Para los que vivimos cerca de las montañas y que con un giro de cabeza podemos contemplar su belleza e inmensidad, últimamente parece que estamos de suerte. Y estamos precisamente de suerte porque un manto blanco las cubre, envolviendo a la roca sólida y fría, a los árboles y valles que entre ellas discurren dejando un cuadro precioso, único en esta época invernal y cada vez menos frecuente por el tiempo tan extraño que no deja que el invierno sea invierno.
Reconozco que invita a pensar. Cuando desde la lejanía te pierdes contemplando cómo un enorme bloque blanco se presenta ante tus ojos, te surgen preguntas; a veces, intuyes respuestas, pero sobre todo, te sabes bendecido por poder contemplar un paraje tan bonito y das gracias a Dios por lo contemplado. Te das cuenta que lo creado por Él (que muchas veces nosotros miramos como rutinario), se convierte en algo que te enmudece.
En la vida, sobre todo en la que ahora está de moda vivir, ocurre lo mismo. Mucha gente está perdida de toda esperanza e ilusión por llegar hasta su cumbre. Se conforman con no iniciar su escalada hasta lo más profundo del corazón. Por eso, Dios nos llama a todos en nuestra vida a abrir huella, especialmente a aquellos a los que le han conocido y ha transformado radicalmente sus vidas. Una huella que va directo hacia lo hondo de cada persona, al encuentro con Él, y que espera pacientemente para que encuentres tu felicidad y te reconozcas en un mundo que lucha por alejarte de tu mundo interior. Existe gente hoy que se siente insegura, no conoce el camino y no sabe donde tiene que pisar. Por eso, los que hemos conocido la mayor expresión del Amor, tenemos la responsabilidad de acercar a esas personas e intentar guiarlas hasta lo mas alto de su ser.
¿Y tú, te atreves a abrir huella?
PastoralSJ