Hay esperas bonitas.
Y hay esperas que solo pueden ser urgentes, impacientes.
El Adviento tiene algo de ambas.
Los cristianos comenzaremos el domingo el adviento, representado tradicionalmente con el color morado. Este color significa cambio, transformación, ganas de encontrarse con Jesús.
Para un cristiano la palabra esperar debería tener siempre un significado activo. La espera no puede separarse de buscar y hallar, de actuar, de comprometerse, de lo que Ignacio de Loyola entendía por en todo amar y servir.
Podríamos plantearnos esta espera como quien "espera el autobús": se trata tan solo de tener paciencia y ocupar el tiempo, de "dejar que el tiempo pase", y que lo haga lo más rápidamente posible. Es una espera que sabe, casi con total certeza, cómo será el final. Hay poco lugar para lo imprevisto, para la novedad. Si salgo de casa siempre a la misma hora, casi seguro que tendré que esperar siempre lo mismo en la parada del autobús. Hay una manera de entender la religión que conoce perfectamente todo el camino a recorrer . Donde no hay lugar para los cambios, la novedad, lo impredecible...
Hay otro tipo de espera. La espera de una mujer embarazada. La llegada de quien ha de venir es no solo deseada sino anticipada, soñada, ilusionada. Es una espera que también conlleva miedos, que nos cambia la vida y que nos la cambiará aún más. Esa espera nos cambia. Es una espera en la que deseamos dar la bienvenida. Es una espera habitada por quien ha de venir (hasta se pueden sentir sus pataditas). Es una espera en la que hay cabida para nuestra acción; una espera que nos enraíza en la vida. Hay una manera de entender la espiritualidad que está abierta a «un Dios siempre mayor», siempre nuevo. Esta segunda manera de esperar presupone que toda realidad está habitada por Dios.
¿Cómo puedo prepararme para este tiempo de adviento?
¿Qué actitudes me gustaría cuidar para que no sea un tiempo que se me escape sin darme cuenta?