Historia
Nuestra parroquia de San Felipe de Jesús se encuentra dentro de la ahora llamada colonia del Seminario, la cual nació en los terrenos ejidales del pueblo de San Buenaventura, en torno a la hacienda de la Garcesa, que se había convertido ya para entonces en la sede del también naciente Seminario Conciliar de Toluca. El señor Jesús Esquivel Monroy, en el año 1967 había cedido al Excmo. Sr. Obispo Mons. Arturo Vélez Martínez, primer obispo de nuestra diócesis, un terreno ejidal dedicado a la siembra de maíz, con el objeto de edificar ahí un templo. La superficie de dicho terreno era ochocientos cincuenta y nueve metros cuadrados y sesenta centímetros. En este terreno está asentada actualmente nuestra parroquia.
En la segunda mitad del año 1968, quien fuera en ese momento el segundo vicerrector del Seminario, el padre Pablo Guadarrama, inició el cuidado pastoral de este territorio, que para este entonces aún no tenía un nombre, realizando los días domingos las primeras celebraciones eucarísticas, tanto en esta colonia, como en el territorio de lo que actualmente es la parroquia de la Divina Providencia. El territorio carecía de toda urbanización; sólo se le reconocía a la región como “la Garcesa”, y existían solamente unas cuantas casas bastante dispersas unas de otras. El ahora llamado paseo Tollocan, en el tramo que recorre nuestro territorio, era tan sólo un llano, al que se le consideraba como prolongación de circunvalación norte (actualmente paseo Matlazincas), por lo que se le llamaba circunvalación sur. Desafortunadamente el padre Pablo murió en enero del año 1969, en un fatal accidente automovilístico, por lo que no fue posible que él pudiera continuar el trabajo que había iniciado.
El 23 de noviembre de 1969, el padre José Fernández reanudó la celebración de la eucaristía dominical en el terreno que había sido cedido al señor obispo Vélez, para lo que se improvisó un pequeño tejaban con láminas de cartón, se construyó un altar de cemento, y se utilizaban unos pedazos de alfombra. El padre José formó el primer grupo de jóvenes, con el apoyo de varios seminaristas, a fin de que se incorporaran a los trabajos a favor de la comunidad que iba naciendo. Con ellos se formó la primera mesa directiva “pro construcción” del templo. Quedó como presidente el padre José Fernández; se nombró una secretaria, una tesorera y dos vocales. De este grupo de jóvenes surgieron los primeros y las primeras catequistas. Se formó también un coro, quien era apoyado y catequizado por un grupo de seminaristas. Como anécdota cabe recordar que el padre José recorría las veredas de este territorio en un Volks Wagen blanco, y con un altavoz invitaba a todos a asistir a la misa, diciendo: “¡señoras dejen sus quehaceres, vamos a la santa misa! que es día del Señor. ¡Señores, dejen la cervecita, vamos a la santa misa! ¡Dejen todo lo que están haciendo! que es más importante ir a la santa misa.
Se iniciaron unas, así llamadas, “juntas de vecinos”, que se celebraban los días domingos, ya fuera en el terreno destinado a la construcción del templo, o en algunas casas. Dentro de estas juntas, el padre José propuso que se le pusiera al territorio el nombre de colonia Seminario, argumentando su cercanía con el Seminario Conciliar de Toluca, a lo cual asintieron todos los vecinos. Fue así que empezó a dársele este nombre a la colonia. Un grupo de personas comenzó a trabajar en pro de la construcción del templo, que, en este entonces, se le conocía como templo del Seminario, y se le consideraba como parte del territorio perteneciente a la actual parroquia de la Divina Providencia. Se realizaron reuniones para organizar los trabajos, y se llevaron a cabo algunos eventos con el objeto de reunir fondos para la construcción. Se organizaron Kermeses, y colectas domiciliares los domingos, después de misa, para lo que se hicieron recibos. Lo colectado era entregado al padre José, en el Seminario, y se apuntaba en el libro de ingresos y egresos.
En otra reunión de la “junta de vecinos”, el padre José preguntó a la asamblea acerca de quien querían que fuera el patrono del templo, quedando como propuesta la “Santísima Trinidad”. El padre ofreció que lo comentaría con el señor obispo. Días después informó que no sería posible poner como patrona del templo a la “Santísima Trinidad” debido a que un templo cercano llevaría ya como titular a la misma; es decir, nos estamos refiriendo a la parroquia de la Divina providencia. En esa misma reunión, el padre José propuso como patrono del templo a San Felipe de Jesús, argumentando que era el primer santo mexicano, que no había ningún templo dedicado a él, y que, estando tan cerca del Seminario Conciliar, se podría tomar el mismo santo patrono de esta Institución. La gente asintió y, desde entonces, se consideró a San Felipe como el Santo patrono de nuestra parroquia. Los acuerdos sostenidos en las asambleas quedaron asentados en el libro de actas que llevaba la secretaria. En este tiempo se comunicó, también, el deseo del señor obispo de establecer una parroquia dentro de este territorio, lo cual llenó de júbilo y entusiasmo a la comunidad.
