«CUIDÉMONOS DE LAS PALABRAS HERMOSAS; DE LOS MUNDOS MEJORES CREADOS POR LAS PALABRAS: NUESTRA ÉPOCA SUCUMBE POR UN EXCESO DE PALABRAS. NO HAY MAS TIERRA PROMETIDA QUE LA QUE EL HOMBRE PUEDE ENCONTRAR EN SÍ MISMO».
«CUIDÉMONOS DE LAS PALABRAS HERMOSAS; DE LOS MUNDOS MEJORES CREADOS POR LAS PALABRAS: NUESTRA ÉPOCA SUCUMBE POR UN EXCESO DE PALABRAS. NO HAY MAS TIERRA PROMETIDA QUE LA QUE EL HOMBRE PUEDE ENCONTRAR EN SÍ MISMO».
ALEJO CARPENTIER,
El siglo de las luces - 1963.
El siglo XVIII es el llamado "Siglo de las Luces" por la confluencia de corrientes intelectuales basadas en la razón, los métodos científicos, la propagación del saber y la modernización de la sociedad que lo caracterizan. Empiezan a desempeñarse actividades propias de la burguesía, rompiendo las estructuras sociales tradicionales.
Los intelectuales de la Ilustración utilizaban los términos “luz” (vinculado al pensamiento racional) y “oscuridad” (vinculado al pensamiento religioso) para definir distintas formas de entender el mundo. Por esta razón, el siglo XVIII, que fue la época de auge de este movimiento intelectual, es conocido como el “Siglo de las Luces”.
La Ilustración fue un movimiento cultural e intelectual europeo que tuvo lugar desde mediados del siglo XVIII hasta principios del siglo XIX, especialmente en Inglaterra, Francia y Alemania. Inspiró profundos cambios culturales y sociales; la Revolución francesa y el racionalismo ilustrado fueron algunos de sus efectos más drásticos. El siglo XVIII es conocido, por estos motivos, como el Siglo de las Luces y del asentamiento de la fe en el progreso. Las ideas desarrolladas durante esta época estuvieron enfocadas en conceptos como la búsqueda de la felicidad, la soberanía de la razón, y la evidencia de los sentidos como fuentes primarias del aprendizaje. Entre las ideas que tuvieron su origen o mayor auge durante la Ilustración se incluyen ideales políticos como la ley natural, la libertad, la igualdad, el progreso, la tolerancia, la fraternidad, el gobierno constitucional y la separación Iglesia-Estado. Existió también una Ilustración española e hispanoamericana, la de la Escuela Universalista Española del siglo XVIII, aunque más científica y humanística que política.
La Ilustración se caracterizó por ser un movimiento intelectual que promovió el uso de la razón para conocer y comprender la realidad, el cuestionamiento de las verdades establecidas por la autoridad política y religiosa, la defensa de las ideas de cambio y progreso, y el desarrollo de las ciencias naturales y las ciencias sociales.
Los pensadores ilustrados buscaban comprender y reformar las estructuras políticas y sociales, fomentando ideas como la soberanía popular y la separación de poderes. En las ciencias naturales, desarrollaron el método científico como herramienta fundamental para el estudio de la naturaleza.
Los pensadores ilustrados consideraban que, a partir de la investigación, se podía conocer la realidad. Mediante la observación, el estudio, la experimentación y el pensamiento racional se podían desarrollar nuevas nociones que definían al mundo y a las sociedades.
Los pensadores ilustrados consideraban que la sociedad, la política y la cultura eran creaciones del hombre (y no de Dios) y que estaban atravesadas por la historia. Buscaban explicar tanto los cambios que se producían dentro de una sociedad como las diferencias entre las distintas sociedades. Así, el cambio comenzó a ser identificado como algo positivo y se vinculó con la noción de progreso. Desde su punto de vista, a través del progreso moral y material, la sociedad podría alcanzar un ideal de plenitud y felicidad.
Como principio, el pensamiento de la Ilustración descartaba toda verdad absoluta e indiscutible, y fomentaba el análisis crítico de las ideas heredadas del pasado.
