Seguramente nunca te has hecho la pregunta de cuánto contamina internet, pues para ti y para muchas personas, Internet es un mundo netamente digital, y no se asocia con la contaminación.
El almacenamiento en la nube es una tendencia tecnológica en desarrollo; podemos conectarnos a Internet desde cualquier lugar del mundo únicamente con nuestro móvil y una señal wifi.
Pero hay una realidad mucho menos alentadora: la industria de tecnologías de la información y comunicación (TIC) a escala global posee un enorme impacto ambiental.
Se trata de un problema que no es popular en nuestra sociedad, pero no por ello deja de ser importante.
Cada búsqueda que realizamos en Google, cada vez que subimos una foto a Instagram, o cada vez que enviamos un correo electrónico o vemos un vídeo en Youtube, se genera un volumen de consumo eléctrico y, por consiguiente, se emiten gases de efecto invernadero.
No llevamos dinero en el bolsillo, pagamos con una app. Tampoco gastamos papel ni tinta en revelar o imprimir las fotos, tenemos gigas casi infinitos para guardarlas. Y los discos y las películas se acumulan en las plataformas de streaming.
Hemos subido el mundo físico a la nube, un lugar que parece flotar sobre nuestras cabezas y al que se conectan miles de millones de teléfonos móviles y ordenadores. Y al hacerlo, nos hemos olvidado de una cosa: la nube no es etérea, está formada por chips y cables hechos de materiales cada vez más difíciles de encontrar y consume energía que, la mayor parte de las veces, proviene de combustibles fósiles. La nube puede parecer invisible, pero su impacto en el planeta no lo es.
No se huele, ni se descompone, pero contamina: es la llamada basura digital.
Los correos spam, y las cuentas en correos electrónicos y en redes sociales que fueron abiertas pero no se utilizaron o que fueron abandonadas, representan una fuente de contaminación al medio ambiente que es definida como basura digital, pues es información que circula en nuestros equipos y que no es útil.
Cuando se piensa en la nube, la primera imagen que se viene a la cabeza es la de un elemento blanco, limpio y etéreo, pero nada más lejos de la realidad: el llamado cloud es una red de servidores conectados entre sí y a internet en los que se almacenan, administran y procesan los datos de los usuarios digitales, así como la información que circula por internet. Estos están conectados 24 horas al día, 365 días al año y se hallan distribuidos por todo el mundo. Estos centros necesitan un potente sistema de refrigeración para que no se sobrecalienten, lo que aumenta aún más su gasto energético.
“Este es el error que se comete, obviar que la digitalización es un gasto de agua y de tierra”. En términos generales, el uso global de internet podría implicar 2,6 billones de litros de agua al año.
A día de hoy podemos decir que existe un consenso sobre la transformación digital como una de las vías fundamentales hacia una economía y una sociedad más sostenibles. La digitalización, según el World Economic Forum, puede contribuir a descarbonizar el planeta reduciendo las emisiones de dióxido de carbono hasta un 35 % en la próxima década.
Internet, la tecnología basada en datos y sus aplicaciones en diferentes industrias y actividades cotidianas son claves para lograr procesos más eficientes, además de servicios más inmediatos y personalizados y, en definitiva, una vida más cómoda. Sin embargo, aunque las herramientas digitales aporten soluciones con una demanda de recursos naturales aparentemente menor que sus versiones analógicas, no siempre son inocuas para el planeta.
¿QUÉ ES LA CONTAMINCACIÓN DIGITAL?
Se denomina contaminación digital a las emisiones de carbono detrás de nuestra actividad digital: desde el consumo de los centros de datos hasta el de las redes de transmisión y el de los dispositivos que tenemos en nuestras manos durante horas todos los días. Se calcula que el uso mundial de internet consume 416,2 TWh anuales -según un estudio de Website Carbon-, un consumo eléctrico mayor que el de todo el Reino Unido.