Posteriormente fue confiada nuestra comunidad al cuidado pastoral del Seminario Conciliar, por lo que desde 1975 hasta la segunda mitad de los años ochenta, vinieron sacerdotes de ahí a prestar su servicio a la comunidad. El padre Ignacio Peña, estando en el Seminario Conciliar, fue encargado como capellán, y el 5 de agosto de 1975, el arquitecto Víctor Manuel Romero Monroy y el ingeniero Emilio Morán presentaron el plano para la construcción del templo. Se puso como encargado de la obra al padre Gerardo García. Se iniciaron los trabajos pertinentes para hacer las zapatas, con faenas realizadas los días domingos, en las cuales participaban sobre todo mujeres y niños, y tan sólo algunos adultos. Apoyaron también en estos trabajos un grupo de jóvenes de la Acción Católica venidos del centro de la ciudad. El 8 de febrero de 1976, el señor obispo don Arturo Vélez Martínez colocó la primera piedra de la construcción, y se inició la obra en forma el 24 de julio de 1976.
Los sacerdotes que atendieron en ese entonces a la naciente comunidad fueron: Monseñor Felipe Arizmendi, actual obispo de San Cristóbal, las Casas, en el Estado de Chiapas. Se inició en este tiempo la construcción de la capilla del señor de la Redención. Prosiguió monseñor Miguel Giles Vázquez, quien fuera obispo de Ciudad Altamirano hasta antes de su muerte; el padre Juan Quiroz Becerril, monseñor Guillermo Fernández Orozco, y el padre Jaime Vilchis Guerrero. Este último continuó el trabajo pastoral y realizó algunos pequeños avances en la construcción. Con él se llevó a cabo la bendición de las columnas. Por este tiempo se tuvieron que suspender las labores de la construcción por falta de recursos, reiniciándose hasta junio de 1982. En el año de 1984, nuestro segundo obispo, Monseñor Alfredo Torres Romero, realizó la primera y única visita pastoral a nuestra comunidad. El primer párroco de nuestra comunidad fue el padre Felipe Hernández Franco, el cual estuvo ya de tiempo completo en la comunidad. Con él se organizaron un poco más en forma los trabajos pastorales y se continuaron los trabajos de construcción.
Fue el padre Fernando Olascoaga Ayala quien dio mayor forma al trabajo pastoral de la parroquia y concluyó los trabajos de construcción del templo parroquial. En el tiempo en que él desempeñó su ministerio pastoral en nuestra parroquia, se construyeron las oficinas parroquiales y la casa parroquial. Se terminó de construir la capilla dedicada al Señor de la Redención, y las instalaciones de dicha capilla. Se recibió como donación del Seminario Diocesano un terreno en el que se inició la construcción de las instalaciones de lo que ahora es el templo del beato Miguel Agustín Pro, y se adquirió la primera parte del terreno donde ahora se está construyendo el templo de San Juan Diego. Fue su labor una acción que ha dejado huella dentro de nuestra parroquia, donde muchos le recuerdan aún con mucho cariño.
Enseguida estuvo entre nosotros el padre Armando Ruiz Martínez, quien se propuso imprimir su estilo propio al trabajo pastoral, además de continuar con el trabajo que había heredado del padre Fernando. Su estado de salud hizo que pronto tuviera que abandonar nuestra comunidad. Después llegó el padre Rey Arturo García, quien trató de infundir un nuevo dinamismo a la acción pastoral, y logró incorporar en esta acción a muchas personas congregadas en torno a las capillas del beato Miguel Agustín Pro y San Juan Diego, impulsando aún más las construcciones de estas capillas. Le siguió al padre Rey Arturo, el padre Luis Enrique Maya Puebla, quien supo sostener el trabajo pastoral impulsado por el padre Rey Arturo, y trató de llevar adelante a nuestra parroquia con su sencillez y sensibilidad espiritual. Finalmente, yo, el padre Santiago Ruiz Maya, le agradezco a Dios que me dé la oportunidad de estar entre ustedes para poder caminar juntos, compartiendo nuestra fe, tratando de trabajar por establecer el reino de Dios entre nosotros.