LOS MICRORRELATOS DEL MES: UNIENDO PALABRAS, CONSTRUYENDO HISTORIAS
Estrenamos la sección de Microficciones con los tres relatos surgidos de la actividad «La palabra de la semana». En cada uno se ha tejido una breve historia donde encajan, con ingenio y brevedad, todas las palabras que han salido en las semanas del mes.
Sin embargo, lo que más nos gustaría sería leer los vuestros. Os proponemos el mismo reto: tomad el conjunto de palabras del mes que podéis ver en la imagen y usadlas todas en un único microrrelato. Enviadnos vuestro escrito y seleccionaremos los más originales para publicarlos también aquí.
SEPTIEMBRE 2026
Tengo ya más de medio siglo de edad y ha empezado a preocuparme más el físico (sobre todo las arrugas que no me permiten mentir sobre mi edad) que el intelecto; y este pensamiento, a su vez, también me preocupa mucho.
Intentando solucionar esta cuita, pedí consulta con un dermatólogo, de manera privada, pues la Seguridad Social me daba cita para dentro de 10 años. ¡NO PUEDO ESPERAR TANTO!
En la consulta, la doctora me dice que yo no soy inmarcesible y que, sobre todo, mi piel no puede conservarse prístina.
No me receta ni una mísera crema placebo que me alivie la angustia y me cobra por la consulta 200 euros, que dejan mi cuenta tiritando.
—¿Cuándo debo volver? —le pregunto.
Y me responde, sin ningún pudor:
—Cuando tengas otros 200 euros.
M.ª Paz Lubián Borrego
Sentados al calor de aquella estufa de fuego tenue, pasábamos acurrucados las imágenes que se agolpaban en la pantalla prístina del teléfono. En la última, apareció ella, tan pequeña, envuelta en su arrullo de croché y regalándonos una de sus sonrisas inmarcesibles, imposibles de apagar. Nuestras miradas chocaron.
Una vez más no dijimos nada, no oímos nada, no sentimos nada; salvo esa cuita que se atascaba en la garganta, pesada y fría, y nos devolvía de golpe a la noche en que la casa quedó en silencio.
Busqué su mano. Ninguno de los dos fue capaz de apagar la pantalla.
Luis Sánchez Rodríguez
Salió al patio huyendo del griterío del recreo, arrastrando una cuita que le encogía el pecho desde primera hora de la mañana. Se sentó bajo el viejo olmo, cerró los ojos y respiró hondo para buscar un poco de paz. Al abrirlos, el paisaje del instituto pareció transformarse: frente a él se extendía un prado prístino, limpio de la huella humana, donde crecía una única flor de brillo inmarcesible. Comprendió entonces que los problemas de los mortales eran tan efímeros como el recreo que estaba a punto de terminar.
El profesor de Guardia entró en el laboratorio de Biología y se quedó petrificado. Sobre la mesa de la profesora titular, que había faltado por una cuita familiar urgente, flotaba un cilindro de cristal con un líquido prístino, transparente como el agua destilada pero con luz propia. Dentro, una extraña criatura marina lo observaba en un silencio absoluto, ajena al caos del timbre. Lo más inquietante no era su quietud, sino sus alas de mariposa, de un tejido inmarcesible que parecía desafiar las leyes de la naturaleza.
Lucía miró el folio en blanco con una cuita tremenda; la pregunta sobre la Edad Media parecía escrita en un idioma desconocido. Desesperada, clavó la vista en su propio bolígrafo, un modelo prístino de tinta azul brillante que estrenaba ese mismo día como amuleto. Quedaban pocos minutos para el final de la clase, pero decidió que su miedo no sería inmarcesible. Armándose de valor, respiró hondo y comenzó a escribir todo lo que recordaba. Al fin y al cabo, el "no" ya lo tenía.