Queridos amigos:
Sin quererlo ni pretenderlo, hemos entrado de pleno en el verano’20 que, por lo que ya intuíamos, va a ser muy distinto al de cualquier otro verano. Ahora quizá cabría decir aquello de que "cualquier tiempo pasado fue mejor" y, aunque sus inmediatos predecesores tampoco es que fueran nada del otro jueves, de éste ya me daría con un canto en los dientes si fuera como aquéllos... Estamos viviendo con miedo y el miedo es mal consejero. Hacer las cosas con o por miedo, no es humano ni bue no, pues -aunque para algunos tiene algo de positivo (como admite el viejo refrán que dice: "el miedo guarda la viña"), vivir cohibido no es vivir. Yo también tengo mis miedos, pero suelo plantarles cara y -si es el caso- vencerlos, poniéndolos bajo llave y echando ésta y todo el llavero al 'pozo de los deseos'.
Ya señaló Freud que los fantasmas que nos angustian en nuestros sueños y extravíos son imaginarios, pero que el miedo que infunden es real... aunque tenemos a mano una receta y una fórmula infalible para neutralizarlos: sólo hemos de tirar de la sábana con la que el fantasma se envuelve para darnos cuenta de que, tras ella, no hay nada pues "la nada, nada es" y "nada surge de la nada". ¿Y el miedo, tampoco existe? Ese "miedo que da miedo del miedo que da" -aunque es más subjetivo que objetivo y sólo se da en algunos seres vivos evolucionados y en el ser humano- es real, personal ¡y muy contagioso!
En este tiempo en que un virus microscópico ha hecho que salten todas las alarmas y en el que el miedo se ha apoderado de muchos de nosotros, los cristianos no podemos olvidar estas conso ladoras palabras de Jesús que revelan su gracia, delicadeza y amor por nosotros: "No tengáis miedo", con las que en el evangelio anima tantas veces a sus discípulos con expresiones llenas de ternura, cariño y predilección, como éstas con las que alecciona a los suyos: "No temas, pequeño rebaño, por- que vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni la polilla los roe... porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón" (Lc 12, 32).
También los apóstoles supieron lo que es el miedo, incluso después de la Resurrección del Señor. San Lucas no ignora ese temor; de hecho, cuando el día de Pentecostés el Espíritu Santo desciende sobre los apóstoles y María, los sorprende juntos y recluidos en una sala, con las puertas atrancadas ¡por miedo a los judíos! Y fue la presencia y la acción del Espíritu Santo, la que trocó su temor en valor, audacia y dinamismo. Nosotros no somos mejores que ellos, por eso también tenemos miedo, como aquél que cantaba la 'tonadillera', prematuramente desaparecida, Rocío Jurado: "Miedo, tengo miedo, / miedo de quererte. // Miedo, tengo miedo, / miedo de perderte. // Sueño noche y día /que sin ti me quedo. / Tengo, vida mía, / miedo, mucho miedo…". Y también, como si presintiera su próxima partida: "Aunque me voy, no me voy / Y aunque me voy, no me ausento".
Cada uno de nosotros tiene sus propios miedos, que disimulamos todo lo que podemos y que nos acompañan siempre: de ellos podemos decir lo que refería Raphael en aquella canción suya del trabajo (sustituyendo 'trabajo' por 'miedo': "El miedo nace con la persona / va grabado sobre su piel / y ya siempre le acompaña / como el amigo (¿o enemigo?) más fiel". ¿Quién no teme la soledad, la enfermedad, el desamor, cualquier suerte de desgracia y, en definitiva, a la muerte? Y ahora ¿quién no teme al "bicho", al "coronavirus" o, como dicen los entendidos (y/o los pedantes), al "Covid-19"?
Teníamos un mundo bastante bien 'apañadito' (unos mejor que nosotros y muchísimos de sus habitantes peor que nosotros). Nos quejábamos de él como los niños malcriados lo hacen de los padres y maestros y, como gran parte de esta sociedad que tiene la suerte de vivir en el 'primer mundo' y en un 'estado de derecho' en que los politólogos y economistas (que viene a ser uno y lo mismo) son -en gran parte- honestos, pues, aunque haya corruptos (o 'corrutos', como decía el ex-ministro Corcuera) siempre serán menos que allí donde 'pasan' de los Mandamientos y de los "Derechos Humanos". Todo iba más o menos como Dios quiere (es un decir...) y llega esta pandemia que amenaza muy en serio con cegar el futuro de naciones y continentes: gran parte de Asia, África entera y casi toda América Latina) ...y también a los pobres del 1er Primer Mundo... por eso éste es el tiempo de sacar lo mejor de nosotros, de ser y obrar 'en cristiano', de cuidar de los demás, de hacer que nuestras palabras siembren esperanza, de criticar menos y de rezar más por los políticos, que también necesitan nuestra oración..., pues todo esto podría alumbrar un cambio radical en muchas cosas que, si no es ahora -'con la que nos está cayendo'- puede que para muchos ya no llegue nunca... Cordialmente: Jovi, cura.
Queridos amigos:
"Ojos que no ven, corazón que no siente": Así debe ser, pues el que no solamente ve, sino que mira... se arriesga a descubrir situaciones, personas y realidades que no hubiera querido ver, ni saber, ni conocer... y que le pueden complicar la vida. También me parece una verdad como una casa (¿o el cura debería decir como un templo?) que, igual que los tres "monos sabios" o egoístas quizás: el que se cubre con la mano o pone una venda ante sus ojos para no ver la verdad de las cosas; el que cierra los oídos -y el corazón- para no escuchar a quien solicita su ayuda; y el que cierra el pico para no hablar más de la cuenta (cuanto menos, mejor...), pues sabe que "por la boca muere el pez" y también que "en boca cerrada no entran moscas". Pero esos simios tienen muy poco o quizá nada de sabios, porque desentenderse de la realidad no es sabiduría sino egoísmo, cobardía y negligencia... (Y, a propósito: ¿alguien sabe por qué se les llama "mono-sabios" a los que en los festejos taurinos ayudan al picador a montar y desmontar del caballo, le dan la vara con la puya en el momento en que éste ha de salir y ponen de nuevo en pie a la caballería si ésta cae en la arena tras ser embestida por el morlaco?).
A veces -sólo a veces- éste su seguro servidor, preferiría no estar tan al tanto de tantas cosas... No ver, ni escuchar, ni sentir, ni saber, ni pensar (como aquellos tres monos que no sé por qué se les considera "sabios", cuando en realidad son ciegos, sordos y mudos), no deja de ser una tentación en algunos momentos. En una novela de Humberto Eco que, cuando la leí por primera vez por los años 80 del siglo pasado me pareció -y me sigue pareciendo- imprescindible: "El nombre de la Rosa", un culto y baqueteado franciscano -Fr. Guillermo de Baskerville- (personaje inspirado en el gran filósofo -también franciscano- Guillermo de Ockham) le dice a su pupilo Adso de Melk -quien se halla fascinado por los encantos de una joven aldeana, quizá la única mujer que había tratado fuera del círculo familiar: "¡Qué pacífica sería la vida sin amor, Adso; Qué segura, qué tranquila... ¡y qué aburrida!". Pero -gracias a Dios- un Padre que no sólo ama cuanto creó (y, aún más, a quienes, en la persona de Jesucristo su Hijo, nos "amó hasta el extremo"), sino que Él es ¡el Amor mismo! (1Jn 4, 8), ha querido compartir con el ser humano, creado a su imagen y semejanza, su infinita capacidad de amar. No entro aquí en el absurdo debate de si los animales aman, pues no es ése el tema, sino que el hombre, único ser creado capaz de amar, no ama como debiera o como Dios quiere, según el Mandamiento nuevo que Jesús nos dio como su testamento antes de su muerte y su resurrección: "Amaos como yo os he amado" (Jn 13, 34).
Un día, en el curso de una conversación con un no-creyente muy considerado, éste me dijo: "qué fácil y agradable lo tenéis los cristianos: con amar ya lo tenéis todo hecho". Pues sí, así es... y así lo afirma también S. Agustín: "Ama y haz lo que quieras". Lo que pasa es que, por desgracia, a veces confundimos el amor con esa afectación emotiva y romántica que ni es amor ni se le parece...
Todo el mundo sabe que, cuando llegan a una ciudad unas 'celebritys', como los reyes, el jefe del gobierno y, hasta otras del tres al cuarto y que dan vida y dinerito a las revistas del "glamour" en las que l@s VIP muestran sus joyas, sus modelitos y a veces también su 'tontuna' sin ningún recato, se trasladan de los lugares que aquéllos visitan (y de la puerta de las templos) a los pobres, lisiados, indigentes y pedigüeños, sin tener en cuenta la dura parábola -un género literario que Jesús empleaba a menudo para que todos le pudieran entender- del "rico epulón y Lázaro" (Lc 16, 19-31). También he de deciros que a mí no me parece bien que los mendigos profesionales se coloquen en las puertas de los templos, porque pedir limosna no es solución; y lo digo precisamente hoy, que el local de la antigua farmacia en la esquina entre Vista Alegre con Ausias March, que hace unos meses la Parroquia alquiló como local parroquial y de Cáritas era una fiesta, igual para los voluntarios como para los beneficiarios de Cáritas, quienes felices y en buena compañía han descargado allí los excedentes alimenticios de la Unión Europea, pues, Pablo dice a en su adiós a los Efesios: "Hay más dicha en dar que en recibir...".