El pensamiento ilustrado establecía la separación entre lo natural y lo sobrenatural. Como herencia del pensamiento humanista, los ilustrados sostenían que Dios regía la esfera de lo sobrenatural y que los dogmas religiosos debían afectar las prácticas espirituales. En cambio, la naturaleza, el hombre y la sociedad quedaban bajo la esfera de lo natural, que podía conocerse a través del uso de la razón.
La Ilustración suele datarse entre el último cuarto del siglo XVII y el último cuarto del siglo XVIII. Durante el Renacimiento (1400-1600), época en la cual intelectuales y artistas volvieron la mirada hacia la Antigüedad en busca de inspiración, surgió el movimiento humanista, que hacía hincapié en la promoción de la virtud cívica, es decir, la realización del pleno potencial de una persona tanto para su propio bien como para el bien de la sociedad en la que vive. Las ideas de la Ilustración florecieron a partir de estas raíces y florecieron gracias a acontecimientos como la Reforma protestante (1517-1648), que disminuyó el poder tradicional de la Iglesia cristiana en la vida cotidiana. La mayoría de los pensadores ilustrados no querían sustituir a la Iglesia, sino que buscaban una mayor libertad y tolerancia religiosas.
La Ilustración debe su nombre de «luz» al contraste con lo que entonces se consideraba la «oscuridad» de la Edad Media. Ahora sabemos que el periodo medieval quizá no fuera tan «oscuro» como se pensaba, pero lo cierto es que la religión, la superstición y la deferencia a la autoridad impregnaron ese periodo de la existencia humana antes de que los filósofos empezaran a cuestionar estos conceptos en el siglo XVII. Ya no era posible aceptar sin más la sabiduría recibida como verdad por el mero hecho de que había permanecido incontestada durante siglos.
En esta nueva atmósfera de relativa libertad intelectual, la razón desafiaba las creencias aceptadas. Al igual que los experimentos prácticos que los científicos llevaban a cabo en la Revolución Científica para descubrir las leyes de la naturaleza, los filósofos se afanaban en aplicar la razón a los viejos problemas de cómo debemos vivir juntos en sociedad, cómo podemos ser virtuosos, cuál es la mejor forma de gobierno y qué constituye la felicidad. Se trataba de una batalla de la razón contra la emoción, la superstición y el miedo; sus principales armas eran el optimismo por un mundo mejor y tanto la libertad como la capacidad de cuestionarlo absolutamente todo. No en vano, a los nuevos filósofos ilustrados también se les llamó «librepensadores».
El contexto histórico de la Ilustración estuvo marcado por el auge de las monarquías absolutistas en Europa, durante los siglos XVII y XVIII. El absolutismo era una forma política en la que el rey concentraba el poder de manera absoluta. Se sostenía que la fuente del poder era Dios y que el rey ejercía la soberanía por mandato divino.
En consecuencia, las decisiones del rey eran indiscutibles y abarcaban todas las funciones estatales. Por otro lado, los reyes contaban con instituciones y funcionarios bajo su poder para ejercer las diferentes funciones de gobierno.
La sociedad europea era una sociedad estamental dividida entre los nobles, el clero y los comunes. Los nobles y el clero gozaban de diferentes privilegios, como no pagar impuestos y rentas. Así también, podían ocupar cargos políticos dentro de la burocracia monárquica y ser recibidos en las cortes reales.
Por su parte, el estamento de los comunes estaba constituido por campesinos, trabajadores urbanos y burgueses. Estos conformaban la gran mayoría de la población y estaban obligados a pagar impuestos reales. Además, los campesinos debían pagar rentas sobre las tierras de la nobleza.
La Ilustración surgió en Europa a fines del siglo XVII y adquirió su mayor impulso a lo largo del siglo XVIII. En aquellos años, el dogma religioso seguía siendo influyente en el modo de entender el mundo, pero una serie de hechos habían modificado las bases del conocimiento, habían puesto en entredicho la autoridad intelectual de la Iglesia católica y habían liberado el camino para la formulación de las nuevas ideas ilustradas:
El movimiento humanista (siglos XV y XVI), que había devuelto la centralidad al ser humano frente al principio religioso de que Dios era la medida de todas las cosas.
La revolución científica (siglos XVI y XVII), que desarrolló un método de estudio basado en la observación, el cálculo, la formulación de hipótesis y la experimentación.
