Universidad de Sevilla, España
Graduado en Historia por la Universidad de Alicante. Máster en Estudios Americanos en la especialidad de Historia de América por la Universidad de Sevilla. Actualmente es alumno del programa de Doctorado en Historia de la Universidad de Sevilla, donde desarrolla su tesis doctoral sobre la transformación y expansión urbana de La Habana entre 1771 y 1834. Ha formado parte del proyecto de investigación “Connected Worlds: The Caribbean, Origin of Modern World” (ConnecCaribbean) dirigido por la Dra. Consuelo Naranjo Orovio. Ha realizado numerosas estancias de investigación en instituciones nacionales y extranjeras. Es autor de varios artículos publicados en revistas de investigación y libros colectivos y, asimismo, ha intervenido como ponente en distintas reuniones académicas en España, Portugal, Francia, México, Costa Rica, Colombia, Perú y Argentina.
Imagen de portada: Grabado de William Heath, Monster Soup, 1828.
En el marco de expansión comercial del siglo XIX, las rutas marítimas constituyeron una vía de circulación de enfermedades contagiosas, a veces con alcance epidémico. Estos eventos tuvieron repercusiones dramáticas, no solo en términos humanos, sino también para los mercados locales. En el primer tercio de la centuria, Cuba era una economía especializada en la producción de azúcar, uno de los productos que encabezaban la balanza del comercio mundial. La Corona permitió ciertas concesiones a la élite azucarera, entre otras razones, porque generaba un rendimiento significativo para las arcas hacendísticas. A pesar del aumento de la presión fiscal en las aduanas, desde la década de 1820 el intendente de Real Hacienda Claudio Martínez de Pinillos, conde de Villanueva, intentó equilibrar los intereses de la isla con los ingresos de la monarquía mediante la reducción de algunas tasas.
En este escenario, entre 1826 y 1828, se produjo un brote epidémico de dengue. Comenzó en las costas de Georgia (Estados Unidos) y se extendió por todo el Gran Caribe, con especial incidencia en las Antillas. La epidemia se manifestó en Cuba en marzo de 1828, alcanzando su mayor prevalencia en el mes de mayo. Aunque la enfermedad no fue grave, se convocó la Junta Superior de Sanidad, una entidad local dedicada a la gestión de la salud pública que articulaba a la autoridad civil con la presencia de facultativos médicos. Esta corporación dictó una serie de medidas de saneamiento ambiental.
La alarma creció cuando un particular publicó en la prensa local un anunció que ofrecía la venta de tónicos de vinagre para combatir «la peste». La puesta en relación entre la epidemia de dengue y el supuesto remedio contra una enfermedad pestilente inquietó a los dirigentes municipales, pues la circulación de este tipo de información en el extranjero podía provocar rechazo hacia los intercambios comerciales, al interpretarse que se trataba de una epidemia contagiosa.
Aunque la incidencia del virus disminuyó a lo largo de junio, las autoridades, y especialmente el intendente, consideraron necesario justificar que la dolencia no era contagiosa. El conde de Villanueva encargó al doctor José Antonio Bernal Muñoz, protomédico tercero del Real Tribunal del Protomedicato, la redacción de una memoria sobre la epidemia.
En palabras del propio intendente: «Mi intento es que se conozca dentro y fuera de esta isla el carácter particular de esta dolencia, que ya ha desaparecido enteramente y que a nadie causó la muerte sino complicándose con otros achaques anteriores».
En el marco de expansión comercial del siglo XIX, las rutas marítimas constituyeron una vía de circulación de enfermedades contagiosas, a veces con alcance epidémico. Estos eventos tuvieron repercusiones dramáticas, no solo en términos humanos, sino también para los mercados locales. En el primer tercio de la centuria, Cuba era una economía especializada en la producción de azúcar, uno de los productos que encabezaban la balanza del comercio mundial. La Corona permitió ciertas concesiones a la élite azucarera, entre otras razones, porque generaba un rendimiento significativo para las arcas hacendísticas. A pesar del aumento de la presión fiscal en las aduanas, desde la década de 1820 el intendente de Real Hacienda Claudio Martínez de Pinillos, conde de Villanueva, intentó equilibrar los intereses de la isla con los ingresos de la monarquía mediante la reducción de algunas tasas.
