Se realizó un proceso de investigación para llevar a cabo el proceso creativo con el que se definió el concepto del proyecto, para luego definir el desarrollo de personajes y escenarios con el que se delimitó el naming del proyecto.
Se realizó un proceso de investigación para llevar a cabo el proceso creativo con el que se definió el concepto del proyecto, para luego definir el desarrollo de personajes y escenarios con el que se delimitó el naming del proyecto.
En el bullicioso y colorido paisaje de Singapur, vive una niña pequeña de siete años, cuyo espíritu resplandece con la misma intensidad que el sol tropical. Con su cabello castaño recogido en dos coletas rojas, parece que cada mechón de su cabello tiene vida propia, saltando y danzando al compás de su energía inagotable. Su rostro, de piel clara y pecas que parecen estrellas dispersas, irradia alegría y curiosidad, capturando la atención de quienes la rodean.
Siempre viste un vestido amarillo brillante que recuerda a los campos de flores en primavera. El color vibrante refleja su naturaleza alegre y juguetona, mientras que las botas rojas que lleva puestas añaden un toque de audacia a su apariencia. Las calcetas que adornan sus botas son de un blanco puro, anudadas con un cuidado que denota su pequeño sentido del estilo. Cada vez que camina, su vestido se agita a su alrededor, como un rayo de sol que ilumina el sendero por donde pasa.
Su personalidad es un torbellino de energía y curiosidad. Le encanta explorar cada rincón de su vecindario, desde los vibrantes mercados hasta los tranquilos parques donde los árboles se mecen suavemente con la brisa.
Así, esta niña pequeña de Singapur, con su vestido amarillo y botas rojas, se convierte en una protagonista en su propio cuento de aventuras. Su energía y curiosidad son un recordatorio constante de la belleza de la infancia, de la importancia de explorar y cuidar el mundo que nos rodea, y de cómo, a través de los ojos de un niño, cada día puede ser una nueva aventura llena de posibilidades.
En un rincón encantado del bosque, donde el murmullo de los ríos se entrelaza con el susurro de las hojas, habita un hada alta y delgada llamada Shui. Su presencia es etérea, casi como un destello de luz en la penumbra del bosque. Su largo cabello rosado fluye como un río de pétalos, cayendo en suaves ondas que parecen danzar con la brisa. Cada hebra brilla con un resplandor sutil, como si capturara los primeros rayos del amanecer, iluminando su figura delicada.
La piel de Shui es de un blanco inmaculado, suave como el terciopelo y resplandeciente en la luz del sol. Sus rasgos son finos y delicados, y sus ojos, de un negro profundo, reflejan la serenidad de las aguas que protege. En su mirada se puede leer la sabiduría de los siglos, un vínculo íntimo con la naturaleza que la rodea.
Las alas de Shui son su característica más extraordinaria. Hechas de agua cristalina, siempre están en movimiento, creando destellos de luz que imitan la superficie de un río bajo el sol.
Descalza, Shui se mueve con gracia y ligereza, cada paso en contacto directo con la tierra le permite sentir las vibraciones del mundo natural. Sus pies, acariciados por la hierba y el barro, están en sintonía con el pulso de la naturaleza, un recordatorio constante de su papel como guardiana de los ríos y sus ecosistemas. La conexión que tiene con la tierra es palpable; cada vez que camina, las flores parecen abrirse a su paso y los animales la observan con curiosidad y respeto.
Shui es más que un simple hada; es un símbolo de la armonía entre el agua y la vida. Su misión es proteger los ríos y las criaturas que dependen de ellos, asegurándose de que fluyan limpios y puros.
Sin embargo, su esencia también lleva un mensaje de advertencia. Shui es un recordatorio de que el equilibrio de la naturaleza es frágil. Cuando las aguas se contaminan o los ecosistemas se ven amenazados, su tristeza es palpable, y el brillo en sus ojos se torna melancólico.