Dos factores políticos influyeron en el surgimiento del pensamiento ilustrado:
La Revolución Gloriosa (1688) en Inglaterra, que instauró una monarquía parlamentaria e impulsó nuevas formas de entender la relación entre la política, el pensamiento y el crecimiento económico.
La vigencia del absolutismo en Francia, cuyo monarca absoluto gobernaba “por derecho divino” sobre una sociedad dividida en estamentos, en la que el clero y la aristocracia tenían privilegios heredados. Algunos ilustrados franceses veían en Inglaterra un modelo de “progreso” frente al oscurantismo religioso y la tiranía política del Antiguo Régimen francés.
El movimiento intelectual de la Ilustración tuvo como consecuencias la difusión del uso de la razón en diferentes ciencias del conocimiento y el cuestionamiento de las formas de organización social, económica y política establecidas.
La Ilustración transformó la educación al considerarla una herramienta clave para el progreso de la sociedad. Las reformas impulsadas en esta época sentaron las bases de los sistemas educativos modernos, con enfoques más racionales, accesibles y estructurados. Durante el siglo XVIII, los ideales ilustrados generaron cambios políticos importantes, como la aparición del “despotismo ilustrado” en las monarquías europeas. Hacia finales de siglo, estas ideas inspiraron cambios más profundos aún que llevaron al estallido de la Revolución francesa (1789). Por su parte, en el siglo XIX, hubo una oleada de revoluciones liberales en Europa e independentistas en América influenciadas por los principios de la Ilustración.
En síntesis, entre las principales consecuencias de la Ilustración, se encuentran:
Durante el Siglo de las Luces, diferentes reyes tomaron algunas de las ideas ilustradas e introdujeron reformas en la administración de sus reinos. Estas reformas invocaban criterios racionales y las ideas de progreso y bienestar del pueblo. Sin embargo, no modificaban la concentración del poder en los monarcas. Por esa razón, este movimiento político es conocido como “despotismo ilustrado”.
En 1789, la sociedad francesa inició un proceso revolucionario inspirado en las ideas de la Ilustración y derrocó a la monarquía absolutista.
A su vez, esta revolución tuvo una serie de consecuencias más amplias. Creó las condiciones necesarias en Europa para que las colonias americanas iniciaran sus propios procesos de independencia, también inspirados en las ideas de la Ilustración. Del mismo modo, inspiró la oleada de revoluciones liberales que atravesó Europa en el siglo XIX.
Las obras ilustradas eran leídas en las cortes reales, en salones literarios, en cafés y en bibliotecas privadas. Las lecturas colectivas y el debate generaron que las ideas de la ilustración alcanzaran a todos los sectores sociales (nobles, burgueses, artesanos e incluso campesinos que sabían leer).
Con la Ilustración, las diferentes ciencias y áreas de estudio quedaron conectadas entre sí como ramas del conocimiento de la realidad. Con el uso del método científico, se difundió la sistematización del estudio y creció la comunidad académica.
Se comenzó a cuestionar que solo la nobleza y el clero tuvieran acceso a la educación.
Se promovió la enseñanza como un derecho para todos los ciudadanos, especialmente en países como Francia, Prusia y Austria.
Se impulsaron las primeras políticas de educación pública y gratuita, aunque en muchos lugares seguía siendo limitada para las clases bajas.
Se pasó de una educación basada en la memorización y la repetición a un modelo centrado en la razón y la experiencia.
Se promovió el aprendizaje activo, donde los niños debían descubrir el conocimiento en lugar de solo recibirlo de manera pasiva.
Se introdujeron materias como ciencias, matemáticas, historia y filosofía, además de la tradicional enseñanza religiosa.
A fines del siglo XVII, diferentes autores y filósofos europeos promovieron la idea de que el pensamiento debía estar basado en el uso de la razón. Creían que a partir de la observación, la investigación y el pensamiento racional, era posible conocer “de manera clara” la realidad. En ese contexto, se comenzaron a usar los términos de “luz” y “oscuridad” para referirse a distintas concepciones del mundo.
