Adaptación del cuento "El flautista de Hamelin"
EL INFRAMUNDO DE HAMELIN. Ediciones Segundo Imaginario
Érase una vez una Abogada que vivía en el bosque. Un bosque de árboles altos y oscuros que daban mucho miedo. Delante de la Abogada apareció un portal custodiado por una vaca lechera.
—Tú y yo tenemos que resolver un problema que hay allí dentro —le dijo la Vaca. El malvado Donal quiere destruir el mundo.
—¡Adelante! Tenemos que trazar un plan —contestó la Abogada.
Las dos compañeras entraron al Inframundo. Olía a quemado y, desde muy lejos, oyeron la voz de pito del malvado Donal. A la Abogada le sudaba todo el cuerpo. Un susurro les puso la piel de gallina.
«Os espero en la casa de la bruja Avería».
—En esa casa hay ratas que cantan jotas espeluznantes —dijo la Abogada.
—Y un pasillo lleno de trampas —mugió la vaca.
Abrieron la puerta de la casa y se encontraron con nueve lobos, ocho tigres fantasma y siete leones de hueso.
—¡Coge mis ubres! —le gritó la Vaca a la Abogada. ¡MUUU! Apunta bien a las bestias, mi leche es mágica.
En un microsegundo la leche petrificó a los animales.
Salieron de la casa y a lo lejos vieron un pueblo abandonado, con grandes murallas.
—¿Se oye una flauta? —dijo la Abogada.
—Podemos cavar un agujero delante de la puerta y llenarlo con mi leche —respondió la Vaca.
—Escribiremos un cartel: ¡SALTA PARA CONSEGUIR TODO EL ORO NEGRO DEL MUNDO!
—Bien pensado —dijo la Vaca—. Eso atraerá la avaricia del malvado Donal.
Escondidas en el campanario de la iglesia lo vieron llegar. Era muy gordo, de color naranja y tenía de pelo una tortilla francesa. Apestaba a basura. Se acercó a la trampa de leche, pero era astuto como un zorro y la esquivó. Entonces, escucharon la flauta de nuevo. Los ojos del malvado Donal se quedaron en blanco y la música lo arrastró igual que un gusano hasta la trampa.
Nada más caer, la leche se convirtió en queso manchego azul. Millones de ratas acudieron al exquisito olor y devoraron el queso con el malvado Donal dentro. No dejaron ni una migaja de tortilla.
Los vecinos volvieron al pueblo abandonado, abrieron las puertas y las ventanas de sus casas. La Vaca y la Abogada lo celebraron junto a los vecinos que prepararon una gran fiesta, con la música del flautista.
Rodeado de montañas y prados, bañado por un lindo riachuelo, aquel pueblo, realmente hermoso y tranquilo, se llamaba Hamelin. Sus habitantes vivieron felices durante cientos de años hasta que llegaron a olvidar su historia. Un domingo cualquiera sucedió algo muy extraño. Todas las calles fueron invadidas por miles de ratas y ratones que merodeaban por todas partes, arrasaban con todo el grano que había en los graneros y con la comida de sus habitantes.
Nadie acertaba a comprender el motivo de la invasión y, por más que intentaban ahuyentar a los hambrientos roedores, parecía que lo único que conseguían era que acudiesen más y más ratas y ratones. Ante la gravedad de la situación, los gobernantes de la ciudad, que veían peligrar sus riquezas por la voracidad de aquellos animales pestíferos, convocaron al Consejo:
—Daremos mil monedas de oro a quien nos libre de las ratas y ratones.
Pronto se presentó un joven flautista a quien nadie recordaba y les dijo:
—La recompensa será mía. Esta noche no quedará ni un sólo ratón en Hamelín.
El joven cogió su flauta y empezó a pasear por las calles de Hamelín haciendo sonar una hermosa melodía que parecía encantar a todos y cada uno de los roedores. Poco a poco, todas las ratas empezaron a salir de sus escondrijos y a seguirle mientras el flautista continuaba tocando, incansable, su flauta. Sin dejar de caminar, el flautista se alejó de la ciudad hasta llegar a un río, donde todos aquellos animales cayeron al agua sin remedio.
Los hamelineses, al ver las calles de su pueblo libres de ratas y ratones, respiraron aliviados. ¡Por fin estaban tranquilos y podían volver a sus negocios! Estaban tan contentos que organizaron una fiesta olvidando que había sido el joven flautista quien les había conseguido alejar aquella plaga terrible. A la mañana siguiente, el joven volvió a Hamelín para recibir la recompensa que le habían prometido.
Pero los gobernantes, con la ayuda de los hombres y mujeres del pueblo, que eran muy codiciosos y solamente pensaban en sus propios negocios, no quisieron cumplir con su promesa:
—¡Vete de nuestro pueblo! ¿Crees que te debemos pagar algo cuando lo único que has hecho ha sido tocar la flauta? ¡Nosotros no te debemos nada!
El joven flautista se enojó mucho a causa de la avaricia y la ingratitud de aquellas personas y prometió que se vengaría. Entonces, cogió la flauta con la que había hechizado a ratas y ratones y empezó a tocar una melodía muy dulce. Pero esta vez no fueron los ratones los que siguieron insistentemente al flautista sino todas y cada una de las personas mayores del pueblo, padres y madres, abuelos y abuelas. Cogidos de la mano, sonriendo y sin hacer caso de los ruegos de los niños y niñas, siguieron al joven hasta las montañas, donde el flautista les encerró en una cueva desconocida, repleta de oro y joyas a donde los vecinos del pueblo entraron felices y contentos.
Cuando entraron, una gran piedra cayó sobre la entrada de la cueva, dejándolos atrapados allí para siempre. Los niños se quedaron solos en el pueblo.
Entraron en la cueva todos los hombres y mujeres salvo una. Una mujer anciana de pelo canoso y una verruga en la nariz que, por andar con unas muletas, no pudo alcanzarlos. Cuando aquella abuela vió que la cueva se cerraba fue al pueblo a avisar a todos los niños y niñas. Todos corrieron a la cueva para rescatar a sus padres y madres, pero jamás pudieron abrirla.
Hamelín se convirtió en un pueblo triste, sin las risas y la alegría de las madres por ver crecer a sus hijos, de la ayuda que prestaban las hijas a sus padres; hasta las flores, que siempre tenían unos colores espléndidos, quedaron pálidas de tanta tristeza.
Pronto, los niños buscaron al flautista para pagarle las mil monedas de oro, pedirle perdón y que, por favor, les devolviese a sus mamás y papás. Pero nunca lo encontraron y jamás pudieron recuperarlos.
A partir de aquél día, todos en Hamelín aprendieron la lección y nunca más fueron avaros, cumpliendo siempre con sus promesas. Fin