En esta segunda Situación de Aprendizaje hemos trabajado una pregunta que, aunque parece sencilla, en realidad esconde una gran profundidad: ¿Siempre nos hemos definido de la misma manera como seres humanos?
A primera vista podríamos pensar que sí, que el ser humano siempre ha sido entendido de forma parecida. Sin embargo, al recorrer la historia de la filosofía hemos visto que no es así. La manera de definirnos ha cambiado según la época, el contexto y las preocupaciones de cada momento histórico.
Desde los primeros filósofos griegos, que hablaban del alma, la esencia o la sustancia, hasta el existencialismo del siglo XX, que afirma que la existencia precede a la esencia, todo esto nos muestra que la manera de entender al ser humano ha evolucionado de forma significativa. Ya no se trata solo de preguntar qué somos, sino también quiénes somos y cómo nos construimos.
Este camino no está siendo solo teórico. Me ha llevado a preguntarme hasta qué punto mi identidad está determinada por lo que me ha sido dado y hasta qué punto depende de mis decisiones. Ha sido ahí donde he entendido que no estoy hablando solo de ideas abstractas, sino de mi propia manera de vivir.
A lo largo de este segundo trimestre creo que he seguido mejorando algunos saberes básicos que ya había empezado a trabajar en el primero. Sigo comprendiendo los textos filosóficos y ahora me resulta más fácil identificar la idea principal, los conceptos clave, el tema y la tesis que se está tratando. Aunque a veces necesite una lectura tranquila para captar todos los matices, siento que entiendo mejor lo que el autor quiere defender y desde qué postura lo hace.
También he mejorado en la forma de enfocar los comentarios de texto. Si en el primer trimestre aprendí a no quedarme en una lectura literal, en este he intentado ordenar mejor las ideas y centrarme en lo más importante. Todavía me cuesta expresarlo con la claridad y rapidez, pero sí noto que tengo más claro qué debo buscar en un texto y cómo empezar a trabajarlo.
Las clases me siguen resultando interesantes, tanto por el temario como por las explicaciones, y sobre todo porque en este tema podemos relacionarlo con nuestra propia vida. Eso hace que me mantenga atenta y que tenga más interés por comprender bien lo que estamos trabajando. También me sigue ayudando que cada actividad esté explicada en Classroom y que, después de realizar los comentarios de texto, pueda revisar mis errores gracias a los comentarios del profesor, que siguen señalando de forma específica aquello que debo mejorar, y que a su vez también es lo que yo considero que podría hacer mejor.
En este segundo trimestre he podido identificar con más claridad cuáles son los saberes básicos y las destrezas que todavía no domino del todo. En general, creo que no se trata de que no entienda los textos, sino más bien de que me cuesta expresarme por escrito, organizar bien las ideas cuando tengo poco tiempo y gestionar los nervios en las actividades evaluables.
Por una parte, aunque suelo comprender los textos y explicaciones que trabajamos en clase, a veces se me escapan matices si no hago una lectura tranquila. Eso hace que, en algunos momentos, no saque todo el partido que me gustaría al texto cuando debo de argumentar. Además, en los comentarios de texto sigo bloqueándome con facilidad. No es que no tenga ideas, al contrario: el problema es que intento decirlas todas a la vez y de la mejor manera posible. Me quedo enganchada buscando la palabra exacta o intentando que el inicio sea perfecto, y al final el tiempo se me va. Los nervios también me influyen mucho, porque en situaciones de evaluación me quedo en blanco unos minutos, por más que sepa que la teoría la tengo aprendida.
Creo que uno de mis mayores retos es confiar más en mi forma de razonar. No veo esta asignatura como una de memorizar y repetir, sino de comprender, relacionar y argumentar. Sin embargo, a veces quiero tenerlo todo tan controlado que pierdo naturalidad al escribir, y eso me perjudica.