Esta noción llevó a que, en los diferentes países europeos, el movimiento intelectual racionalista recibiera nombres que hacían referencia a la idea de “iluminar” o de “dar luz”. Illustration en Francia, Enlightment en Inglaterra, Iluminismo o Ilustración en España y Aufklärung en Alemania.
En contraposición, los sistemas de pensamiento que se basaban en ideas religiosas o en la noción de una verdad única e inmutable fueron vinculados con la noción de “oscuridad” u “oscurantismo”. De esta tradición nació la idea de que la Edad Media europea, regida por los valores cristianos de la Iglesia, fue una “época oscura”.
La Ilustración fue especialmente fuerte en Francia, donde sus exponentes adoptaron el nombre de “filósofos” (philosophes). Entre ellos destacaron algunos nombres como Voltaire, Montesquieu y Jean-Jacques Rousseau. También fue en Francia donde se publicó la Enciclopedia, una monumental obra compilada por Denis Diderot y Jean le Rond D’Alembert que contenía textos sobre diversos temas escritos por filósofos ilustrados.
En Gran Bretaña y sus colonias americanas se destacaron pensadores como David Hume, Adam Smith y Thomas Jefferson, y se suele reconocer a John Locke como un precursor. En Alemania, fue muy influyente Immanuel Kant, y en Italia, Cesare Beccaria.
En España fue muy relevante el pensamiento de Gaspar Melchor de Jovellanos, pero tuvieron más influencia política los exponentes del despotismo ilustrado, como el conde de Campomanes. Sin embargo, a los territorios españoles en América llegaron ideas ilustradas de diversos países, y junto a los episodios revolucionarios en Europa y Estados Unidos, influyeron en los posteriores procesos de independencia.
Las principales ideas políticas de los ilustrados se desarrollaron en torno al origen del gobierno y la autoridad.
En relación con lo político, el pensamiento ilustrado sostenía que la fuente del poder residía en el pueblo (a esto se lo llama “soberanía popular”), y que este, a través de un contrato, lo delegaba en una autoridad que hiciera cumplir las leyes. Esta corriente de la ilustración política es conocida como “contractualismo”.
En relación con la economía, el pensamiento ilustrado cuestionaba cuál era el origen de la riqueza. Algunos pensadores consideraban que la riqueza se basaba en la explotación de los recursos naturales, especialmente a través de la agricultura. Esta postura es conocida como “fisiocracia”.
Otros pensadores de la época sostenían que la economía tenía un orden natural regido por los principios de oferta y demanda, y que los gobiernos debían abstenerse de intervenir en él. Estas ideas fueron el origen del liberalismo económico.
Una idea clave de los pensadores ilustrados fue la creencia de que la existencia humana podía mejorarse a través del esfuerzo humano. Los avances de la ciencia y la tecnología (así como el pensamiento progresista en la filosofía política) significaban un mejor nivel de vida para todos.
Se abogó por reformas que redujeron las desigualdades sociales y disminuyeran el impacto de fenómenos negativos demasiado presentes como el hambre, la enfermedad y la pobreza. Los reformistas pedían un cambio real en la educación para que más jóvenes pudieran asistir a la escuela y convertirse en mejores ciudadanos mediante el desarrollo de su capacidad natural de razonar. De la misma manera que en la nueva política liberal había que dejar que los individuos buscarán su propia libertad y felicidad, se desarrolló la idea de la economía del laissez-faire, es decir, minimizar la interferencia del gobierno para dejar que la economía se desarrollara como dictaban los mercados. Así pues, las democracias liberales modernas se basan en la idea de la Ilustración de que algunas áreas de la vida no son asunto del Estado, una marcada diferencia con las sociedades de la Edad Media.
Además de las consecuencias generales de la Ilustración, es importante considerar otros efectos de carácter práctico. Según el especialista en la Ilustración, N. Hampson, existe el riesgo de estudiar este periodo solo desde una perspectiva intelectual, lo cual podría llevar a la conclusión de que «la Ilustración fue todo en general y nada en particular» (Cameron, 296). Entre las repercusiones prácticas destacadas se encuentran el fin de la persecución de herejes, la erradicación de la quema de brujas en la hoguera, la abolición de la servidumbre y la eliminación de la tortura en los procesos judiciales. Asimismo, surgieron movimientos significativos para poner fin a la esclavitud y a la pena de muerte. En algunos lugares, como en Francia, se formalizó la separación entre la Iglesia y el Estado. Además, se fundaron más universidades y bibliotecas, y se logró una mayor equidad en los sistemas electorales.