Para ilustrarlo con tan solo uno de tantos escandalosos ejemplos, para garantizar la seguridad de la criptomoneda, se necesita tanta energía como la que un país como Irlanda consume en un año.
Hoy en día podemos almacenar todos nuestros archivos de forma remota en la nube gracias a las multinacionales de internet. El modelo de negocio es simple: las compañías construyen una gigantesca aglomeración de ordenadores y alquilan porciones de espacio a los usuarios. Los datos se almacenan en enormes ‘server farms’. Mastodontes ubicados en todo el planeta que absorben energía como agujeros negros. Y contaminan.
En Ámsterdam, donde se encuentra el 30% de los centros de datos europeos, las grandes empresas están comprando edificios residenciales y transformándolos en ‘casas’ para esas máquinas. La administración ha tenido que dar el alto a la construcción de nuevas 'server farms'.
Para compensar las caídas de tensión, en los 'data centers' se almacenan grandes baterías, como las de los coches. A veces se utilizan incluso enormes generadores diésel. Internet no para de crecer, en el horizonte se asoman los coches autónomos, aumentan los dispositivos portátiles y los hogares conectados. La nube se expande y cada vez habrá más datos que procesar y almacenar. Hasta la fecha, hay nueve millones de centros de datos en todo el mundo. Y solo los que están en suelo estadounidense usan el 10% de la energía nacional.
El 'Data Center Alley' es el área más grande del mundo por concentración de centros de datos. Se encuentra en el norte de Virginia (Estados Unidos). Allí se consume una cantidad monstruosa de energía, el 95% de la cual deriva de los combustibles fósiles. 'Data Center Alley' alberga el 70% de las direcciones IP del gigante de la computación en la nube Amazon Web Service (AWS), que soporta una gran cantidad de empresas y plataformas que usamos todos los días.
El ‘New York Times‘ reveló hace unos años que para proporcionar un servicio óptimo a sus clientes, la ‘Big Tech’ siempre ejecuta las máquinas a la máxima potencia. Incluso cuando el tráfico no está en su punto máximo. El resultado es que el 90% de la energía absorbida de la red eléctrica se desperdicia.
En 2008, un estudio de McKinsey mostró que solo entre el 6% y el 12% del consumo de electricidad de los servidores se usaba para operaciones de cálculo. El resto era necesario para mantener los sistemas listos y receptivos. Un poco como dejar el motor del coche encendido cuando está estacionado.
Y si el debate público y la conciencia ecológica nos están convenciendo de no volar cuando no es necesario, seguimos usando Instagram, Netflix y Spotify con la misma ingenuidad con la que hasta hace poco usábamos pajitas y botellas de plástico.
Ante el aumento exponencial de usuarios y el crecimiento del uso de internet, varios estudios apuntan a que en 2030 podría llegar a representar hasta el 8% de la demanda global total de electricidad.
Toda esta energía se traduce, además, en gases de efecto invernadero. Según los expertos, el porcentaje de las emisiones globales de CO2 a cuenta de las tecnologías digitales aumentó de 2,5 a 3,7 % entre 2013 y 2018, llegando a las más de 1.600 millones de toneladas anuales y con previsiones según el Internet Health Report de Mozilla de ser el equivalente al cuarto país más contaminante del planeta. Eso significa más emisiones y un mayor impacto en el calentamiento global que toda la industria de la aviación. Por ello, debemos hablar sobre la necesidad de sostenibilidad digital.
Cada una de las cientos de acciones que realizamos diariamente en internet, de forma espontánea y casi sin ser conscientes, tiene una huella de carbono específica. Imaginando que el mix energético que llega a nuestro domicilio se compone mayoritariamente de combustibles fósiles como el carbón, cada búsqueda que hacemos en Google, por ejemplo, supondría una emisión de entre 0,2 y 1,45 gramos de dióxido de carbono, según el propio buscador, que habría que multiplicar por una media de 50 consultas diarias en los motores de búsqueda. Cada visita a una página 'web' ascenderían a 211 kilos de dióxido de carbono al año para una 'web' con una media de 10.000 visitas mensuales.
