Por Isabel Casas Suárez
A finales de marzo de 1998, las cenizas de Manuel Pacheco fueron lanzadas al río Guadiana por su hijo junto a un grupo de poetas, amigos y admiradores.
Es extaño contar el inicio de algo evocando un final. Pero así es como lo recuerdo. Recuerdo una reunión de las personas que aquel curso formábamos el departamento de Lengua castellana y Literatura del IES Puente Ajuda y a una de ellas, Aurora Cortés, rememorando con cierta tristeza aquel homenaje, celebrado un año antes, a quien para mí era entonces un poeta desconocido, pese a ser vecino de la ciudad en la que nací, nacido y criado a su vez en Olivenza, el pueblo en el que trabajaba.
Así, en esa reunión de departamento de abril o mayo de 1999 se inició el Certamen Literario Manuel Pacheco, entre la nostalgia y la ilusión de hacer de aquellas cenizas algo vivo de nuevo, joven y un poco de todos, al lograr que, bajo un concurso con su nombre, muchos estudiantes de Extremadura se pusieran a imaginar mundos posibles y a ahondar en sus emociones para compartirlas después porque, si algo no fue Pacheco, es un poeta viejo ni encerrado en su torre de marfil.
Y así nació, con ilusión y con dudas por la inexperiencia, aunque con un objetivo claro: no solo mantener en el recuerdo la obra del poeta, sino también y, a través de su figura, estimular la creatividad y el gusto literario entre los alumnos, tanto en nuestro centro como en el resto de la región.
El premio se mantuvo durante años, renovándose e incoporando nuevos dinamizadores, creciendo en ambición hasta hacerse de índole nacional e incorporar categoría de adultos… Después vino la crisis económica y hubo que volver a los inicios, a expectativas más humildes con convocatoria solo para alumnos de los centros de secundaria; también ha sufrido crisis de empuje y confianza. Como todo lo vivo, tiene sus rachas, sus momentos mejores y peores, pero ha demostrado que sabe resisitir, resurgir de las cenizas, esas de las que al principio hablaba. Al fin y al cabo, Pacheco y los de su generación son memoria de la resistencia; por eso, este premio no podía ser menos.
A Manuel Pacheco, según puede leerse en sus poemas, le gustaba ser de todos y que todos tuvieran un hueco entre sus palabras, aun cuando hablaba de sí mismo. Por eso estos párrafos de inicio no pueden acabar sin el agradecimiento a los que en algún momento lo han alentado y promovido, así como a aquellos que han participado con sus textos.