Un paseo por sus calles
Además de sus historias de Museos y lugares de interés, San Ángel se distingue por sus calles, las que conservan el aire pintoresco de antaño, su empedrado y las historias
y leyendas que encierra cada una de sus casas. Caminando por la calle de Juárez y pasando la Iglesia de San Jacinto, llegamos a la Plaza de los Licenciados, (ahora
llamada Plaza de los Cielos) entonces llamada así porque en sus alrededores vivían varios abogados entre ellos el célebre y reconocido Licenciado Rafael Martínez de la
Torre uno de los defensores de Maximiliano, en 1867, junto al Licenciado Mariano Riva Palacio, protector y férreo defensor por la no expulsión del país, de las Hermanas
de la Caridad. Cuentan que por ese mismo jardín deambulaba el espíritu de un fraile, al que se le veía flotando sobre el suelo, ya que no se le veían pies, según testimonio
de los abuelos originarios de la zona.
Como parte de la plaza se observa una hermosa casona del siglo XIX, entonces habitada por el Contador y político Luis Montes de Oca, Controlador General de la Nación
en la época de Plutarco Elías Calles y Secretario de Hacienda. La fachada de la casa contemplan el ordenado jardín, cuyo imponente portón perteneció a la capilla del
Hospital Real de Naturales, en donde eran atendidos los indígenas de la Nueva España, y que se ubicaba en la calle de San Juan de Letrán, derrumbado en 1931. El portón
fue rescatado por el arquitecto Vicente Mendiola quien la colocó en esta casona en 1934. Los lugareños decían que en esa casa se había encontrado un gran tesoro
escondido.
Frente a la plaza de Los Licenciados, vemos una impresionante construcción estilo europeo, La Villa de Rosas, que fuera propiedad de la señora Roux, quien también era
propietaria de los terrenos del actual Restaurante San Angel Inn.
Escondiendo la enorme residencia, entre sus bien cuidados jardines, paredes y ventanas, las historias de los vecinos originarios, como la de que fue en un tiempo casa de
reposo para algunos miembros de las familias pudientes de la ciudad, hasta donde llegaban a dejar a sus enfermos de Alzheimer o demencia senil, o algún otro trastorno
con el que no podían lidiar, mientras que para los amigos y la sociedad les decían que estaban de viaje.
La mayoría de la gente conocía la propiedad como el manicomio, y dicen que dentro de sus muros se escuchaba que arrastraban cadenas y otras veces el canto incesante
de una mujer que pregonaba “Mi padre Carranza, me rasca la panza”. También cuentan que alguna que otra vez algún huésped confuso salió corriendo, tal vez en busca de
más tranquilidad. Actualmente es casa habitación, y ha sido habitada por influyentes personajes de la política mexicana.
Cruzando la calle del árbol, cambia el nombre de Juárez a Hidalgo y la calle del Árbol se convierte en Reyna, donde haciendo esquina con Hidalgo, vemos la Casa de los
Marqueses de Selva Nevada, titulo otorgado por Carlos III en 1977 a Don Manuel Rodríguez de Pinillos y López Monteros y a su esposa Antonia Gómez Rodríguez de
Pedroso. El marqués ya ostentaba el título de Vizconde de San Miguel y eran una de las familias más acaudaladas de la Nueva España, cuyas propiedades se extendían
hasta Puebla y sus alrededores. Igualmente dicen que en esa casa vivió un rico judío que tenía quince esposas, que lucían sus encantos en la alberca de la casa hasta
donde los chiquillos se asomaban a ver el entonces, pecaminoso y escandaloso espectáculo.
Sobre la calle del árbol y haciendo esquina con Hidalgo una antigua construcción, que ha sufrido varias remodelaciones se distingue. Ahí vivieron unas conocidas señoritas
Chuty, quienes eran las que entregaban premios a los niños que acudían al catecismo en San Jacinto. A los niños que tenían recursos les entregaban bolsas con dulces, y a
los más pobres, zapatos y cortes de tela.