Para colaborar con Cáritas no hace falta tener dinero por un tubo, sino "ojos para ver y corazón para sentir", sólo como en la copla que os cité hace poco: "Alma para conquistarte, / corazón para quererte / y vida para vivirla junto a ti". Para ser de Cáritas sólo se necesita corazón, así lo cantó "Brotes de Olivo": "Unos tienen la mirada, otros hacen de motor, / y a nosotros se nos pide que seamos corazón. // ¡Vale la pena seguir, vale la pena luchar, / si no paran nuestras vidas la esperanza no morirá!". "Y la esperanza no defrauda, pues el amor de Dios ha sido infundido en nuestros corazones con el don del Espíritu Santo que se nos ha dado". (Rm 5, 1-5). Cordialmente: Jovi, cura
Queridos amigos:
Tengo la impresión -posiblemente errónea- de que desde el preciso instante en que se inició la pandemia a causa del coronavirus, han cambiado en nosotros muchas cosas... bastantes más de las que nos parece. Nos miramos de otra manera, como si cada uno con el que nos cruzamos supusiera un riesgo potencial para nuestra integridad física e incluso para nuestra misma supervivencia. Si -además- ésta persona o aquélla ha olvidado ponerse la mascarilla (¿os acordáis de aquel indecente "póntelo pónselo"?) no la lleva bien orientada, es de elaboración casera o no está admitida y homologada por las autoridades más o menos competentes... nos sentimos casi como agredidos por ellas.
Este necesitar el contacto humano y negarlo a la vez por miedo al contagio me recuerda cuando, después de haber aprobado el Preuniversitario -el "Preu"- preparaba con algunos compañeros de mi curso las "Pruebas de Madurez" -lo que luego sería el "COU" y la "Selectividad"- y me volvía desde la C/ Sagunto de Valencia (donde vivían muchos de mis compañeros del Colegio Salesiano), de madrugada, a Tavernes Blanques, con miedo a cruzarme con personas que posiblemente también se sentirían amenazadas por mí. Yo, incluso asumiendo que las mascarillas y cualquiera de todas las demás cautelas que nos aconsejan -y hasta nos imponen- por nuestro bien y el de todos, llevo mal todo esto y me parece que a muchos de vosotros -al menos quienes lleváis gafas como yo- es normal que nos dificulten y empañen más de lo que deberían nuestra visión acerca de las personas y las cosas. Primero fue la sorpresa de la pandemia, una palabra -o palabro- que me parece que no había empleado jamás, y el encierro -o reclusión domiciliaria- 'por nuestro bien', aunque no nos guste... Después fue el cenar cada día de cara a la tele observando la mala cara que nos ponía el Dr. Simón, hasta que supimos que no es sólo que fuera feo ni que se peine -o despeine- para asomarse a nuestras casas a decirnos lo fatal que continúan marchando las cosas (claro que, para darnos las malas noticias diarias, no sería de recibo que nos las dijera con una sonrisa de oreja a oreja o 'cantando por soleares...').
Después fue el confinamiento, que algunos han llevado a rajatabla y otros con mayor o menor flexibilidad. Yo me serví de él para poner en orden de revista la Casa Parroquial, haciendo verdaderos encajes de bolillos tratando de embutir en un piso -¡gracias a Dios!- más bien pequeño que grande, todo lo que tenía desperdigado por el viejo 'casoplón' de mi anterior parroquia de Alboraya.
Y ahora que, poco a poco, nos van relajando algo el confinamiento y nos comienza a atacar la prisa por estrenar lo que han llamado la 'nueva normalidad' (que no acabo de saber qué es ni qué significa), arriesgándonos mucho a perder todo cuanto hemos ido ganando en estos últimos meses.
¿Qué vendrá después? Pues, como escribió de sí mismo el profeta Amós, "yo no soy profeta ni hijo de profeta, sino ganadero y cultivador de higos" (7, 14) pero, por lo que ha sucedido en otras ocasiones, la memoria no es nuestro fuerte... olvidamos pronto todo (o casi todo) lo que no queremos re-cordar: guardar en el corazón... al contrario que María, que en el suyo guardaba memoria agradecida de todo lo que le sucedió desde el día en que Gabriel dialogó con ella de parte de Dios (cfr. Lc 2, 50-52).
Vivimos tiempos en que no se valora la memoria ¡y así nos va! Lo que nos interesa, en vez de en el corazón -como María-, lo guardamos en un 'pendrive', que cada vez son más pequeños y con más memoria, y por ello, más duraderos. La memoria de María fue, como escribió Pemán hace ya años en aquel precioso libro suyo: "Lo que María guardaba en su corazón", un repaso del corazón... hecho con corazón.
¿Qué vendrá tras el Covid’19? Los "profetas de calamidades" nos anuncian una ruina, pero -gracias a Dios- no serán sus augurios los que se cumplan, sino lo que Dios tenga previsto para este mundo, que con mucho será lo mejor para nosotros y el mundo que, por amor, Dios creó para nosotros. No olvidemos que todo está en manos de Dios que "tanto amo al mundo que, al llegar la plenitud de los tiempos, envió su Hijo para que nadie perezca, sino que tengan vida eterna" (Jn 3, 16).
Pero no adelantemos acontecimientos que no sabemos ni cómo ni cuándo sucederán, ni si llegarán a producirse. Hace unos pocos meses no sabíamos que eran los coronavirus y ni por asomo creímos que, pese a ser una nonada, fueran tan fuertes y ruines. Es ahora el momento de poner toda la confianza en Aquél que nos dice con dulzura y con amor: "No temas, pequeño rebaño..." (Lc 12, 32).
¡No temáis! Y no es cosa mía, que tengo el miedo metido en el cuerpo: es de Aquél que nos dice: "¡Soy yo, no temáis!" Pues Jesús, dormido en popa, está más alerta que nosotros, desvelados por el temor y el terror. Por eso en su nombre os repito: ¡No temáis! Cordialmente: Jovi, cura
Queridos amigos:
Quiero compartir con vosotros un texto, una especie de metáfora, de la que no sé ni quién ni cuándo me la envió. Quien la escribió, la calificó de "parábola" y ciertamente tiene algo de ese género literario tan oriental, tan judío, tan evangélico y -también- tan didáctico... El título que su autor le dio es ciertamente inspirador... y a más de uno puede hacerle pensar: "¿Tú crees en la vida después de la muerte?" y, sin más preámbulos, os la copio aquí en esta mi Carta de la Semana:
------------------------------
"En el vientre de una mujer embarazada se encontraban dos bebés. Uno pregunta al otro:
- ¿Tú crees en la vida después del parto?
- Claro que sí. Algo debe existir después del parto. A lo mejor estamos aquí porque necesitamos prepararnos para lo que seremos más tarde.
- ¡Tonterías! No hay vida después del parto. ¿Cómo sería esa vida?
- No lo sé, pero seguramente habrá más luz que aquí. Tal vez caminemos con nuestros propios pies y nos alimentemos por la boca.
- ¡Eso es absurdo! Caminar es imposible. ¿Y comer por la boca? ¡Eso es ridículo! El cordón umbilical es por donde nos llega el alimento. Y te digo una cosa más: la vida después del parto está excluida porque el cordón umbilical es demasiado corto.
- Pues yo creo que debe haber algo. Y tal vez sea distinto a los que estamos acostumbrados a tener aquí.
- Pero nadie ha vuelto nunca del más allá, después del parto. El parto es el final de la vida. Y, a fin de cuentas, la vida no es más que una angustiosa existencia en la oscuridad que no lleva a nada.
- Bueno, yo no sé exactamente cómo será después del parto, pero seguro que veremos a mamá y ella nos cuidará.
- ¿Mamá? ¿Tú crees en mamá? ¿Y dónde crees tú que está ella ahora?
- ¿Dónde? ¡En todo nuestro alrededor! En ella y a través de ella es como nosotros vivimos. Sin ella todo este mundo no existiría.
- ¡Pues yo no me lo creo! Nunca he visto a mamá, por lo tanto, es lógico que no exista.
- Bueno, pero algunas veces, cuando estamos en silencio,tu puedes oírla cantando o sintiendo cómo acaricia nuestro mundo. ¿Sabes? Yo creo que hay una vida real que nos espera y que ahora solamente nos estamos preparando para ella...".
----------------------------------------
Es, por supuesto, una parábola como las que Jesús decía las multitudes (aunque "a sus discípulos se lo explicaba todo en privado" Mc 4, 34). La parábola es un género literario habitual en la culturas orientales, que Jesús, como el buen judío que era, usaba con frecuencia, pues lo que está al alcance del niño, el adulto también lo puede comprender -si se hace como un niño ¡claro! y no "le busca los tres pies al gato"- aunque no le importe para nada conocer la verdad "que nos hace libres", sino por el mero afán de polemizar y de discutir como hacían los sofistas griegos, los cuales, al contrario que los filósofos (un título que significa "amantes de la sabiduría"), preferían "marear la perdiz" a indagar y hallar la verdad, sacando -eso sí- rendimientos, ganancias y honores por su supuesto saber.
