Doctoranda en Ciencias Sociales, Colegio de Michoacán (México)
Doctoranda en Ciencias Sociales por El Colegio de Michoacán y maestra en Antropología Social por el CIESAS. Miembro de la red Estudios interdisciplinarios sobre vulnerabilidad, construcción social del riesgo y amenazas naturales y biológicas, CIESAS (México).
Desde la época colonial hasta principios del siglo XX, las plagas de langostas fueron uno de los fenómenos naturales más temido por las poblaciones del actual territorio venezolano. Una de las invasiones de la cual se tiene registro ocurrió entre 1870 y 1888, asoló los sembradíos de la región occidental y costera, con algunas repercusiones sobre los estados del sur y del oriente del país. La presencia de los insectos tuvo efectos negativos sobre el consumo y comercialización de los rubros agrícolas, con consecuencias nefastas para una población diezmada y una economía que aún no se recuperaba de los embates causados por la guerra de independencia.
Frente a la ausencia de estrategias materiales efectivas que contrarrestaran los embates de las langostas, la población volcó sus esfuerzos hacia explicaciones y soluciones divinas, con la esperanza de socavar la voracidad de los insectos y sus efectos nocivos sobre los campos cultivados. Siguiendo los documentos históricos, las langostas eran vistas como miserables espectros del infierno, cuyo único modo de destrucción era unir las plegarias de la población al Altísimo para que tuviera misericordia frente a la fuerza del vil insecto. Se afirmaba que ningún poder humano era suficiente para destruir su voracidad, sólo las preces al Ser Supremo podría liberarlos de la saña del mayor enemigo de la vegetación, pues plantaciones enteras de cereales desaparecían instantáneamente.
A la vez que se abogaba por un Padre piadoso y protector, se señalaban a los fenómenos naturales como el resultado de la ira divina, como flagelo, expiación de la culpa colectiva por los pecados del Hombre. Entonces, el castigo surgió como una forma de comprender la presencia de los insectos, respaldada por apreciaciones bíblicas del fenómeno natural, en medio del cristianismo reinante en la sociedad del momento. Proliferaron rogativas, súplicas y misas a la Virgen y a los Santos para que actuaran como intermediarios y calmaran la furia de Dios, o se le pedía directamente al Ser Supremo para que aliviara las penas causadas por las plagas e hiciera desaparecer a los aterradores insectos. Fueron frecuentes las misas a la Virgen de las Mercedes, patrona de las langostas, o a la Santísima del Socorro. También se hizo común la exposición de imágenes religiosas en los altares de las Iglesias durante varios días como una medida para librarse de los estragos de las plagas, mientras se insistía que sólo la mano siempre protectora de la providencia podría cicatrizar las heridas inferidas en la agricultura.
En este sentido, las langostas fueron vistas como resultado de la ira del Altísimo sobre los seres humanos y, al mismo tiempo, como un evento sobrenatural que sólo la piedad del Todopoderoso sería capaz de combatir. Incluso, ya para 1574 se había construido una ermita en honor a San Mauricio, nombrado abogado de las langostas cuando en aquella época invadieron a la región. Igualmente, se nombró a San Francisco padre de los campos desolados por las plagas, las epidemias y el hambre.
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