En la calle de Reyna esquina con la calle Aureliano Rivera una antigua propiedad era temida por los niños que acudían a la escuela, aledaña a la propiedad, ya que se dice
fue propiedad de dos hermanas a las que les apodaban “las zopilotas” apodo que recibieron por su apariencia, ya que siempre vestían de negro y al parecer no
acostumbraban el baño, por lo que cubrían la suciedad con grandes cantidades de polvos que les daba una apariencia hasta cierto punto grotesca. Estas mismas mujeres
eran propietarias de grandes huertas en el vecino pueblo de Tizapán, donde se cultivaban flores y frutos que vendían por el rumbo.
En la misma calle de Reyna, al fondo de la calle podemos ver una fachada en la que sobresale una hermosa cruz labrada en piedra. Se dice que esta era una de las entradas
de la Hacienda “El Zacatito”, enorme extensión de tierra que llegaba a Mixcoac, hasta donde ahora se encuentra el Colegio Simón Bolívar cuyo terreno fue donado por
Felipe Martel, mexicano de origen francés, cuya familia era también dueña de la Hacienda La Torre, que abastecía de leche a la ciudad de México. Desafortunadamente la casa es ahora famosa porque fue rentada por narcos, ocasionando un escándalo en el momento de su detención.
Regresando por Reyna y subiendo por Hidalgo llegamos a una hermosa casona del siglo XVII conocida como la Casa Blanca que fuera de los Condes de Oploca, título
otorgado a Don Diego de Arce y Chacón, quien fuera Alcalde Ordinario de México en 1721. La casa está considerada como una de las más antiguas de la zona y con
el huerto más grande, después del Convento del Carmen, por lo que no era extraño que en ocasiones vendieran los frutos que cosechaban. Se cuenta que era todo un
espectáculo cuando los arrieros salían a pastar el ganado, ya que primero salían arriando enormes toros con lustrosos aros en la nariz, que sembraban el pánico de los
vecinos que arriesgados se atravesaban a su acelerado paso; después salía una gran cantidad de vacas que eran azuzadas por los caballerangos que las llevaban hasta los
terrenos del pedregal donde se daban gusto comiendo de los ricos pastos.
La casa también sirvió de cuartel de las tropas norteamericanas en 1847, durante la invasión de los Estados Unidos, y en 1863, durante la intervención francesa. Alberga
además una de las leyendas que mas atemorizaba a los habitantes de la zona por lo que evitaban pasar por ahí de noche, ya que podía sorprendernos el difunto
enamorado de Doña Giomar. La joven hija de uno de los ilustres habitantes, quien recibió la promesa de casarse con su amado que se fue de viaje. Dicen que la joven
mientras esperaba a su amado, enfermó gravemente y murió. Cuando su prometido regreso, fue al balcón donde acostumbraba encontrarse con ella y las vio sentada
esperando, solo que cuando esta volteo a verlo era un esqueleto. El enamorado murió por la impresión y se dice que hasta la fecha se le puede ver que viene a buscar a su
amada.
Imagen INAH
Si se es aventurero puede seguir caminando por la calle de Hidalgo y a unas dos casas llegar al callejón de los Licenciados. Siguiendo el camino empedrado y rodeado de
señoriales residencias, habitadas ahora por numerosos políticos, llegamos a la calle de Leandro Valle, la que nos lleva hasta el reconocido restaurante San Ángel Inn.
Antigua hacienda que data de 1692 y en cuyo casco hoy se encuentra el restaurante. La antigua hacienda en un principio se llamaba Santa Ana, y se dice que fueron los
monjes Carmelitas quienes iniciaron su construcción como convento, aunque según registros la concesión de las tierras fueron otorgadas por Carlos III a Domingo Ruíz
de Tagle, Marqués de Sierra Nevada. Se dice que era el punto de reunión de la aristocracia de la época virreinal y sitio de recreo de virreyes. De 1782 a 1847 vivió Don
Francisco Manuel Sánchez de Tagle, descendiente de los Marqueses de Altamira. Poeta, político y simpatizante con el movimiento independentista. Tiempo después fue
un centro productor de pulque hasta que en 1906 fueron compradas las más de 40 hectáreas, que comprendían la hacienda por la empresa San Ángel Land Co., que la
fracciono y construyo villas y quintas de descanso, además del restaurante que es considerado como uno de los más antiguos de la ciudad.