El coche descubierto avanza despacio, precedido por una escolta a caballo. Dentro, un hombre vestido de almirante sonríe y saluda a la gran multitud que cubre las aceras y le aclama. Junto a él un anciano con barbita y lentes parece satisfecho. De pronto hay un revuelo, se ve a un oficial a caballo que descarga sablazos sobre alguien junto al automóvil. Esa persona es arrastrada por el suelo. El almirante yace, yerto, sobre los asientos del coche. Una mano sostiene una pistola automática máuser M-96.Hemos visto el primer asesinato histórico recogido por el cine, el de Alejandro I de Yugoslavia en Francia. Después de que la tele retransmitiese en directo el 11-S, el avión que se estrellaba contra las Torres Gemelas, nuestro morbo está hoy curado de espantos, pero esa posibilidad de que millones de personas vean la acción de un asesino que cambia el curso de la Historia, y con ello sus propias vidas, comenzó allí, en Marsella, el 9 de octubre de 1934. Ese día era martes, lo que disgustó al rey yugoslavo. Alejandro era supersticioso y tres miembros de su familia habían fallecido en martes, pero aceptó la agenda fijada por Francia porque ya había forzado al Gobierno de París al organizar su viaje. Le desaconsejaron que llegase por Marsella, “una ciudad tan violenta como Chicago”, pero él quería llegar por mar, en el buque insignia de su flota, para mostrar que Yugoslavia era una potencia mediterránea, con una marina que había que tomar en cuenta.
Alejandro Karageorvich tenía 45 años que no habían sido precisamente tranquilos. No estaba destinado a reinar, porque era el segundón del rey Pedro I de Serbia, pero su hermano mayor, Jorge, estaba prácticamente loco. En un arrebato de ira mató a patadas a un criado y fue incapacitado en 1909. Alejandro se convirtió en el heredero. Inmediatamente tuvo que participar en dos guerras balcánicas. Su padre, enfermo, decidió pasarle el poder en vida, y le nombró regente el 24 de junio de 1914. Cuatro días después, un extremista serbio asesinaba al heredero de Austria en Sarajevo, y Austria invadió Serbia, dando inicio a la Primera Guerra Mundial.
-¡Menudo estreno del poder de Alejandro!. Alemania y Austria perdieron la guerra y la pequeña Serbia, que había estado en el origen del conflicto, recogió los despojos.
En 1921, cuando a la muerte de su padre subió al trono, Alejandro llevaba el título de rey de los serbios, los croatas y los eslovenos. El largo título reflejaba la complejidad de aquel Estado. La incorporación de los antiguos territorios austriacos de Croacia y Eslovenia era un regalo envenenado, pues si bien había un movimiento que pretendía la unificación de “los eslavos del sur”, también existían fuerzas centrífugas, independentistas. Los problemas con los croatas, sobre todo, crearon una situación de inestabilidad que Alejandro resolvió por las bravas.
En 1929 abolió la Constitución y asumió poderes dictatoriales. Luego adoptó un nuevo título, rey de Yugoslavia. Se inventó un país, como si el nombre único pudiese unir también a la gente.
En nuestros días hemos visto el fracaso de la idea yugoslava, con la última guerra balcánica y la desaparición de Yugoslavia.
En 1934, en Marsella, Alejandro iba a comprobar ese fracaso en propia carne, con dos balazos mortales de necesidad. La república francesa acogió al rey dictador con los brazos abiertos porque existía una alianza histórica entre Francia y Serbia. Al fin y al cabo, en 1914 Francia se había metido en la guerra que más muertos le ha costado por defender al pequeño reino serbio de Alejandro. Pero las simpatías que los franceses demostraron en su bienvenida en Marsella, como se puede ver en la película, iban parejas al odio sarraceno que sentían por él muchos de sus súbditos. Uno de ellos le estaba esperando en el puerto francés. Se llamaba de varias maneras, como correspondía a uno de los terroristas más peligrosos del momento: Vlado Chernozemski, Velichko Dimitrov Kerin... se ha dicho que era croata, búlgaro, macedonio... Lo cierto es que pertenecía a una organización nacionalista que pretendía la independencia de la Macedonia yugoslava, y que su ficha era escalofriante.
En aquella época no había realmente servicios de seguridad y a Chernozemski no le fue difícil llegar hasta el coche de Alejandro, que rodaba despacio, subirse al estribo y dispararle con su M-96. Era una pistola automática diseñada en 1896 por el ingeniero alemán Máuser, un arma legendaria, voluminosa, pesada, pero de una efectividad letal. Esos disparos provocaron un pandemónium. El chófer forcejeó con el terrorista, el oficial de la escolta a caballo se puso a dar sablazos, un policía sujetó al asesino y recibió un tiro, otros policías dispararon sus armas. Aún desde el suelo, herido de sable y bala, Chernozemski le metió cuatro tiros a un general francés. Entonces fue pateado por policías y espectadores; matando, murió. El ministro francés que acompañaba al rey también había muerto, por un disparo de la policía. El automóvil arrancó a toda velocidad, con Alejandro tumbado en los asientos, siguiendo el itinerario oficial hacia la Prefectura. La multitud que cubría el recorrido y no sabía que había pasado, todavía gritaba ¡Viva el rey!. Pero el rey ya estaba muerto. El médico que le examinó en Prefectura dictaminó: “Toda vida ha cesado”. Tenía una bala en el hígado y otra en el corazón, fulminantemente mortal de necesidad.