La evolución del ser humano nos ha llevado a ser lo que somos hoy en día, a nuestro físico, manera de pensar y nuestras rarezas, no dimensionamos a veces lo tanto que cambiamos a través de los siglos y de tantos seres tan parecidos a nosotros que habitaron la tierra antes que los homosapiens.
Desde hace aproximadamente 400.000 hasta hace unos 40.000 años la tierra era habitada por neandertales (Homo neanderthalensis), organismos muy parecidos al ser humano, tanto en sus costumbres como en apariencia.
Tuve la oportunidad hace unos años de visitar el Neanderthal Museum en Mettmann, Alemania. Allí pude contemplar investigaciones, muestras y claras evidencias de estos seres.
Me acuerdo de la sensación de extrañeza que aún me persigue hasta hoy en día. El museo ofrece experiencias variadas, varias de ellas inmersivas como lentes de realidad virtual y diferentes habitaciones con exposiciones cuidadosamente preparadas para que se pueda apreciar toda la historia almacenada en aquellas paredes.
Recuerdo entrar al museo cansada y con pocas ganas, pensaba que sería aburrido. Sin embargo, al recorrer, experimentar, oler y observar diferentes instalaciones me di cuenta de lo parecidos y diferentes que éramos de los neandertales.
Varias de sus costumbres se asemejan mucho a nuestras costumbres, como por ejemplo, el uso del fuego, el cuidado mutuo, la caza y hasta el ritual funerario.
Mientras caminaba por el museo me permití observar a los visitantes que miraban también las exposiciones. Muchos niños se balanceaban de las barandas aburridos, pero otros estaban tan emocionados que querían tocar los huesos y varios objetos como vasijas o lanzas. Mi mente empezó a imaginar madres neandertales retando a sus hijos por tocar cosas que no deberían, me sorprendí al notar que no era muy diferente a lo que estaba pasando enfrente de mis ojos. En el museo había esculturas representando el físico de los Homo neanderthalensis y por supuesto había diferencia entre nosotros y ellos, sus figuras eran más robustas a las nuestras, adaptadas más a las condiciones de vida de ambos seres, muchas figuras apenas tenían trozos de piel y cuero cubriéndose el cuerpo, algo impensable para esta época. Después de esa experiencia, mi mirada hacía ‘el otro’ cambio. Ya no veía una diferencia tan marcada como antes, sino que podía reconocer las culturas de todos los seres humanos, por más distintas que fueran. Mi etnocentrismo (tendencia a interpretar la realidad, las costumbres y los valores de otras sociedades utilizando la propia cultura como el único criterio de medida) supo reconocer al otro con sus propias tradiciones, costumbres y manera de vivir.
Ahora que me informé del tema puedo afirmar que tuve una experiencia de alteridad que según Esteban Krotz es la capacidad de reconocer y valorar la diversidad cultural y social de los demás sin embargo no voy a negar que sigo prejuiciando y poniendo estereotipos.