Algo semejante leemos en los versos de la Vª estrofa de las "Coplas a la muerte de su padre" de Jorge Manrique: "Este mundo es el camino / para el otro, que es morada / sin pesar; // más cumple tener buen tino / para andar esta jornada / sin errar. // Partimos cuando nacemos, / andamos mientras vivimos, / y llegamos / al tiempo que fenecemos; / así que, cuando morimos, / descansamos". También a muchos nos cuesta 'imaginar' que haya vida después de la muerte, por lo mismo que a uno de los bebés "non natos" del relato le costaba admitir que hubiera vida después del parto: ¡en por eso que me gusta este relato! No es una tesis sobre la vida eterna, aunque leído con atención, el diálogo figurado entre los dos mellizos, puede ayudarnos a comprender que no es ridículo ni absurdo pensar y creer en la vida eterna, y que, así como lo que da sentido a la vida del embrión es la vida futura de niño, joven o adulto, la vida eterna y feliz con Dios es la que da la razón de ser y plenitud a nuestra vida en la tierra. Y pues en su discurso en el Areópago de Atenas, San Pablo citó a un poeta pagano -Arato de Solos- del s. V ó IV a.C.): "En Ti vivimos, nos movemos y existimos" yo acabo mi carta con Julio Iglesias, pues, ya veis: "La vida sigue… no igual, sino mejor). Cordialmente: Jovi, cura.
Alguien de mi generación me decía que, aunque no hemos conocido en persona guerra alguna, nos sabemos al dedillo qué es una pandemia, en la que hemos aprendido también qué son los días de confinamiento, esa especie de arresto domiciliario que, para derrotar al "coronavirus", las autoridades sanitarias (el Dr. Simón, el ministro Illia, etc...), nos han impuesto -por nuestro bien-, algo que me hace recordar mis años infantiles, cuando nuestros mayores -padres, abuelos, maestros, médicos, etc. -¡y hasta los curas!- justificaban que debíamos privarnos de prácticamente todo cuanto entonces nos apetecía a los niños: golosinas, chicles, no querer salir del agua cuando nos llevaban a la playa, dejarnos en el plato lo que no nos apetecía (como las "verdolagas" en general -aunque peor lo tenía la buena de Mafalda, pues a la pobre niña no la han dejado crecer y lleva toda su vida tomán dose -lo quiera o no- una sopa que debe estar más compacta y congelada que la Antártida), pero que -¡mira por dónde!- para los mayores, era uno de los alimentos más saludables, nutritivos y sustan- ciosos -como las espinacas de aquel Popeye "el marino" ...otro tipo con el que tampoco empatizaba y de quien para nada me fiaba: ¿cómo puede un niños confiar en un personaje que engullía los botes de aquellas espinacas como si fueran "chuches"?
Dicen que hay que conocerlo todo, experimentarlo todo y pasar por (casi) todo; yo no lo veo así; es muy cierto que algunas situaciones que jamás hubiéramos deseado vivir (como la de esta pandemia) nos han hecho más fuertes, más maduros y hasta más comprensivos y agradecidos, pero eso no significa que uno tenga que buscarlas: con las que se nos presentan sin que las hayamos llamado o sin previo aviso ni anunciarse... creo que nos bastan y sobran... De niños tuvimos que pasar por tomar las medicinas sin entender cómo algo tan malo nos iba a poner buenos, por ir al colegio -aunque por experiencia sabíamos que, "com en casa, en cap lloc"-, por lavarnos siempre las manos antes y después de comer, por tener que comer lo que no nos gustaba y no poder comer lo que nos pedía el cuerpo, por hacernos la cama después de levantarnos y deshacerla para irnos a dormir sin sueño... y por no poder ver casi la tele, aunque la censura estatal fuera en aquellos tiempos más inexorable que la de la misma Iglesia (un 'rombo': sólo mayores de catorce años... o dos 'rombos': sólo mayores de edad).
La experiencia es algo que valoramos excesivamente quienes la poseemos y muy poco (por no decir nada) los que no la tienen: es cierto que yo no la valoro demasiado, ni suelo hacer uso de ella para advertir a los demás de los peligros que les esperan, pues -si casi no sirve para uno mismo- ¿cómo voy a querer que les vaya a valer a los otros...? Pero ello sólo significa que, como afirmaba con firmeza Ortega y Gasset en sus "Meditaciones del Quijote" (1914): "yo soy yo y mis circunstancias" (la cita completa es: "Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo"),
Aunque creo que todavía es muy pronto para sacar conclusiones, algunas ya empiezan a abrirse camino en nuestros armarios (¿o son nuestros 'almarios'?) que tenemos medio llenos, llenos o a rebosar de experiencias propias y también ajenas... ¿Lo que hemos vivido por causa de esta pandemia -y cuyas secuelas continuaran coleando (si Dios no lo remedia) al menos por algún tiempo-, va a supo ner y a significar en nuestras vidas 'un antes y un después'? Pues... no lo sé; lo que sí sé es que, quien desee olvidar este tiempo sin aprender su lección, debería de meditar en lo que dice esta sentencia de Napoleón Bonaparte: "Quien no conoce su historia, está condenado a repetirla".
A pesar de los años, un servidor sigue sorprendiéndose y agradeciendo lo que cada día le depara la vida: cada despertar es un regalo y cada amanecer un lujo, sobre todo para quienes creemos que, como reza el Prefacio III de Adviento, el Señor "viene ahora a nuestro encuentro en cada persona y cada acontecimiento, para que lo recibamos en la fe y por el amor demos testimonio de su reino...". Él viene también en esta pandemia del Coronaviurus que nos ofrece a los cristianos la ocasión de ser solidarios con quienes sufren los rigores de esta enfermedad, de ser auténticos profetas, no "profetas de calamidades...". como esos que disfrutan diciendo que lo peor está por venir, aunque ni el Dr. Simón ni nadie se atreva a hacer pronósticos fiables. De todos esos "pájaros de mal agüero" vamos sobrados... lo que nos falta es fe, esperanza, confianza ¡y arrimar el hombro!
Esto pasará; y Dios quiera que su paso nos haga más buena gente, para que así salgamos todos ganando: los misericordiados, porque ellos verán sus males remediados, y los misericordiosos, porque ellos alcanzarán las misericordias del Señor… Cordialmente: Jovi, cura.
Queridos amigos:
¿"Quién dijo miedo"? No nos es nada fácil explorar y reconocer nuestros miedos, y menos aún a los jóvenes de mi generación (hoy ya casi ancianos) a quienes tantas veces nos dijeron desde siempre que ¡'los chicos no lloran'! y, si no, que se lo pregunten al desdichado de Boabdil "el Chico", el último Rey Moro de Granada que, como si no tuviera bastante con haber perdido aquella joyita de ciudad que fue la capital del Reino Nazarí, tuvo que aguantar las pullas 'machistas (avant la lettre'- de su señora madre, la Sultana Aixa, que le obsequió con este amargo y desabrido rapapolvo machista: "Llora como una mujer lo que no supiste defender como un hombre" (como siempre, "se non è vero, è ben trovato" -esto es: "si no fuera así, podría haberlo sido"-), porque "a nada hay que temer tanto como al propio miedo" -Franklin D. Roosevelt dixit-, ese miedo "que da miedo del miedo que da". Yo también tengo mis miedos, naturalmente: algunos con motivos fundamentados; y otros,hijos a su vez de mis propios temores. Por eso me llegan al alma estas palabras tan balsámicas que el Señor Jesús les dice -¡hasta cuatro veces!- a sus discípulos en el texto del evangelio de este domingo: "No tengáis miedo a los hombres"; No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma"; "No tengáis miedo, vosotros valéis más que muchos gorriones" -agregando también la razón- porque Yo estoy contigo (con vosotros...)".
Dicen que "el miedo guarda la viña". Yo no sabía a qué se refería este sentencia, hasta que en una de mis parroquias que tenía un inmenso término municipal, plantado casi todo de naranjos, (que allí no les llaman campos sino huertos y con mucha razón, pues los miman más que las niñas de sus ojos) algunos chavales, al salir de clase, desafiando "als guardetes" (para distinguirlos de los municipales y de los Guardias Civiles, que -máxime éstos últimos- eran ya palabras mayores), que a veces les ponían el culo como una perdigonera -y, además, podían 'chivarse' a sus padres...-. A nadie le gusta hablar de sus miedos, ni con sus padres, sus maestros, sus amigos... ni siquiera con su orientador escolar o su tutor; incluso alguno entendería como un ataque a su intimidad que se le preguntara por sus propios miedos, que -grandísimo error- se suelen sufrir en secreto, como las almorranas -o hemorroides...- lo que no deja de ser algo absurdo, porque el que esté libre de este sentimiento, que arroje la primera piedra; pero como Eduardo Marquina (1879-1846) pone en boca del capitán Don Diego Acuña de Carvajal en su obra: "En Flandes se ha puesto el sol": "¡España y yo somos así, señora!".
No voy a contar aquí mis miedos, ni a presumir de ellos, como san Pablo hacía con sus debilidades (que tal vez serán las mismas o parecidas a las mías y a las de quien está leyendo ahora mismo estas líneas). Yo también podría presumir de mis debilidades -mejor que de mis miedos y flaquezas-, pues, aunque no presuma de ellas -como hacía S. Pablo-, las tengo y las conozco, por eso puedo decir con el Apóstol: "sé de quién me he fiado" (2 Tm 1, 12), pues siempre he tenido en cuenta estas palabras de San Juan Pablo II y hasta el acento, la fuerza y la vehemencia con que él las repetía: "No tengáis miedo a las exigencias del amor de Cristo. Temed, por el contrario, la pusilanimidad, la ligereza, la comodidad, el egoísmo; todo lo que quiera acallar la voz de Cristo quien, dirigiéndose a cada uno, repite: "Contigo hablo, ¡levántate!" (Mc 5, 41). Porque, así como es imposible el no temer a nada ni a nadie, también lo es -lo que al fin de cuentas importa...- es ése "no tengáis miedo...", no por la vieja arrogancia española, tomada de la citada obra de Marquina, en la que su protagonista la manifiesta hacia el final del segundo acto... después de haberlo sacrificado todo por su dama.