La Revolución Industrial inglesa (1760-1840) y sus homólogas en todo el mundo reflejaron los avances de la ciencia. Muchos pensadores ilustrados también previeron el lado oscuro del «progreso», como un individualismo desenfrenado opuesto al bien común y un desarrollo tecnológico controlado por minorías que alineaba a grandes grupos de personas y destruía el medio ambiente.
No solamente los intelectuales creían que podían forjar un futuro mejor: si bien las ideas elevadas de los intelectuales tardaron mucho tiempo en filtrarse a las clases bajas, acabaron llegando. La gente corriente de todas las clases comenzó a plantearse emprender acciones directas para mejorar su suerte en la vida y los sistemas políticos en los que vivían. Los dos ejemplos más claros de esta acción por un mundo mejor son la Revolución Francesa y la Guerra de la Independencia estadounidense. Los revolucionarios de ambos acontecimientos se inspiraron en las obras de los filósofos ilustrados y las citaron con frecuencia; sus documentos revolucionarios, como la Declaración de Derechos francesa y la Declaración de Independencia estadounidense, estaban repletos del lenguaje que utilizaban estos filósofos, como «derechos inalienables» y «búsqueda de la felicidad».
En algunos ámbitos, como las artes, hubo una reacción a la Ilustración y al nuevo dominio de la razón. Esta reacción se manifestó más claramente en el movimiento que llamamos Romanticismo (1775-1830), en el que, en la literatura y el arte, se hizo hincapié en nuevas formas y modos de expresión emocional y espontánea.
Otros críticos de la Ilustración lamentan sus resultados contradictorios, como un posible énfasis excesivo en los individuos y, sin embargo, también un Estado fuerte. Los críticos señalan el rechazo de las tradiciones culturales, la reducción del valor de la fe y las creencias religiosas, que el «progreso» económico, científico y tecnológico es, de hecho, solo una «regresión» en términos de nuestra humanidad, y que los filósofos eurocéntricos ignoraban lo que hace a los seres humanos diferentes en distintos lugares (o incluso en el mismo lugar). En resumen, se ha culpado a la Ilustración de todos los males de la modernidad, ya sea el Holocausto o la destrucción de la selva amazónica. Un argumento contra este tipo de ideas (argumento que ha sido usado por muchos historiadores) es que solo se pueden hacer críticas tan generales contra la Ilustración si se la considera como un conjunto de ideas totalmente homogéneo, algo que esperemos que este artículo desaconseje.
En pleno siglo XXI, los logros de la Ilustración, en particular la libertad de pensamiento y la tolerancia, siguen existiendo en muchos lugares, pero desde luego no en todas partes. Como señala el historiador H. Chisick, estas libertades no son inmunes a amenazas siempre presentes como el racismo, el extremismo político y el fanatismo religioso. Al parecer, los valores clave de la Ilustración no se adquieren una vez y para siempre. Más bien, deben ser apropiados por cada generación y cada cultura a su vez, o quedarán sumergidos y se perderán. (160)
Uno de los primeros textos de la Ilustración propiamente dicha fue Philosophiæ naturalis principia mathematica (también llamado simplemente «Principia»), de Isaac Newton (1642-1727), publicado en 1687. El libro de Newton es en muchos sentidos la culminación de la Revolución Científica, y presenta la visión de que el mundo que nos rodea puede ser comprendido, y la mejor herramienta para ello es la ciencia, en particular, las matemáticas. Con su descubrimiento de la fuerza de la gravedad (entre otras cosas), Newton demostró que el empirismo y la deducción eran los mejores métodos para aumentar el conocimiento, lo que llevó a filósofos a adoptar este enfoque en sus propios trabajos. Newton también demostró que había armonía y orden en la naturaleza, algo que los filósofos trataban de recrear en la sociedad humana.
