Anna Elisabetha Rubin, nació en Polonia en 1927, fue una niña a la que le encantaba el arte, en especial la música. Hija única, sus padres la consentía y mimaban mucho, ¿qué más podía pedir una niña?
Con el incremento de las normas para judíos impuestas por los nazis, a la pobre Anna ya no se le permitía asistir a sus adoradas clases de música y cada vez eran menos las cosas que podía hacer, hasta que un día, unos hombres entraron en su casa y se los llevaron, los metieron en furgones con más gente y después de un largo viaje, los hicieron bajar, la familia de Anna estaba parada enfrente de lo que pronto se convertiría temporalmente en su nuevo hogar. Anna acababa de entrar en el Gueto de Varsovia.
Durante su estancia en el gueto, Anna se las arregló para continuar con su pasión. Contaba con un viejo piano, destartalado y mal afinado. Era lo único que tenía, pero para ella era lo más valioso del mundo.
Sus padres vivían con miedo, pero Anna no pensaba en nada más que en su música y en que, si dejaba pasar el tiempo, algún día podría volver a su casa. Sin embargo, aunque ella aún no lo sabía, nunca sería así.
Poco antes de su decimoquinto cumpleaños, Anna casi había acabado de componer su primera obra para piano. La niña estaba feliz, soñaba que algún día sería una gran pianista, pero pocos días después de la celebración de su cumpleaños, los nazis entraron en el gueto y empezaron a llevarse a la gente. Los padres de Anna la escondieron junto a ellos y unos amigos, todos ellos judíos, en el falso suelo de una de las habitaciones.
Todos callados, escuchando como caminaban por encima de ellos, rezando para que, con un poco de suerte, a los nazis no se les ocurriese mirar allí. Se escuchaban disparos muy cerca y se oía el ruido provocado por varias cosas movidas de sitio, hasta que justo encima de su escondite, todos escucharon como las tablas que los tapaban se movían y poco después quedaban expuestos.
Poco a poco, fueron sacados de su escondrijo a la fuerza. Un hombre cogió a la madre de Anna del pelo, pero su padre salió en su defensa lo que provocó el enfado de su agresor que ordenó al resto de sus compañeros a desalojar la sala y a dejar allí solamente a la familia Rubin.
En medio de la confusión, Anna logró escabullirse y esconderse en la habitación contigua, donde estaba su adorado piano. Se escondió detrás de él y en su escondite encontró varias partituras vacías. Alcanzó una de ellas y también una pluma y un tintero.
Para combatir el pánico, empezó a escribir en las partituras una melodía que había estado componiendo durante meses. Mientras, en la habitación de al lado, los nazis vociferaban sin cesar golpeando sin descanso a sus padres hasta que, de repente, el sonido de dos disparos dejó paso a un silencio angustioso.
Anna sabía lo que eso significaba. Sabía que sus padres habían sido asesinados por aquellos lunáticos. Acto seguido, y con los nazis todavía en la casa, Anna comenzó a interpretar su melodía al piano, poseída por el desánimo, el odio y el rencor. Ya nada importaba y decidió encontrar la muerte haciendo lo que más le gustaba.
Al rato, un oficial de las SS entró en la habitación del piano. No podía explicarse cómo era posible que Anna pudiera haber pasado inadvertida, y que tuviera el coraje de tocar el piano en aquella situación.
El caso es que nadie sabe por qué aquel hombre no la mató. Puede que tuviese órdenes de no hacerlo o puede que se quedase prendado de la melodía de la joven compositora.
Tampoco se sabe a ciencia cierta cuál fue el destino de Anna porque su nombre no se llegó a localizar en ningún campo de exterminio. Tal vez nunca llegó a ingresar en ninguno. Tal vez murió en aquella casa del gueto, o en alguna cuneta de Varsovia.
Lo sabemos por la partitura encontrada entre las ruinas del gueto, firmada por la propia Anna Elisabetha Rubin y con el titulo de su preciosa melodía: "PERDICIÓN".
A esta composición se han referido diferentes autores contemporáneos, pero se desconoce qué ha sido de ella. Tal vez la haya guardado algún admirador anónimo, o tal vez se haya perdido para siempre.