En el evangelio de hoy el "No tengáis miedo" es recurrente: Jesús lo dice tres veces a los apóstoles con esta misma fórmula, y una cuarta vez cuando les dice: "temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna", señal inequívoca de que Jesús, que sabía que aquellos buenazos de sus discípulos no recibirían el don del Espíritu Santo hasta Pentecostés, quería que lo aguardaran tranquila y serenamente, pero también con mucha alegría y esperanza.
A mí siempre me ha hecho bien imaginar que, desde el día de la Ascensión de Jesús, los discípulos se reunieran en aquella sala -¿la misma de la Última Cena?- "con las puertas cerradas por miedo a los judíos". Eso me ayuda a comprender que el "No tengáis miedo" que Jesús dice a los suyos, también va por quienes temen que la Iglesia no pueda resistir los ataques que recibe -algunos, justos... y otros, no- de quienes no quisieran que fuera una casa sin puertas, olvidando que no hay trancas ni cerrojos que resistan el fuego y el viento del Espíritu. Cordialmente: Jovi, cura.
Queridos amigos:
A veces me he preguntado por qué el Señor, conociéndonos como nos conoce -pues "Él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño" (Sal 99, 3)- en el momento de ascender a los cielos tras su resurrección de entre los muertos, no lo hizo "al modo humano", es decir, rodeado de la mayor gloria y majestad posibles (como muestran algunos pintores más bienintencionados que acertados), sino "al modo divino" -como Él hace siempre las cosas-, con toda la sabiduría y discreción del mundo "para que le encuentre el que lo busca...", como le pedimos en la Plegaria Eucarística IV.
Indudablemente Dios no tiene por qué responderme; además, Él sabe más y mejor que nadie lo que se hace, aunque nosotros ya tendríamos que haber aprendido a descubrirlo -o adivinarlo- y, como María, en la sencilla y exquisita escena de la Anunciación (tan decisiva para el destino de toda la humanidad), decirle al Señor en respuesta al arcángel Gabriel: "¡hágase en mí según tu palabra!", aunque ningún sabio, poderoso o entendido de aquel tiempo, pudo pronosticar ni de lejos lo que estaba sucediendo con tanta elegancia como discreción en aquel hermoso diálogo entre el cielo y la tierra. Algo parecido vemos en la escena de la audiencia de Herodes a los Magos, tras la que aquel brutal reyezuelo (que de 'Grande' solo tenía el título), creyendo que lo controlaba todo, le nació el Hijo de Dios... como quien dice "al lado de su casa" ¡y él ni se enteró!, mientras que aquellos exóticos personajes venidos de lejos, encontraron al Niño donde nadie lo hubiera buscado, en la ciudad de David, sí; ¡pero en un corral de ganado! Así son las cosas de Dios... y más nos vale que comprendamos y asumamos el estilo con que Él anuncia sus planes sobre nosotros y sobre este mundo nuestro, pues de otro modo nos estaríamos exponiendo a no enterarnos de la copla, como les pasó a tantos en Israel que esperaban al Mesías dónde y cómo ellos habían pensado que iba a llegar y por eso no lo reconocieron en el Niño de María...
En el 'belén' hay una figura que encarna este torpe proceder de los contemporáneos de Jesús que algunos de nosotros seguimos teniendo todavía: la del 'posadero' de Belén. Lo tenía todo de cara para haber sido un gran co-protagonista del Nacimiento del Señor y se quedó en un simple 'extra' que a los más guasones nos mueve a risa, aunque a mí me da más 'pena, penita, pena' que otra cosa. Pero este 'modo divino' de hacer las cosas no termina con el gozoso "Evangelio de la Infancia", sino que continúa así a lo largo de la vida de Jesús. ¿No le hubiera venido bien al Señor rodearse de gente algo más culta y menos ruda que unos pescadores de agua dulce, con miras más cortas y reducidas que aquel lago chiquitín en el que cada día ganaban el pan -y los peces- para sus familias? Pero Él supo qué debía hacer para que nadie pensara que: "fue su espada la que ocupó la tierra, y su brazo el que les dio la victoria, sino Su diestra, Su brazo y la luz de Su rostro... porque Dios les amaba" (Sal 43, 3). El salmo más breve del salterio también reza así: "Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros: no pretendo grandezas / que superan mi capacidad; / sino que acallo y modero mis deseos, / como un niño en brazos de su madre. / Espere Israel en el Señor / ahora y por siempre" (Sal 130).
Ahora que, finalizado el ciclo Pascual que comenzamos con la Cuaresma, retomamos el "Tiempo Ordinario", deberíamos pensar que casi toda nuestra vida se desarrolla en la sencillez de lo 'ordinario', como la misma vida de Jesús, que pasó treinta años de "vida oculta" como le correspondía a quien sus vecinos conocieron como el "hijo del carpintero" de Nazaret, un oficio que tiene poco que ver con lo que nosotros entendemos por carpintero o ebanista: debió ser una especie de 'chapuzillas' como los que hay en todos los pueblos y barrios y que, con menor gasto, nos sacan de apuros antes y mejor que si llamamos a los técnicos. Me figuro que san José fue un 'chapuzillas' de Nazaret y Jesús le hizo de aprendiz: su vivir -como el nuestro- no fue un sueño: de hecho, Jesús pasó treinta años de su vida sin que de todo ese tiempo la Escritura no recoja más que un par de escenas. Siempre habrá quienes, como aquel general sirio leproso que esperaba que el profeta Eliseo lo curara haciendo gala de una espectacularidad que no entraba en el buen hacer del profeta... pero entonces ellos aún no sabían, como nosotros sabemos que la caridad (el amor cristiano) si no es discreta, tampoco es caridad; igual que la verdad, que, si hay que publicitarla, tampoco es lo que parece ser. Y esa discreción es lo que muchos debemos recuperar. Jesús nos dice que, si damos limosna con una mano, la otra no sepa lo que hace ésta y, si ayunamos, no pongamos cara de 'pena penita pena' para que el ayuno lo conozca sólo Aquél por quien decimos que ayunamos o compartimos ¿lo nuestro? (Mt 6, 17-19), porque cuando la caridad no es discreta, ni siquiera es caridad. Hagamos, pues, todo con sencillez, sin autobombo... Cordialmente: Jovi, cura.
Queridos amigos:
Hoy celebramos en nuestra parroquia la solemnidad de su titular, la Stma. Trinidad, título del que se precia también mi parroquia natal de Tavernes Blanques. Es natural que, por esta infeliz 'pandemia' o lo que sea que todavía colee del 'coronavirus' (una sabandija que no se acaba de rendir), esta fiesta se vea reducida este año al ámbito litúrgico (¡y gracias!) pues, aunque las cosas van algo mejor y en nuestro combate contra el 'covid’19' vamos 'progresando adecuadamente' (aunque no estamos todavía como para echar cohetes), nos felicitamos de que esté remitiendo pasito a pasito la nómina de contagiados y de que los muertos sean menos cada día, lo que a todos nos llena de alegría y esperanza. Cuando el común de los cristianos -y de la humanidad entera- sabía muy poco o nada de muchos de los campos del humano saber... y bastante más de otras cosas acerca de nuestra fe y de la vida cristiana, cuando se referían a algo oscuro y secreto, decían que aquello era como el "Misterio de la Santísima Trinidad" que, por cierto, es el título (amén de nuestra Parroquia -y la de mí pueblo-) de un par de parroquias más: una en la Pobla de Vallbona y otra en Casas Altas, en el Rincón de Ademuz.
El libro del Génesis, nos refiere que el Señor Dios creó al hombre -la pareja humana- "a su imagen y semejanza", y nos lo describe así: "Y dijo Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que ellos dominen los peces del mar, las aves del cielo, los animales domésticos y todos los reptiles. Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó" (Gén 1, 26-27). Ved cómo el hagiógrafo recurre al genérico "hombre" en lugar de varón y mujer: "creó Dios al hombre a su imagen" (no sólo al varón, sino a la pareja humana): "Hagamos al hombre (en singular: varón y mujer) 'a nuestra imagen' -la de un Dios que es Trinidad- a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó". Esto a veces nos resulta difícil de comprender, pues nosotros hablamos de hombre y mujer, cuando de suyo habríamos de diferenciar entre hombre: ser humano... y varón / mujer, los dos modos que tenemos los seres humanos de participar de la doble "humanidad" en la que se realiza el ser humano, la pareja formada por el varón y la mujer.
Sólo si "Dios es amor" (1Jn 4, 8), puede ser el modelo en que podemos mirarnos, no sólo cada persona, sino también los matrimonios, las familias, los pueblos, las naciones, nuestras comunidades cris tianas y hasta la humanidad entera. Todas las situa-ciones humanas pueden ver en el Dios único y trini tario como en un espejo en el que verse y un patrón para elaborar su propia realización pèrsonal.
Sólo si "Dios es amor", tiene razón de ser el perdón (el que se da y el que recibe), "no hasta siete
veces, sino hasta setenta veces siete" (Mt 18, 22).
Sólo si "Dios es amor", "Él rescata nuestra vida de la fosa y nos colma de gracia y de ternura, sacia de bienes nuestros anhelos y como un águila renueva nuestra juventud" (Sal 103, 5).
Sólo si "Dios es amor", podemos confiar en que estamos en buenas manos -las mejores manos- y decirle con la confianza de un niño: "Señor, mi corazón no es ambicioso ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad, sino que acallo y modero mis deseos como un niño en brazos de su madre. Espere Israel en el señor, ahora y por siempre" (Salmo 130).