El filósofo francés Montesquieu (1689-1757) se preocupó sobre todo por evitar el gobierno autoritario. Yendo más allá que Locke, investigó la historia de la política (básicamente inventó la politología) y articuló la famosa separación de poderes entre ejecutivo, legislativo y judicial. Fue otro pensador que abogó por la protección de la libertad individual mediante leyes, la no interferencia del gobierno y la tolerancia. Para dar una idea de la batalla contra el sistema establecido a la que tuvieron que enfrentarse muchos pensadores ilustrados, el libro de Montesquieu El espíritu de las leyes fue incluido en el Índice de Libros Prohibidos de la Iglesia Católica en 1751.
El escritor francés Voltaire (1694-1778) «representó la Ilustración para sus contemporáneos más que ningún otro» (Chisick, 430). Menos filósofo original y más destructor de las viejas actitudes, Voltaire criticaba el poder de la Iglesia católica, pedía más libertad individual y tolerancia religiosa, y defendía nuestro poder de la razón y nuestra capacidad innata para el comportamiento moral. Voltaire también criticó a los filósofos por no aportar soluciones prácticas a los problemas de la sociedad.
David Hume (1711-1776) fue un filósofo escocés que presentó una visión positiva de la naturaleza humana (todos poseemos una capacidad de simpatía y un sentido moral natural), pero una visión escéptica de la utilidad de la religión. Hume creía que el conocimiento procede únicamente de la experiencia y la observación, pero también reconocía que hay cosas que nunca podremos saber, como por ejemplo, ¿por qué existe el mal en el mundo? Hume amplió la noción de razón para incluir la emoción.
El pensador suizo Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) contribuyó con su mezcla de Hobbes y Locke al afirmar que los seres humanos en estado de naturaleza son libres, iguales y tienen dos instintos básicos: el sentido de la autoconservación y la compasión por los demás. Las personas deben reunirse en una comunidad basada en el consentimiento y con el objetivo de que esa sociedad sea el bien común. Para Rousseau, la voluntad general es un compromiso en el que los individuos sacrifican la libertad total para alcanzar la siguiente mejor opción: una restricción de la libertad para evitar una situación de ausencia total de libertad. Sea cual sea la voluntad general, es la correcta. Rousseau reconoce la necesidad de un sistema de leyes y de un gobierno fuerte para guiar la voluntad general del pueblo cuando esta voluntad pueda equivocarse inadvertidamente y para proteger la propiedad (una desafortunada creación de la sociedad, según él). A Rousseau también le preocupaba librar a la sociedad de sus evidentes desigualdades e injusticias haciendo que el Estado animara a sus ciudadanos, a través de la educación, a adoptar un enfoque menos egoísta de la vida en comunidad.
El pensamiento del francés Denis Diderot (1713-1784) puede resumirse como una creencia humanista en la autonomía individual y en el uso positivo de argumentos y métodos modernos, no religiosos y, a ser posible, científicos, para cuestionar el conocimiento ancestral basado únicamente en la fe y la superstición. Diderot fue editor de la Enciclopedia, de varios volúmenes, a menudo descrita como la «Biblia de la Ilustración» y resumida por N. Hampson como «una antología de opiniones «ilustradas» sobre política, filosofía y religión» (86). Diderot pasó tiempo asesorando tanto a Catalina la Grande (emperatriz regente de Rusia, 1762-1796) como a Federico el Grande en Prusia (1712-1786), ejemplos de los llamados «déspotas ilustrados».
El filósofo alemán Immanuel Kant (1724-1804) cuestionó el predominio del empirismo y el racionalismo en el pensamiento de la Ilustración, ya que creía que algunos conocimientos debían ser independientes de las sensaciones, y puso como ejemplo nuestros conceptos de espacio y tiempo. Estas cosas son conocimiento a priori, cosas sobre las que podemos pensar sin experimentarlas nunca directamente. En consecuencia, Kant desplazó el centro de atención de la filosofía hacia el examen de conceptos y categorías generales. En ética, Kant afirmó que el valor moral procede de las intenciones de una persona y no de los resultados de sus acciones, que pueden ser accidentales. Las buenas acciones surgen de seguir reglas sin excepciones como «nunca digas mentiras», lo que él llamó imperativos categóricos. Kant también hizo hincapié en la necesidad de la tolerancia, la educación y la cooperación entre las naciones.