Como mejora, pienso que me ayudaría empezar cada ejercicio con una pequeña estructura clara en la cabeza y hacer un borrador justo al inicio. A partir de ahí, desarrollar con más tranquilidad todos los conceptos. También necesito seguir practicando la expresión escrita, usar mejor los conectores y revisar lo que escribo, pero sin intentar que todo salga perfecto desde la primera oración.
Por último, considero que mis apuntes, mapas conceptuales y esquemas están bien hechos. Si los repaso con más frecuencia y se los enseño al profesor para asegurarme de que voy bien encaminada, creo que podría ganar más seguridad. Y si consigo reducir mi perfeccionismo y confiar más en mis capacidades, sé que podré mejorar mi expresión escrita.
Lo que más me ha llamado la atención es el cambio del “qué somos” al “quién soy yo”. Considero que aquí ya se empieza a tener realmente en cuenta a las personas y sus características propias. Cuando la pregunta se vuelve personal, ya no basta con repetir una teoría "a ciegas"; nos obliga a mirarnos a uno mismo y a reflexionar de verdad.
También me ha impactado la idea de que no tenemos una esencia fija. Pensar que no soy algo ya determinado, sino que me voy construyendo con mis decisiones, me provoca una mezcla de libertad y tranquilidad porque es posible el cambio para mejor, pero también de miedo a convertirme en una peor versión de mí misma. No tengo una definición previa en la que esconderme, solo sé que al final soy responsable de lo que puedo llegar a ser.
También me ha interesado mucho el concepto de facticidad. Me parece muy realista entender que no partimos todos del mismo lugar. No elegimos nuestra familia, nuestro contexto económico, nuestro país, nuestro cuerpo… pero sí elegimos qué hacemos con todo eso. Creo que eso hace que la libertad no sea algo absoluto.
La frase de que el ser humano está “condenado a ser libre” me hizo pensar mucho. Siempre hablamos de la libertad como algo positivo, pero aquí aparece como una responsabilidad que pesa bastante. Lo que más me ha impactado es entender que no puedo escapar de mis decisiones: incluso cuando intento no decidir, ya estoy eligiendo.
Creo que para las personas, en ciertos momentos, la libertad no se siente como un privilegio, sino como una responsabilidad que nos obliga a posicionarnos. Sin embargo, creo que no tenerla sería mucho peor, porque significaría no poder decidir por uno mismo qué queremos hacer con nuestra persona.
A partir de todo esto me han surgido las siguientes preguntas:
1) Si no todos somos libres en el mismo grado, ¿cómo podemos hablar de igualdad real?
2) ¿Hasta qué punto nuestras decisiones son realmente nuestras y no están condicionadas por nuestra facticidad?
3) ¿Es posible ser auténtico cuando vivimos rodeados de expectativas sociales?
Estas preguntas me parecen importantes porque hacen que todo deje de ser algo lejano y teórico. Me obligan a pensar en mi propia vida y en la de los demás. No es lo mismo hablar de libertad como idea abstracta que darme cuenta de que cada persona vive situaciones distintas que influyen en lo que puede o no puede hacer.
Al final, reflexionar cambia la manera en que entendemos nuestras decisiones. Me ha hecho ver que la libertad y la responsabilidad no son ideas sencillas, y que también dependen del contexto en el que nos ha tocado vivir. Por eso creo que son preguntas que afectan cómo miramos la realidad.
A lo largo de la historia de la filosofía, la manera de definir al ser humano no ha sido siempre la misma. En la Antigüedad, la pregunta principal era qué es el ser humano, es decir, cuál es su esencia.
El pensamiento de Platón, defiende que el ser humano se entiende desde un dualismo antropológico: el cuerpo y el alma pertenecen a mundos distintos. Platón sostenía que el cuerpo limita al alma y puede apartarla del verdadero conocimiento. Por eso, considera que una vida buena es aquella en la que la parte racional domina los deseos y las pasiones. En el fondo, Platón cree que lo que nos define de verdad es el alma.
