En la filosofía japonesa, la impermanencia no es tragedia. Es la condición que hace sagrado cada instante. Eso es lo que el duelo, cuando se honra, te devuelve: la capacidad de vivir de verdad.
El duelo llegó temprano.
A los 11 años murió quien me enseñó que crear es una forma de estar vivo. A los 13, un gran amigo decidió irse por cuenta propia. A los 16, mi abuela no volvió a abrir los ojos. La muerte se convirtió en un significante muy presente.
En medio de esas partidas físicas, las simbólicas también se abrieron paso, mis padres se separaron. Cuando el mundo era demasiado, los libros se convirtieron en mi refugio, donde encontraba palabras para lo que no sabía nombrar. Y el dibujo se volvió un abrazo para el alma.
El arte nos sostiene.
Fui madre joven, cambie de proyecto de vida, renuncié a una beca. Estudié y trabaje arduamente, en medio de garabatos en mis apuntes, de dulces y manitos traviesas, en medio del vínculo más significante que he conocido en mi vida.
Me separé de una pareja que realmente amaba. No porque dejara de quererlo, sino porque quedarse ya no nos hacía bien.
Y en medio de todo eso, la depresión toco a la puerta.
En caos, sin manual. Sosteniendo a mi nena mientras yo también necesitaba ser sostenida.
Aún no se como, salí, salimos adelante. Pero aprendí que pedir ayuda no es debilidad. Es el acto más valiente que existe. Y hoy agradezco a todos los que nos tendieron una mano, una palabra, una mirada dulce.
No necesitas que alguien muera para que tu duelo sea válido.
A lo largo de estos años una parte importante de mi familia a cruzado la frontera.
Los amo. Los extraño. Y sé exactamente lo que se siente cuando las personas que forman parte de ti viven en otro país, en otra zona horaria, en otra vida que tú no puedes ver de cerca.
Y nadie te dice que eso también se llama duelo. Nadie te da permiso de llorarlo. Porque "están vivos." Porque "puedes visitarlos." Porque "hay videollamada."
Pero la verdad es que tu dolor por la distancia es válido. Tu extrañar es amor. Y merece ser sostenido.
Black estuvo con nosotros 16 años.
En las noches más difíciles de mi infancia, en los momentos donde todo pesaba, él simplemente se quedo. Me recibió después de irme, no me juzgo, siempre me dio calor.
Cuando murió, lloré de una manera que no esperaba. Yo. Especialista en duelo. Llorando igual que todos mis pacientes. Él me enseño mucho, pero sobre todo:
El vínculo no se mide por la especie. Se mide por el amor.
Hospices. Parquesantos. Funerarias.
Sostuve manos en últimas horas. Aprendí a quedarme donde otros no podían.
Duelos por muerte, separación, mascota, pérdida perinatal, ansiedad, fin de vida.
Todos me enseñaron lo mismo:
Somos como el pétalo de sakura. No vivimos a pesar de la impermanencia. Vivimos gracias a ella.
La muerte no es el final. Es el umbral donde el amor se transforma.
Por ello diseñé mi marca desde adentro.
Un pétalo de sakura. Una "N" en forma de portal.
Porque creo, con todo lo que soy y todo lo que he perdido, que la muerte no es un final. Es un umbral.
Que el duelo no se cura. Se transforma.
Y que cuando aprendes a mirar la pérdida con ojos conscientes y amorosos, algo en ti cambia para siempre.
Empiezas a vivir de verdad.
No tienes que llegar entera.
Puedes llegar rota. Cansada. Confundida. O simplemente con ganas de saber que alguien puede quedarse contigo.
Ese primer paso,el de buscar compañía para el camino, ya es un acto de amor hacia ti misma.