publicado octubre 25, 2026


TÍA LEYDA FERRER PÉREZ

Pedro Luis Ferrer Montes


El próximo domingo, 8 de marzo, cumplirá en Cuba ochenta y cinco años mi prima hermana Leydita Urrutia Ferrer. Su hermano, mi querido primo Tony, me lo ha recordado desde México, en un sensible whatsapp. En mi mente se agolpan innumerables pasajes de mi adolescencia en la barriada habanera de Santos Suárez, cuando los visitaba cotidianamente en su casa de Goicuría, amena, fraterna y aleccionadora. Llegue a mi prima nuestro abrazo de siempre.

Su madre, mi tía Leyda Ferrer Pérez, influyó mucho en mi formación, como músico y persona. He comentado poco acerca de este eslabón importante de mi ser.

Excelente pianista —dominaba el más prestigioso repertorio de los compositores clásicos cubanos y universales—, nunca tuvo la ambición de ser famosa ni de lidiar con el mundo del espectáculo. Su carácter amable y sensible, forjado en el catolicismo, se circunscribió a su entorno hogareño y familiar con una gratitud notoria que no dejaba hendija a la frustración. Se dedicó a la humilde enseñanza desde su casa en Santos Suárez, con un amor constante al magisterio y la música.

Vivíamos a dos cuadras y media, en la barriada de Santos Suárez —reitero. Yo era un joven adolescente. En mi casa no había teléfono, y tía Leyda me anotaba pacientemente los recados. De tal suerte, la visitaba cuatro o cinco veces por semana con el múltiple objetivo de actualizar los recados, hacer algunas llamadas y escuchar su piano y sus consejos.

Por lo general, me le aparecía en medio de una clase. Me sentaba a disfrutar el lapso de la enseñanza, su accionar paciente y delicado, combinado con la exigencia más rigurosa. Al despedir al estudiante, niño o niña, invariablemente me ofrecía un refrigerio: sus ensaladas frías eran una exquisitez, acompañadas alternativamente por una limonada, un batido, o un jugo. A veces me sorprendía con una cuña de pastel, unas croquetas, un sándwich… Siempre esmerada en esas atenciones sencillas que conforman la bondad.

Luego, regresaba al piano y, con su insospechada energía, me mostraba un mundo hasta entonces desconocido para mí. Ahí me estrené con Lecuona, Sánchez de Fuentes, Caturla, Saumel, Cervantes, e infinidades de versiones del repertorio tradicional cubano: El manisero, Son de la loma, La bayamesa… en versiones rigurosas para piano, cuyas partituras estaban impresas en un álbum muy buen conservado, «oro molido» como ella lo definía jocosamente. Y en eso, se acercaban mi prima Leydita o su hermana jimagua, Cristina, a entonar una formidable canción de Bola de Nieve, o aparecían mis primos Angelito y Tony con sus timbres atenorados a secundar una versión de «Sinoney». En un instante se armaba un teatro musical que me rebosaba de satisfacción.

Y, como dice el refrán, «entre col y col, una lechuga»: súbitamente, tía tecleaba algo de Mozart, de Chopin, de Bach, para abrirme el apetito por los clásicos eternos. «Tienes que aprender el tesoro que existe para que lo tuyo crezca, Pedrito» — me decía, refiriéndose a mi inquietud creativa.

Lo cierto es que debo a tía Leyda la cosmovisión que adquirí tempranamente de la pianística cubana y universal.


Marzo 8, 2026


ferrermusicllc@pedroluisferrer.com