En estas mismas condiciones, cada correo electrónico almacenado en el ordenador generaría alrededor de 10 gramos de CO2 al año, lo que contamina lo mismo que una bolsa de plástico. Habiendo una diferencia notable entre un 'email' estándar, cuya emisión equivale a unos 4 gramos de gases de efecto invernadero, y un 'email' con documentos adjuntos, que podría elevarse hasta los 50 gramos. Por su parte, visualizar 30 minutos de vídeo en Youtube emitiría aproximadamente 3 gramos de CO2 y la transmisión de un programa de una hora en Netflix liberaría de 56 a 114 gramos de CO2. A ello se suma que una hora de videoconferencia con cámara (y compartiendo documentos en alta calidad emite hasta 1 kilo de CO2).
Por su parte, las aplicaciones que descargamos e instalamos en nuestros móviles se desarrollan de manera rápida y siempre con el objetivo de recaudar dinero a través de tu actividad 'web'.
Estas aplicaciones no están optimizadas correctamente, y generan un alto consumo de energía en tu teléfono que te obligará a cargarlo de manera frecuente en un mismo día.
También los 'routers' instalados en nuestros hogares influyen considerablemente en el alto nivel de contaminación de internet.
Estos dispositivos no tienen función de apagado, y están habilitados para funcionar las 24 horas del día.
En esencia, fueron diseñados así porque tardan más de 2 minutos en encenderse y conectarse a Internet.
¿Los proveedores de Internet consideran que no contamos con la paciencia suficiente para esperar este tiempo de inicio?
¿O creen que no podemos resistir mucho tiempo sin Internet?
“Dióxido de carbono equivalente” o “CO2e” es un término para describir diferentes gases de efecto invernadero en una unidad común. Para cualquier cantidad y tipo de gas de efecto invernadero, CO2e significa la cantidad de CO2 que tendría un impacto equivalente en el calentamiento global.
La llegada de la inteligencia artificial ha aumentado aún más la potencia de cálculo necesaria para hacer las búsquedas, lo cual provoca un mayor consumo energético. Además, esto también obligará a aumentar el tamaño de los centros de datos debido a que la computación por búsqueda es superior a la actual. Todo ello deriva en mayor gasto energético y más contaminación.
“Deberíamos ser conscientes de que cada gesto, ya sea en el mundo digital o el analógico, implica un consumo de energía que no siempre es sostenible. Tenemos que pensar que cada clic emite gases de efecto invernadero”, comenta la responsable de energía ciudadana y transición energética de Greenpeace, María Prado.
“Las herramientas de comunicación que se usan en el mundo de la empresa consumen electricidad, pero también están procurando ahorro en otras acciones, como en los desplazamientos. Históricamente, la tecnología siempre genera un impacto ambiental pero reduce otro”.
La contaminación del aire se cobra 45.000 muertes en España cada año.
Cifras del Big Data Takedown mencionan que el 80% de la población no necesita la información que almacena y, si una de cada cinco personas borrara el 50% de los datos, dos plantas nucleares cerrarían.
Así, se llama a utilizar energías renovables para estos centros de datos. Greenpeace publicó en 2017 el informe Clicking Clean, que pone nota a las empresas en este sentido. Apple lidera la clasificación, pues el 83% de la energía que utiliza es limpia, mientras que en compañías como HBO o Netflix, este porcentaje se quedaba en el 22% y el 17%, respectivamente.
AGUA Y ENERGÍA PARA ALIMENTAR LA NUBE
Además, los centros de datos consumen grandes cantidades de agua, al emplear torres de refrigeración. Por ello, se prioriza que estas instalaciones se instalen en lugares fríos para minimizar dichos consumos.
