Muy de vez en cuando, la historia militar genera episodios únicos, hazañas que trascienden el tiempo. La odisea que el buque Glorioso vivió en 1747 es una de esas hazañas, reminiscencia de una época donde el honor de un capitán tenía más significado que su propia vida.
Por: Janire Rámila
En 1731, el navío inglés Rebecca fue apresado por un guardacostas de la Marina española en aguas caribeñas, acusado de contrabando y pirateo. La acusación no era en modo infundada, ya que el propio capitán del buque, Robert Jenkins, era un conocido corsario.
Parece ser que, como castigo, el capitán del guardacostas, el español Julio León Fandiño, le cortó una oreja a Jenkins, tras lo cual le dejó marchar. Éste, ya en su tierra, compareció ante el monarca inglés Jorge II, relatándole el hecho y presentándole su cabeza cercenada como prueba de lo acontecido. Sin embargo, en aquel entonces, el episodio no tuvo mayor repercusión porque los escarceos entre ingleses y españoles eran la tónica del día y si unos cometían barbaridades, los otros las devolvían y viceversa.
Como trasfondo a estos episodios se encontraba la encarnizada disputa que ambas potencias mantenían por el control del tráfico mercantil con las Indias. España, intentando mantener un monopolio que ya estaba dejando de serlo, e Inglaterra, deseando ejercer su influencia militar y naval en el Caribe y Norteamérica.
Para rebajar la tensión, en 1729 los británicos y españoles firmaron el Tratado de Sevilla, por el que los primeros se comprometían a no comerciar con las colonias españolas en América, exceptuando casos puntuales acordados entre ambas partes mediante los llamados navíos de permiso. Por este mismo Tratado, la Marina española tenía plena facultad para interceptar en sus aguas todos los navíos británicos sospechosos de llevar cargas ilegales e interceptar su mercancía, lo que se conoció como derecho de visita. Y eso es lo que había sucedido en 1731 con el Rebecca.
Pero Inglaterra, ansiosa por socavar el poderío español, urdió toda una estrategia para romper los acuerdos establecidos. El primer paso fue negar la legalidad del derecho de visita, calificándolo como puro acto de piratería. Y, en segundo lugar, buscar una confrontación directa con España para romper un status quo que no les beneficiaba en nada.
Por ello, en 1738, la Cámara de los Comunes volvió a llamar a Jenkins para que relatara con todo lujo de detalles la afrenta a la que había sido sometido siete años antes y éste lo hizo muy gustosamente. Según sus palabras, el capitán Fandiño le había dicho tras rebanarle la oreja: “Ve y dile a tu rey que lo mismo lo haré si a lo mismo se atreve”. Sea verdad o mentira que tal frase llegara a pronunciarla en algún momento el capitán Fandiño, lo cierto es que lo que hacía siete años se había tomado como un lance más o menos normal en la lucha entre ambos países, ahora se convirtió en una afrenta al mismísimo rey, por lo que el primer ministro, Walpole, declaró la guerra a España el 23 de octubre de 1739.
Se iniciaba así un conflicto bélico que se extendería hasta 1748 y que entroncaría con la guerra de Sucesión Austríaca.
Aun así, el escenario bélico principal se encontraría en aguas del Caribe, con un episodio principal: el intento de conquista por las tropas británicas de la plaza de Cartagena de Indias en 1741, cuando una flota británica de 186 naves y 27.000 hombres, sería derrotada por una guarnición española de 3.500 soldados al mando del almirante Blas de Lezo.
Un año antes de que aconteciera este episodio, en los astilleros de La Habana se había construido el buque Nuestra Señora de Belén, un navío de dos puentes y armado con 70 cañones. Tras unos años de navegación, pasó al mando del capitán Pedro Mesía de la Cerda, un afamado cordobés y miembro de la Orden de San Juan. Experto navegante, de la Cerda había participado en las batallas de Cabo Passaro y en la de San Vicente, además de luchar contra los corsarios argelinos en el Mediterráneo y participar en la exitosa conquista de Orán en 1732.
Era, por tanto, un marino tremendamente experimentado, por lo que no es de extrañar que en la primavera de 1747 partiera de La Habana en el Glorioso con un cargamento de cuatro millones de pesos de plata amonedada con destino a España.
Sin apenas contratiempos, el barco divisó la Isla de las Flores, en las Azores, el 25 julio, momento en el que se topó con un convoy mercante inglés, escoltado por varios buques de guerra. Como sus órdenes consistían estrictamente en llevar el cargamento a puerto, de la Cerda ordenó alejarse del lugar a toda vela. Pero los ingleses, observando un navío español sin custodia alguna, no quisieron desaprovechar la ocasión de abordarlo y uno de los buques de guerra del convoy abandonó la formación para tratar de alcanzarlo.
Se trataba de la fragata Lark, armada con 40 cañones y que por su menor envergadura y peso no tardó en alcanzar al Glorioso. Sin embargo, los ingleses sabían que la presa no sería fácilmente dominada, por lo que decidieron buscar el amparo de la noche para desarbolarla y ralentizar así su marcha, a la espera de que algún otro buque inglés del convoy llegara en su ayuda para abordarla completamente.
A eso de las nueve de la noche y con la luna llena como aliada, el Lark disparó sus cañones. El Glorioso respondió inmediatamente, dañando el caso del buque inglés. El combate no tuvo un claro vencedor, pero sirvió para retrasar el viaje del Glorioso y que otro buque inglés, el Warnick lo interceptara. Este otro barco era mucho más peligroso que el Lark, ya que contaba con 60 cañones, una considerable fuerza de ataque.
Hacia las dos de la mañana. El Warnick comenzó con su ataque al Glorioso. Durante toda la noche, ambos buques fueron cañoneándose y persiguiéndose, el Glorioso siempre navegando por delante del inglés e intentado minimizar los disparos recibidos, a la vez que descargaba con furia sus cañones.
Con el amanecer, de la Cerda descubrió con alivio que el Warnick había sido dañado casi mortalmente. El palo mayor y el trinquete estaban destrozados, por lo que le era del todo imposible continuar la persecución del barco español. Por el contrario, el Glorioso tenía casi intactas sus piezas fundamentales y, aunque dañado, prosiguió con la navegación fijada. La pericia del capitán y de su tripulación habían evitado un desastre mayúsculo y, contra todo pronóstico, habían salido victoriosos de dos combates prácticamente seguidos.
Cuando la noticia de la derrota llegó al Almirantazgo inglés, el capitán del Warnick y jefe de aquel convoy, John Crooksanks, fue fulminantemente cesado de su cargo.
Lo que los ingleses desconocían en ese instante, es que sus desdichas no habían hecho nada más que comenzar y que el Glorioso aún debía de dar mucha más fama a su nombre.