Edmund Burke (1729-1797) afirmaba que cualquier nación y sus instituciones, incluidas las religiosas, eran producto de una rica y larga historia, por lo que una generación en particular no debería deshacerse sin más de esos guardianes de nuestra seguridad y libertad probados por el tiempo. Burke también pensaba que la intuición y la imaginación eran herramientas tan importantes como la razón para comprender nuestro mundo.
Thomas Paine (1737-1809), en su panfleto El sentido común hizo un famoso llamamiento a las colonias norteamericanas para que se rebelaran contra el dominio británico. Paine denunciaba la esclavitud, se oponía a cualquier forma de privilegio, creía que todos los hombres eran iguales y debían tener derecho al voto, y abogaba por un sistema de impuestos progresivos que pudiera financiar una sociedad más justa.
Aquí hemos considerado solo diez pensadores ilustrados. Hubo, por supuesto, muchos más, pero desgraciadamente las limitaciones de espacio impiden mencionarlos.
La tendencia a aplicar el pensamiento ilustrado a los problemas prácticos cotidianos tuvo continuidad. Cesare Beccaria (1738-1794) abogó por la reforma penitenciaria y el fin de los castigos excesivos a los delincuentes. Mary Wollstonecraft (1759-1797) reclamó la igualdad de oportunidades educativas para hombres y mujeres y subrayó los beneficios que reportaría a la sociedad la mejora de la situación de la mujer. Jeremy Bentham (1748-1832) ofreció una forma de medir el éxito de las nuevas leyes con su utilitarismo y su «principio de la mayor felicidad del mayor número». Pensar en un mundo mejor había sido la prioridad de la Ilustración, pero a medida que avanzaba el siglo XVIII, construirlo se convirtió en la nueva prioridad.
Durante el Siglo de las Luces, diferentes reyes tomaron algunas de las ideas ilustradas e introdujeron reformas en la administración de sus reinos. Estas reformas invocaban criterios racionales y las ideas de progreso y bienestar del pueblo. Sin embargo, no modificaban la concentración del poder en los monarcas. Por esa razón, este movimiento político es conocido como “despotismo ilustrado”.
El despotismo ilustrado, también conocido como absolutismo ilustrado, fue un modo de gobierno característico de algunas monarquías europeas de la segunda mitad del siglo XVIII. Se trataba de monarquías absolutas en las que el poder político estaba concentrado en el rey, que gobernaba con el consejo de algunos ministros. Pero, a diferencia del absolutismo clásico, el despotismo ilustrado incorporaba el principio de que el uso de la razón debía guiar las decisiones políticas.
El término “despotismo ilustrado” fue empleado por primera vez por historiadores alemanes en el siglo XIX para destacar el intento de estas monarquías por conciliar el absolutismo político con las ideas ilustradas. El monarca, instruido en estas ideas o aconsejado por ministros o pensadores ilustrados, manifestaba una sensibilidad discursiva hacia las necesidades del pueblo e implementaba reformas basadas en la idea de progreso, aunque el poder político seguía concentrado de modo absoluto.
La frase que representó al despotismo ilustrado fue “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”, que significaba que el gobierno ejecutaba medidas para el pueblo, pero las decisiones eran tomadas sin la intervención del pueblo. Este principio se oponía a las ideas de muchos filósofos ilustrados que proponían modelos constitucionales de gobierno o formulaban la idea de que el pueblo era soberano y debía gobernarse a sí mismo.
Algunos ejemplos representativos del despotismo ilustrado fueron las monarquías de Federico II de Prusia (1740-1786), Carlos III de España (1759-1788), Catalina II de Rusia (1762-1796), Gustavo III de Suecia (1771-1792), o María Teresa (1740-1780) y José II (1780-1790) de Austria.
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JONATHAN MOISÉS FUEGOS RODRIGUEZ
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MERARI BEATRIZ RAMÍREZ PERÉZ
RP24033.
FROILÁN ANTONIO ZAVALETA CASTILLO
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FACULTAD DE CIENCIA Y HUMANIDADES
DEPARTAMENTO DE LETRAS
PROFESORADO EN LENGUAJE Y LITERATURA PARA EDUCACIÓN BASICA Y MEDIA