la fosa de las Marianas. Lo que antes se consideraba un progreso aislado se ha convertido en una presencia ubicua en todos los ecosistemas.
Una de las claves para frenar este avance es controlar los puntos de vertido hacia los océanos. Inicialmente, se pensaba que el grueso de la contaminación provenía de unas pocas fuentes masivas y localizables, lo que sugería una solución técnica sencilla. Sin embargo, investigaciones recientes revelan que el problema está mucho más fragmentado: son miles de pequeñas vías fluviales y ríos urbanos los responsables de la mayor parte de los vertidos. Este carácter difuso y global de la contaminación representa un desafío logístico y político mucho mayor de lo previsto originalmente.
Los mares y océanos han actuado durante cientos de años como enormes alfombras bajo las que ocultar la suciedad. Por ello, se han convertido en el lugar de descanso final de millones de toneladas de residuos químicos, industriales y radiactivos (como es el caso de los miles de bidones hallados frente a las costas gallegas). Un gran número de estos contaminantes acaban en los fondos marinos, donde los ingieren pequeños organismos y entran en la cadena trófica. De ahí, trazas de químicos y medicamentos van pasando de animal a animal, acumulándose en una concentración cada vez mayor hasta llegar a los niveles superiores donde pueden repercutir en la salud de los animales y humanos. Aunque en el caso de los humanos, esta es únicamente una de las vías de entrada. Varios estudios también han encontrado microplásticos y otros contaminantes en productos procedentes del mar como la sal marina.
Cómo se clasifica la contaminación marina
Debido a la cantidad de residuos que llegan al mar, estos se pueden clasificar en diversos tipos entre los que se incluyen la contaminación química, lumínica, acústica y plástica.
El caso del río Misisipi explicado anteri6ormente es un ejemplo grave de lo que sucede por la contaminación química. Muchos de estos compuestos que llegan al océano contienen pesticidas, herbicidas, detergentes, fertilizantes u otros productos químicos de origen industrial y aguas residuales. Generalmente, dichos residuos provienen de las aguas interiores, a cientos de kilómetros de las costas, y afectan a todo el ecosistema fluvial.
El problema de estos vertidos es que aumentan de forma explosiva la cantidad de nutrientes disponibles. Las bacterias y algas, al tener barra libre, proliferan sin control y consumen todo el oxígeno presente en las aguas, por lo que el resto de organismos marinos se asfixian. Uno de los casos más sonoros de estas contaminaciones en nuestro país es el Mar Menor, una albufera en la región de Murcia que recoge las aguas cargadas de fertilizantes y otros compuestos químicos de campos, fábricas y minas cercanas. Debido a estos vertidos, cada año se producen florecimientos de algas que acaban con su rica biodiversidad y rompen los equilibrios de los ecosistemas.
En la actualidad, la comunidad científica ha puesto su foco en la presencia de compuestos denominados PFAS. Estos compuestos, que molecularmente tienen cierto parecido con las grasas naturales, se acumulan en los organismos y van pasando por la cadena trófica hasta llegar a los humanos. En la actualidad se cree que todos los seres humanos y animales de nuestro mundo contienen PFAS en su sangre o en sus fluidos, donde si se acumulan a una concentración suficiente pueden provocar problemas de salud.
La contaminación no está únicamente relacionada con vertidos. En los últimos años también se ha podido observar como tanto la contaminación lumínica como la acústica pueden tener un fuerte impacto en los ecosistemas marinos.
En zonas cercanas a la costa, las luces pueden alterar los ritmos circadianos de los peces y organismos. Estos cambios, pueden modificar sus comportamientos reproductivos o alimentarios, creando desequilibrios en los ecosistemas. Por ejemplo, se ha podido observar que ciertos depredadores marinos de zonas costeras urbanas están más activos y cazan durante más tiempo que otros ejemplares que viven en zonas con mayor oscuridad. Además, en caso de especies concretas, como los peces payaso, la luz artificial puede impedir la eclosión de sus huevos, afectando a su reproducción.
Por otro lado, la contaminación acústica procedente de sónares, plataformas petrolíferas o el motor de los navíos y buques también altera el entorno marino. Este tipo de contaminación afecta especialmente a animales marinos que han desarrollado sistemas de comunicación subacuática, como los delfines y ballenas. O sistemas de ecolocalización de presas, como las ballenas dentadas. Debido a la contaminación acústica, estos sistemas fallan y ponen en peligro tanto su alimentación como las migraciones y sus patrones de reproducción.
Comenzábamos este artículo hablando acerca de la problemática del plástico, pero apenas hemos arañado su superficie. Se estima que cada año los humanos producimos alrededor de 500 millones de toneladas de plásticos, un número que cuesta comprender. Es el equivalente a 77 pirámides de Keops en Egipto. De estos, únicamente se reciclan alrededor del 9% y el resto o se depositan en vertederos o acaban en las aguas.
Buena muestra de ello son las enormes parches de basura que se arremolinan en los distintos océanos, que alcanzan superficies mayores que ciertos países. Entre estos residuos flotan bolsas que, por su parecido con las medusas, acaban en el estómago de tortugas y de aves marinas, o redes fantasma, que siguen atrapando peces y mamíferos marinos sin control durante años.