Sólo si "Dios es amor", puede ser modelo no sólo para cada uno de nosotros (¡Señor, enséñanos a amar!), sino para los matrimonios, las familias, los pueblos, las comunidades religiosas, las parroquias, para la Iglesia -Pueblo de Dios- y también para el mundo (aunque éste no lo sepa...).
Por eso el Dios que nos revela Jesús es un Dios Trinitario, del que hoy celebramos que es un sólo Dios -pero ni sólo, ni soltero ni solitario-, pues todos los monoteísmos excluyentes acaban siendo opresivos y caprichosos; auténticas tiranías sagradas que tienen de todo excepto amor, por eso hemos de pedirle al Señor: ¡Tú que eres el Amor, enséñanos a amar...!
He iniciado la carta diciéndoos que hoy es la Fiesta de la Parroquia, pero antes de ella, las Trinitarias ya fueron alma, vida y corazón de este barrio de Burjassot, que mira a Godella, y que hubiera sido otro sin ellas, así que... Felicidades, hermanas! Jovi, cura.
Queridos amigos:
Por fin hemos salido de nuestros arrestos domiciliarios, aunque yo aún me siento algo inquieto, confundido y bastante desconcertado. No tengo la menor duda de que este encierro ha salvado muchas vidas: la mía o las vuestras -entre otras-, pero no deberíamos olvidar el considerable precio que hemos pagado por ellas y ni se sabe hasta cuándo lo seguiremos pagando, como ya hicimos los valencianos, después de la gran riada de 1957 cuando el Estado nos embarcó en la obra faraónica del Plan Sur de Valencia, que de 1963 a 1985 estuvimos pagando los valencianos entre otros gavelas con el sellito del Plan Sur que gravaba los envíos postales en 0’25 pts. (al cambio actual 0,0015 €).
Supongo que pronto comenzarán -si no lo han hecho ya- los debates sobre las causas y consecuencias que ha supuesto nuestra reclusión domestica para las relaciones familiares, vecinales e interpersonales a cuenta del "coronavirus" o "covid '19". Debo deciros que a me ha sorprendido -mu cho y bien- cómo el salir cada tarde / noche a los balcones, ha contribuido a acrecer nuestros lazos con los vecinos, a quienes ya conocíamos, pero que hasta ahora casi no nos saludábamos ni en el ascensor, dónde -cuándo coincidimos- miramos al techo antes que a la cara de los que utilizan a la vez que noso tros ese espacio tan pequeño y restringido en el que -'stricto sensu'- nadie puede hacerse el distraído, ni mirar al techo como si estuviera admirando con embeleso los frescos de Miguel Ángel en la bóveda de la Capilla Sixtina... Y es que, como se dice Dios a sí mismo, luego de haber creado a Adán: "no está bien que el hombre esté solo" (Gn 2, 18) porque el Creador nos ha diseñado para la relación, por eso en lugar de gruñir, mugir, aullar, croar o ladrar... hablamos, cantamos y, más todavía, sonreímos o nos reímos, por más que haya quienes, dando un pasito atrás (como en 'la yenka') en la evolución de las especies, prefieran vociferar como una grulla, reír como una hiena, sonreír como un orangután o cerrar el pico como los patos mudos (que por eso se les llama así... un alias semejante al que le dedicaron los alumnos de la Universidad de París a Santo Tomás de Aquino, a quien llamaron el "buey mudo", pues al final de su vida le pareció tan desaborido todo lo que había predicado, enseñado y escrito sobre Dios (comparado con la contemplación de Dios mismo) que dejó de enseñar ¡y hasta de hablar!
Si, como ya he apuntado, en una de las primeras páginas de la Biblia, Dios dice para sí: "No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien semejante a él que le ayude" (Gn 2, 18), nos está señalando a los seres humanos que no hemos sido creados para 'en-sí-mismar-nos' ni para encerrarnos en nosotros mismos, en una especie de solipsismo; yo, mí, me, conmigo, sino para el encuentro interpersonal, el diálogo, el abrazo y -en definitiva- el amor... a imagen y semejanza de un Dios que "es amor" (1Jn 4, 8). Es cierto que, en la sociedad actual, los medios de comunicación no solamente nos informan, sino que -sin el menor pudor- tratan de adiestrar, configurar y deformar las mentes y los corazones de las personas; por ello todos los que detentan el poder buscan controlar los 'mass media' (o "medios de comunicación de masas") para tenernos cogidos por salva sea la parte...
"No está bien que el hombre esté solo". Ni Dios está solo. ¿Cómo iba a estarlo si como nos escribe san Juan "Dios es amor"? por eso nuestro Dios es Trinidad, un término que resulta de la fusión en uno sólo de dos conceptos que, en buena lógica (humana), son de todo punto incompatibles: la unidad y la diversidad. Es decir: que Dios es uno sólo, pero es familia, es reunión, es comunidad y es asamblea: esto es lo que decimos con ese término tan querido para nosotros y que hemos recibido como un regalo de la comunidad de Religiosas Trinitarias: Dios es "Trinidad" que se traduce, como exige el carisma de la 'Orden Trinitaria y de Redención de Cautivos' en "acogida y redención". Por eso la imagen de nuestra Virgen del Remedio, patrona de la Orden, viste el hábito trinitario -blanco y negro- y en la mano no tiene un escapulario como el que lleva el Niño Jesús, sino una pequeña bolsita, como la que llevaban los trinitarios para recoger donativos de los fieles, con el fin de rescatar a los cautivos de las cárceles del norte de África... pero aún es más conmovedor que, si no disponían de la suma que les pedían, los frailes se quedaban en la cárcel en lugar (como fue el caso de Miguel de Cervantes), del cautivo que recuperaba la libertad. Por ello, nuestra Parroquia ha de ser como Cristo, liberadora y redentora de todo cuanto nos impide ser libres para amar... pues obras son amores, podrían decirnos la Virgen del Remedio y la Orden Trinitaria "redentora de cautivos".
Así que, si el arresto por el "covid '19 nos ha dolido, pensemos que "aún no hemos llegado a la sangre en nuestra lucha con el pecado" (Heb 12, 4). Cordialmente: Jovi, cura.
Queridos amigos:
Siempre hay una primera vez para todo. Para muchos de nosotros, la pandemia del Coronavirus -exactamente del Covid’19- nos ha hecho de nuevo morder el polvo de nuestra tremenda fragilidad e inconsistencia al experimentar -otra vez- que eso de la debilidad de la condición humana no es un típico tópico, sino una realidad que nuestra sociedad procura ocultar con la indignidad o la dignidad que aún le queda, hasta que un virus mindundi (por muy coronado que se vista y revista), ha venido a meternos el miedo en "Cuerpos y Almas", como el título de aquella novela imprescindible de Maxence Van der Meersch, el genial novelista flamenco (1907-1951) prematuramente desaparecido, quien, sin ser médico ni versado en medicina, escribió: "el éxito en medicina es algo que no siempre tiene que ver con los estudios ni con el saber teórico, y que resulta difícil de explicar...", una novela que os recomiendo vivamente a quienes aún no la hayáis leído: una magnífica manera de aprovechar este tiempo de alarma y reclusión (y de vencerlas), un tiempo que "da miedo del miedo que da", aunque no sea el primero que hemos vivido y sufrido a lo largo y ancho de nuestras vidas...
Uno de ellos fue la riada de 1957 que en mi pueblo natal -Tavernes Blanques- fue la "barrancada" -ni la primera ni la última- del Carraixet; la recuerdo como en sueños y de oídas, pues sólo tenía cinco años y nunca había vivido una experiencia tan fuerte y dramática como aquélla que hizo de las calles de Valencia -y Tavernes- una pequeña Venecia tan maloliente como la original (en la que también el agua es su protagonista) fue la "pantanada" de Tous, que a mí me pilló siendo vicario de Tavernes de Valldigna. También, aunque esta vez no fue el agua, sino un teniente coronel de la Guardia Civil...- quien una larga noche de "febrerillo el corto", nos devolvió a todos los españoles a un tiempo que habíamos creído felizmente superado; "La Trinca" un grupo musical -y más cosas- del "tardo-franquismo" y de la "Transición", lo cantaba así: "Llavors ens diuen que a València per acabar de fer la guitza va la cosa adelantada i un catxondo els hi organitza unes Falles pel febrer".
