Una vez mi mejor amiga y yo salimos de fiesta y conocí a un chico que me llamó la atención por cómo era. Era entusiasta, curioso, muy insistente y despreocupado. Hablaba fuerte, ocupaba mucho espacio personal y parecía estar muy cómodo con los demás. A mí, en cambio, me ponía un poco incómoda porque no sabía bien cómo interpretar su manera de actuar: Me ofrecía chicle todo el tiempo, me hacía muchas preguntas, no me dejaba bailar tranquila y cuando lo echaba él siempre volvía por un segundo round de preguntas. Se veía demasiado contento, lo que me pareció extraño, y muy entusiasmado con cualquier cosa que le dijese, lo que también me resultó peculiar.
A medida que íbamos hablando más, me dí cuenta que teníamos muchas cosas en común sobre nuestra personalidad. Mi amiga que estaba ahí conmigo hasta me dijo que somos “iguales”. De todas formas, aunque fuese parecido a mi, algo en su forma de expresarse no me terminaba de cerrar. La situación era incómoda para mi, porque yo pensaba que él era extraño, pero al mismo tiempo cómoda, porque podía reconocer algunas partes de mí en él. Se me mezclaron esas dos sensaciones y necesitaba pausas para hablarle porque me sentía abrumada. No la pase mal de todas formas.
Me parece que fue una experiencia de alteridad porque el otro no era sólo “diferente”, sino que su forma de ser me obligó a ver lo extraño dentro de lo que en parte me resultaba familiar. Krotz plantea que la experiencia de la alteridad surge cuando nos encontramos con alguien que percibimos como “otro” que al mismo tiempo forma parte de una realidad cultural que podemos intentar comprender. El otro puede verse como portador de una cultura y como parte de una estructura comunicativa. Porque su manera de hablar, comportarse y relacionarse muestran sus formas de entender y vivir situaciones.
En mi caso, aunque el chico tenía una personalidad parecida a la mía, su manera de expresarse y de relacionarse con los demás era diferente a la que yo conocía. Por eso el encuentro me generó una sensación de extrañeza; porque podía reconocerme en él, pero no terminaba de comprender su forma de actuar. Reconozco que mi perspectiva fue etnocéntrica, porque juzgué su comportamiento desde mis propios estándares. Lo consideré “raro” porque no se comportaba como yo esperaba que se comportara alguien parecido a mí. Esta experiencia me hizo entender que lo que para mí es extraño para la otra persona puede no serlo.