Más adelante, Aristóteles se aleja de la distinción tan marcada entre cuerpo y alma. Para él, el ser humano es una unión de materia y forma, donde el alma no está separada del cuerpo, sino que es lo que le da vida. Además, afirma que el ser humano es un animal político, es decir, un ser que necesita vivir en sociedad por naturaleza. Por eso, Aristóteles defiende que la ética y la política están unidas, ya que solo dentro de la comunidad una persona puede desarrollarse al completo.
Sin embargo, en el s. XX, esta manera de entender al ser humano cambia. El existencialismo, representado por Jean-Paul Sartre, afirma que "la existencia precede a la esencia". Esto significa que el ser humano no nace con una naturaleza fija que determine lo que es, sino que se va construyendo a lo largo de su vida a través de sus decisiones. No somos algo ya dado, sino un proyecto en constante construcción.
Siguiendo esta idea, Simone de Beauvoir plantea una idea importante al afirmar que “no se nace mujer/hombre, se llega a serlo”. Esta afirmación critica la idea de que la identidad sea algo fijo y muestra cómo está condicionada por factores sociales, culturales y corporales. Por primera vez, aparece el concepto de facticidad, que hace referencia a todas aquellas condiciones que no elegimos (cuerpo, época, familia, cultura...), pero desde las cuales ejercemos nuestra libertad y que, si fueran distintas, harían que no fuéramos la misma persona. Las decisiones que tomamos desde esas condiciones el existencialismo las llama trascendencia. De este modo, la reflexión sobre el ser humano ya no se centra solo en lo que es, sino también en lo que llega a ser.
Hasta ahora, este camino filosófico me ha hecho entender que preguntarme qué significa ser humano no es solo algo teórico ni abstracto. No se trata únicamente de estudiar conceptos como alma, esencia o libertad, sino de reflexionar sobre cómo vivo, cómo me voy construyendo como persona y quién quiero llegar a ser.
Pensar en la facticidad me ha ayudado a darme cuenta de que no parto de cero. No he elegido mis condiciones iniciales, pero sí soy responsable de lo que hago con ellas. La trascendencia me recuerda que, incluso dentro de los límites, siempre existe un margen de decisión, aunque a veces no seamos plenamente conscientes de ello.
La libertad, desde el existencialismo, no es algo fácil ni cómodo. A veces se vive como una carga, porque implica elegir sin tener certezas y asumir las consecuencias. Sin embargo, también es lo que nos permite vivir de manera auténtica. No todos somos libres en el mismo grado, y por eso la libertad no depende solo de cada persona, sino que también está relacionada con la sociedad y con la forma en que tratamos a los demás.
Desde esta perspectiva, ser humano no significa encajar en una definición cerrada, sino vivir entre lo que nos viene dado y lo que decidimos hacer con ello. Además, si la filosofía no tiene relación con la vida, pierde su sentido. Esta reflexión me ha hecho darme cuenta de que pensar qué es el ser humano es, en el fondo, preguntarme quién quiero llegar a ser.
Por último, si la existencia precede a la esencia, entonces nunca estoy completamente “terminada”. Siempre estoy en proceso. Eso significa que no puedo decir simplemente “soy así” como si fuera algo fijo. Siempre hay un margen, aunque sea pequeño, y ese margen me obliga a decidir si realizar el cambio o no, aunque dé miedo.
Todo esto me lleva a pensar que la libertad no consiste en poder hacer cualquier cosa, sino en no poder dejar de elegir quién quiero ser. Todos queremos ser libres, pero la libertad también implica eliminar excusas, asumir consecuencias y aceptar que nuestras decisiones nos definen. No todos somos libres en el mismo grado, porque nuestras circunstancias influyen, pero incluso dentro de esas circunstancias siempre existen espacios de decisión. Por eso también considero que la libertad también es un problema político y ético.