Ahora no ha sido el agua ni ningún "salva-patrias" como aquél que quiso salvaguardar a España de sí misma cuando los españolitos emprendíamos un futuro en democracia... quien nos ha metido el miedo en el cuerpo -y en el alma, que es peor aún- no es sino un virus infinitesimal (¡qué razón tiene el refranero que atestigua "que no hay enemigo pequeño!"). Ahora, quien nos ha hecho temblar como las hojas que nueve el viento de otoño, ha sido un virus que se nos ha metido entre pecho y espalda y con aviesas intenciones. A este año aún le quedan muchas cosas por revelarnos, pero seguramente será para el futuro el año del Covid’19; muy buenas noticias habrán de ser las que traten de acaparar los titulares de este año que, hace sólo unos meses -cuando lo estrenamos- nos lo deseábamos próspero y feliz... lo que ahora nos parece lejano y fuera de lugar. Aunque se dice que el miedo es libre y cada cual se sirve el que desea, pocas veces recuerdo haber visto a tanta gente tan acongojada... pero no consintamos que se apodere de nosotros... Yo no me tengo por miedoso, -ni tampoco por lo contario; de niño el miedo no me vencía si tenía junto a mí a mi padre, cuando en su manaza envolvía mi mano, pus igual me pasa con Dios: "Nada temo, porque Tú vas conmigo, tu cara y tu cayado me sosiegan" (decimos en el salmo 23). Así lo rezamos en el salmo de la serenidad y la confianza en Dios, el Salmo del Buen Pastor: "El Señor es mi pastor, / nada me falta; / en verdes praderas me hace reposar. // Me conduce hacia fuentes tranquilas / y repara mis fuerzas. / me guía por el sendero justo, / por el honor de su nombre. // Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo / porque Tú vas conmigo / tu vara y tu cayado me sosiegan //. Preparas una mesa ante mí; enfrente de mis enemigos. / Me unges la cabeza con perfume / y mi copa rebosa / Tu bondad y tu misericordia me acompañarán / todos los días de mi vida; / y habitaré en la casa del Señor / por años sin término”. Este salmo que rezamos en la Liturgia de las Horas por lo menos una vez cada semana, es para mí el salmo de la confianza... Un servidor que tantas veces la necesita tanto, lo reza cuando toca y cuando lo necesita, sobre todo desde que vi una película impresionante, basada en hechos reales de la vida de Joseph Merrick, un hombre a quien ni su familia estaba segura de si era humano o una aberración... y que lo mostraban, de feria en feria, porque era más morboso que la mujer barbuda, los enanos y demás personajes, hasta que le oyeron rezar al Señor, con voz queda el salmo 22: "El Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace reposar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas...". Cordialmente: Jovi, cura.
Un domingo de Cuaresma -el 24 de febrero de 1407- el mercedario Fray Joan Gilabery Jofre, mientras se dirigía a la catedral para pronunciar el sermón de la Misa, presenció el maltrato a un enfermo mental en una calle de Valencia, cerca de Santa Catalina.
Este hecho le llevó a tomar la decisión de fundar una casa para enfermos mentales. La Hermandad se constituyó bajo la advocación de “Nostra dona Sancta María dels Folls, Orats, Ignoscents i Desamparats”.
El objetivo de la Hermandad fue la atención a los enfermos, y debido a la hambruna de la época y al gran índice de orfandad; el hospicio se amplió para recoger a los niños
desamparados, locos, expósitos y abandonados.
Dos años después nombraron como patrona de la hermandad a la Virgen renombrándola como “Mare de Déu dels Dessamparats"
Si el primer diumenge de Maig és el Día de la Mare, el segon -hui- es la Festa de la Mare de Déu dels Desamparats.
Podem cantar-li en la seua festa les seues lloances en esta inspirada plegaria popular mallorquina:
Al matí cap al llevant,
quan neix el dia,
les campanes van dient:
Ave, Maria!
ALABAT SIA SEMPRE EL NOM TEU
SANTA MARIA, MARE DE DÉU
Sol ben alt i esplendorós,
quan és mig dia,
les campanes van dient:
Ave, Maria!
ALABAT SIA...
A la tarda en el ponent,
quan cau el dia,
les campanes van dient:
Ave, Maria!
ALABAT SIA...
Per l'altura els clars estels,
quan mor el dia,
somriuen i van dient:
Ave, Maria!
ALABAT SIA...
Més amunt al Paradís,
on sempre és dia,
els Àngels canten a cor:
Ave, Maria!
ALABAT SIA...
Ver traducción
Queridos amigos:
No recuerdo lo que llevaba entre manos el día antes que el "covid’19" se colara en nuestra vida a traición, con alevosía y nocturnidad, porque no se ha dejado ver hasta el momento en que ya había sentado sus reales entre nosotros... y, lo de dejarse ver es un decir, pues -aunque el refrán asegura que "no hay enemigo pequeño", ésta será la excepción que se da en toda regla, porque no es pequeño ¡es mínimo, insignificante, 'casi' nada, una miseria, un mindundi, una 'caquita (con perdón). Pero casi nada es más que nada, como decía un viejo amigo: "no somos nada... y los bajitos menos". Pero, "guárdese del pobre el rico, pues no hay enemigo chico". Y éste por chico que sea (que lo es...) no es enemigo pequeño y esperemos que no haya venido para quedarse; por cierto, que vino un día -mejor una noche- en que nadie le hizo ni caso, la noche de san Silvestre, cuando "La ciudad tranquila y confiada" -la segunda parte de "Los intereses creados" de Jacinto Benavente- celebraba el 'cap d’any' y todos nos deseábamos un feliz 2020, sin tener idea de lo que nos esperaba en su devenir... y menos con nocturnidad y alevosía, como el pérfido Bellido Dolfos o el Caballo de Troya que da nombre a los 'troyanos' que ahora no atacan las ciudades como los griegos que entraron en Troya en la panza de un caballo / trampa, no; porque el "coronavirus" ataca furtivamente a los ordenadores ajenos entrando en ellos 'de extranjis' y con aviesas intenciones...
¿Quién nos iba a decir, como en la célebre habanera de Trayter: "¡Quien lo había de decir, / quien lo había de pensar, / mi barquita en la ribera / y la caña de pescar!") que, de la noche a la mañana, nos íbamos a ver confinados -como lo estamos ahora en nuestras propias casas-, salvo los escasos minutos en que, a las ocho de la tarde salimos al balcón a aplaudir sin saber exactamente a quién: si a las fuerzas del orden, a los servicios sanitarios o al hecho de sentirnos vivos quienes nos sentimos más hermanados por el miedo al "coronavirus" y por la reclusión en nuestra casa: "no está bien que el hombre este solo" (Gn 2, 18) pensó Dios, viendo al buenazo de Adán "como pájaro sin pareja en el tejado" (Sal 102, 7). Por estas razones, juntas y revueltas, que se resumen en la alegría de sentirnos vivos, salimos cada día a aplaudir a la vida, al amor, a la familia, a los amigos y también a los vecinos.
Cada tarde, cuando salgo al balcón de la casa parroquial a aplaudir, después de haber celebrado la Eucaristía como cada día (a las 12h del mediodía los domingos y 'fiestas de guardar' -y a las 19h los laborables) -a puerta cerrada, como está mandado- por quienes me habéis sido confiados: por la Iglesia y por todo el mundo, por mis feligreses, mi familia y mis amigos, por quienes sufren en su carne esta "pandemia", víctimas de una plaga de magnitudes bíblicas... y por los vivos y difuntos. Estas misas no son "privadas" -pues ninguna Eucaristía lo es, aunque los sacerdotes, de acuerdo con las disposiciones de nuestro Cardenal-Arzobispo D. Antonio Cañizares, para vencer esta tragedia y lograr que el "coronavius" no siga campando por sus respetos fuera de todo control, las celebremos "a puerta cerrada.." y en nuestra parroquia "a ventana abierta", pues desde la ventana de la entrada del templo se divisa el altar, para que, quien quiera asomarse: los domingos a las 12h y los sábados y días laborables a las 19h), pueda 'ver' desde allí la Misa que celebro por todas vuestras intenciones, por los vivos y los difuntos, y pidiendo a Dios que aleje de nosotros esta desolación de proporciones apocalípticas, que un servidor, que hace tiempo que peina canas -¡y que duren!-, nunca había conocido.
Hemos de cuidar la Tierra como hacemos con la casa que habitamos y el cuerpo en el que "vivimos, nos movemos y existimos" (Hch 17, 28) pero eso no significa que podamos / debamos hacer con ellos -nuestros cuerpos, nuestras cosas y nuestras vidas- lo que nos dé la real gana. Nosotros -los cristianos- sabemos que todo cuanto somos, tenemos y esperamos, lo hemos recibido o lo recibiremos de Dios y que, sin el soplo de su Espíritu, volveríamos a ser polvo -fang i pallús-, lo que era Adán antes que Dios soplara sobre su cuerpo recién modelado, el aliento que lo hizo ser vivo.
Estos días tengo la rara sensación de que, quienes estamos experimentando todas estas cosas (que no se parecen a ninguna de las diferentes situaciones que hemos vivido hasta ahora) hemos entrado, sin comerlo ni beberlo, en un mal sueño, una suerte de pesadilla que parece que va a tener más y mejores pilas que las del 'conejito de duracell' (y dura y dura) y que puede suponer para nuestra vida un antes y un después del "covid’19", pero recordemos las palabras del Señor que nos invitan a poner solo en Dios toda nuestra confianza: "cuando empiece a suceder todo esto, levantaos, alzad a cabeza, se acerca vuestra liberación" (Lc 21, 28). Cordialmente: Jovi, cura
Queridos amigos:
Hace ya algunos años, un Viernes Santo, al poco de acabar el piadoso Viacrucis, me encontré a la puerta de la parroquia con un hombre, joven todavía, que me pedía una razón para volver a creer, pues hacía poco la muerte se le había llevado sin previo aviso una hermana suya, aún muy joven y con ella -me decía- se había llevado también su fe. Desde entonces vivía sin poder creer pues no aceptaba que Dios permitiera la muerte de la chica y seguía sin aceptarlo. Según él, perdió la fe el día del entierro de la joven, cuando el cura que lo oficiaba reiteraba eso de que 'Dios la había llamado' y aún seguía sin entender que Dios consienta o permita que pasen cosas así. Su lamento era idéntico al de Marta ante la muerte de su hermano Lázaro: "Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano" (Jn 11, 21). Le dije que yo también perdí hace algún tiempo una hermana querida y traté de razonarle que todos pasamos por ahí, que Dios no llama a nadie a la muerte, pero que la naturaleza humana es de por sí precaria y que Dios, al resucitar al Señor Jesús de entre los muertos, lo que hizo es poner remedio a nuestra débil condición asociándonos a la victoria de su Hijo...y que esto es, precisamente, lo que celebramos en la Pascua. El hombre me escuchaba con atención y yo le insistía en la idea de que Dios ni mata a nadie ni quiere la muerte de nadie y que tal vez lo que aquel cura quería decirles es que, cuando morimos, Él está como al quite y nos regala una nueva vida que ya nunca más estará bajo la amenaza de muerte. Al final me preguntó si podía seguir hablando otro día conmigo de estas cosas otro día, porque él deseaba creer en cuanto yo le decía... y desde luego que hablamos.