En las profundidades de un bosque olvidado, donde el sol apenas alcanza a tocar el suelo, habita una criatura enorme y robusta, forjada de lodo verde y cubierta de desechos. Su figura se alza imponente, casi como un coloso de la naturaleza, con una altura que desafía a los árboles más altos que lo rodean. Su cuerpo, una amalgama de musgo en descomposición , revela la descomposición de un entorno que una vez fue prístino, ahora distorsionado por la avaricia y la negligencia de la humanidad.
Los ojos de la criatura, tres imponentes ojos rosa, brillan con una intensidad casi sobrenatural, reflejando un resentimiento palpable. Su mirada, puede demostrar opuesto a su instinto personalidad, parece atravesar el alma de quienes se atreven a cruzarse en su camino. Cada movimiento que hace es lento pero firme, como si cada paso resonara con la historia de un ecosistema devastado.
Su piel, formada por una mezcla de lodo y residuos orgánicos, brilla de manera inquietante bajo la escasa luz que filtra el dosel del bosque. La textura es mocosa, con fragmentos de metal y vidrio incrustados que parecen contar las historias de aquellos que han sido consumidos por su voracidad.
A medida que se mueve, la criatura emite un sonido sordo y retumbante, como el eco de un trueno distante, un recordatorio de la furia de la naturaleza ofendida. Su presencia es a la vez aterradora y fascinante, un testamento de lo que puede surgir cuando el mundo natural es despojado de su esencia.
Cada vez que la criatura se manifiesta, deja un rastro de desolación y tristeza, como si su existencia misma fuera una advertencia a la humanidad: un llamado a la reflexión sobre las consecuencias de la destrucción ambiental. En su esencia, se siente el lamento de la tierra, una voz que clama por redención y respeto, recordándonos que, aunque la corrupción y la contaminación pueden dar lugar a seres como él, la verdadera fuerza de la naturaleza reside en su capacidad de regenerarse, siempre que se le permita.
En un rincón mágico del bosque, entre las raíces de antiguos arboles, hongos y el susurro del viento, vive una pequeña bellota de color marrón. Su forma redondeada y suave la hace parecer un dulce tesoro escondido entre la hojarasca. Sobre su cabeza, lleva un sombrero marrón oscuro que parece hecho de la misma corteza de los árboles que la rodean, dándole un aire de elegancia natural.
La cara de la bellota es una hoja otoñal, llena de matices cálidos que van del dorado al ámbar. Esta hoja no es solo un rasgo decorativo; su apariencia cambia con sus emociones. Cuando está contenta, su hoja resplandece con un brillo dorado, mientras que si se siente triste, toma un tono más apagado, como si el sol hubiera decidido ocultarse. Esta capacidad de reflejar sus sentimientos hace que la bellota sea aún más encantadora y conecta profundamente con aquellos que la rodean, permitiendo que los demás comprendan su estado de ánimo sin necesidad de palabras.
A pesar de su pequeño tamaño, que apenas llega al de una nuez, su agilidad es asombrosa. Se mueve con rapidez y gracia entre la maleza, saltando de una hoja a otra, esquivando ramas y explorando cada rincón del bosque.
La bellota es amiga de todas las criaturas del bosque. A menudo se la ve jugando con las ardillas, corriendo detrás de ellas mientras recolectan nueces, o conversando con los pequeños pájaros que anidan en los árboles. Su risa es un sonido melodioso, un eco de alegría que resuena entre los troncos y llena el aire de felicidad. Con cada encuentro, su presencia trae un aire de optimismo, y su capacidad para ver la belleza en los detalles más pequeños es contagiosa.
Así, esta pequeña bellota marrón, con su sombrero oscuro y su cara de hoja otoñal, no solo es una adorable habitante del bosque, sino también un símbolo de la conexión entre todas las criaturas de la naturaleza. Su agilidad, su capacidad de reflejar emociones y su amor por la aventura la convierten en un personaje entrañable, recordándonos que incluso los seres más pequeños pueden tener un gran impacto en el mundo que los rodea.
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