En este escenario, entre 1826 y 1828, se produjo un brote epidémico de dengue. Comenzó en las costas de Georgia (Estados Unidos) y se extendió por todo el Gran Caribe, con especial incidencia en las Antillas. La epidemia se manifestó en Cuba en marzo de 1828, alcanzando su mayor prevalencia en el mes de mayo. Aunque la enfermedad no fue grave, se convocó la Junta Superior de Sanidad, una entidad local dedicada a la gestión de la salud pública que articulaba a la autoridad civil con la presencia de facultativos médicos. Esta corporación dictó una serie de medidas de saneamiento ambiental.
José Antonio Bernal Muñoz (1828). Memoria sobre la epidemia que ha sufrido esta ciudad, nombrada vulgarmente el dengue. Sevilla: Archivo General de Indias.
La alarma creció cuando un particular publicó en la prensa local un anunció que ofrecía la venta de tónicos de vinagre para combatir «la peste». La puesta en relación entre la epidemia de dengue y el supuesto remedio contra una enfermedad pestilente inquietó a los dirigentes municipales, pues la circulación de este tipo de información en el extranjero podía provocar rechazo hacia los intercambios comerciales, al interpretarse que se trataba de una epidemia contagiosa.
Aunque la incidencia del virus disminuyó a lo largo de junio, las autoridades, y especialmente el intendente, consideraron necesario justificar que la dolencia no era contagiosa. El conde de Villanueva encargó al doctor José Antonio Bernal Muñoz, protomédico tercero del Real Tribunal del Protomedicato, la redacción de una memoria sobre la epidemia.
En palabras del propio intendente: «Mi intento es que se conozca dentro y fuera de esta isla el carácter particular de esta dolencia, que ya ha desaparecido enteramente y que a nadie causó la muerte sino complicándose con otros achaques anteriores».
La publicación de esta memoria respondía a un doble propósito: por un lado, disuadir la idea de que la enfermedad no era contagiosa y que no se podía propagar por medio del tráfico marítimo; por otro lado, minimizar su letalidad para restarle importancia. Esto se hace evidente en ciertos pasajes del texto, en los que se adopta un tono jocoso para referirse a la afección.
La obra, de veintiséis páginas, incluye un prólogo introductorio y un ensayo que aborda la clasificación de la enfermedad, sus causas y tratamientos. El prólogo, particularmente llamativo, resta gravedad a la epidemia con un tono distendido, cómico y alejado de la tragedia, subrayando la actitud animosa de la población y la ayuda mutua entre vecinos como prueba de la inexistencia del contagio. Para reforzar este argumento, alude a casos en que solo algunos miembros de una familia enfermaron, mientras que otros, conviviendo en el mismo espacio, no se vieron afectados.
Bernal Muñoz clasificó la epidemia como fiebre linfática o adenomeníngea producida por las variaciones del clima, concretamente por el contraste del calor ardiente del día y las brisas frescas de la noche. En cuanto al método curativo, recomendó la dieta absoluta, baños de pies y brazos y aplicaciones tópicas. Reconoció, no obstante, que quienes estaban convalecientes o presentaban afecciones graves, podía empeorar o fallecer.
En este evento, la creciente circulación del conocimiento médico y de información impresa desempeñó un papel fundamental. Como hemos podido comprobar, la circulación de noticias relativas a epidemias podía perturbar el funcionamiento de los circuitos mercantiles, especialmente si se sugería la existencia de una enfermedad contagiosa. De ahí la estrategia del conde de Villanueva: promover una memoria oficial que no solo informara sobre la naturaleza del brote, sino que defendiera la seguridad sanitaria de Cuba como plaza comercial. Se trataba de contrarrestar el efecto negativo de rumores y anuncios sensacionalistas, como el del tónico contra la peste, y proyectar una imagen de control y estabilidad frente al exterior.
Bernal Muñoz, José Antonio (1828), Memoria sobre la epidemia que ha sufrido esta ciudad, nombrada vulgarmente el dengue, La Habana, Oficina del Gobierno y Capitanía General.
Guerra, Francisco (1999), Epidemiología americana y filipina, 1492-1898, Madrid, Ministerio de Sanidad.
Moreno Fraginals, Manuel (2001), El ingenio: complejo económico social cubano del azúcar, Barcelona, Crítica.
Naranjo Orovio, Consuelo (2009, coord.), Historia de Cuba, Madrid, Doce Calles.
No tenemos un vínculo directo que mostrar, pero podemos contactar al autor mediante el correo de la red: gestion.riesgo@pucv.cl