Mientras volvía a la parroquia a rezar ante el 'Monumento', impresionado por este -¿casual?- encuentro en un Viernes Santo, pensaba que los cristianos nos jugamos toda la vida entera a una carta, la Resurrección del Señor. Ésta es el elemento central de nuestra fe y de nuestra esperanza- y la 'conditio sine qua non' de nuestra resurrección. Es cierto que la muerte de Jesús es la prueba del amor 'a toda prueba' de Dios por nosotros, porque "nadie tiene amor más grande que aquél que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Pero ¿de qué nos hubiera servido sentiros tan queridos por Dios si Jesús no hubiera resucitado? San Pablo responde a esta cuestión de manera absoluta y definitiva: "si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación no tiene sentido ni vuestra fe tampoco" (1 Cor 15, 14). Y entonces ya no nos queda nada -y la nada nada es- porque sólo nos quedaría y nos esperaría la nada.
El poeta romántico Jean-Paul Richter en su inquietante "Discurso de Cristo muerto" (1795) narra un sueño terrible y turbador. Es el final del mundo: se abren las tumbas y avanzan los muertos hacia la resurrección. En el cielo aparece Cristo... ¡pero está muerto! Salen a su encuentro todos los muertos y le preguntan desolados: "¿No hay Dios?' Y el Cristo muerto les responde: 'No lo hay…' y les refiere su propia experiencia: 'He recorrido los mundos, he subido por encima de los soles, he volado a través de la inmensidad desierta del cielo... y no hay Dios. He bajado y mirado dentro del abismo y allí he clamado: ¡Padre! ¿Dónde estás? Pero no escuche más respuesta que el ulular del huracán eterno a quien nadie gobierna'. Entonces se le acercan los niños muertos y le preguntan: 'Jesús, ¿ya no tenemos Padre?' Y Él responde entre un mar de lágrimas: 'Todos somos huérfanos. Vosotros y yo, todos estamos sin Padre'. Después Cristo mira el inmenso vacío y la nada eterna y grita llorando de nuevo: 'En un tiempo viví en la tierra; entonces todavía era feliz. Tenía un Padre infinito y podía apretar mi pecho contra su rostro acariciante y pedirle en la muerte amarga: ¡Padre! saca a tu Hijo de este cuerpo sangriento y levántalo a tu corazón... ¡Ay, vosotros, habitantes felices de la tierra que todavía creéis en Él! Después de la muerte, vuestras heridas no se cerrarán. No hay mano que nos cure. No hay Padre'. Richter, cristiano a carta cabal, despierta de este 'mal sueño' exclamando: 'Mi alma lloró de alegría de poder volver a adorar a Dios'. Cada Sábado ¡de Gloria! recuerdo esta visión del poeta que no dice más que lo que habría... ¡si Cristo no hubiese resucitado! "¡Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de cuantos han muerto!" (1Cor 15, 20).
La fe en el Resucitado no es un sueño... El 'mal sueño' es no creer en su resurrección. ¿Por qué tiene que haber más verdad en la pesadilla de Richter que en la 'buena nueva' que nos han entregado quienes fueron testigos de Cristo Resucitado? El poeta acaba así su relato: "Todo se volvía oscuro y triste y la campana iba a dar la última hora del tiempo y hacer trizas el cosmos; en ese instante me desperté". ¿No sería ésta la hora de despertar a una fe más viva en Jesús Resucitado, amigo de la vida, que en su Pascua nos regala nuestra resurrección? Cordialmente: Jovi, cura.
Queridos amigos:
En la Pasión del Señor aparecen junto a Jesús una serie de personajes que, de una u otra manera, influirán en el drama que Él va a protagonizar, y que -en lo humano- finalizará con su muerte y su apresurada inhumación en un sepulcro que un noble judío que se llevaba bien con tirios y troyanos (con los judíos y los romanos), le facilitó. Tantas veces hemos escuchado, leído, sentido y contemplado el relato del drama de Jesús, que sus actores -protagonistas y antagonistas- nos resultan perfectamente familiares: María, la madre de Jesús y las otras "Marías", Anás y Caifás, Herodes y Pilatos, Pedro y los otros apóstoles... y Judas Iscariote. Y, junto a ellos, también están los "extras" que -como en cualquier representación- aparecen fugazmente en algunas de las escenas de la Pasión del Señor, en las que apenas si dicen algunas palabras y -a veces- ni eso. Y como hoy, domingo (de Ramos) proclamamos la Pasión según san Mateo, quiero dedicar mi carta al papel que representan algunos de los 'extras' que aparecen en este primer evangelio... el que leemos este año.
Del primer 'extra', Mateo siquiera nos ha dejado su nombre: "Id a la ciudad, a casa de tal y decidle" (Mt 26, 18). La traducción en vigor hasta hace poco decía: "Id a casa de 'Fulano' y decidle: el Maestro dice: mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos", una expresión que la actual versión de la Conferencia Episcopal Española ha suavizado algo: "Id a la ciudad, a casa de quien vosotros sabéis, y decidle…". En cualquier caso, el Señor muestra una gran familiaridad con el tal 'Fulano' de quien Mateo omite el nombre por alguna razón que se desconoce. Tampoco sabemos si el dueño de la casa cenó con Jesús y sus apóstoles o solo les facilitó el lugar, porque, en rigor, aún no era la Pascua de los judíos: Jesús anticipó en aquella ocasión la Cena de la Pascua porque Él sabía -y los demás se temían- que cuando tendría que haberla celebrado, Él ya estaría muerto y sepultado. El hecho mismo de que Jesús le pida a alguien que le deje su casa para celebrar la Pascua, revela -además de que "el Hijo del Hombre no tenía dónde reclinar su cabeza" (Mt 8, 20) la gran confianza que había con dicho 'Fulano' y su familia... Además de que esa determinación que el texto de Mateo deja entrever revela la complicidad y la buena sintonía que había entre Jesús y los suyos y aquella familia, como la que tenía con Lázaro, Marta y María de Betania. De éste "extra" de la película de la Pasión del Señor, de quien siquiera sabemos su nombre -Fulano-, pero que le brindó su hogar -a mesa y mantel- a Jesús y a sus apóstoles, debemos aprender a ofrecerle al Señor cuanto somos y tenemos, para entrar -'con armas y bagajes'- al servicio total, absoluto y radical del Reino de Dios como el mismo Señor nos indicó: "buscad el reino de Dios y su justicia, lo demás se os dará por añadidura" (Mt 6, 33).
En el Huerto, donde tras la Última Cena sale Jesús a rezar con los suyos, los "extras" se vuelven "figurantes": éstos, a diferencia de los primeros, en la película en la que participan ni hablan ni actúan, porque, más que de los personajes, ellos forman parte del marco -de la 'decoración'- del film... y los discípulos se duermen, a pesar de que el Señor les había pedido insistentemente que velaran con él y que no le dejaran solo. En este caso no se puede decir de ellos eso de que: "calla ditos estaban más guapos", porque la cobardía nunca ha sido bella sino bellaca, y menos la de los amigos cuando más les necesitamos. Y en el mismo Huerto, ¿no hiere la sensibilidad más insignificante que la señal acordada por uno de los Doce para identificar -y entregar- al Señor fuera un beso? ¡Cualquier santo y seña que hubiesen acordado entre Judas, los guardias del Templo o cualquiera que pasara por allí, hubiera sido mucho menos humillante, inadecuado e insidioso que un beso... ¡¡por Dios!!
Ya en casa de Caifás nos encontramos con "muchos falsos testigos" (Mt 26, 60) que parece que salían de debajo de las piedras para declarar contra el Maestro. Pero los testimonios de aquellos pobres desgraciados eran tan ilógicos que no servían ni para dar algún viso de credibilidad, justicia y legalidad a una condena... que ya estaba decidida de antemano. Es cierto que aquella farsa ni fue la primera ni sería la última en la que un inocente ya está condenado sin que nadie haya probado aún nada en su contra. Pero aquella noche, la desvergüenza jurídica del proceso batió todos los records habidos y por haber, porque la suerte estaba echada: "alea iacta est" desde antes de iniciar aquella mascarada. Trepas, perjuros, paniaguados o aduladores de los que detentan la autoridad -o el poder-, imaginando intrigas y conspiraciones que ni ellos se creían -ni quienes financiaban sus calumnias- desvirtuaron totalmente el proceso, hasta que -¡fuera caretas!- el sumo sacerdote Caifás, hastiado de la pantomima que él mismo había organizado, da por zanjada la cuestión: Jesús ha blasfemado, un delito que sólo se paga con la muerte del transgresor.