De acuerdo con el estudio publicado por González Monserrate, la necesidad de reducir el consumo energético y las emisiones de la nube ha hecho que, en los últimos años, los centros de datos hayan disparado su consumo de agua como refrigerante. Solo en Estados Unidos, estos centros consumen 1700 millones de litros de agua al día, según los datos oficiales (que no todas las compañías hacen públicos).
Un estudio de 2021 señalaba además que el agua consumida por los centros de datos procede, en su mayoría, de fuentes potables, a pesar de que muchos están ubicados en zonas de elevado estrés hídrico, como es el caso de California, meca tecnológica de Estados Unidos y uno de los estados con mayor presión sobre el recurso.
LAS TIERRAS RARAS Y EL CONFLICTO ENTRE TRANSICIONES
Aunque los elementos químicos que dan forma a la tabla periódica son 118, no todos están claramente presentes a nuestro alrededor. La naturaleza se basta con un puñado de ellos (como el carbono, el oxígeno, el hidrógeno, el nitrógeno o el fósforo) para construirlo casi todo. Hasta hace relativamente poco, los seres humanos no éramos distintos. A principios del siglo XX, los elementos que utilizábamos provenían en un 80% de la biomasa (como madera o alimentos). En 2005, el 70% de los materiales que usábamos procedía de fuentes no biológicas, y en 2050 será el 80%, según los datos recogidos en una investigación reciente liderada por el CREAF de la Universidad Autónoma de Barcelona.
Las nuevas tecnologías, la industria o el transporte se han desarrollado en base a elementos habituales como el silicio, el níquel, el cobre o el cromo, pero también en base a otros mucho menos frecuentes, como el samario, el iterbio, el itrio o el neodimio, pertenecientes al grupo de las llamadas tierras raras. Todos ellos son elementos que o bien son escasos en la corteza terrestre o bien es muy difícil encontrarlos en una forma pura. Su búsqueda, extracción y procesamiento tienen impactos ambientales directos, conllevan un mayor uso de energía (y más emisiones, en consecuencia) e incrementan las tensiones geopolíticas y la desigualdad entre los países pobres y los ricos.
Los enormes centros de datos están formados por decenas de materias primas. Por ejemplo, un servidor contiene materiales como antimonio, bario, tierras raras, berilio, silicio, indio, tántalo, aluminio, niobio o galio. Estos materiales son considerados críticos por la Comisión Europea y tienen una tasa muy baja de reciclado. Además, no solo son elementos esenciales para la nube digital, sino que también son claves en la transición hacia las energías renovables.
Las transiciones energética y digital son los mayores consumidores de materias primas escasas. Un gigavatio de energía eólica se sustenta sobre más de 25 veces los materiales necesarios para construir el equivalente energético con una central térmica convencional. Pero es que, además, mientras la central térmica necesita de materias primas abundantes, como son el hormigón, el acero o el cobre, la eólica necesita también materias primas escasas.
Aunque ha habido avances a nivel científico, hoy por hoy las tasas de reciclaje de estos elementos, para los que apenas existen alternativas, son muy bajas. Tal como señalan en la investigación liderada desde el CREAF, las técnicas actuales de recuperación tienen bajos niveles de eficiencia y conllevan un gran riesgo de contaminación debido a la toxicidad elevada de los elementos de tierras raras.
“Hay que avanzar en diferentes direcciones: habrá que encontrar nuevas reservas de materiales, pero hay que apostar por recuperar todas las materias primas que ya están en la tecnosfera y que hoy se pierden, así como sustituir las materias primas escasas por otras más abundantes. Dicho esto, nos estamos acercando a los límites del planeta y, si seguimos aumentando el consumo, seguiremos necesitando más y más materias primas aunque alcancemos altas tasas de reciclado. Por lo tanto, no queda otro remedio que reducir el consumo y cambiar de rumbo la economía”.