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Publicado: 19 agosto 2025
En Innova Forum 2025 compartimos mesa con colegas de la IBERO, la UNAM, el Tecnológico de Monterrey y la Universidad Anáhuac. La pregunta que nos convocó parecía técnica —cómo pasar de pilotos de IA a prácticas sostenibles—, pero en el fondo fue ética y pedagógica: ¿para qué queremos realmente la IA en la universidad?
Pinceladas del panel
IBERO (Miguel Ángel Rivera Navarro). La IA al servicio de la inclusión y la transformación social. Detrás de cada "agente" hay un docente en formación continua y una comunidad acompañada.
UNAM (Roberto Santos Solórzano). Tras la pandemia, la universidad sostuvo la docencia remota para casi 400 mil estudiantes. Hoy aborda la IA con acuerdos y criterios de equidad, conscientes de la complejidad infraestructural y formativa.
Tecnológico de Monterrey (Luis Enrique Portales Derbez). Un ecosistema con asistentes virtuales que apoyan clase y contenidos. La innovación como ciclo: probar, medir, publicar, escalar.
Universidad Anáhuac México (Mireya López Acosta). La tecnología como herramienta al servicio de la formación integral. Carreras como Ingeniería de Software y Ciencia de Datos entrelazan técnica y ética.
Universidad Panamericana (Alejandro Barraza Cedillo). La IA no sustituye; ensancha el aprendizaje: actúa como asistente del pensamiento y exoesqueleto pedagógico que potencia el juicio y la agencia docente —no un piloto automático—. La adopción es institucional a través del CIIE: Apolo 21 explora y pilotea, TALENT forma y acompaña al profesorado, y SMART potencia competencias estudiantiles. Todo ello se articula con el modelo CONNECT-UP, basado en pensamiento crítico, resolución de problemas y creatividad. En síntesis: tres ideas operativas —indelegables, retro en dos capas, exoesqueleto— y tres verbos para el día a día: adopta, adapta, aporta.
Mi convicción es simple: la IA no viene a sustituir a profesores ni a estudiantes; viene a devolvernos tiempo cognitivo. Bien usada —como asistente del pensamiento— amplifica el criterio en lugar de reemplazarlo y libera horas para el trato personalizado, la mentoría, los proyectos auténticos y el pensamiento de orden superior. Integrada con juicio, la IA no sólo optimiza: ensancha el espacio de aprendizaje.
En la Universidad Panamericana recorrimos ese camino acelerando la adopción de TIC durante la pandemia y consolidando el Centro Institucional de Innovación Educativa (CIIE) como palanca de cambio. Bajo el modelo CONNECT-UP, ponemos tres ejes en el centro: pensamiento crítico, resolución de problemas y creatividad, con una atención centrada en la persona. Primero las decisiones, luego las herramientas.
De las conversaciones surgieron convergencias claras: ética y gobernanza; formación docente situada; personalización con propósito; infraestructura interoperable; investigación aplicada; y un humanismo crítico que subordina la tecnología al valor humano. Con ese telón de fondo, propuse tres ideas operativas para el uso responsable de la IA en aula y gestión:
1. Indelegables: lo que nunca cedes. Una institución madura define su brújula ética antes de definir su conjunto de herramientas y plataformas tecnológicas. Autoría, citación, confidencialidad y decisiones evaluativas son ámbitos que no se delegan. La IA puede sugerir, pero la firma académica es humana. Todo ello se incluye en el marco general para el uso ético de sistemas de inteligencia artificial de la Universidad Panamericana.
2. Retro en dos capas con estudiantes. El aprendizaje mejora cuando integramos un doble espejo: feedback rápido para iterar (claridad de consignas, rubricas compatibles con IA, verificación de fuentes) y feedback profundo para comprender (metacognición, criterios de calidad, conversación guiada). La primera capa acelera; la segunda eleva el criterio.
3. Exoesqueleto pedagógico. Pensemos la IA como potencia que carga peso, no como reemplazo. Automatiza tareas repetitivas, sugiere rutas y resume información, mientras el docente marca el rumbo: plantea problemas retadores, diseña experiencias y acompaña decisiones. El exoesqueleto sin cuerpo no camina; el cuerpo sin exoesqueleto se fatiga.
¿Cómo aterrizarlo mañana? Con tres verbos que ordenan la adopción cotidiana:
Adopta. Empieza por la humildad: reconocer que no lo sabemos todo y que podemos aprender sin prejuicios. Luego, comienza pequeño y medible: un tutor conversacional para dudas frecuentes, una guía de fuentes con verificación asistida y una rúbrica adaptada a IA para un proyecto.
Adapta. Ajusta flujos y consignas a tu contexto. Define cuándo se permite IA, cómo se declara el uso y qué evidencias demuestran aprendizaje propio.
Aporta. Comparte evidencias y mejoras. La innovación crece cuando se documenta: resultados, fricciones, costos, métricas de tiempo y aprendizaje. Sin evidencia no hay escalabilidad.
El CIIE estructura este tránsito con un ecosistema sencillo: Apolo 21 explora tendencias y pilotea; TALENT acompaña el desarrollo docente; SMART potencia competencias estudiantiles y su relación responsable con la IA. Tres frentes, un mismo propósito: unir ética, método y tecnología para que cada alumno aprenda mejor y de manera más significativa.
Como recuerda Miguel de Unamuno: “Se dice, y acaso se cree, que la libertad consiste en dejar crecer libre a la planta, en no ponerle rodrigones, ni guías, ni obstáculos; en no podarla… Y la libertad no está en el follaje, sino en las raíces…”. Esa fue la imagen con la que cerré mi participación en el panel. En educación superior, lo esencial no es despejarle un claro al árbol, sino cuidar sus raíces. En la Universidad Panamericana, el árbol de nuestro escudo nos lo recuerda: la copa se sostiene cuando las raíces —ética, método y comunidad— están vivas. La IA, como exoesqueleto, sólo multiplica la fuerza cuando el juicio la orienta. Que cada decisión técnica pase una prueba simple: ¿mejora la experiencia de aprender y enseñar? Cuando la respuesta es sí y podemos mostrarlo, el bosque crece. Sigamos de la idea a la práctica, con brújula, con raíces y con rumbo.