La noche fue larga; los jefes de los judíos sabían que ellos no tenían poder para dictar una pena de muerte: el poder de enviar a un hombre a la cruz no residía en la autoridad religiosa judía ni en el rey Herodes, sino en el jefe de las tropas romanas que, a la sazón, ocupaban Israel: Pilato, ante quien llevan atado -como un cordero al matadero- al Príncipe de la Paz. El Procurador de Roma, la nación que presumía -con razón- de haber establecido el "Derecho Romano") trataba de reconducir el asunto, eso sí: sin complicarse la vida. Una brisa de esperanza sopló para los discípulos de Jesús cuando Pilato, a ruegos de su mujer, apostó -poco, pero apostó- por salvar a Jesús; aunque la gente, hábilmente manipulada por sus jefes (la cosa no es nueva), le presionó hasta lograr que libertara al pobre diablo de Barrabás y condenara al Señor. Y Pilato, que más que cobarde era un pusilánime y un calculador, sale de la escena por la puerta del deshonor y la ignominia: libera a Barrabás y entrega a Jesús a la chusma (no al pueblo...) para que hagan con Él lo que quieran. ¡Y lo hacen!; y se divierten con quien ya es un despojo humano y 'carne de cañón' (¡qué fácil es hacer leña del árbol caído y cebarse con los perdedores, para que se sientan todavía más perdidos: "Vae victis!" (¡ay de los vencidos!). La vida dura y cruel- de aquellos legionarios romanos en el confín de su Imperio, en un rincón del mundo, justo a la otra parte del Mare Nostrum (¡tan cerca, tan lejos!), exigía algunos momentos de relajación... así que, dentro del Pretorio, mientras custodiaban a Jesús, jugaron al cruel 'juego del rey', muy popular entre aquellos legionarios en el que a Jesús, cual manso cordero, fue abofeteado, escupido y vejado al tiempo que le decían: "haz de profeta, Mesías; ¿quién te ha pegado?", después esto le pusieron una especie de capa color púrpura y le ciñeron una corona de espinas... para así seguir con la burla: "¡Salve, Rey de los Judíos!"
Mientras, Pedro -sólo y en territorio hostil- iba siguiendo discretamente a Jesús, con tan mala suerte que una criada del palacio, al verle y oírle hablar, entendió que era galileo y amigo de Jesús el Nazareno... y el pobre Pedro, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, juró y perjuró que, de eso nada monada, que no conocía a ese hombre, que se equivocaba. El Señor, que ya le había anticipado su cobardía y su traición -tan humanas, por otra parte-, le miró a los ojos y Pedro no le pudo sostener la mirada y se echó a llorar lágrimas de dolor. También esa misma noche Judas se dio cuenta de lo que había hecho -aunque de sobras lo sabía- y arrojó en el Templo las treinta monedas de plata (que los grandes sacerdotes no dejaron perder... y con las que adquirieron un campo para cementerio de forasteros, que durante muchos años se conoció en Jerusalén como el " Campo de Sangre"), y luego fue y se ahorcó, sin darse la opción de recibir -le bastaba sólo el cruzar su mirada con la del Señor- el balsámico perdón que Pedro supo acoger y al que en ya siempre correspondería con nobleza y lealtad.
Podrían parecer "figurantes" todas aquellas personas que fueron donde Pilato cuando éste les prometía soltarles a Barrabas o a Jesús, en la que quizá fuera la mayor muestra de desprecio que sufrió el Señor aquel terrible día, porque las masas, hábilmente manipuladas sabemos lo que al final eligieron. Pero más que "figurantes" eran "extras", porque no sólo hablaban: también gritaban a coro: "¡crucifícale, crucifícale!" con un énfasis y una fuerza dignos de mejor causa. Es cierto que la vida de los legionarios romanos, venidos de los pueblos que Roma iba sometiendo, no era fácil: gente grosera e ignorante, a la que se adiestraba para ser brutales. Por eso resultan extrañas las palabras que Mateo pone en boca del centurión -el último de los 'extras' de este drama que vamos a celebrar- que el Señor dijo cuándo, después de tres horas de agonía, entregó su espíritu al Padre: "Realmente éste hombre era Hijo de Dios" (Mt 27, 54), lo que hace que aquel soldado, salido de cualquier rincón del orbe sometido a Roma -y trasplantado hasta la altiva Palestina-, fue la primera flor de la Pasión y el primer fruto del árbol de la Cruz "donde estuvo clavada la salvación del mundo", pues fue gracias a la contemplación del martirio del Hijo de Dios que aquel soldado quedó licenciado o doctorado 'en humanidad'. También nosotros debemos descubrir el papel que el Señor nos da en el drama -siempre inconcluso- de su Pasión, de su entrega incondicional y libre por nosotros y por muchos: habrá papeles lucidores, otros de reparto, otros de "figurantes" o "extras" en este drama, pero todos necesarios para que nosotros llegáramos a conocer el amor que con que Dios nos ama en Cristo. Mire cada uno en estos días, cuál es su papel y cómo lo está interpretando... Cordialmente: Jovi, cura.
Queridos amigos:
"¿Quién lo había de decir, / quién lo había de pensar, / mi barquita en la ribera / y la caña de pescar?" Hace sólo unos días, nadie hubiera podido imaginar que en Valencia nos iban a suspender las Fallas, que no habrían 'mascletades', que nos quedaríamos sin el espectáculo mágico de la 'Nit de Foc', que los músicos iban a guardar los instrumentos para mejor ocasión o que, en lugar de desfilar con aires de fiesta miles y miles de falleros ante la 'Mare de Déu dels Desamparats' para ofrecerle, como todos los años, sus canastillas de flores y miles de ramos... estaríamos recluidos en nuestras casas, con el miedo metido en los cuerpos y la zozobra en las almas y que, en vez de los pasacalles, tendríamos un 'toque de queda preventivo' para evitar males aún mayores durante los próximas días, semanas ¿o meses...? Pues eso, que aquí estamos, enclaustrados, y algunos con mascarillas en la nariz y la boca, aunque no creo que nos defiendan del 'bicho'. No recuerdo haber sufrido un encierro como éste desde aquella noche del 23-F cuando, en plena transición, un teniente coronel de la Guardia Civil nos tuvo con el alma en vilo hasta que el Rey D. Juan Carlos salió en la tele para anunciar al país que el chapucero golpe de estado de Tejero, Armada, Milans & company... había quedado en una asonada como aquellas que tuvieron lugar en nuestra España a lo largo y del siglo XIX. Cierto que un golpe de estado (incluso en grado de tentativa) nada tiene que ver con la pandemia, salvo en que quizás hayan sido para mi generación nuestras dos 'situaciones límite': la primera, ya felizmente superada... y confiamos en que ésta podamos vencerla en un plazo razonable, con el menor coste humano y económico posible.
"¿Quién lo había de decir, / quién lo había de pensar, / mi barquita en la ribera / y la caña de pescar?" que un virus -por coronado que sea y que esté- nos iba a poner, a nosotros y a ¿medio? mundo, en estado de alarma, y ha puesto en jaque (y amenaza con 'jaque mate') ¡a media humanidad...! ésa que siempre paga todos los 'patos' -y los platos rotos- del mundo mundial... ¡sin tener por qué!; un virus que ni siquiera es un 'microbio', ni un ser vivo -como las bacterias- sino un gris y anodino 'agente infeccioso' que contagia a todo tipo de organismos (desde los microscópicos y unicelulares hasta los humanos, introduciéndose en ellos (en nosotros) como el parásito que es. De los virus ni siquiera se sabe si son seres vivos, por eso, quienes los estudian suponen que son una especie de 'sistemas biológicos', tan poca cosa, que sólo se les puede examinar con un potente microscopio...
...Aunque sabemos que "no hay enemigo pequeño" (si no, que se lo pregunten a Goliat, aquel gigante filisteo armado hasta los dientes al que el rey David, siendo todavía un chaval, venció sólo con su honda de pastor y una piedra), el microscópico 'coronavirus' ha logrado lo que parecía un imposible: que estas Fallas hayan pasado desapercibidas: sólo él les ha quitado un protagonismo hasta ahora indiscutido e indiscutiblemente suyo; nuestra "Valencia en Fallas" ha sido una víctima de este bichito que ha logrado lo que ni la caprichosa meteorología de nuestras primaveras valencianas había conseguido jamás, desde la guerra civil, de la que hace ya alrededor de ochenta años...
No creo que buscar culpables nos aporte ninguna solución, porque no los hay (y si los hubiera creo que no lo iban a reconocer) además, sólo algunos descerebrados, ante cualquier desgracia, se ponen a buscar culpables... es el misterio secreto e inexplicable de la presencia del mal en el mundo. Vamos a entrar en la Semana Santa, en la que el mal -ese mal al que tanto nos cuesta ponerle nombre- triunfará sobre la verdad, la bondad y la belleza y las derrotará, pero nosotros sabemos que la suya será una victoria 'pírrica' que nace con fecha de caducidad en su partida de nacimiento. También nosotros, que ya llevamos algunos días de reclusión y de "estado de alarma", podemos caer en el desánimo y el desaliento... pero ésa es la lección de la Semana Santa y la Pascua que pronto cantaremos en la noche de la Vigilia Pascual: "Lucharon vida y muerte /en singular batalla / y, muerto el que es la Vida, / triunfante se levanta". Pero no adelantemos unos acontecimientos que, además, conocemos de sobra...
"¿Quién lo había de decir, / quién lo había de pensar?" que un virus 'mindundi' de testa coronada, el 'coronavirus' como se conoce el SARS-CoV-2 (así lo han 'bautizado' los científicos) iba a armar tamaño alboroto metiéndonos el miedo en el cuerpo, como en el s. XIX el "cólera morbo" que, cuando había muy pocos remedios para reducirlo, se llevó por delante a casi 300.000 mil personas en España? O la epidemia de gripe -en Valencia se la llamó "La Cucaracha"-, que mató sólo en este país a 300.000 personas. "Pero no temáis -dice Jesús- cuando empiece a suceder todo esto, levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación" (Lc 21, 28). Cordialmente: Jovi, cura.